Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 34 Wren
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34 Wren

P rimero llegó la voz. Levantó el velo de oscuridad que se había apoderado de ella y la guio hacia la luz.

Wren removió las manos y notó cómo la tierra húmeda se movía bajo su cuerpo, con los pequeños granos de arena deslizándose entre sus dedos.

Parpadeó y recobró el sentido de golpe. Sobre su cabeza se extendía un enorme cielo negro, salpicado de relucientes estrellas azul celeste, que titilaban y se deslizaban por el firmamento como si estuviesen atrapadas en un baile eterno.

Como si el mundo estuviese girando mucho más rápido de lo que ella alcanzaba a comprender.

Cuando se incorporó, se dio cuenta de que se encontraba tirada en medio del mismo claro de antes…

, el que la había estado atormentando en sueños, llamándola.

El mismo claro en el que el Desalmado había hablado con ella por primera vez.

A unos cuantos metros de distancia, flanqueada por una espesa vegetación y los cadáveres secos de los robles, se encontraba la misma estatua que había visto antes.

Con su mismo rostro cincelado y anguloso.

Y sus mismos ojos de zafiro. Parecía estar observándola, con un brillo siniestro e intenso ardiendo tras su mirada.

Ha llegado la hora, mi dulce catalizadora.

La voz del Desalmado resonó en su interior, como el golpeteo de un gong distante. Wren intentó retroceder entre tambaleos, alejarse de la estatua, pero, cuando fue a moverse, no le respondieron las piernas, fue como si todo su cuerpo se hubiese convertido en piedra.

—Por favor —jadeó—. Yo no quiero nada de esto. No quiero… No quiero ser la destructora de Blackwood.

Ah, pero lo serás. Cuando conozcas la verdad, renacerás.

Wren negó con la cabeza.

—Te equivocas.

El Desalmado soltó un murmullo sordo como respuesta. Wren pudo sentirlo. Cómo le bajaba por los brazos, enroscándose alrededor del núcleo de su alma. Algo le estaba ocurriendo. Estaba empezando a perder la consciencia de nuevo, y se le estaba nublando la vista bajo un manto extraño y opresivo.

Bueno…, si estás tan segura, entonces, ¿por qué mejor no te lo demuestro?

Wren abrió la boca para gritar, pero

fue

demasiado

tarde…

El repiqueteo de la lluvia al caer. Los neumáticos girando sobre el asfalto. El ruido estático que surgía del interior de la radio junto con la melodía de una canción de folk. El dulce aroma a su perfume de vainilla y los restos de licor entremezclados con su aliento mentolado.

Wren abrió los ojos de golpe.

Estaba sentada en el asiento de copiloto del viejo Jeep Wrangler de su madre, con la mirada clavada en las manos que tenía apoyadas en el regazo.

Su mundo pareció ponerse patas arriba por un momento, difuminándose solo para cobrar de nuevo nitidez tan solo un segundo después, cuando recobró por completo el sentido.

—Mamá va a matarnos.

Ya he estado aquí antes.

Aquel pensamiento atravesó su cabeza, tan veloz como una bala perdida.

He estado aquí cientos de veces antes . Era el recuerdo del momento de su muerte.

La noche que no solo se cobró su propia vida, sino también la de su hermana.

Pero Edith no la había estado torturando.

Había estado… ¿Qué había pretendido hacer al obligarla a revivir aquel instante?

¿Cómo había accedido ella a ese recuerdo?

El Desalmado .

Una sensación escalofriante se apoderó de su consciencia.

Ahora lo recordaba. Había sido él quien le había mostrado ese recuerdo, quien lo había sacado a relucir, arrastrándolo desde las profundidades de su memoria.

Porque quería mostrarle algo que se encontraba allí enterrado. Quería que viese la verdad.

A su lado, su hermana estaba sentada en el asiento del conductor, tamborileando los dedos sobre el volante. Wren quería pedirle que parase, que detuviese el coche a un lado, pero sabía que daría igual lo que dijese, porque el final de aquel recuerdo siempre sería el mismo.

—Te echo de menos todos los días —se oyó decir Wren.

Aquello no era lo que se suponía que debía responderle a su hermana, pero en realidad no importaba.

Daba igual lo que le dijese, porque Maeve jamás la escucharía.

Estaba atrapada en aquel recuerdo, interpretando el papel que siempre le tocaría representar.

—Mamá —repitió Maeve, haciéndose oír por encima del fuerte repiqueteo de la lluvia al estrellarse contra el techo del vehículo—. Nos va a matar por haberle tomado prestado el coche. Es imposible que a estas alturas no se haya despertado ya.

Wren clavó la mirada en el perfil de su hermana, grabándoselo en la memoria. Por algún extraño motivo, sabía que aquella sería la última vez que regresaría a ese recuerdo. La última oportunidad que tendría para ver el rostro de su hermana pequeña.

