41 Irene
E ntró tambaleándose en su habitación y vomitó.
Se le nubló la vista, oscureciéndosele por los bordes.
Cayó de rodillas al suelo, apoyando las manos sobre los tablones de madera, con la espalda arqueada mientras su cuerpo soltaba todo lo que ya no podía cargar.
Llévatelo todo , suplicó. Cada recuerdo.
Cada emoción residual. Cada error que la atormentaba.
Quería abrirse en canal y arrancarse la podredumbre con sus propias manos.
Esa cosa que la hacía sentir vacía. Porque estaba vacía, ¿no?
Si no, ¿qué otra explicación había para la enfermedad que atormentaba su mente?
¿Para esa parte oscura y retorcida de su interior que le gritaba que se quedase al margen y viese cómo torturaban a su mejor amiga?
No podía dejar de oír sus gritos. No podía hacer que dejasen de resonar en su cabeza, evitar que ese sonido repugnante le provocase una oleada de náuseas. Respiró con fuerza, tomando aire a bocanadas, tosiendo sin parar, desesperada por llenarse los pulmones de alguna manera.
Por favor. Haz que pare. Joder, haz que pare.
Irene ni siquiera sabía a quién le estaba suplicando.
Nadie la estaba escuchando. Nadie la escuchaba nunca.
Sus plegarias terminaban tan vacías como su alma, sin respuesta alguna, rebotando sin descanso en su cabeza, sin lograr ahogar el recuerdo de los gritos de Masika.
De alguna forma, se las apañó para levantarse y encaminarse entre tambaleos hacia el aseo.
Se enjuagó la boca y observó su reflejo en el espejo.
No soportaba mirarse a la cara, encontrarse con los ojos de su reflejo y saber de lo que era capaz.
Lo que había estado dispuesta a sacrificar solo para mantener la promesa que le había hecho a la Orden.
Algo frío se le clavó en la palma de la mano.
Bajó la mirada hacia allí.
La moneda .
Ni siquiera se acordaba del momento en que el director Silas se la había dejado en la mano.
El recuerdo ya había empezado a volverse borroso en su memoria.
Eclipsado por los gritos de dolor de Masika.
«Enhorabuena, señorita Bamford». Su voz se abrió paso a través de su memoria, retorciéndole las entrañas.
«Ahora formas parte del prestigioso Consejo de la Academia Blackwood».
Se había alejado de las mazmorras tan solo un momento después, sintiendo que estaba empezando a volverse loca.
Había permitido que su amiga sufriese. Se había quedado mirando mientras la torturaban. Indiferente. En silencio.
¿Y para qué? ¿Para conseguir esto ?
Algo se rompió en su interior. Una fisura. Una grieta que le dividió el alma en dos.
No puedo hacerlo.
No había usado el guardapelo que Mateo le había regalado desde el Decenio. No había tenido motivos para hacerlo. Porque él siempre estaba cerca, esperándola. Pero en ese momento no estaba allí. E Irene sabía lo que tenía que hacer.
Sacó el guardapelo de las profundidades del cajón de su mesilla. Este pareció vibrar sobre su mano, esperando su orden.
Solo necesitaba pronunciar una palabra.
Un nombre.
—Mateo.
El chico apareció ante ella en un abrir y cerrar de ojos. La aprensión se apoderó de su rostro en cuanto su mirada se posó sobre Irene, y frunció el ceño, preocupado. Dejó caer ambas manos sobre sus hombros y la sostuvo con firmeza.
—¿Qué ha pasado? —Le temblaba la voz al hablar—. ¿Qué te ocurre?
—Masika. —Apenas pudo pronunciar su nombre. Le supo amargo en la boca—. He… He tenido que ver cómo la torturaban. Se… han abierto paso a través de su mente . Se han adentrado en su alma… —Pero la voz de Mateo la interrumpió antes de que pudiese acabar su explicación.
—¿Qué es eso?
Irene parpadeó y levantó la vista hacia él.
—¿Qué? —jadeó.
Mateo se había quedado inquietantemente inmóvil. Sus ojos bajaron hacia la mano de Irene. Hacia la moneda que descansaba en su palma. Un hambre voraz iluminó sus ojos azules, una que Irene no había visto nunca antes.
—¿Me estás escuchando? —Irene le llevó una mano a la mejilla y le obligó a volver la mirada hacia su rostro. Mateo parpadeó, como si acabase de sacarlo de una ensoñación—. Masika. Tenemos que ayudarla.
