33 Masika
S e ha ido .
Aquellas tres palabras resonaron con fuerza en la cabeza de Masika mientras el caos se desataba a su alrededor.
Analisa se ha ido . Le parecía totalmente inconcebible, incluso aunque acabase de presenciarlo con sus propios ojos.
Solo había dado un paso hacia delante, no había sido más que un insignificante segundo en el tiempo y, de repente, ¡zas!
, Analisa, tal y como la habían conocido, había dejado de existir.
Masika le echó un último vistazo al lugar donde Analisa había estado de pie hacía tan solo un momento, antes de volverse hacia Olivier y Emilio. La desesperación le oprimió el pecho. Tenía que mantenerlos a salvo, fuera como fuese. No podían correr la misma suerte que la sanadora, no podían …
—¡Tenemos que irnos!
La voz cortante de Catherine logró atravesar la neblina de pánico que se había apoderado de Masika.
Parpadeó, con la cabeza dándole vueltas, y se fijó en los demás.
Catherine y Dina acababan de desenvainar sus armas, y la magia corpórea chisporroteaba sobre sus hojas perfectamente afiladas.
Olivier todavía seguía arrodillado junto a donde había estado Analisa hasta hacía tan solo un momento, con el rostro desencajado, en una mueca de incredulidad, observando el lugar boquiabierto.
Emilio estaba intentando ayudarlo a ponerse en pie, susurrándole palabras de ánimo a la desesperada.
Masika acababa de dar tres pasos hacia ellos, preparada para agarrarlos a los dos de la muñeca y arrastrarlos todo lo lejos del claro que pudiese, cuando una lluvia de flechas descendió de repente sobre sus cabezas, provenientes de todas direcciones.
Masika se agachó, esquivándolas a toda prisa, y logró evitar por poco una que iba dirigida directamente hacia su pecho.
—¡Corred! —gritó Dina, pidiéndoles que se alejasen de allí con un frenético gesto de la mano—. Tenemos que salir de este claro… ¡ahora mismo!
No había ningún plan. Ninguna clase de orden.
El grupo simplemente echó a correr, huyendo hacia la densa vegetación del bosque, alejándose todo lo que pudiesen del claro y buscando refugio bajo las ramas de los árboles.
A su alrededor, el bosque pareció cobrar vida.
Una serie de pasos acelerados resonaron en la distancia, y se podía oír también el inconfundible silbido que producían las flechas al cortar el viento por encima de sus cabezas, antes de clavarse con un aterrador crujido en los troncos de los árboles que los rodeaban.
Los estaban persiguiendo. Pero ¿quiénes?
Masika no tenía ni idea. Aunque estaba claro que, fuera cual fuese la clase de magia que imbuía aquellas flechas, poseía la habilidad no solo de herirlos, sino de destruirlos.
Era casi como si esas mismas flechas fuesen capaces de rasgar el núcleo de sus almas con tan solo herirlos.
Como si la hubiese invocado al pensar aquello, otra flecha pasó volando junto al rostro de Masika, obligándola a girar a la izquierda y alejándola así del resto del grupo.
Están intentando separarnos .
Pero ni siquiera cuando se le vino aquella idea a la cabeza dejó de correr, alejándose cada vez más del resto del grupo. Quizás si sus atacantes la seguían a ella, podía ofrecerles a los demás la oportunidad para escapar.
Tal vez pudiese salvarlos.
Masika se adentró en las profundidades del bosque a toda velocidad, con la respiración entrecortada y jadeante, y el pánico robándole el aliento.
Las hojas secas crujían con fuerza bajo sus pies, y el ruido estridente que producían sus botas al quebrar las ramas secas que salpicaban el suelo resonaba con fuerza a cada paso que daba.
Pero también oyó algo más, un sonido repugnante que le dio ganas de vomitar…
Risas . Sus perseguidores se estaban carcajeando, mofándose de ella.
Se lo están pasando en grande con esto.
Y también se estaban acercando demasiado rápido.
Tenía que pensar, hacer algo.
Entonces se le ocurrió una idea. Se detuvo de golpe, extendió las manos a los lados e invocó su magia elemental.
Unos tenues zarcillos de luz verdosa brotaron de su interior, deslizándose por la punta de sus dedos.
Giró las manos y soltó un gruñido ronco cuando el agotamiento se apoderó de su cuerpo.
Los árboles que tenía enfrente se agitaron y movieron, sus ramas se volvieron mucho más grandes y gruesas, hasta formar un muro de vegetación a su alrededor, una barrera natural que separaba a Masika de sus atacantes.
Aguardó en silencio, conteniendo la respiración.
Justo detrás del muro, resonó con fuerza el sonido de unos pasos, acercándose, aunque pronto se acallaron, como si no estuviesen muy seguros de en qué dirección ir.
Para el inmenso alivio de Masika, los pasos se desviaron hacia la derecha, volviéndose cada vez más débiles, hasta que lo único que pudo oír fue el silbido del viento en sus oídos.
Soltó un suspiro tembloroso. Ha funcionado. De verdad ha…
El chasquido de una rama. Una inhalación brusca.
Masika se dio la vuelta.
Tardó un momento en comprender qué era lo que estaba presenciando exactamente.
Ante quién se encontraba.
No había pasado tanto tiempo desde la última vez que se vieron, tan solo unas cuantas semanas y, sin embargo, Masika tuvo la sensación de que todo había cambiado.