—Siempre te tuve envidia —comentó en un susurro—.

Tu vida era tan fácil. Eras como un constante rayo de sol allá a donde fueses.

Y no parecías darte siquiera cuenta de ello.

De esa fuerza de atracción que poseías. De que la gente siempre parecía sentirse atraída por ti.

Y yo, en cambio, siempre me sentí mucho más…

apagada. No era tu sombra, al menos, no necesariamente.

Era más bien como si tú fueses la cara de la luna que los demás podían ver, brillante y resplandeciente, y yo fuera la otra…

, la que siempre estaba sumida en la oscuridad.

Maeve no podía oírla. Ya jamás lo haría. Pero, aun así, Wren siguió hablando.

—Intenté ser mejor muchas veces. Intenté ser una buena persona.

Por ti, Maeve. Lo intenté. Pero creo que siempre hubo algo en mi interior que se vio atraído por la oscuridad.

Porque, incluso ahora…, después de la muerte…

, esa misma oscuridad parece haberme seguido al más allá.

Ni siquiera ahora puedo huir de ella. —Contuvo el sollozo que le subió por la garganta, y alargó una mano hacia su hermana, para acariciarle la muñeca con suavidad—.

Tan solo espero que, dondequiera que hayas acabado, dondequiera que estés…

, seas feliz. Que la luz que siempre llevaste en tu interior siga brillando con fuerza.

Porque con eso me basta. Con eso es suficiente.

En cuanto aquellas últimas cuatro palabras abandonaron sus labios, Maeve soltó un grito ahogado.

Wren sabía perfectamente lo que ocurriría a continuación.

Se volvería hacia el frente, clavando la mirada en la carretera, a través del parabrisas, y ahí, justo delante de ellas, habría un ciervo.

Maeve daría un volantazo hacia la izquierda y se despeñarían por la colina, dando una docena de vueltas de campana antes de detenerse.

Maeve sería la primera en morir. Wren tendría que ver, impotente, cómo su hermana exhalaba su último aliento.

Y entonces, por fin, tendiéndole una mano suave y misericordiosa, la muerte vendría también a por Wren.

Pero cuando se volvió hacia la carretera, no fue un ciervo lo que vio al otro lado del parabrisas.

Sino un hombre.

Uno al que conocía muy bien.

Con una repentina sacudida, el momento se congeló.

El coche se detuvo de golpe, como si hubiese quedado suspendido en el aire; Maeve estaba observando la escena boquiabierta y totalmente horrorizada, inmóvil.

Wren se echó hacia delante y parpadeó con fuerza, como si el hombre que estaba ahí de pie, en medio de la calzada, no fuese más que una molesta mota de polvo en su visión y fuese a poder hacerlo desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.

Pero daba igual lo fuerte que parpadease, daba igual lo desesperadamente que se frotase los ojos… , el director Silas no se desvaneció.

—No lo entiendo —jadeó—. ¿Qué está haciendo él aquí?

La oscuridad le respondió.

Porque estuvo ahí ese día . La voz del Desalmado se deslizó por su mente. Siempre estuvo ahí.

—Pero… —Wren se desabrochó el cinturón y se bajó del coche entre tambaleos.

Se tropezó al salir, pero recobró rápidamente el equilibrio y se arrastró hacia Silas.

Le dolía la cabeza. Una oleada de vértigo se apoderó de ella.

Al igual que el resto de la escena, el director Silas permaneció congelado, con la mirada clavada en el coche que iba directo hacia él—.

Había un ciervo. Yo… Yo lo vi. Lo recuerdo.

Tan solo recuerdas lo que él quiere que recuerdes.

A Wren la cabeza le daba vueltas. Se llevó las manos a la sien, y una oleada de recuerdos se apoderó de ella. Pudo ver al ciervo pasando frente a sus ojos, en un destello, su mirada, oscura y brillante…, pero no . Nunca hubo ningún ciervo, ¿verdad?

Wren soltó un grito ahogado antes de dejarse caer de rodillas a la calzada.

—¿Qué me estás queriendo decir? —jadeó.

Que existen muchas más mentiras que todavía no has desentrañado.

La voz del Desalmado reverberó con fuerza en su cabeza, consumiendo sus pensamientos.

Silas no solo le arrebató Blackwood al verdadero director.

Sino que reescribió por completo las leyes del más allá.

Alteró el propio equilibrio de Blackwood.

A su alrededor, el bosque se transformó de repente.

Desaparecieron los pinos y la carretera de gravilla, viéndose reemplazados por un vacío oscuro y siniestro.

Lo único que permaneció fue Silas. Su figura, cerniéndose sobre ella, envuelta por completo en sombras, y esos ojos oscuros, que la observaban atentamente desde arriba.