Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 32 Wren
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32 Wren

L a sala me da vueltas. Ese pensamiento se abrió paso a través de la neblina que llenaba la cabeza de Wren, al tiempo que las celebraciones del Equinoccio se desarrollaban a su alrededor, en un mar de colores y figuras borrosas.

Un sonido encantador y chispeante resonó en sus oídos, y tardó unos segundos en darse cuenta de que era su propia risa.

¿Cuánto tiempo había pasado desde que se había reído de esa forma?

No estaba del todo segura, pero aquellas carcajadas surgieron de su interior sin cesar mientras el mundo daba vueltas, y vueltas, y vueltas a su alrededor.

Alguien la estaba sosteniendo, aferrándose con fuerza a su cintura.

Wren se dio cuenta en ese momento que no era el mundo el que estaba dando vueltas a su alrededor, sino ella .

Había alguien justo delante de ella. ¿Se estaba riendo también?

Pero su risa era muy distinta a la de Wren.

Mucho más fría. Burlona, incluso. Y, aun así, no le importó.

No cuando se sentía tan bien, tan perfectamente, tan libre .

Las vueltas se ralentizaron, y la neblina de colores y figuras comenzó a cobrar nitidez.

Y entonces apareció el rostro de Callum Whitlock, observándola con atención.

Wren sabía que debería estar asustada. Su cuerpo pareció reaccionar antes que su cerebro, poniéndose automáticamente en tensión.

Pero, a pesar de ser consciente de que debería estar asustada, no logró sentir ni una sola gota de miedo.

¿Qué narices tenía Callum de malo? Tenía unos ojos y un cabello preciosos… , era bastante apuesto, la verdad.

¿Hace calor aquí? , pensó. El rostro de Callum se deformó por un momento, mientras ella parpadeaba y recobraba la consciencia.

—No especialmente —respondió Callum, con una carcajada.

Solo entonces Wren se dio cuenta de que debía de haber formulado la pregunta en voz alta.

Él le estaba dando la mano, meciéndose al son de la música.

En ese momento, se le pasó por la cabeza que debían de estar bailando.

¿Cuánto tiempo llevaban bailando? Wren no podía recordarlo.

Pero algo le estaba gritando que debería hacerlo.

Algo importante. Algo que podría alterar el curso de su existencia para siempre…

—¿En qué estás pensando? —le susurró Callum al oído.

Wren negó con la cabeza, aunque tuvo la sensación de que estaba negando con todo el cuerpo.

—No. —Prácticamente podía ver cómo las palabras surgían de entre sus labios y flotaban por el aire, bailando entre sus cuerpos—. No, no, no. No puedo decírtelo.

Callum enarcó una ceja.

—¿Me estás ocultando algo, catalizadora? —Hizo una mueca y la atrajo hacia su pecho—. Eso no está bien, estás siendo una chica muy mala.

—Bueno, tú tampoco eres demasiado bueno que digamos —se carcajeó—. De hecho, eres bastante cruel.

—Ah, no es nada personal —comentó, con un gesto indiferente—. Soy así con todo el mundo.

¡Huye! , gritó una voz desde lo más recóndito de su mente. Encuentra a los demás . Pero ¿a dónde se suponía que tenía que ir? ¿Y por qué iba a huir? Se lo estaba pasando en grande. Por primera vez desde hacía muchos años, se estaba divirtiendo .

Los ojos de Callum se deslizaron por encima de sus hombros, hacia algún punto a su espalda.

—Discúlpame, catalizadora. —Le tomó una mano con suavidad y se la llevó a los labios—. Por maravilloso que haya sido este momento, parece que me reclaman. —Le depositó un suave beso en el dorso de la mano—. Las ofrendas están a punto de empezar.

«Las ofrendas». Algo se removió nervioso en su interior. ¿Por qué eran tan importantes las ofrendas? Estaba a punto de hacerle aquella misma pregunta a Callum, pero, en un abrir y cerrar de ojos, el chico había desaparecido, perdiéndose entre la multitud.

A su alrededor, la gente seguía moviéndose y meciéndose al son de la música.

El sonoro ritmo de los tambores reverberaba en su pecho, bajándole por el cuerpo y despertando en su interior una sensación embriagadora.

Wren quería seguir bailando. Quería bailar sin parar, hasta que le fallasen las piernas.

Pero, cuando estaba a punto de ir a buscar otro compañero de baile al que aferrarse, unas manos fuertes la agarraron del brazo y tiraron de ella hacia atrás, arrastrándola entre la multitud y alejándola de la improvisada pista de baile.

Cuando el mundo dejó de dar vueltas a su alrededor, se encontró con dos rostros familiares que la observaban atentamente.

Quinn y Arthur la estaban mirando desde arriba, de brazos cruzados, y con una mueca tensa y preocupada en sus rostros.

—Wren. —La voz de Quinn reverberó en el interior de su cabeza, como si estuviese sumida en un sueño.

Llevaba el cabello rosa recogido hacia atrás.

¿Cómo era posible que Wren nunca se hubiese fijado en lo azules que eran sus ojos?

