Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 43 Masika
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43 Masika

E xistía la muerte, y luego existía lo que quiera que fuera eso.

Tal vez ni siquiera hubiese un término para definirlo.

¿Cómo podía Masika empezar a describir la agonía que era sentir cómo su alma se resquebrajaba?

¿Como si miles de manos estuviesen tirando de ella en direcciones opuestas, desgarrándole las entrañas y tensando los hilos de la poca cordura que le quedase con la esperanza de romperlos? ¿De que ella se rompiese?

Gracias a algún milagro, había logrado desmayarse después de un rato de tortura.

El dolor había persistido, pero lo sentía distante, como si Masika se hubiese hundido en las profundidades de su propio cuerpo y estuviese contemplando la escena desde arriba, como una mera observadora.

Y ahora…, ahí estaba. Pero ¿dónde era ese «ahí» exactamente?

No estaba del todo segura. Debía de seguir encerrada en la misma celda de antes, teniendo en cuenta que llevaba tirada sobre ese mismo suelo desde hacía horas, pero el mundo a su alrededor había perdido toda forma y significado, convirtiéndose tan solo en una serie de sombras ondulantes que serpenteaban a su alrededor.

En algún lugar, a lo lejos, se oyó una explosión.

O, al menos, lo que supuso que era una explosión.

Un estruendo atronador que sacudió las paredes de las mazmorras e hizo que varios escombros cayesen en cascada al suelo y se elevasen columnas de humo desde las cenizas.

¿Eso era una alarma? Un ruido estridente resonó sobre su cabeza.

Una y otra vez. Los gritos desesperados se le unieron después.

A lo lejos, el crepitar chisporroteante de la magia reverberaba por todos los terrenos de Blackwood, mezclado con algo más, un rugido profundo y gutural que a Masika le recordó al momento en que la montaña se había derrumbado sobre su cabeza.

Intentó moverse, apoyando las manos en el suelo, pero su cuerpo no quiso cooperar. Un gemido ahogado le subió por la garganta. ¿Por qué no podía moverse? ¿Le habían roto las piernas? ¿Se estaba muriendo de verdad ?

Un escalofrío le bajó por la columna.

No pudo evitar preguntarse qué quedaría de ella. A lo mejor toda su alma estaba rota.

A lo mejor no habían dejado nada atrás que poder salvar.

Una voz resonó ante ella. Profunda. Cálida. Familiar.

—¿Qué te pasa, mi querida niña?

A pesar de que Masika seguía con la mejilla firmemente pegada al frío suelo, se las apañó para alzar la vista hacia aquella voz. Y ahí, de pie, cerniéndose sobre ella, con la barba sin afeitar y una sonrisa en los labios, se encontraba su padre.

Masika respiró con dificultad, entre jadeos entrecortados. Así que… ahí se acababa todo.

Era su final.

—Estoy cansada —logró decir, pero la voz le salió rota y ahogada.

—¿Ah, sí? —Su padre se agachó a su lado.

Alargó una mano hacia ella, acariciándole la frente con suavidad, y le metió un rizo rebelde tras la oreja.

Era como si estuviese allí de verdad. Su tacto era el mismo; áspero y calloso, pero suave y tierno—.

Bueno. Entonces, ¿por qué no cierras los ojos? Descansa un poco.

Un calor abrasador le recorrió la piel. Abriéndose paso desde su interior.

—No… puedo —jadeó, y la voz le salió ronca—. No… volveré a despertarme.

Su padre se encogió de hombros.

—¿Tan malo sería?

Masika soltó una carcajada seca.

—Supongo que no.

Su padre le dedicó una sonrisa.

—Has tenido que pasar por tantas cosas, mi querida niña. Has sido tan valiente. No solo ante la muerte, sino también cuando todavía seguías viva.

Tenía razón. Su muerte no había sido limpia y rápida.

No se había adentrado suavemente en la oscuridad, la parca no le había tendido una mano misericordiosa para invitarla a unirse al más allá.

Su muerte había sido larga…, ardua. Desagradable.

Una enfermedad la había ido pudriendo por dentro, poco a poco.

Todavía recordaba las luces fluorescentes del hospital, y las agujas afiladas que le habían clavado incesantemente en la piel.

Las interminables citas médicas que después se habían traducido en una oleada tras otra de decepción.

Las sustancias químicas que le habían inyectado en vena.

Más pastillas. Más dolor. Más espera. Más esperanza.

Y al final, ¿para qué? ¿De qué le había servido todo eso?

—Papá… —sollozó Masika—. Tengo miedo. Tengo muchísimo miedo.

La expresión de su padre cambió al instante. Su sonrisa se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos.

—Pues levántate de una maldita vez.

Masika se estremeció.

—¿Qué? —gimió.

Su padre se acercó un poco más a ella.

—Que. Te. Levantes.

Masika parpadeó. El rostro de su padre cambió de repente, era como si estuviese viendo dos versiones distintas de él, que se separaban por un momento, para después volver a fusionarse.

Pero entonces se fijó en que sus rasgos también se estaban transformando, moldeándose hasta formar otro rostro, uno que Masika conocía muy bien.

Pero aquello no podía ser real. Era evidente que se estaba volviendo loca, el que se le hubiese aparecido su padre así, de la nada, ya era prueba más que suficiente de ello, así que era totalmente imposible que lo que estaba viendo en ese momento fuese real.

Que el rostro que le estaba devolviendo en ese momento la mirada fuese…

—¡HE DICHO QUE TE LEVANTES DE UNA MALDITA VEZ!