La familiaridad que solía haber antaño entre ellas se había enturbiado, hasta convertirse en algo irreconocible, en algo podrido y roto.
Masika lo percibió en cuanto sus miradas se encontraron.
La distancia que se había abierto entre ellas en ese tiempo que habían pasado separadas. La traición.
Irene estaba a tan solo unos metros de ella, enarbolando un arco entre sus manos, con una flecha enganchada a la cuerda, lista para disparar.
Masika se quedó muda. Tampoco podía moverse. Se quedó allí de pie, totalmente paralizada, con las manos rígidas a los costados. Irene tampoco se había movido, la flecha seguía enganchada a la cuerda, la misma que tenía tensada, lista para dispararle.
Y estaba apuntando directamente a su pecho.
—Irene.
No había pretendido decir su nombre en voz alta, pero no pudo evitarlo.
Necesitaba decirlo, asegurarse de que era real.
Al oírla llamarla por su nombre, Irene parpadeó con fuerza, como si acabase de sacarla de un trance.
Como si hasta ese momento no se hubiese dado cuenta de que de verdad era Masika quien estaba de pie frente a ella, hasta que la escuchó pronunciar su nombre.
Ninguna de las dos apartó la mirada. Ninguna de las dos se atrevió a mirar hacia otro lado.
Y entonces Masika lo vio. Fue un movimiento tan imperceptible, tan leve, que quizá, de haber sido cualquier otra persona, jamás lo habría notado.
Irene bajó ligeramente la flecha. Tan solo fue un milímetro, pero, aun así, con eso bastó.
La esperanza echó raíces de nuevo en su pecho. Dio un paso hacia Irene, con la boca entreabierta.
—Irene, nosotros…
Pero su voz se vio interrumpida por el ruido de unos pasos que se acercaban a ellas a toda velocidad, y entonces otras dos Ascendidas aparecieron frente a ella, Everly Hawthorne y otra chica que no reconoció.
En cuanto las vio, Irene volvió a sostener el arco con firmeza, apuntando de nuevo con la punta afilada de la flecha hacia Masika.
—Vaya, vaya, mirad a quién tenemos aquí —se rio Everly.
Se echó el arco al hombro y se acercó a Masika con aire despreocupado.
A su espalda, la otra Ascendida, una chica alta de cabello oscuro, con un único mechón plateado, mantuvo la flecha bien encajada a la cuerda tensa de su arco, apuntándola directamente al corazón, al tiempo que paseaba la mirada entre Irene y ella, como si estuviese esperando a que una de las dos se abalanzase sobre la otra en cualquier momento.
—Atrás —siseó Masika, y las chispas de magia corpórea refulgieron sobre las palmas de sus manos.
Everly chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—Vamos, sé razonable, Masika. Estás acorralada.
Puedes intentar luchar, pero en cuanto la punta de una de estas flechas te atraviese el alma…
—Everly soltó una carcajada divertida, y una sonrisa perversa se dibujó en su rostro alargado—.
Bueno, ya viste lo que le ocurrió antes a tu amiga.
Tengo que reconocerlo, Irene tiene una puntería increíble.
Masika se volvió hacia Irene como un resorte. No puede ser . Pero, al tiempo que ese pensamiento ardía con fuerza en su cabeza, pudo ver la apatía reflejada en la mirada brillante de Irene, la determinación inquebrantable que iluminaba sus ojos, y Masika supo que Everly estaba diciendo la verdad.
—Entonces, adelante —la desafió Masika, fulminando a Irene con la mirada—. Aquí me tenéis. Hacedlo .
Irene guardó silencio. El viento le sacudió los mechones de cabello oscuro, meciéndolos frente a su rostro, y sus iris brillantes se asomaron de vez en cuando a través de sus ondas negras. Un destello le surcó entonces la mirada. Aunque Masika no supo descifrar si se debía al miedo o a la ira.
—Por mucho que me encantaría ver cómo una flecha te atraviesa el alma…
—respondió Everly, acercándose lentamente a ella—.
Me temo que tu presencia es un poco más…
valiosa que la de tu amiga. —Chasqueó los dedos y todo el cuerpo de Masika se quedó helado, como si sus brazos y piernas se hubiesen transformado de repente en hormigón.
Estaba atrapada dentro de su propio cuerpo, obligada a quedarse ahí de pie, observando cómo las tres chicas se acercaban a ella despacio, abalanzándose sobre ella como una manada de lobos salvajes.
Pero fue Irene la que primero llegó hasta ella.
Las otras dos se quedaron atrás, observando atentamente la escena, a la espera de que les diesen la orden de atacar.
Irene se acercó aún más, deteniéndose a tan solo medio metro de ella, lo bastante cerca como para que Masika pudiese fijarse bien en su aspecto.
A pesar del poder que irradiaba, Irene parecía…
agotada. Rota. Y aquello le dio un atisbo de esperanza, algo distinto a la impotencia que le desgarraba las entrañas.
Quizá la Irene a la que solía conocer no había desaparecido del todo.
Tal vez aún pudiese alcanzarla.
Irene se inclinó hacia ella. Sus ojos se oscurecieron y frunció el ceño con fuerza. Cuando por fin habló, la voz le salió grave y ronca, casi temblorosa por la ira. Masika jamás la había oído hablar así, y ese tono le produjo un terrible escalofrío.
—No deberías haber venido.
Y entonces, la que había sido la mejor amiga de Masika, blandió su arco en alto y le golpeó la sien con fuerza con un extremo, dejándola inconsciente .