Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 38 August
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38 August

– ¿

D ónde está?

August intentó hacer al guardia a un lado de un empujón, pero entonces aparecieron otros dos más, formando una barrera frente a la entrada de la tienda.

Cada uno portaba un sable curvo bañado en sombras, aunque aquella demostración de fuerza no bastó para asustar a August. Sabía que, si invocaba sus propias sombras, estas se encargarían de hacerlos a los tres pedazos en cuestión de segundos.

Les arrancaría el núcleo de sus almas a través de sus gargantas ensangrentadas si era necesario.

Pero el usar la magia sombría debía seguir siendo su última opción, sin importar lo tentadora que esta pudiese parecer.

—No me obliguéis a repetirlo —les advirtió en un siseo.

—La alta general Hughes ha solicitado que se deje a la catalizadora a solas por el momento. —Uno de los guardias esbozó una sonrisa de desprecio—. No se admiten visitas. Y eso te incluye a ti también .

August se acercó un paso más a él, observando con desdén el rostro despreciable del guardia.

—Me gustaría ver cómo intentas detenerme.

Y ahí estaba. El breve destello de miedo que surcó la mirada del guardia, resquebrajando por un momento su valiente fachada.

Adelante , le retó, enarcando una ceja. Ponme a prueba .

Pero el guardia debió de haberse dado cuenta de que estaba completamente fuera de su elemento, por lo que se hizo a un lado, apartándose del camino de August con un gesto de impaciencia e incredulidad.

—Luego no digas que no te lo advertí —murmuró.

August ni siquiera le prestó atención a su advertencia, hizo al guardia a un lado y se adentró en la tienda a toda prisa. Pero, en cuanto puso un pie dentro, se detuvo en seco, y observó conmocionado lo que le esperaba en su interior.

Wren estaba ahí de pie, dándole la espalda.

Una armadura con incrustaciones de plata adornaba su pecho, y unas hombreras afiladas protegían la curvatura de sus hombros.

August se adentró un poco más en la tienda, casi esperando que Wren se volviese a mirarlo en cualquier momento.

Se imaginó la forma en que esa sonrisa tan preciosa suya se extendería por sus labios.

El cómo cruzaría la estancia a la carrera, cerrando la distancia que los separaba a toda prisa, para lanzarse a sus brazos.

Pero no lo hizo. No ocurrió nada de eso.

—Loughty. —La voz de August surgió en apenas un susurro, pero, contra el silencio afilado que reinaba en el interior de la tienda de campaña, resonó como un eco atronador—. ¿Estás…? ¿Estás herida?

Entonces, por fin, tras oír su voz, Wren se volvió hacia él.

Pero la persona que le devolvió la mirada estaba casi irreconocible.

Las sombras se deslizaron por sus venas.

Manaron en oleadas de su interior, envolviéndola en una capa de oscuridad.

El blanco de sus ojos quedó oculto tras la negrura, en un parpadeo estaba ahí, y al siguiente había desaparecido.

Las sombras tan oscuras como la tinta le subían lentamente por el cuello, deslizándose después por su rostro, como una palpitante corriente eléctrica recorriéndole la piel.

Aquella no era Wren. Era otra cosa distinta.

Mitad sombra. Mitad humana.

— Estoy bien . —La voz de Wren resonaba con fuerza, tan afilada y letal como unos clavos oxidados— . Estoy mejor que bien.

August se quedó helado. Cerró las manos en puños a los costados.

—¿Qué te ha ocurrido?

Wren se acercó un paso a él. Al hacerlo, las sombras se movieron con ella.

— He descubierto la verdad —soltó con simpleza— . La traición que nos une a todos.

August negó con la cabeza.

—No lo entiendo.

— Silas nos asesinó . —Mientras hablaba, las sombras que la rodeaban se transformaron, fusionándose para esbozar la silueta vaga de un hombre— . Nos arrebató la vida. Nos robó la opción de elegir.

—Loughty. —Se acercó a ella, con cautela. Quería tomarla entre sus brazos y abrazarla con fuerza. Pero no se atrevía a tocarla—. Silas no me mató. Yo… morí en un incendio.

Wren ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa.

— ¿Ah, sí?

August se estremeció ante el tono burlón que cobró su voz.

—Sí —respondió en un murmullo, a la defensiva—.

Mi padre me atacó. Fue un accidente. Con la pelea, una vela cayó al suelo y…

—Se quedó callado de golpe. Había algo que estaba luchando por abrirse paso en su memoria, despertando en lo más profundo de su subconsciente.

Un destello de duda. Un recuerdo borroso.

— ¿Y… qué ? —insistió. Las sombras que habían formado la silueta de un hombre se removieron, deslizándose por el aire y, de repente, August se encontró de nuevo en medio del estudio de su padre.

Aquella era una recreación perfecta del aspecto que había tenido aquella fatídica noche—. ¿Qué ocurrió después, August?

—Yo… intenté ponerme en pie. —Se ahogó con sus propias palabras.

Se vio a sí mismo entre las sombras, su cuerpo tirado en el suelo del estudio.

