Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 36 Irene #3
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36 Irene #3

— Mentiroso —le escupió Masika, lanzándose hacia él.

Ante aquel movimiento brusco, Violet y Wesley dieron un paso adelante, tensos, y la magia corpórea cobró vida de inmediato sobre las palmas de sus manos, pero Silas alzó una mano y los dos frenaron en seco al instante—.

Todo esto es culpa tuya —le espetó—. El único motivo por el que el Éter necesita alimentarse de mi alma es por lo que tú hiciste.

¡Nunca debiste ser el director de Blackwood! ¡Ese puesto no te pertenece!

Violet esbozó una mueca de disgusto.

—Cierra la boca, niña insolente y…

—No pasa nada —murmuró Silas, interrumpiéndola.

Suspiró con pesar y se quitó lentamente los guantes negros—.

La chica tiene razón. Soy un mentiroso. Un ladrón.

Un estafador. —Cerró los dedos y su anillo dorado refulgió con un resplandor carmesí—.

Pero solo me convertí en aquello que tenía que ser para sobrevivir.

La expresión de Masika se endureció.

—Sacrificarme no cambiará nada —le espetó—. Nunca encontrarás a los demás. Y entonces el Éter se desmoronará. Perderás el control. Lo perderás todo .

Silas se inclinó hacia ella y rodeó los barrotes con las manos.

—¿Y por qué estás tan segura de eso?

Masika le fulminó con la mirada, observándolo con la barbilla bien alta.

—Porque prefiero morir mil veces a decirte dónde están.

Al oírla decir aquello, el director esbozó una sonrisa.

—Bueno, señorita Sallow…, eso no nos supondrá ningún problema.

—Chasqueó los dedos y Wesley se acercó a la celda, sacando la misma lanza que habían usado para torturar a Thalia—.

¿Te has preguntado por qué hemos esperado para sacrificar tu alma y alimentar así al Éter?

¿Por qué nos hemos molestado en meterte en esta celda?

—Recorrió su rostro con una mirada gélida, lentamente.

Masika debió caer en la conclusión al mismo tiempo que Irene porque, de repente, su expresión se ensombreció, y su mirada desafiante se desvaneció.

Silas se carcajeó.

—Tu presencia aquí no es más que una mera formalidad…, un mal necesario.

Masika se alejó de los barrotes entre tambaleos, retrocediendo un solo paso.

—Me estáis usando como cebo —dijo en un susurro, con la voz rota. No era una pregunta—. No os servirá de nada.

Silas cerró las manos alrededor del asta de la lanza.

—Eso ya lo veremos.

A Irene le entraron ganas de vomitar. Se tambaleó hacia atrás y se llevó una mano al estómago. Necesitaba tomar algo de aire fresco. Un momento para pensar.

—V-voy a ver cómo están Samira y Everly —murmuró. Pero, en cuanto se dispuso a alejarse de la celda, la voz del director Silas cortó el aire, obligándola a detenerse.

—Señorita Bamford.

El miedo se apoderó de Irene, al tiempo que se daba la vuelta, lentamente, para enfrentarse a Silas. El director había esbozado una sonrisa torcida, y su mirada había cobrado un brillo perverso.

—Preferiría que te quedases —le ordenó—.

Que observases. Después de todo…, como nueva miembro del Consejo…

—Se llevó una mano al bolsillo de la chaqueta y sacó un objeto de latón brillante de su interior.

Irene tardó unos segundos en darse cuenta de lo que tenía entre los dedos.

Una moneda —. Es necesario que aprendas todas nuestras tácticas de interrogación.

A Irene se le formó un nudo en la garganta. Incluso bajo la tenue luz de las mazmorras, la moneda refulgía con fuerza.

—¿De qué está hablando?

Silas esbozó una sonrisa felina.

—Enhorabuena, señorita Bamford. Ahora formas parte del prestigioso Consejo de la Academia Blackwood.

—Le dio vueltas a la moneda entre el dedo índice y el corazón.

Casi por instinto, Irene alargó una mano hacia ella, desesperada por tocarla, pero, antes de que pudiese arrebatársela, el director levantó la mano un palmo, alejándola de su alcance—.

Comprendes lo que significa aceptar esto, ¿verdad?

Irene mantuvo la mirada clavada en el rostro de Silas.

No se atrevió a mirar hacia otra parte. Si se permitía volverse hacia Masika, ver el miedo y la traición reflejados en sus ojos, correría el riesgo de derrumbarse.

Su control, ese que con tanto mimo había cultivado, se haría añicos en cuestión de segundos.

No podía luchar contra aquello. Al menos, allí no.

Si quería encontrar la forma de salvar a Masika, tendría que tragarse la vergüenza que sentía y hacerles frente a las consecuencias de sus actos.

Tendría que quedarse al margen y observar cómo torturaban a su amiga, a su mejor amiga , siendo plenamente consciente de que aquello era culpa suya. De que todo era culpa suya.

Culpa mía .

—¿Lo comprendes? —le preguntó Silas de nuevo, devolviéndola así al presente.

La pregunta permaneció flotando en el aire por un momento, e Irene dejó que su mirada se volviese hacia Masika por última vez.

Lo único que podía esperar era que su amiga adivinase lo que quería decirle con aquella mirada, con ese ligero brillo arrepentido que refulgió en sus ojos, cuidadosamente oculto tras su máscara de apatía.

«Lo siento».

«Te he fallado».

«Lo siento muchísimo».

Pero jamás se permitiría admitirlo en voz alta. Y aquellas palabras se perderían para siempre en el vacío que las separaba.

En cambio, Irene esbozó una pequeña sonrisa socarrona. Dejó que su rostro adoptase una expresión de calculada indiferencia. Y entonces, con toda la apatía que fue capaz de reunir, se volvió de nuevo hacia el director de la Academia Blackwood y dijo:

—Lo comprendo .