Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 40 Emilio
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40 Emilio

S e sentía un fraude. Se había presentado voluntario para participar en esta expedición con el único objetivo de salvar almas inocentes, de hacer lo correcto por primera vez en su vida.

Incluso aunque tuviese miedo. Incluso aunque la conciencia le estuviese gritando que huyese, que retomase su viejo instinto de supervivencia.

Entonces, ¿cómo demonios iba a poder justificar el hecho de que acababa de abandonar a Masika a su suerte?

—¡¿Es que te has vuelto loca ?! —Olivier se acercó a Catherine a la carrera, con paso firme, totalmente fuera de sí—. ¿Sabes lo que le van a hacer?

Llevaban discutiendo casi media hora. Catherine y Dina creían que regresar a Blackwood no tenía sentido, y que lo mejor que podían hacer era volver a la base de la Resistencia y reorganizarse.

La mera sugerencia de abandonar a Masika a su suerte había hecho que Olivier perdiese por completo los estribos, y no habían dejado de discutir desde entonces.

Emilio comprendía que Olivier estuviese cabreado, porque a él se le revolvía el estómago cada vez que pensaba en abandonar a Masika.

Pero también sabía, en el fondo, que Catherine y Dina tenían razón.

Que, si querían tener aunque solo fuese una ínfima oportunidad de colarse en los terrenos de Blackwood y rescatar a Masika, necesitaban refuerzos.

Catherine apretó la mandíbula con fuerza.

—Pues claro que lo sé —respondió, en voz grave y apenas audible.

—La van a torturar. —A Olivier le temblaban las manos—. La van a hacer pedazos. ¿Y pretendes que les dejemos hacerlo sin más?

—Nuestra principal prioridad debe seguir siendo la misión —dijo Catherine, cortante, aunque Emilio se fijó en el brillo angustiado que surcó su mirada. Como si el mero hecho de tener que decir aquello en voz alta le doliese—. Tenemos que regresar a la base y trazar un nuevo plan.

—¡Pues envíales un mensaje! —gritó Olivier, alzando las manos en el aire con exasperación.

Catherine se pellizcó el puente de la nariz y cerró los ojos con fuerza. Por un momento, se quedó así, como absorta en sus pensamientos, y después dejó caer la mano a un lado y se volvió hacia Olivier, para encontrarse con su mirada insistente.

—Pongamos que tienes razón. Digamos que la tienen prisionera.

Si eso es cierto, ¿de qué nos servirá volver a Blackwood y colarnos en la academia en este momento?

¿Sin ningún ejército que nos guarde las espaldas?

Tenemos que volver a la base y pedirles a los demás que nos ayuden. Elaborar un plan sólido .

—¡No tenemos tiempo para planes! —soltó Olivier—. ¡Imagínate lo que deben de estar haciéndole en este momento!

—¡Ya lo hago! —Catherine le empujó con fuerza del pecho.

Olivier se tambaleó hacia atrás, y la observó sorprendido durante un momento—.

Créeme, ya me lo estoy imaginando. Desde el maldito segundo en que se la llevaron.

¿De verdad crees que no me estoy muriendo por volver a rescatarla?

¿Que no se me rompe el corazón al pensar que le he fallado… otra vez ?

—Chicos. —La voz de Dina resonó con fuerza a su espalda, pero Emilio la ignoró, porque en ese momento tan solo le importaban Olivier y Catherine.

—Entonces, ¡¿por qué no haces algo al respecto?! —le recriminó Olivier, incrédulo.

—Ya lo estoy haciendo —le espetó Catherine, y la voz le tembló por culpa de la ira contenida—. ¡Estoy intentando actuar de forma racional, en vez de volver ahí y lanzarme directa a los brazos de nuestro enemigo sin un maldito plan!

Dina los llamó de nuevo, esta vez con mayor urgencia.

— Chicos .

Olivier soltó un gruñido frustrado y se volvió hacia ella.

—¿Qué…? —Pero Dina alzó una mano, pidiéndole que guardase silencio. Señaló hacia un punto a lo lejos, antes de llevarse un dedo a los labios, en un movimiento lento y deliberado. Emilio tardó un momento en comprender el por qué.

A unos metros de distancia, de pie frente a ellos, cerniéndose justo en medio de su camino, había una criatura sombría.

Parecida a la que los había atacado en Blackwood hacía tantas semanas.

Esa era un poco más pequeña, aunque aquello en realidad no sirvió para placar el terror que se estaba abriendo paso a través del pecho de Emilio.

De su figura sombría surgieron un par de alas largas y cubiertas de plumas oscuras, y de sus dedos torcidos sobresalían unas garras afiladas como agujas.

Pero, aunque se encontraban tan solo a unos metros de distancia de la criatura, esta no se movió.

De hecho, no pareció haberlos visto siquiera.

Dina bajó lentamente la mano hacia sus muslos y desenvainó un par de dagas. Sacó las armas con movimientos firmes y mesurados, con cuidado de no rozar por accidente la empuñadura con la vaina.

—Cat… —susurró, con voz temblorosa—. ¿Se te ocurre alguna idea?

Catherine negó con la cabeza, aunque el resto de su cuerpo permaneció helado, totalmente paralizado.