Había algo que estaba surgiendo de su interior, abriéndose paso a través de la oscuridad de su memoria, acabando con siglos de contención.

Un rostro. Una figura. August observó, horrorizado, cómo las sombras se deslizaban hasta formar la misma silueta del hombre de antes, aunque esta vez estaba de pie en el umbral del estudio de su padre.

El hombre se acercó a él y dejó caer ambas manos sobre el pecho de August, para sujetarlo contra el suelo al tiempo que las llamas rugían con fuerza a su alrededor.

El recuerdo del momento de su muerte lo asaltó de repente.

Su cabeza se estrelló contra el suelo de madera, como si un peso invisible lo hubiese derribado, sujetándolo con fuerza contra los tablones hasta su muerte.

Wren esbozó una sonrisa y las sombras que la rodeaban parecieron ronronear de placer.

— Ahora lo recuerdas, ¿verdad?

Una extraña presión comenzó a acumularse tras sus párpados. Una oleada de vértigo que amenazaba por derribarlo.

—No… Es imposible que él… —Pero entonces supo la respuesta. Tan clara como el agua. La figura de pie en el umbral del estudio. Las manos que lo habían sostenido contra el suelo hasta la muerte. «Aquí es donde termina tu historia», le había susurrado Silas al oído. «Ahora es cuando te libero».

Su muerte nunca había sido elección suya. Silas se había encargado de tomar esa decisión por él.

August cayó de rodillas al suelo. Se llevó las manos temblorosas a los botones de la camisa, luchando por desabrocharlos, se le entrecortó la respiración y un sollozo ahogado surgió de entre sus labios. Todo ese tiempo. Todos esos años. ¿Cómo no lo había sabido? ¿Cómo podía haberse olvidado?

— Nunca estuvimos destinados a acabar en Blackwood.

—Wren se arrodilló a su lado— . Él quebrantó el orden natural de las cosas.

Nos arrebató nuestras vidas y nos condenó a existir en una eternidad que jamás debería habernos pertenecido.

Incluso aunque hubiésemos estado destinados a acabar en Blackwood desde el principio…

, se suponía que no debíamos permanecer entre los muros de la academia más de una década.

Ninguno de nosotros. Una vez pasado ese tiempo, debíamos cruzar al Otro Lado.

Siempre estuvimos destinados a poder elegir.

August se quedó mirando fijamente el rostro de aquella monstruosa versión de Wren. Y unas lágrimas ardientes le anegaron los ojos.

— ¿Y qué? —espetó. Incluso sus ojos parecían distintos. Sus preciosos y gélidos ojos azules estaban empañados por una ira mortífera, por una furia salvaje—. ¿Ahora vas a reducirlo todo a cenizas por ello? ¿Vas a destruir Blackwood y a todos los que estén dentro de sus terrenos?

Los labios de Wren se estremecieron.

— Eso es exactamente lo que pretendo hacer.

—No. —Negó con la cabeza—. Esta… Esta no eres tú, cariño. El Desalmado te está envenenando. Te está controlando…

— ¿Controlándome? —repitió, antes de soltar una sonora carcajada. Alzó una mano y una de las sombras se enroscó alrededor de su muñeca, transformándose en una daga afilada—. No, cariño . Por primera vez en mi maldita vida, soy yo quien tiene el control.

August se estremeció ante el veneno que le impregnó la voz.

—No. Te conozco, Wren Loughty. Te conozco. Y esta… —Señaló las sombras que la rodeaban con un gesto derrotado—. Esta no eres tú. —Pero en cuanto aquellas palabras abandonaron sus labios, la expresión de Wren se endureció. Se incorporó de nuevo, cerniéndose sobre August y observándolo asqueada.

— Edith está al llegar. —No había ni una sola pizca de remordimiento en su tono—.

En cuanto llegue, se enterará de tu traición.

Se te considerará un desertor. —Lentamente, bajó la punta de la daga hacia el cuello de August—.

Mi última muestra de misericordia será esta…

Márchate . Abandona el campamento y no regreses nunca.

August permaneció arrodillado ante ella, observándola atentamente.

—No pienso abandonarte.

— No te lo volveré a ofrecer. Esta es tu última oportunidad para marcharte con tu alma intacta.

—Entonces, llévatela. —August se llevó una mano al pecho—. Llévate mi alma, Wren. Ya te lo he dicho antes…, siempre fue tuya . Cada parte de mi ser. Mi corazón. Mi eternidad. Siempre te ha pertenecido solo a ti.

Su expresión mudó por completo. Fue un cambio sutil, casi hasta insignificante, tanto que si August no hubiese estado observándola, podría habérselo perdido.

Pero ahí estaba. Ese destello de angustia.

Un pequeño atisbo de todas las emociones que él sabía que yacían en su interior, enterradas bajo las sombras del Desalmado.

Pero Wren las reprimió, y el blanco de sus ojos quedó de nuevo eclipsado por la negrura.

— La chica a la que conociste ya no existe, August. —Su voz retumbó con fuerza en el interior de la tienda, grave y amenazante—. Así que márchate .

