Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 40 Emilio #2
79%

40 Emilio #2

De repente, con una fuerza tan sorprendente que logró doblar los árboles que había a su alrededor y le sacudió los mechones que le habían caído sobre la cara, una ráfaga supersónica de sombras salió disparada desde detrás de la criatura sombría.

En un abrir y cerrar de ojos, la criatura explotó, convirtiéndose en una gigantesca nube de humo y cenizas.

Emilio tosió con fuerza. Apenas podía ver nada en medio de aquella neblina. Pero captó cómo algo se movía justo delante de él. Cómo hacía a un lado la cortina de humo que lo rodeaba. No era la criatura sombría…, sino algo más. Alguien más.

Una figura emergió de entre la neblina. Una fuerza brillante bañada en sombras.

Casi no lo reconoció.

Augustine Hughes se encontraba de pie frente a él, entre dos árboles, como un ángel caído preparado para la batalla.

Llevaba la camisa blanca desabrochada y sin meter por dentro del pantalón, y unas gruesas franjas de sombras serpenteaban de arriba abajo por la piel expuesta de su pecho, trepando después por su cuello.

Una gruesa capa le cubría los hombros, cayéndole a ambos lados, en una especie de cascada de negrura.

Cuando sus ojos plateados se posaron sobre el rostro de Emilio, se produjo un instante de vacilación, de total y absoluta incredulidad, y entonces Augustine Hughes, el famoso Demien traidor y sanguinario, esbozó la sonrisa más radiante que Emilio había visto jamás.

Dio un paso vacilante hacia él.

—Emilio.

Al oír a alguien pronunciar su nombre, y con un alivio tan evidente, Emilio no pudo evitar sonrojarse. Todo su cuerpo se puso en tensión, aunque no invocó su magia, a pesar de la evidente amenaza que se cernía en ese momento frente a él.

—August.

Emilio esperaba que August se le acercase, pero, en cambio, hizo algo que no alcanzó a comprender. Se arrodilló junto a lo que quedaba de la criatura sombría y dejó caer una mano sobre la tierra húmeda.

—Lo siento mucho, amigo mío.

Emilio ladeó la cabeza, confuso.

¿«Amigo mío»?

Pero, antes de que Emilio pudiese preguntarle a August qué quería decir con eso, Olivier apareció corriendo por el camino, justo a su espalda, y estuvo a punto de tropezar y caerse al suelo en cuanto lo vio.

Logró recobrar el equilibrio a tiempo, agarrándose al hombro de Emilio.

Las demás aparecieron tan solo unos segundos después y, de repente, Catherine, Dina y Olivier estaban de pie junto a Emilio, y todos estaban contemplando la escena con la misma expresión de desconcierto.

Todos debían de estar pensando lo mismo que se le había pasado a Emilio por la cabeza cuando había visto aparecer a August.

No puede ser real. Él no puede ser real.

Pero aquello no era ninguna ilusión.

Es real .

La mirada de August se desvió a la derecha, posándose sobre Olivier. Y sus ojos grises se iluminaron al verlo.

—Olivier.

Este tenía aspecto de haber visto un fantasma. Se había quedado boquiabierto por la sorpresa, con los ojos como platos y el ceño fruncido. Un sonido ahogado se escapó de entre sus labios, algo a medio camino entre una carcajada y un grito ahogado.

Catherine dio un paso adelante, aferrándose con fuerza al asta de su lanza.

—¿August?

El chico de ojos plateados asintió con la cabeza como respuesta, vacilante.

—Catherine.

Dina soltó un gruñido frustrado.

—Bueno, joder , ya que estamos presentándonos todos…

Hola. Yo soy Dina. —Se llevó una mano al pecho y le hizo una pequeña reverencia burlona, casi dejando caer a Benji en el proceso.

Emilio suspiró aliviado en cuanto vio a la pequeña criatura, que no parecía haber sufrido daño alguno—.

No nos conocemos, pero diré que tu reputación te precede, así que no hace falta que te presentes formalmente.

Ahora, ¿te importaría explicarnos qué demonios estás haciendo aquí?

August se removió en su sitio, claramente incómodo, y tironeó nervioso del cuello de su camisa.

—En realidad, os estaba buscando —explicó—.

Bueno, estaba buscando a la Resistencia.

Pero, cuando oí los gritos de Emilio… —Dejó la frase en el aire y recorrió al grupo con la mirada.

Una extraña corriente se apoderó del ambiente, una tensión tan densa que podría haberse cortado con el filo de un cuchillo de mantequilla.

Catherine clavó la lanza con fuerza en el suelo. Y un rayo de magia corpórea chisporroteó bajo sus pies.

—¿Que estabas buscando a la Resistencia? ¿Para qué ? —Catherine se acercó un poco más a él, con la cabeza ladeada—. ¿Para destruirnos?

—No. —August se estremeció ante aquella acusación—. Iba… Iba a pediros si podía unirme a vosotros.

Catherine soltó una carcajada seca y amarga.

—¿Quieres unirte a nosotros? ¿Es que nos tomas por idiotas?

August suspiró.

—Mira. Sé que no confías en mí…

—¡Te pedí que te unieses a nosotros! —gritó Catherine, interrumpiéndolo, y una serie de rayos de luz brillante crepitaron a lo largo de su lanza—. Pero dijiste que no . Te negaste a abandonar la Orden. Te negaste a darle la espalda al Desalmado.

