Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 36 Irene #2
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36 Irene #2

—Durante el Decenio, un Demien vino a buscarme.

—En cuanto aquellas palabras abandonaron sus labios, pudo ver cómo un destello de pánico surcaba la mirada de Masika, pero Irene siguió hablando, decidida a hacerla entender por qué lo había hecho—.

Quería que me uniese a ellos para poder ayudarlos a infiltrarse tras los muros de Blackwood.

Así que me convertí en Ascendida para trabajar como agente encubierto para la Orden.

Para descubrir cómo debilitar las defensas de Blackwood y ayudarlos a acabar con Silas.

Una emoción que no supo identificar se apoderó del rostro de Masika.

—¿Por qué me estás contando todo esto?

Irene bajó un poco más la voz y adoptó un tono suplicante antes de seguir hablando.

—Podrías unirte a nosotros.

Masika cerró los ojos con fuerza e hizo una mueca.

—Por Dios, Irene…

—Él podría ayudarte a ti también —la interrumpió.

Sabía que prácticamente le estaba suplicando que se uniese a ellos, pero eso no le impediría intentarlo.

No cuando aquella podía ser la única oportunidad que tendría de salvar a su amiga—.

Sé que odias a la Orden de los Demien, que crees que todos son seres malvados y desalmados, pero tienen sus motivos.

Y el Demien con el que he estado trabajando podría ayudarte a escapar, evitar que te sacrificasen.

Podría encontrar el modo de salvarte, a ti y a los otros, pero tendrías que jurarle lealtad a la Orden…

—¡No quiero convertirme en una maldita Demien!

—gritó Masika de repente, sin previo aviso, y el veneno que impregnó su voz hizo que Irene guardase silencio de golpe—.

¿Es que no comprendes lo que tienen planeado hacer en realidad cuando «borren el pasado»?

No solo pretenden destruir a Silas, quieren acabar con las almas de todos los alumnos. Con todas las almas inocentes.

—Pero… —Hizo una mueca, haciendo a un lado sus propias dudas.

Quisiese admitirlo o no en voz alta, el precio que la Orden estaba dispuesta a pagar por hacer justicia siempre le dejaba un sabor amargo e n la boca.

Pero eso no cambiaba el hecho de que Blackwood debía arder por lo que había hecho—.

Es por el bien común. El más allá está sufriendo por lo que hizo Silas.

La única forma de acabar con la corrupción es arrancándola de raíz.

Masika se estremeció, horrorizaba. Ahí está . Esa era la mirada que Irene había estado esperando que le dirigiese desde el principio.

La que reflejaba lo que sentía Masika por ella en realidad.

—Dios… —La chica negó con la cabeza—. A lo mejor Emilio y Olivier tenían razón. Tal vez ya no podamos hacer nada para salvarte.

Irene se estremeció al oírla pronunciar aquellos nombres.

Cuando los había visto en el bosque, cuando había sido consciente de que podía destruir sus almas con sus flechas, había sido incapaz de ignorar la oleada de tristeza que le había atravesado el pecho, viéndose enredada con el breve destello de alegría que había sentido al descubrir que, de alguna manera, los tres habían sobrevivido al Decenio.

—Ellos consiguieron escapar…, ¿sabes? —Irene se fijó en cómo a Masika se le iluminaron los ojos, incapaz de ocultar el alivio que sentía—.

Después de que te trajésemos de vuelta aquí, a las mazmorras…

, las demás siguieron buscando al resto de tu grupo por el bosque, pero no lograron encontrarlos.

Y al final acabé convenciéndolas de que no tenía sentido seguir buscándolos.

Masika soltó una carcajada burlona.

—Si pretendes que te dé las gracias por ello, puedes esperar sentada.

El silencio volvió a apoderarse de ellas mientras Irene le sostenía la mirada fulminante a Masika.

En ese momento, se dio cuenta de que no iba a poder razonar con ella, convencerla de que se uniese a la Orden.

