Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 39 ¿Wren?
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39 ¿Wren?

W ren Loughty ya no sabía dónde terminaban las sombras y dónde empezaba su alma. Buscó en su interior un atisbo de arrepentimiento. Un destello de la chica que solía ser. Pero no encontró nada. Porque ya no quedaba nada de esa chica.

Nada .

Así que, cuando le ordenó a August que se fuese y le vio salir corriendo de la tienda, dejándola atrás, lo único que sintió fue ira. Una furia abrasadora. El deseo de reducir el más allá y todo lo que se interpusiese en su camino a cenizas.

Es mejor así . La voz del Desalmado se abrió paso a través de su cabeza, deslizándose por su interior aunque, en esta ocasión, sonaba distinta.

Ya no solo podía oírlo, ya no era solo una voz distante que la atormentaba desde las profundidades de su mente, sino que también podía sentirlo , como si formase parte de ella, como si sus almas estuviesen entrelazadas de alguna manera. Él jamás lo comprenderá.

Wren se quedó mirando fijamente su propio reflejo en el espejo. Su mirada estaba vacía. Y su alma estaba hambrienta.

— No quiero hablar de él.

Muy bien.

Wren se miró a los ojos y le dio la sensación de que estaba observando aquello que se escondía en su interior , su propia alma, y la del Desalmado.

— Todavía tengo una duda.

Su voz retumbó en las profundidades de su cabeza.

Te escucho.

Wren cerró las manos en puños y las sombras se deslizaron entre sus dedos.

— ¿Por qué yo?

El Desalmado soltó un murmullo, aunque sonó más bien como un ronroneo, y aquel sonido se deslizó por todo su cuerpo, como una vibrante oleada cálida.

Me estaba empezando a cuestionar cuándo me lo preguntarías .

Hizo una pausa, y poco después un profundo suspiro resonó en la cabeza de Wren.

Verás, aunque Silas ha llegado a considerarse a sí mismo un dios, en realidad no era, ni tampoco lo es ahora, más que un hombre.

Con sus imperfecciones. Capaz de cometer errores.

Y, cuando seleccionó tu alma, cuando orquestó tu muerte y arrastró tu alma hasta Blackwood, cometió el peor error de su existencia.

Por un momento, un silencio tenso y cargado los envolvió.

Dudó.

Wren ladeó la cabeza.

— ¿Dudó?

Cuando se te acercó aquella noche en la carretera, cuando se agachó a tu lado para arrancarle el alma a tu cuerpo moribundo y te lanzó hacia Blackwood, algo en su interior vaciló.

Aunque ese instante de duda no duró demasiado, bastó para distraerlo.

Cuando te dio el beso de la muerte…, algo salió mal.

Una pequeña gota de su magia se aferró a tu alma.

Una gota diminuta e insignificante. Tan pequeña que, en ese momento, ni siquiera se percató de que su poder se había alojado en el núcleo de tu alma.

Pero lleva ahí, escondido, desde el principio. Aguardando en tu interior.

Wren recorrió con el dedo índice una de las venas negras y dentadas que se le marcaban bajo la piel del antebrazo.

— No entiendo cómo el hecho de que una diminuta gota de su magia resida en mi interior cambia algo.

El Desalmado se rio, soltando una carcajada grave y aterciopelada.

Paciencia, mi dulce catalizadora. Ahora lo entenderás, déjame acabar de explicártelo.

— Adelante, entonces —le ordenó Wren—. Ve al grano de una vez.

Yo soy el único que puede borrar el pasado.

La voz del Desalmado fue cobrando fuerza poco a poco, reverberando en el interior de su cabeza.

El único con el poder de reducir Blackwood a cenizas.

Pero no puedo hacerlo sin ti. Porque tú eres el enlace de unión.

La llave . Su voz pareció vacilar por un momento, cobrar un deje curiosamente humano.

Yo… necesito algo más para lograrlo. Un anillo.

Silas me lo arrebató, hace muchos años, y lo mantiene escondido en una caja.

Una que solo puede abrirse si él la toca… , o con su magia.

En ese momento, lo comprendió todo.

— Y yo guardo una gota de su magia en mi interior.

Tú puedes abrir la caja, Wren . Un deseo enfermizo ardía con fuerza en la voz del Desalmado, un anhelo implacable. Puedes liberar todo mi poder. Y, una vez que encuentres el anillo…, deberás entregármelo.

— Pero ¿cómo se supone que voy a hacerlo? —le preguntó—. ¿No… existes solo en mi cabeza?

El Desalmado suspiró con fuerza. Wren juraría que sintió su aliento acariciándole la nuca.

No, mi dulce catalizadora. Tengo una forma física. Pero es muy frágil. Y tan solo cuento con un fragmento del poder que debería poseer.

— Entonces, ¿cómo voy a encontrarte?

Te estaré esperando en Blackwood . Sus palabras eran más una promesa que una advertencia. Yo te encontraré a ti .

Entreabrió los labios como si fuese a decir algo, pero, en ese momento, la puerta de la tienda se abrió sin previo aviso y, de repente, sintió cómo su conexión con el Desalmado titilaba.