—Las cosas han cambiado —replicó August—. Yo he cambiado.

—Lo siento, pero tengo que intervenir —los interrumpió Olivier, dando un paso al frente—.

Por mucho que me gustaría creer que de verdad has venido a ayudarnos, ¿cómo esperas que me crea una sola palabra de lo que salga por tu boca cuando te has pasado los últimos doscientos años planeando cómo destruirnos?

August apretó la mandíbula. Cuando se volvió hacia Olivier, Emilio pudo ver cómo siglos enteros de palabras que se habían quedado sin decir flotaban por el aire entre ellos.

Compartían una conexión que Emilio jamás llegaría a comprender del todo.

Algo que tan solo podía forjarse entre dos personas que llevaban el suficiente tiempo en el purgatorio como para comprender mejor que nadie las verdaderas consecuencias de la eternidad.

—Olivier. —August pronunció su nombre con dulzura—. Sé… Sé que os he decepcionado…

—Decir que nos has «decepcionado» se queda muy corto —murmuró Olivier.

—Y tienes razón. Estuve de su lado. Durante mucho mucho tiempo. Más del que me enorgullezco de admitir. Pero ya no. El único motivo por el que renuncié a mi humanidad fue para tener alguna posibilidad de salvar a Wren…

—Espera un momento. —El mundo de Emilio se tambaleó mientras trataba de asimilar lo que acababa de decir August—. ¿A qué te refieres con «salvar a Wren»? —Una diminuta chispa de esperanza despertó de repente en su pecho—. ¿Es que no ha…? Todos supusimos que había…

August negó con la cabeza.

—Su alma no se desvaneció durante el Decenio —respondió en un susurro. Y aquellas palabras bastaron para alimentar la pequeña chispa de esperanza de Emilio, convirtiéndola en todo un incendio. Wren había logrado escapar —. Edith se la llevó al campamento de la Orden. Y la mantuvo allí prisionera.

—¿Por qué? —preguntó Olivier.

August contuvo el aliento.

—Cierto… —Cerró los ojos con fuerza—. No lo sabéis.

—¿No sabemos el qué? —insistió Catherine.

Y entonces, con tan solo otras cuatro palabras, la esperanza que se había prendido en el pecho de Emilio murió de golpe.

—Wren es la catalizadora —murmuró August, con tono sombrío—. La que la profecía dice que destruirá Blackwood.

Olivier soltó una carcajada amarga. Incluso Emilio se estremeció ante aquel sonido.

—Vete a la mierda.

August parpadeó, desconcertado.

—¿Disculpa?

—Eso es imposible —murmuró Olivier, soltando una carcajada incrédula—.

Wren. ¿Estás hablando de Wren Loughty? ¿La misma Wren Loughty que casi sufrió un aneurisma por llegar cinco minutos tarde a clase?

¿La misma que se enfadaba cada vez que alguien sacaba mejor nota que ella en los ejercicios de segar almas que nos mandaban cada semana?

¿Me estás diciendo que ella será quien destruya Blackwood?

August ni siquiera vaciló. Ni tampoco esbozó ninguna sonrisa antes de responder.

—Sí.

El rostro de Olivier se ensombreció.

—Ah.

—Anoche… —August tragó saliva y le tembló la voz—. Cambió. Tuvo una visión. Y esta… la transformó.

—Pero… estamos hablando de Wren —dijo Emilio—. ¿No podemos intentar hablar con ella y…?

—Ya no es Wren —espetó August. Cerró los ojos y respiró con dificultad—. Quiero decir, creo que sí que sigue ahí dentro…, en alguna parte…, pero no es que haya renunciado a su humanidad y sucumbido a las sombras. Es como si se hubiese convertido en una extensión del Desalmado.

Un silencio sepulcral se apoderó del grupo.

Catherine llevó una mano a su mochila y sacó un pequeño frasco ambarino que contenía un extraño líquido negruzco en su interior. En cuanto lo destapó, el líquido se elevó en el aire, expandiéndose hasta cambiar de forma, haciéndose cada vez más grande.

August ladeó la cabeza y se acercó a ella.

—¿Qué estás haciendo?

—Voy a mandarle un mensaje a la Resistencia —murmuró Catherine.

La sustancia oscura como la tinta se expandió y contrajo hasta transformarse en un óvalo perfecto.

Pero había algo formándose en su interior.

Un rostro. El rostro de Catherine. Era como un reflejo, como si se estuviese mirando en un espejo de obsidiana—.

Si es cierto que la catalizadora ha despertado, entonces se nos ha acabado el tiempo.

Se aclaró la garganta y se volvió de nuevo hacia aquel extraño espejo.

—Al habla Catherine Clarke. —Le temblaba la voz al pronunciar cada palabra, aunque no apartó la mirada de aquella proyección en ningún momento—. La catalizadora ya ha despertado. Reunid a todos los reclutas y preparaos para atacar Blackwood. La espera ha acabado…, la guerra ya ha comenzado.

Llevó una mano al espejo de obsidiana y este se desintegró, desvaneciéndose bajo su contacto.

—¿Eso quiere decir que vamos a volver a rescatar a Masika? —preguntó Olivier.

Catherine asintió con la cabeza, vacilante.

—Podemos intentarlo. Cabe la posibilidad de que no lo logremos, de que ni siquiera esté allí…

—¿Masika? —los interrumpió August, acercándose a ellos—. ¿A qué os referís con «rescatarla»?