Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 36 Irene
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36 Irene

« E ntonces, adelante. Aquí me tenéis. Hacedlo».

Las palabras de Masika resonaron en la cabeza de Irene, grabándosele a fuego en la memoria. ¿Habría sido capaz de hacerlo? ¿Le habría disparado si no le hubiese dejado otra opción?

Cuando encontró a Masika en el bosque, todo su mundo se había vuelto patas arriba.

Se había pasado las últimas semanas enfrentándose a la realidad de que su mejor amiga había desaparecido, convenciéndose de que estaría mejor sin ella, de que la destrucción de Masika siempre había sido inevitable, pero toda esa aceptación forzada se había esfumado en cuanto la había vuelto a ver.

Irene lo había sentido al instante, golpeándole de lleno el pecho, obligándola a centrarse solo en él.

El alivio.

Pero justo tras él la había sobrecogido toda una oleada de cientos de emociones confusas y contradictorias, obligándola a sentirlas, sin dejarle escapatoria.

Porque la presencia de Masika no cambiaba nada.

No cambiaba el hecho de que Irene le había jurado lealtad a la Orden de los Demien.

Que se suponía que debía representar su papel dentro de los Ascendidos a la perfección para ayudar a Mateo a conseguir esa moneda capaz de desmantelar las barreras defensivas de Blackwood.

Y, lo que era más importante, aquello no cambiaba los deseos de Irene.

El poder inconmensurable que le habían prometido le resultaba embriagador, demasiado atractivo como para renunciar a él.

Y no quería renunciar a él. Pero tal vez existiese alguna manera de tenerlo todo.

Una forma de asegurarse de que Masika estuviese a salvo, y seguir a su vez adelante con el plan de la Orden.

Al fin y al cabo, había sido Silas quien le había exigido que acabase con Masika.

Quien necesitaba que sacrificase su alma.

A lo mejor, si Irene hablaba con Mateo, él estaría dispuesto a perdonarla y liberarla.

Masika técnicamente ya no formaba parte del alumnado de Blackwood, así que quizás no tendría por qué ser destruida cuando la Orden arrasase con todo.

Sobre todo si lograban convencerla de que se uniese a ellos.

Se aferró a ese minúsculo atisbo de esperanza mientras se adentraba en las mazmorras.

El aire húmedo de la sala de tortura subterránea le llenó los pulmones, y el hedor a podredumbre y descomposición le embotó los sentidos.

Ignoró el ruido de unas uñas arrastrándose por el suelo de cemento, y los gemidos ahogados y agónicos que reverberaban con fuerza entre las sombras.

No podría hacer nada para detener su sufrimiento.

Solo había un alma allí a la que quizás pudiese salvar.

Irene esperaba encontrarse a Masika hecha un ovillo en el suelo de su celda, con el miedo reflejado en sus ojos ambarinos. Pero la chica con la que se topó al otro lado de los barrotes no parecía asustada en absoluto. De hecho, parecía preparada para luchar.

Masika estaba de pie, de brazos cruzados, en medio de su celda, como si la hubiese estado esperando.

—¿Has venido a rematar el encargo?

—De todos los lugares a los que podrías haber ido… —murmuró Irene, con un suspiro—. ¿Por qué volviste aquí ?

Masika no se anduvo con rodeos, en cambio, le dio una respuesta directa y vaga, tal y como Irene había esperado que hiciera.

—Porque teníamos que hacerlo.

Irene se acercó un poco más a la celda.

—Y supongo que no me vas a contar qué es lo que teníais que hacer por aquí exactamente, ¿verdad?

La chica esbozó una sonrisa divertida.

—¿Tú qué crees?

Irene se cruzó de brazos y tamborileó los dedos sobre su bíceps.

—Bueno… —Soltó un pesado suspiro—. Supongo que en realidad no importa, ¿verdad? Estás aquí atrapada. Así que vas a acabar contándonoslo lo quieras o no.

Masika cerró los dedos alrededor de los barrotes de hierro de la celda, inclinándose hacia ella.

—¿Eso es una amenaza?

Ella se encogió de hombros.

—Es un hecho.

Un denso silencio se extendió entre ellas. A lo lejos, oyeron como un alma profería un grito roto, aunque ninguna de las dos se atrevió a rehuir la mirada de la otra. Era como si se hubiesen sumido en una guerra silenciosa, con los ojos clavados en los de la otra en una especie de duelo tácito.

Masika apoyó la frente sobre los barrotes. Un mechón de cabello oscuro le cayó sobre la frente, ocultándole los ojos ambarinos.

—¿Crees que en otra vida podríamos haber sido hermanas?

Irene se estremeció. A pesar del delicado susurro de su voz, las palabras de Masika resonaron ásperas y chirriantes en medio del impenetrable silencio de las mazmorras, clavándosele en el pecho como puñales.

—¿Qué clase de pregunta es esa? —le espetó.

Masika esbozó una sonrisa burlona.

—Concédeme el gusto.

Irene se cruzó de brazos, como si así fuese a poder protegerse de las afiladas palabras de la chica.

