35 August
N o había podido detenerlo. No había tenido tiempo para reaccionar.
En un momento, Wren había estado tirada en el suelo, retorciéndose, presa de las convulsiones, con los ojos en blanco y, al siguiente, August se había visto lanzado hacia atrás por una fuerza arrolladora, estrellándose contra el suelo a unos metros de distancia de donde se encontraba.
Entonces se desató el caos. Las voces se alzaron y los gritos resonaron por toda la caverna.
Una opaca nube de humo empañó el aire, lo bastante densa y oscura como para que August apenas pudiese ver sus propias manos, ni siquiera teniéndolas delante de él.
Se puso de pie entre tambaleos, y fue en busca de Wren, pero todo había quedado oculto tras la impenetrable nube de humo que parecía llenar cada centímetro de la cueva.
Aunque no duró mucho.
Tan rápido como había surgido, el humo se disipó.
Centímetro a centímetro, se fue desvaneciendo, elevándose hacia el techo rocoso de la caverna.
La cacofonía que se había desatado hacía tan solo un momento se fue apagando, a medida que la nube se despejaba.
August pudo ver los rostros de los demás, de los otros Demien que lo rodeaban y que observaban la escena claramente confusos.
Edith se encontraba a tan solo unos metros de distancia, y estaba tosiendo con fuerza mientras la neblina de humo terminaba de disiparse.
August esperaba encontrar el cuerpo de Wren aún tirado en el suelo. Su figura retorcida sobre la arena, destrozada y maltrecha. Pero, cuando por fin la localizó, Wren ya no estaba tirada en el suelo.
De hecho…, estaba despierta.
Wren estaba de pie. Y una expresión serena se había apoderado de su rostro, al tiempo que echaba un vistazo a su alrededor, con calma.
Por un momento, se sintió aliviado. Y notó cómo una ínfima chispa de esperanza se prendía en su pecho.
Pero esta se desvaneció rápidamente en cuanto se fijó en lo que rodeaba a Wren.
En lo que surgía de su interior.
Sombras .
Estaban por todas partes. Corriéndole por las venas.
Brotando en oleadas de su cuerpo. Docenas y docenas de remolinos sombríos surgieron de su interior, enroscándose alrededor de sus brazos y sus piernas con una desesperación casi voraz.
Incluso sus ojos azules habían quedado eclipsados por ellas, convirtiéndose tan solo en un par de pozos negros que le devolvían la mirada, y una sonrisa perversa curvaba sus preciosos labios.
Wren no solo había sucumbido a las sombras… , se había convertido en ellas.
August se tambaleó. Alargó una mano temblorosa hacia ella.
—Cariño… —Se le rompió la voz al hablar—. ¿Qué has hecho?
Pero Wren, o lo que quedaba de ella, no le respondió.
August ni siquiera estaba seguro de que le hubiese oído.
De repente, Edith dio un paso adelante. Se acercó a Wren con cautela, con algo salvaje y aterrador refulgiendo con intensidad en su mirada.
Se detuvo frente a ella de forma abrupta, y August se puso en tensión, preparándose para saltar e interponerse entre su hermana y Wren si era necesario.
Pero Edith no desenfundó su daga. Ni tampoco invocó sus sombras.
En cambio, hizo algo que August jamás habría imaginado que la vería hacer ante nadie.
Se arrodilló.
La multitud de Demien que los rodeaba la imitó, dejándose caer de rodillas al suelo e inclinando la cabeza ante Wren en señal de devoción.
August observó cómo todos los Demien se arrodillaban ante ella.
Incluso Quinn y Artur lo hicieron, aunque no se le pasó por alto el brillo aterrorizado que iluminó sus ojos. El miedo.
Al final, el único que permaneció de pie fue August.
Frente a él, Edith alzó la vista hacia Wren, y sus miradas oscuras se encontraron. Y, en esta ocasión, cuando Edith sonrió…, Wren le devolvió la sonrisa.
Un escalofrío recorrió a August de la cabeza a los pies, una oleada de agonía que le hizo caer de rodillas al suelo.
No apartó la mirada de Wren en ningún momento.
No se atrevía a hacerlo…, a dejar de observar el horror que él mismo había causado.
Porque todo eso era culpa suya. Él era el responsable.
Wren era el cosmos. Era las propias estrellas en sí mismas.
Pero ella se había ido.
Y ahora la catalizadora había despertado .