August alargó una mano hacia ella por última vez. En un último intento.

—Wren…

¡MÁRCHATE!

Aquella orden resonó en su cabeza, con tanta intensidad que salió despedido hacia atrás.

Esa voz le pertenecía a Wren, pero no tenía nada que ver con la versión retorcida y afilada con la que había estado hablando hacía tan solo un momento.

Era su voz, la de verdad. Desesperada. Suplicante.

Frente a él, las sombras de Wren se habían elevado por el aire, hasta alcanzar una altura imponente, creando una red de oscuridad ondulante que se retorcía y abría sobre su cabeza con una violencia sobrecogedora.

Lo siento , le susurró August mentalmente. Perdóname, cariño.

August se levantó a duras penas e hizo lo único que se le ocurrió.

Huyó.

Se le nubló la vista al salir de la tienda y adentrarse a la carrera en la ruidosa caverna.

No les prestó atención a los Demien que había a su alrededor.

Sus miradas penetrantes y sus susurros curiosos no eran más que un borrón insignificante en su campo de visión.

Ya no le importaban. Ya nada le importaba.

Siguió corriendo. Un pie después del otro.

Tenía que salir de allí. Alejarse tanto como pudiese de la destrucción que él mismo había causado.

Ni siquiera se dio cuenta de que se estaba acercando a la entrada del campamento hasta que salió al aire gélido de la noche y el bosque de la Viuda se abrió ante sus ojos.

August acababa de dar un paso hacia la linde del bosque cuando una voz lo detuvo.

—¿A dónde demonios crees que vas?

Quinn estaba de pie a su espalda, con el pecho agitado mientras trataba de recobrar el aliento. ¿Lo había seguido hasta allí?

—Me marcho —respondió August. Ni siquiera reconoció su propia voz.

Quinn frunció el ceño.

—¿Te marchas? No puedes marcharte . ¿Qué pasa con Wren?

—La persona que hay ahí dentro… —Señaló en dirección al campamento y negó con la cabeza—. Esa cosa … no es Wren.

—Entonces, ¿es cierto? —La acusación de Quinn le dolió como si le hubiese asestado una bofetada—. ¿Vas a irte sin más? ¿Te vas a rendir y la vas a abandonar? —La vergüenza le retorció las entrañas. August tuvo que apartar la mirada y volverse hacia el bosque.

—Ya he hecho suficiente.

Quinn se acercó a él.

—Wren te necesita, August.

—Lo sé. —Dios, pues claro que lo sabía. Pero ¿qué conseguiría quedándose allí? ¿Qué podía ofrecerle a Wren más que causarle más daño?—. Joder, ya sé que me necesita. Y lo he intentado. He intentado arreglarlo todo. Pero esto, todo esto , es culpa mía.

Un silencio tenso se extendió entre ellos. Quinn echó un vistazo a su espalda, comprobando que nadie los hubiese seguido. Cuando se volvió de nuevo hacia él, bajó un poco más la voz.

—¿A dónde vas a ir?

—Existe una resistencia…, a las afueras del purgatorio.

—August desvió la mirada hacia la linde del bosque de nuevo—.

A lo mejor ellos pueden ayudarnos. Quizás ellos sepan cómo liberar a Wren del control del Desalmado, antes de que destruya Blackwood.

—Se volvió de nuevo hacia Quinn—. Podrías acompañarme.

Pero la respuesta de la chica fue inmediata.

—No puedo.

August quería protestar. Encontrar la manera de convencerla de que abandonase el campamento.

Porque allí no estaba a salvo. Y su corazón acabaría siendo su perdición.

Pero sabía que era precisamente por ese mismo motivo por el que ella jamás abandonaría a Wren, incluso a pesar de en lo que se había convertido.

—Cuídate.

Quinn esbozó una sonrisa, pero era fingida.

—Lo intentaré.

August se dio la vuelta y se encaminó hacia el bosque. Cerró los ojos, y echó un vistazo en su interior. No había usado la magia espacial desde que se había marchado de Blackwood, y no estaba seguro de que aquello fuese a funcionar. Pero tenía que intentarlo.

Exploró su mapa interior. Buscando a dónde quería ir.

Haciendo a un lado la oscuridad, la negrura que le corría por las venas.

Y entonces, mucho más escondido y lejos de lo que había creído, encontró un destello familiar.

Un alma. Varias almas, en realidad. Las reconoció al momento.

Supo, con una seguridad inquebrantable, que eran ellos .

Iba a tener que usar más magia sombría de la que le habría gustado para trasladarse tan lejos de allí, pero no le importó.

Al tiempo que invocaba a sus sombras y lanzaba el hechizo de traslación, no pudo evitar recordar aquellas palabras que tenía grabadas a fuego en la memoria, grabadas en su propia alma.

La única promesa que había jurado mantener hasta el final.

«Encuéntrame. Donde quiera que estés, donde quiera que acabemos, no dejes de buscarme».

—Lo siento —susurró.

Y entonces Augustine Hughes lanzó el hechizo de traslación y rompió su promesa .