Prácticamente le brillaban—. ¿Qué estás…

? —No llegó a terminar la pregunta, se quedó callada, como si se hubiese dado cuenta de algo.

Agitó una mano frente a su rostro y Wren se rio mientras intentaba atraparla.

—Parece una mariposa —comentó Wren.

Quinn soltó un gruñido frustrado y le apartó la mano de un manotazo.

—Estupendo —murmuró entre dientes—. Está borracha.

Arthur acunó el rostro de Wren entre sus manos, obligándola a mirarlo a los ojos.

—Wren…, ¿cuánto has bebido?

—Una copa —anunció, orgullosa.

Un destello de pánico surcó el rostro de Quinn.

—¿Toda la copa? ¿Te has acabado todo el elixir?

Wren asintió.

—Una copa —repitió.

Arthur abrió los ojos como platos.

—Wren. Se suponía que tenías que ir bebiéndote el elixir a lo largo de la noche, no todo de una.

—Necesitamos a August —se lamentó Quinn, al tiempo que echaba un vistazo alrededor de la caverna—. ¿Dónde demonios se ha metido?

—Vale, Wren. —Arthur le dio una suave palmadita en la mejilla, que solo logró que Wren se echase a reír de forma descontrolada—. Sé que te va a costar un poquito, pero tienes que intentar despejarte, ¿vale? ¿Puedes hacer eso por mí?

—Pero es que me siento tan bieeeeeeeeeeen —se lamentó.

Y, en realidad, ¿por qué iba hacer algo así?

Apenas se acordaba de qué había ocurrido, pero sí que podía recordar todos esos malos sentimientos que la habían estado atormentando antes de probar el elixir.

La tristeza. El miedo. El dolor. Y ahora todos habían desaparecido, y habían sido sustituidos por la agradable calidez que se acumulaba en su pecho.

—Estoy seguro de que te sientes de maravilla —respondió Arthur, soltando una risita nerviosa—. Pero te necesitamos. Las ofrendas están a punto de empezar…

—¿Qué ha pasado?

La voz ronca de August los interrumpió, y entonces ahí estaba, tan alto, taciturno y guapo como siempre. Sostuvo el rostro de Wren con delicadeza entre sus manos, inspeccionándolo con esos penetrantes ojos grises suyos. Wren prácticamente se derritió bajo su contacto.

—¿Dónde narices te habías metido? —le preguntó Quinn en un siseo.

—He tenido que irme con Edith. —August ni siquiera se molestó en volverse a mirar a Quinn al responder, porque sus ojos estaban clavados en Wren—. Loughty, cariño, ¿me oyes?

Wren soltó un murmullo agradable y asintió con la cabeza.

—Eres… increíblemente guapo. Ya te lo había dicho antes, ¿no?

Los labios de August se estremecieron, y esbozó una sonrisa divertida.

—Una o dos veces, sí.

—Bueno —resopló Wren—. Pues debería decírtelo más a menudo. Eres todo un placer a la vista.

—Vale, ya basta. —Quinn agitó una mano en el aire, exasperada. Señaló a August con un dedo acusador—. Ella es tu responsabilidad. Así que encuentra la manera de que se le pase la borrachera, y rápido . —Dicho eso, agarró a Arthur de la muñeca y los dos se perdieron entre la multitud.

— August . —Wren prácticamente gimió su nombre, al tiempo que lo agarraba con fuerza de la camisa, atrayéndolo hacia su pecho—. No quiero que se me pase la borrachera.

La expresión de August se oscureció de golpe.

—Te han drogado, cariño. Ahora mismo no tienes ni idea de lo que quieres.

Wren continuó meciéndose al son de la música, sin dejar de mirar a August en ningún momento. Y entonces enarcó una ceja y esbozó una sonrisa traviesa.

—¿Estoy metida en un lío, general Hughes?

Al oírla decir aquello, la fachada de August pareció resquebrajarse, y no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa divertida. Trató de borrársela de la cara con el dorso de la mano, poniendo los ojos en blanco y negando con la cabeza, con desaprobación.

—Por Dios, Loughty… —murmuró.

Wren soltó una sonora carcajada y lo tomó de la mano, atrayéndolo hacia sí.

—Baila conmigo.

Él negó con la cabeza y echó un vistazo a su espalda, como si estuviese buscando algo.

—Si Edith nos ve…

—Verá que soy una Demien que se está adaptando a la perfección a las celebraciones de la Orden y que está disfrutando de todas las diversiones que el Equinoccio tiene para ofrecer —le interrumpió Wren mientras daba vueltas y vueltas, casi tropezándose con sus propios pies.

A través del torbellino de colores y figuras borrosas, pudo ver cómo August esbozaba una pequeña sonrisa, aunque había algo más que empañaba su expresión, una inconfundible agonía que refulgía con fuerza tras sus preciosos ojos, tan grises como las nubes de tormenta.

—Las ofrendas están a punto de comenzar —comentó en un susurro—. Tenemos que estar preparados para cuando Quinn haga estallar la explosión. Si no estás cerca de Arthur cuando eso ocurra…

—Lo sé, lo sé. —A Wren la cabeza le dio vueltas, aunque solo por un momento. Se sacudió esa breve oleada de sobriedad girando sobre sí misma, reacia a renunciar a la euforia que le corría por las venas—. Pero, mientras tanto, tenemos que pasar desapercibidos, ¿no?