La voz que surgió de entre los labios de su padre era demasiado chillona, y también le resultaba familiar y, de repente, en un abrir y cerrar de ojos, no era su padre quien se cernía sobre ella, sino Irene, que la observaba aterrorizada, con los ojos como platos, mientras la agarraba con fuerza de los hombros, tratando de obligarla a ponerse de pie a la desesperada.

Masika parpadeó aturdida, tratando de ver algo a través de la neblina que le embotaba los sentidos.

—¿Irene?

Al oírla pronunciar su nombre, esta parpadeó rápidamente. Y una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Buenos días, Masi. Ha llegado la hora de sacarte de aquí.

A Masika la cabeza le daba vueltas, y la bilis le subía por la garganta. Oyó cómo, a lo lejos, resonaban unas cuantas explosiones más. Los gritos que las seguían eran ensordecedores. El hedor de la magia le abrumaba los sentidos. Dejó escapar un gemido sordo.

—¿Qué está pasando? —preguntó en un murmullo.

—El apocalipsis.

—Ah. —Masika soltó un suave suspiro y volvió a cerrar los ojos—. Qué bien.

—No… —gruñó Irene, maldiciendo entre dientes.

Masika pudo sentir sus manos sobre ella, la desesperación que irradiaba su alma mientras luchaba por levantarla.

Masika quería moverse, pero estaba demasiado cansada.

¿No podía quedarse allí tumbada un poquito más?

¿No podía dejar que su alma se apagase sin más?

—. Despierta, Masi. —Le dio una fuerte bofetada—. Mírame. Vamos.

El escozor de la bofetada bastó para que recobrase la consciencia.

Abrió los ojos, fijándose en el caos que se estaba desarrollando ante ella.

Irene tenía la nariz manchada de hollín y las puntas del cabello ligeramente chamuscadas.

Se le había rasgado el dobladillo del vestido, y una oscura mancha carmesí le atravesaba la rodilla, aunque no le vio ninguna herida.

—Estás hecha una mierda.

Irene se carcajeó, pero tenía los ojos anegados de lágrimas.

—Mira quién fue a hablar.

De alguna forma, a pesar de todo, Masika logró encontrar un pequeño resquicio de fuerza. Se puso en pie a duras penas, agarrándose a uno de los barrotes de hierro de la celda, antes de que una pierna le fallase.

—¿Puedes moverte? —le preguntó Irene con dulzura.

Masika se encogió de hombros.

—Define «moverme».

Irene se echó el brazo de Masika sobre los hombros y soltó un gruñido grave mientras la ayudaba a salir de la celda, prácticamente sacándola de allí a rastras.

—Bueno…, ¿te importaría explicarme qué está pasando exactamente?

—Ah —resopló Irene—. La Orden de los Demien y la Resistencia han logrado entrar en Blackwood a la fuerza, así que, básicamente, la academia está al borde de una guerra cataclísmica en el más allá.

Masika abrió y cerró la boca como si fuese a decir algo. Tenía un millón de preguntas que se moría por hacer, pero lo único que logró decir fue:

—Ya veo. Y… ¿a dónde estamos yendo nosotras ?

—Eh… —Irene soltó una risa nerviosa—. Eso todavía no lo he pensado.

Acababan de doblar una esquina cuando el repiqueteo de unos pasos las hizo frenar en seco.

Irene contuvo el aliento.

—Mierda.

Everly Hawthorne estaba de pie frente a ellas, bloqueándoles el paso.

Paseó la mirada rápidamente entre Irene y Masika, con el ceño fruncido. El breve destello confuso que refulgió en su mirada se desvaneció con rapidez, apagado por una furia arrolladora. Cerró las manos en puños con fuerza, y las llamas brotaron de inmediato entre sus nudillos.

—¿Qué crees que estás haciendo? —Pronunció cada palabra en un siseo—. Llévala de vuelta a la celda ahora mismo.

Irene rodeó a Masika con un brazo en un gesto protector.

—Apártate de mi camino, Everly.

—Por Dios. —Everly soltó una carcajada amarga—. ¿Me estás tomando el puto pelo? ¿De verdad crees que te saldrás con la tuya? ¿Que el director Silas no se dará cuenta de que te la has llevado? ¿Que no te arrancaría el alma por la garganta por habernos traicionado?

—Silas me importa una mierda —siseó Irene—. Y si te quedase aunque solo fuese una pizca de cerebro en esa cabeza hueca tuya, a ti tampoco te importaría.

Everly respiró con brusquedad, furiosa.

—Eres una asquerosa traidora…

Levantó los brazos, lista para atacar.

Pero Masika se le adelantó.

Ni siquiera había sentido cómo invocaba su magia. Esta simplemente había estado ahí, esperando a que la llamase.

Masika barrió el aire con un brazo, en un movimiento limpio y preciso.

Everly se quedó paralizada por un momento, con los ojos como platos y la boca entreabierta.

Y entonces una línea sangrienta le cruzó el cuello, separando limpiamente su cabeza del resto de su cuerpo.

Esta cayó al suelo con un ruido sordo y rodó hasta los pies de Irene, que no había apartado la mirada de Masika en ningún momento, con una extraña mezcla de sorpresa y admiración iluminándole los ojos.

Masika soltó un suspiro entrecortado.

—Cómo odio a esa chica.

Y entonces se desmayó y se derrumbó en los brazos de Irene .