No se había roto…, porque jamás se rompería.

Pero su voz se apagó. Se quedó callado. Aguardando pacientemente en las profundidades de su mente.

Edith se adentró en la tienda, ataviada con una armadura.

Se había puesto una capucha de cota de malla sobre su cabello negro azabache, adornada por una corona de sombras.

Una coraza de cuero negro se le ceñía a la cintura, con el emblema de la Orden de los Demien grabado sobre la piel endurecida.

Un ribete festoneado y una serie de remaches adornaban la parte del pecho, mientras que un conjunto de correas con hebillas decoraban los costados de la armadura.

Cuando sus ojos se posaron sobre Wren, se abrieron como platos durante una fracción de segundo, en un fugaz destello de sospecha que, sin embargo, se desvaneció en cuanto sus labios esbozaron una sonrisa burlona.

—Arreglada estás mucho más guapa.

Wren puso los ojos en blanco.

— Ahórrate los halagos, Edith . —Wren se le acercó con paso tranquilo, con un delicado torrente de sombras siguiéndola a cada paso que daba—. No te guardo ninguna clase de rencor por la tortura a la que me sometiste. Porque ahora comprendo que fue un mal necesario.

La sonrisa burlona de Edith vaciló por un momento, dejando entrever un breve destello aterrado.

—Me alegro —murmuró la alta general, esbozando una sonrisa tensa—. Aunque nunca me cupo ninguna duda de que acabarías entrando en razón. Pero bueno, no he venido por eso, sino para traerte un regalo.

Edith chasqueó los dedos y un par de guardias se adentraron en la tienda. Y no venían solos.

—¡Soltadme! —gritó Quinn, pataleando inútilmente, antes de que uno de los guardias la lanzase en dirección a Edith. La alta general agarró a Quinn del cuello, apresándola con fuerza, con una daga hecha de sombras apuntándole directo a la garganta.

El otro guardia estaba sujetando con firmeza a Arthur, agarrándolo de la muñeca, y le asestó una patada en la espalda, haciéndolo caer de rodillas al suelo. Le habían colocado un brazalete de seguridad alrededor de la muñeca, anulando así su magia, por lo que no podía defenderse.

— Ah . —Wren se quedó mirándolo fijamente, con la cabeza ladeada— . Ya veo. Pero si son nuestros traidores.

Ante aquella acusación, Arthur alzó la cabeza de golpe y le lanzó a Wren una mirada suplicante.

—Todo fue idea mía —dijo a la carrera—. Quinn no tuvo nada que ver con esto.

—¡No! —jadeó Quinn. Intentó moverse, pero Edith presionó la hoja de sombras con más fuerza contra su cuello, abriéndole la piel. Se quedó helada, y contuvo el aliento al tiempo que Edith la hacía sangrar—. Eso… Eso no es cierto.

—Yo era el único que sabía cómo quitarle el brazalete de seguridad. —Arthur se levantó lentamente—. Y era yo quien iba a hacerlo. No Quinn. Yo .

— Artie —gimió la chica mientras trataba de zafarse del férreo agarre de Edith—. No lo hagas. —Pero Arthur parecía decidido. Le sostuvo la mirada a Wren, implacable.

—Quinn no tuvo nada que ver.

Wren soltó un murmullo apreciativo, al tiempo que se acercaba a él. Podía ofrecerles clemencia, pero…

No , gruñó el Desalmado. Basta ya de clemencia. Basta ya de perdón.

— Debes pagar por tu traición. —Wren recorrió la mejilla de Arthur con el dedo, y una de sus sombras se enroscó a su alrededor— . Por tu insubordinación . —Arthur se estremeció cuando aquel término reverberó entre los dos— . Pero sería una pena… destruirte sin más. ¿No te parece?

Quinn pareció comprender lo que estaba queriendo decir antes que nadie. Profirió un grito salvaje, clavándole las uñas a Edith en la piel para tratar de liberarse, pero el agarre de la alta general se mantuvo firme.

— ¡No! —gritó Quinn, con voz ronca—. ¡Wren! ¡Por favor! ¡Detén todo esto!

Los ojos de Arthur se anegaron de lágrimas. Cuando volvió a hablar, lo hizo con dulzura.

—Haz lo que tengas que hacer…, pero… no le hagas daño a Quinn.

Valiente , pensó Wren, divertida. Pero increíblemente estúpido.

— Entonces, vamos a volverte un poco más dócil, ¿te parece?

Acunó el rostro de Arthur entre sus manos. Pudo ver el miedo refulgiendo en su mirada. La agonía.

Más , murmuró el Desalmado en su interior. Dame más.

Un grito desgarrado brotó de la garganta de Arthur cuando las sombras se deslizaron a través de sus labios, de sus oídos, de sus ojos y de su nariz.

De repente, lo consumieron todo. Devorándolo por completo.

De reojo, Wren pudo ver cómo Quinn gritaba desconsolada.

Pero sus patéticos llantos de dolor no significaban nada para ella. En todo caso, la alentaban a seguir.