El cuerpo de August se tensó contra el suyo. Wren se fijó en cómo apretaba la mandíbula con fuerza. Era evidente que estaba tratando de aferrarse a los últimos resquicios de autocontrol que le quedaban.

—Me resulta muy difícil decirte que no.

Ella le tomó de las manos con suavidad, llevándoselas con delicadeza hacia su cintura. El chico cerró los dedos a su alrededor, aferrándose a su cuerpo, y la sensación de que la estuviese tocando tan solo intensificó el efecto embriagador del elixir que todavía le corría por las venas.

Wren se inclinó hacia él. Y su voz sonó áspera y ronca cuando respondió:

—Pues no lo hagas.

De repente, fue como si August perdiese por completo el control.

Una sonrisa cautelosa se dibujó en su rostro mientras la atraía hacia sí, y un ligero rubor se extendió por sus mejillas.

Se balanceó al compás de la música, y su cuerpo se fue relajando con cada redoble del tambor.

Con August a su lado, todos los sentidos de Wren se intensificaron.

El tacto. El olfato. El gusto . El chico estaba lo bastante cerca de ella como para que pudiese bajar los labios hacia su cuello, deslizándolos después lentamente hacia su clavícula.

Él echó la cabeza hacia atrás al tiempo que ella depositaba un beso suave sobre el hueco de su cuello.

Nadie les prestó atención. O, quizás, sí que lo hicieron, pero simplemente iban demasiado borrachos como para que les importase lo más mínimo lo que estuviesen haciendo.

Esa misma embriaguez que fluía a través de las venas de Wren impregnaba cada centímetro de la caverna.

Todos los Demien parecían iluminados por la misma euforia resplandeciente que ella.

Pero entonces una voz se abrió paso a través de la neblina que le embotaba la cabeza. Una voz profunda. Desagradable. Que exigía que le prestase toda su atención.

¿Te estás divirtiendo, mi dulce catalizadora?

Wren se quedó helada.

En un abrir y cerrar de ojos, todo lo que la rodeaba pareció desvanecerse.

Era plenamente consciente de que los Demien que había a su alrededor seguían bailando al son de la música, de que August estaba de pie frente a ella, pero, de repente, no podía oír nada más que aquella voz, como si se encontrase a kilómetros y kilómetros de distancia de su propio cuerpo.

August le estaba diciendo algo, porque podía verle moviendo los labios, pero no podía oírlo por encima del pitido que retumbaba en sus oídos.

—No… —jadeó, negando con la cabeza—. Aquí no. Ahora no.

No creerías en serio que te dejaría escapar tan fácilmente, ¿verdad?

Wren soltó un grito ahogado y se tambaleó hacia atrás. A su alrededor, la multitud seguía bailando, dando vueltas al son de la melodía del tambor. August era el único que se había detenido. Estaba observándola fijamente, con las manos extendidas hacia ella, llamándola sin cesar.

—¿Qué ocurre? —Le oyó preguntar, con el ceño fruncido por la preocupación—. ¿Qué te pasa?

He de admitir que era un plan bastante ingenioso. Pero ¿no pensarías en serio que no me acabaría enterando? ¿Que no sería capaz de oír esos pensamientos que se deslizaban por tu mente en un susurro? ¿Que no podría saborear la esperanza que de repente había brotado en tu interior?

Sintió una punzada de dolor atravesándole las costillas.

Adentrándose después en sus huesos. Esa voz.

Esa voz horrible y retorcida estaba dentro de ella .

De repente, le fallaron las piernas y cayó al suelo con fuerza, desplomándose de rodillas.

En ese momento, los demás por fin parecieron darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Unos cuantos dejaron de bailar y se volvieron a observarla con curiosidad.

August se estaba abriendo paso a través de la multitud, intentando llegar hasta ella, llamándola a gritos.

Quinn y Arthur la estaban observando desde donde se encontraban, al borde de la multitud, con el ceño fruncido.

Wren los vio encaminarse hacia ella, pero supo, con repentina claridad, que aunque llegasen hasta ella, nada cambiaría.

—Sal de mi cabeza —suplicó Wren, hundiéndose los dedos entre los mechones y mesándose el cabello con todas sus fuerzas—. No es a mí a quien buscas. No puedo serlo.

No puedes huir de tu destino, Wren Loughty. Lo he visto. Sé quién eres.

De repente, la vista de Wren se fragmentó. La oscuridad se apoderó de ella. Dejó de ver a los Demien divirtiéndose a su alrededor, dejó de ver a August abriéndose paso a través de la multitud, llamándola a gritos. Estaba perdiendo la conciencia, sucumbiendo a la negrura.

—Por favor —suplicó por última vez, en un susurro, a quienquiera que pudiese estar escuchándola.

Pero nadie la estaba escuchando.

Ya no.

Cuando la oscuridad acudió a su encuentro, Wren ni siquiera se molestó en resistirse .