Al menos, aún no. Pero el tiempo estaba en su contra y, a pesar de la determinación de Irene, era imposible negar que su única oportunidad de salvarla se le estaba escurriendo entre los dedos, y que, muy pronto, su única amiga se desvanecería… , para siempre.

De repente, el ruido de unos pasos que se acercaban hacia ellas resonó por el pasillo, justo detrás de Irene, y un familiar murmullo de voces resonó por las paredes de las mazmorras.

Cuando se volvió a mirar a Masika, pudo ver el miedo reflejado en su mirada. Ese pánico que tan bien había ocultado. Porque, por muy fuerte que pudiese parecer, Irene sabía, con una inquebrantable certeza, que estaba aterrorizada.

—Acabará ocurriendo —le dijo Irene en un susurro, nerviosa. Cerró las manos alrededor de los barrotes de hierro y bajó un poco más la voz—. Lo quieras o no. La Orden de los Demien atravesará las puertas de la Academia Blackwood, así que tú decides si estarás conmigo cuando eso ocurra… o contra mí.

El pecho de Masika subía y bajaba al ritmo de sus respiraciones aterradas y temblorosas. Alargó las manos hacia los barrotes y las posó sobre las de Irene, tan rápido que apenas tuvo tiempo de reaccionar, de apartarse de ella.

—No puedo.

Y eso fue todo. Con esas dos palabras, Masika acababa de firmar su sentencia de muerte.

Su destino ya estaba sellado, y su destrucción había pasado a ser una certeza.

Irene apartó las manos con brusquedad, aunque pudo sentir la caricia fantasma de los dedos de su amiga en el dorso de la mano, como si se le hubiesen quedado grabados en la piel.

Irene sacudió la mano y la barrera de sonido desapareció.

Tan solo unos segundos después, tres figuras emergieron de entre la oscuridad.

A la cabeza del grupo se encontraba el director Silas, con una chaqueta azul marino sobre los hombros y un bastón en una mano.

Junto a él, flanqueándolo, se encontraban la directora Violet y el director Wesley.

Los dos caminaban con las manos entrelazadas frente a ellos, observando el camino con una expresión estoica.

—Ah. Irene . —La voz de Silas resonó inquietantemente serena—. ¿Reencontrándote con tu vieja amiga?

Irene se puso en tensión. Se volvió hacia Masika por un segundo, que seguía contemplando la escena con rostro impasible.

—Se me ha ocurrido que podría adelantar el interrogatorio un poco —respondió Irene—. Ver si podía sonsacarle algo de información.

Silas posó la mirada en Masika, quien contuvo el aliento con brusquedad.

—Masika Sallow. —Pronunció su nombre lentamente, marcando cada sílaba—.

Me has sorprendido. Incluso se podría decir que estoy impresionado.

Cuando me enteré de que habías quedado sepultada bajo una montaña, no esperaba que salieras ilesa.

—Recorrió con la mirada la cicatriz que le cruzaba el rostro con una precisión deliberada—.

Bueno, supongo que no saliste del todo ilesa.

Masika tragó saliva con fuerza. Hay que reconocerle que le sostuvo la mirada con firmeza.

—Si has venido a sacrificarme para alimentar al Éter, hazlo de una vez.

Silas se detuvo frente a los barrotes de la celda. Tan solo los separaban unos metros, y estaban lo bastante cerca como para que, si uno de los dos alargaba una mano, pudiesen tocarse perfectamente, aunque Irene dudaba que Masika fuese a intentar hacer algo tan estúpido.

—Todo a su debido tiempo —respondió Silas.

Observó a Masika con un extraño brillo refulgiendo en su mirada, casi como si estuviese esperando a que ocurriese algo muy concreto—.

¿Sabes, señorita Sallow?... En realidad nada de esto es culpa mía.

El Éter se ha ido… deteriorando con el tiempo.

Y desde que os marchasteis se ha vuelto casi completamente inestable. Si no se le da lo que quiere…