—¿Por qué iba a hacerlo?

— Irene —insistió—. Tú solo responde a la pregunta.

Había pronunciado su nombre en un tono decepcionado, como el de una madre regañando a su hijo después de que este hubiera hecho una travesura. La ira ardió con fuerza en su interior, cobrando además un deje un poco más intenso, más amargo y vergonzosamente parecido a la vergüenza.

—Muy bien. Vale —resopló. Se puso a caminar de un lado a otro por el pasillo, tamborileando los dedos sobre sus brazos—.

Te seguiré el juego. Digamos que la respuesta es sí .

Que podríamos haber sido hermanas. Entonces, ¿qué?

¿Crees que las cosas habrían acabado de forma distinta?

¿Que no me habría alejado de ti durante la tercera prueba?

¿Que no habría tomado la decisión de dejarte atrás?

—La voz se le fue elevando a cada pregunta que formulaba, temblando de frustración—.

Sigo siendo yo, Masika. Soy una egoísta de mierda, siempre lo he sido.

Masika soltó una sonora carcajada, e Irene se encogió sobre sí misma, sorprendida.

—Oh, vamos, déjate de ese complejo de víctima que llevas —la reprendió, lo que solo sirvió para alimentar las llamas de la ira que ardían en el pecho de Irene—.

Eres mucho más que eso y lo sabes. Eres…

Eres fuerte. Y leal. Como un aterrador y sangriento golden retriever .

Finges ser una egoísta, cuando, en realidad, jamás lo has sido.

Irene vaciló. ¿Cómo podía Masika creer eso? ¿Cómo podía estar tan ciega como para no fijarse en la oscuridad que se arremolinaba en su interior?

Irene se detuvo de golpe y se volvió hacia la celda.

Se acercó un poco más a ella, aunque se aseguró de mantener la distancia, de no acercarse lo suficiente a Masika como para que pudiese introducir una mano entre los barrotes de hierro y atraparla.

A pesar de la amistad que hubiesen compartido en el pasado, o de los resquicios de esta que pudiesen quedar, Masika seguía siendo una prisionera, e Irene era su captora.

Si hubiese sido a la inversa, si hubiese sido ella quien estuviese tras aquellos barrotes, no habría dudado a la hora de atacar.

Masika ladeó la cabeza.

—¿Qué pasa?

Irene tragó con fuerza.

—Te abandoné.

Algo refulgió tras los iris brillantes y ambarinos de Masika, un breve destello de amargura.

Bien , pensó. Ódiame . Pero la amargura desapareció tan solo un segundo después, oculta tras su familiar mirada de benevolencia, que en ese momento le puso los pelos de punta.

Porque ¿cómo podía mirarla de esa forma después de todo lo que Irene había hecho?

¿Cómo podía ella merecer algo más que su odio puro y desenfrenado?

Masika se aferró con fuerza a los barrotes de hierro, con la mirada clavada en la de Irene.

—No vas a hacerme daño.

El pánico se apoderó de Irene al oírla hablando con tanta seguridad.

—No sabes de lo que soy capaz.

—Sí —susurró, con una sorprendente convicción ardiendo en su voz—. Lo sé. Y, a pesar de eso…, sigues siendo mi amiga.

Irene retrocedió entre tambaleos. Cerró las manos en puños y los dejó caer a los costados, con el pecho subiéndole y bajándole con fuerza, con la respiración agitada y entrecortada.

—No lo hagas.

—¿Que no haga qué ? —Masika se aferró aún más fuerte a los barrotes—. ¿Preocuparme por ti? Venga ya, Irene, ¿de verdad te cuesta tanto aceptar que le importas a alguien?

Negó con la cabeza, alejándose aún más de ella.

No pensaba entrar en su juego. No podía hacerlo .

No a menos que pudiese asegurarse de contar con la lealtad de Masika, de que lograse convencerla de unirse a la Orden.

Pero no tenía forma de saber cuánto tiempo les quedaba.

Si Irene quería intentar explicarle las cosas, tendría que hacerlo rápido…

, y tendría que poner en peligro su misión.

A la mierda.

Irene alargó un brazo e invocó una barrera de sonido a su alrededor, resguardando la celda de Masika también en su interior. La chica observó desconcertada cómo el escudo azul claro aparecía de repente a su alrededor, formando una esfera de luz tenue en medio de las mazmorras.

—¿Qué estás…? —Pero Irene la interrumpió, acallando su voz, y las palabras le salieron a borbotones de entre los labios antes de que pudiese echarse atrás.

—Necesito que me escuches antes de que me digas que no —comenzó a decir Irene, aferrándose a los barrotes de hierro de la celda.

Masika bajó la mirada hacia sus manos por un segundo, antes de volver a alzarla hacia su rostro—.

Sé que crees que te he traicionado por haberme unido a los Ascendidos.

Que estaba dispuesta a sacrificarte, a ti y a todos los demás, solo por esto . Pero no es así.

Masika negó con la cabeza.

—No lo entiendo…