Wren observó, embelesada, cómo el rostro de Arthur cedía ante las sombras que lo estaban devorando desde dentro. Cómo se convertía lentamente en esas mismas sombras. En un recipiente vacío bajo el control del Desalmado. En una criatura surgida del odio más puro.

Hasta que Arthur Alexander Ellington dejó de existir.

Y, en su lugar, se alzó la creación de Wren.

La Aberración profirió un chillido ensordecedor, y Quinn soltó un sollozo de dolor, un grito roto que pareció fundirse con el rugido de la criatura. Siente algo , parecía suplicarle a Wren algo en su interior, enterrado en lo más profundo de su ser. Tienes que sentir.

Pero lo único que sentía era el poder que le proporcionaba el sufrimiento de todos los que la rodeaban. El ansia que tenía de poseer mucho más .

Edith chasqueó los dedos y los guardias agarraron a Quinn por los codos, antes de sacarla a rastras de la tienda mientras ella no dejaba de gritar y sollozar.

Mientras tanto, Wren se acercó a la Aberración que hacía tan solo un momento había sido Arthur, con unos pasos lentos y metódicos.

La observó con la cabeza ladeada, examinando orgullosa su obra.

— Encuéntralo. —La Aberración parpadeó como si quisiese hacerle saber que la había entendido— . Destrúyelo.

La criatura sombría se encogió sobre sí misma, y su figura hecha de sombras comenzó a retorcerse hasta convertirse en un vórtice de oscuridad. En un abrir y cerrar de ojos, se desvaneció. Wren sabía perfectamente adónde se había marchado…, a quién había ido a buscar.

Edith se acercó a ella.

—¿La has enviado tras August?

Wren murmuró un asentimiento.

— Ya no es asunto tuyo.

Edith frunció el ceño con fuerza.

—Pero…

— A menos… —la interrumpió, observándola con los ojos entrecerrados— que estés preocupada por él.

La alta general se estremeció ante aquella acusación.

—No lo estoy.

— Porque eso sería un enorme quebradero de cabeza para el Desalmado —reflexionó, disfrutando de ver cómo Edith se retorcía bajo su atenta mirada.

No le había mentido antes al decirle que no le guardaría rencor por la tortura a la que la había sometido, pero aun así era bastante divertido devolverle ese pequeño favor— .

Porque no queremos que los molestos… sentimientos residuales nos nublen el juicio, ¿no te parece?

Para ser justos, Edith no se derrumbó ante el interrogatorio de Wren. Adoptó una expresión de total indiferencia y esbozó una sonrisa cauta y socarrona. Porque, si algo se le daba bien a Edith Hughes, era fingir.

—Te puedo asegurar, sin ningún atisbo de duda, que los sentimientos no nos supondrán ningún problema en este caso.

—A Edith se le tensaron los músculos del cuello antes de seguir hablando—.

Solo me preguntaba si no habríamos cometido un error al haberle dejado marchar.

Tiene información sobre nosotros. Demasiada, dirían algunos.

¿Y si la Aberración no logra acabar con él?

Aquella idea se le había pasado antes por la cabeza a Wren también, aunque ya no tenía importancia. Porque había tomado una decisión.

— De todos modos, aunque hiciese algo para tratar de detenernos, llegaría demasiado tarde —murmuró. Era cierto. Ya nadie podría detenerla— . Sea cual sea su plan, será inútil. Fútil. Al final, no le servirá de nada.

Aquello pareció satisfacer a Edith. Se acercó a Wren con cautela, y se detuvo a tan solo unos metros de ella.

—La Orden está lista —dijo, bajando un poco la voz, con un brillo emocionado refulgiendo en sus ojos oscuros—. Todas las unidades están preparadas. Solo necesitamos que des la orden. Si el Desalmado dice que ha llegado el momento, atacaremos.

Wren pudo sentirlo entonces, la delicada caricia del Desalmado en su interior. La calidez de su aliento.

Estoy listo.

Wren soltó un murmullo apreciativo.

— Muy bien, yo también.

Edith recorrió su rostro con la mirada y frunció el ceño, confusa.

—¿Ha dicho algo… el Desalmado? ¿Ha hablado contigo? —Su voz sonaba solemne, casi con un deje desesperado y patético.

Wren sonrió.

— Ha dicho que ha llegado la hora.

El rostro de Edith se iluminó con un brillo eufórico y ardiente.

—Entonces, ¿qué sugieres que hagamos?

Las sombras brotaron de las palmas de Wren, retorciéndose sobre sus manos hasta formar un par de espadas largas y dentadas; dos relucientes hojas de ónix con una empuñadura roja como la sangre.

Wren cerró las manos con desgana a su alrededor, al tiempo que un torrente de sombras rodeaba sus hojas puntiagudas.

De repente, una serie de llamas surgieron de su interior, serpenteando entre las sombras, entremezclando su resplandor carmesí con la oscuridad, formando un vórtice de poder abrasador sobre el filo de las espadas.

— Bueno, ya sabes lo que dicen —murmuró, y las sombras se alzaron en su interior gritando: más, más, más — . Cuando la infección llega hasta la raíz, a veces no queda más remedio que arrasar con todo.

Edith esbozó una sonrisa.

—No podría estar más de acuerdo .