—Estoy en ello.

La criatura se quedó donde estaba, como si fuese una estatua. ¿Nos está mirando? , se preguntó Emilio. Era casi imposible discernir si la criatura tenía rostro o no, porque desde allí tan solo podían ver una compleja red de sombras ondulantes deslizándose donde debería haber estado su cara.

—A lo mejor no puede vernos —comentó Olivier en un susurro, encogiéndose de hombros, esperanzado—.

A lo mejor, si nos movemos muy despacio, podemos…

—Pero nunca llegó a terminar aquella frase; las palabras acabaron muriendo en su garganta cuando la criatura se volvió de repente hacia ellos, observándolos fijamente.

Por un momento, un silencio tenso se apoderó de todo.

Y entonces la criatura se abalanzó sobre ellos .

La reacción de Emilio fue instintiva. Agarró a Olivier de la mano y echó a correr.

Las demás también pasaron a la acción, huyendo a toda velocidad de la criatura, aunque Emilio no sabría decir si los estarían siguiendo o si habrían echado a correr en dirección contraria.

Pero no importaba. No cuando todavía podía oír a la criatura chillar y rugir a su espalda.

No cuando podía sentir la presencia de ese monstruo como una cuerda cerrándose alrededor de su garganta.

Era imposible saber lo cerca que estaba.

Si le faltaban tan solo unos segundos para alcanzarlos y clavarles sus garras afiladas en la espalda o no.

Perdido en medio de la vorágine de pánico en la que se había sumido, Emilio ni siquiera se fijó en la bifurcación del camino hasta que llegó a ella y tomó uno de los dos senderos. Olivier le soltó la mano sin querer y desapareció al otro lado de los árboles que le bloqueaban el paso.

— ¡OLIVIER!

Pero ya era demasiado tarde. Emilio lo perdió de vista y Olivier se desvaneció por el otro camino.

¿Por qué no se había aferrado a él? ¿Por qué no se había agarrado a su mano con más fuerza?

Maldijo por lo bajo y se tambaleó hacia atrás.

Lo buscó con la mirada entre los árboles circundantes, desesperado por encontrar cualquier rastro de Olivier, pero la oscuridad que reinaba en el bosque era su única compañía, con las ramas desnudas y retorcidas de los árboles cerniéndose sobre su cabeza como delgados y siniestros huesos.

Emilio respiró entrecortadamente, presa del pánico.

Se había perdido. Y los demás… No tenía forma de saber si estaban a salvo o no. Si los habían atacado.

Chas.

Oyó cómo una rama seca crujía con fuerza a su espalda.

Emilio se volvió hacia allí como un resorte.

Justo detrás de él, a tan solo unos metros de distancia, se encontraba la criatura sombría.

Sopesó sus opciones en un breve y tenso instante de silencio.

Las cuales, para ser sinceros, no eran muchas.

Echó a correr de nuevo. Corrió mucho más rápido de lo que había corrido nunca, con el pecho subiéndole y bajándole agitado con cada aliento.

Se abrió paso a través de las ramas secas y retorcidas de los árboles, y de la red de vegetación que le obstaculizaba la vista.

Echó un vistazo a su espalda con la esperanza de que, de alguna manera, hubiese podido dejar a la criatura atrás, pero ahí estaba…

, ese destello de oscuridad . Tenía las garras estiradas hacia él, listas para atacar.

La criatura sombría estaba a punto de alcanzarlo, persiguiéndolo a toda velocidad, como una masa ondulante de sombras, garras y dientes afilados.

Tenía que encontrar a los demás. Tenía que…

Se le enganchó el pie con algo duro. La raíz de un árbol.

Emilio salió volando por los aires y rodó por el suelo tras el impacto, tan solo deteniéndose cuando su espalda se estampó de lleno contra los pies de un árbol, y una oleada de dolor punzante y abrasadora le bajó por la columna.

Profirió un grito ronco, que se abrió paso a través de su garganta, desesperado y vacío.

Intentó ponerse de pie, pero se escurrió con la tierra húmeda, al tiempo que hundía los dedos en el terreno para tratar de empujarse, totalmente desesperado. Entonces oyó cómo algo crujía frente a él y, cuando alzó la vista, ahí estaba de nuevo…, la criatura sombría.

Emilio no se había fijado en ello antes, pero la criatura tenía ojos.

Unos ojos penetrantes y relucientes que parecían extrañamente humanos, a pesar del brillo salvaje que los iluminaba.

Eran verdes. Verde oliva, para ser exactos.

No pudo apartar la mirada de ellos. Era como si estuviese mirando directo a los ojos a la parca, al abismo impenetrable de la muerte.

—Por favor —le suplicó, alzando las manos en señal de rendición—. Por favor .

Entonces ocurrió una cosa de lo más extraña.

La criatura ladeó la cabeza. Como si lo hubiese escuchado.

Como si le hubiese entendido. Pero aquello era imposible.

Esa cosa no era más que una abominación de la magia sombría.

Una criatura hecha de sombras. Y, sin embargo, siguió observando a Emilio atentamente.

No lo atacó, como él había pensado que haría.

Era como si estuviese esperando…, pero ¿a qué?

Emilio jamás lo supo.