—No podemos hacer nada —repuso él con solemnidad.
Cuando Irene abrió la boca para protestar, Mateo la interrumpió, acunando su rostro entre sus manos—.
Irene, sabías que esto acabaría pasando.
Sabías lo que significaba jurarle lealtad a la Orden.
Cuando llegue la catalizadora…, ella se encargará de acabar con la corrupción, cortándola de raíz.
Cada alma que no esté vinculada al Desalmado cuando eso ocurra será destruida. Y eso también incluye a Masika.
—Pero ¿no podéis hacer una excepción?
La mirada de Mateo bajó de nuevo hacia la moneda lentamente. Y su expresión volvió a transformarse. La dulzura a la que Irene había llegado a acostumbrarse en esas semanas… desapareció . Como si le hubiesen arrancado la humanidad de un momento a otro.
—Dámela.
Irene cerró la mano alrededor de la moneda.
—Por favor —suplicó—. He hecho todo lo que me habéis pedido. Os he sido leal.
Mateo dejó caer una mano sobre la de Irene. No le arrebató la moneda, pero sí que afianzó su agarre, casi como si le estuviese suplicando que se la entregase.
—Al final, todo valdrá la pena. —Sus palabras le atravesaron el corazón.
Aquella finalidad le robó el aire de los pulmones.
No iba a poder hacerle cambiar de opinión.
No iba a poder salvar a Masika. Irene se lo había buscado, y ahora no podía hacer nada para evitar las consecuencias—.
Tú solo… dámela, Irene. Acaba lo que empezaste.
Únete a nosotros…, de una vez por todas.
Irene sintió cómo se le agotaban las fuerzas. Cómo se apagaba su último atisbo de esperanza.
Abrió la mano.
Observó, impotente, cómo Mateo le arrebataba lentamente la moneda.
—Te encontraré. —Pero, incluso mientras decía aquello, no la miró, porque sus ojos estaban clavados en la moneda. Como si ella ni siquiera estuviese presente. Como si todo lo que habían compartido, todo el tiempo que habían pasado juntos, nunca hubiese ocurrido—. Lo prometo.
Cuando se desvaneció, Irene ni siquiera se sorprendió. Mateo había hecho justo lo que ella había esperado que hiciera. Ahora lo veía todo con claridad. Había conseguido lo que quería y…
Una alarma resonó con fuerza en la distancia. Un sonido que nunca había oído en Blackwood.
Era como un gong disonante. Un presagio escalofriante.
Y entonces, como si una luna rojo sangre se hubiese apoderado del mundo, tiñéndolo todo con su luz, una neblina escarlata se filtró a través de la ventana de su habitación. Irene se acercó al cristal entre tambaleos y contempló, horrorizada, las consecuencias de su codicia.
El firmamento se tiñó de carmesí. Como si las nubes rojizas pretendiesen advertirles de lo que estaba a punto de ocurrir, al tiempo que la cúpula de magia defensiva que rodeaba Blackwood se hacía añicos, deshaciéndose en miles de pedazos.
«YA ESTAMOS AQUÍ».
¿Qué he hecho? , pensó, tambaleándose hacia atrás. ¿Qué he hecho?
No tenía tiempo para arreglar nada. Podía ir a buscar a Silas… ¿Y después qué? Él le llenaría la cabeza de pájaros y palabras vacías…, pero ¿de verdad era distinto a Mateo? ¿No le habían dicho los dos lo que quería oír para aprovecharse de ella?
Irene solo quería que alguien la viese tal y como era. Que la escuchasen.
Que la apreciasen de una maldita vez.
Su madre nunca la había tenido en cuenta para nada, ni tampoco la había querido.
La había abandonado a la primera de cambio, como si no valiese nada y, durante mucho tiempo, Irene había creído que era así.
Pero Mateo y Silas habían sabido ver su potencial.
Que podría convertirse en alguien muy poderoso.
Y habían alimentado esa necesidad de ser vista y escuchada que habían descubierto en su interior, solo para después manipularla a su antojo, como si no fuese más que una marioneta.
Habían tirado de sus hilos mientras Irene se quedaba de brazos cruzados, dejando que hiciesen con ella lo que quisieran.
Pero eso se había acabado.
Irene Manette Bamford era egoísta. Era cruel. Una zorra despiadada y ambiciosa.
Y se había hartado de creer en las promesas de hombres miserables .