31 Olivier
–¿
Q ué quieres decir con que está vacío ? —La voz de Catherine sonaba tan cortante y letal como la hoja de una espada, y le temblaba de rabia.
—Quiero decir… —Dina señaló hacia el sarcófago vacío con un gesto resignado—. Que aquí no hay nada. Ningún cuerpo. Ningún alma. Nada. Solamente… esto. —Alzó el pedazo de pergamino hacia la luz de una de las antorchas.
Era un dibujo. El rostro que había esbozado sobre el pergamino no era más que el de un joven, quizás tan solo un poco mayor que Olivier. Con una cara afilada y angulosa. Unos impresionantes ojos azules. Los labios fruncidos en una mueca hosca. Y estaba firmado con una sola letra… «V».
—Eso es imposible —exclamó Catherine, boquiabierta, recorriendo al resto del grupo con la mirada—. Hemos seguido todas las pistas. Hemos encontrado las llaves. —Se acercó a Dina y bajó la mirada hacia el interior del sarcófago vacío, con el miedo ardiendo en sus ojos—. Esto no puede ser.
— Tiene que haber algo más ahí dentro —coincidió Olivier, acercándose a ellas. Rebuscó en el interior de la tumba, frenético—. Tal vez… Tal vez haya otro acertijo. Algo que estemos pasando por alto. ¡El dibujo! ¡A lo mejor el dibujo es una pista!
—Chicos. —La voz de Masika resonó con fuerza en el interior de la estancia, a sus espaldas—. No está aquí.
Olivier le arrebató a Dina el dibujo de las manos. Tenía que haber algo que estuviesen obviando. Algo que estuviese escondido en el interior del sarcófago.
—¡Mirad! ¡A lo mejor esto es una pista! Tal vez…
— Olivier .
A Masika le tembló la voz al hablar.
—No. Está. Aquí.
Cada palabra le sentó como un puñetazo en el estómago.
Se quedó mirando fijamente a Catherine, suplicándole en silencio que encontrase otra explicación, lo que fuese .
Pero, horrorizado, observó cómo la negación y el miedo que se habían apoderado hacía tan solo un momento de la expresión de la chica se transformaban en una resignación total y absoluta.
Olivier no podía soportarlo. Salió de la cripta hecho una furia, sin mediar palabra, subió las escaleras a la carrera y regresó al bosque entre tambaleos.
Oyó a Emilio llamarlo a gritos, y el repiqueteo de sus pasos al salir corriendo tras él.
Las demás lo siguieron poco después, aunque era evidente que les estaban dejando algo de espacio.
—Olivier.
Su nombre sonaba tan bien cuando eran los labios de Emilio los que lo pronunciaban…
Pero en ese momento no se veía con fuerzas como para enfrentarse a él.
Olivier se llevó las manos a la cabeza, mesándose el cabello con fuerza, y maldijo en voz baja, al tiempo que iba de un lado a otro, como un animal enjaulado.
—¿Es que no lo entiendes? —Se le rompió la voz, porque era incapaz de ocultar la desesperación que sentía en ese momento—. Se suponía que él debía curarme. Se suponía que iba a ayudarme .
—Lo sé.
Emilio alargó una mano temblorosa hacia él, pero Olivier retrocedió antes de que pudiese rozarlo siquiera.
—No… No, no me estás entendiendo. —Olivier se frotó la cara, frustrado.
Las demás emergieron entonces del interior de la cripta, y observaron atentamente la escena que se estaba desarrollando ante ellas, en completo silencio—.
Estoy jodido. No hay nada que hacer. Estoy acabado.
No vamos a poder tener una eternidad juntos, Emilio.
Ni siquiera nos quedan unos míseros días.
Joder, sin el verdadero director para ayudarnos, tendremos suerte si nos quedan unas horas juntos.
—Eso no lo sabes —replicó Emilio con dulzura.
—¡Pues claro que lo sé! Siempre lo he sabido.
—¿En qué demonios había estado pensando al creer que podría tener su felices para siempre?
¿En que podría enfrentarse al destino y tener la eternidad que tanto deseaba?
—. No hay forma de escapar de esto. Nunca la ha habido.
Y he sido un idiota al pensar durante tanto tiempo que quizás para mí sí que la había.
Por creer que podría cambiar mi destino solo con desearlo .
—Olivier, por favor… —La dulce voz de Analisa resonó a sus espaldas—. Podría… Aún podría volver a intentar …
—¡Tú misma lo has dicho antes! —la interrumpió Olivier, señalando a la sanadora con un dedo acusador, y esta se encogió sobre sí misma como si la hubiese golpeado—. ¡Soy una causa perdida! Y lo sabes. Dijiste que lo sentiste en cuanto salimos de la base.
—No puedes rendirte —dijo Emilio en un murmullo.
Olivier hizo una mueca de dolor.
—No me estoy… No me estoy rindiendo, Emilio.
Solo… estoy aceptando mi destino de una vez.
—Se secó las lágrimas rebeldes que le anegaron los ojos con el dorso de la mano, en un gesto furioso—.
De todos modos, lo hice por ti. Tú eres el único motivo por el que intenté luchar contra mi destino.
La única razón por la que no perdí la esperanza…
fuiste tú. —Negó con la cabeza y se tambaleó hacia atrás—.
Pero… ahora me doy cuenta de que no tiene sentido intentarlo. Ya no.
Analisa se acercó un paso hacia él.
—Olivier. De verdad creo que quizás podría…
Todo ocurrió muy rápido.
Demasiado rápido.
En un momento, Analisa estaba hablando, allí, de pie frente a él, y al siguiente un enorme agujero se había abierto en su pecho, y la punta de una flecha dorada sobresalía de la herida.
Alguien gritó. Un chillido roto. Un llanto entrecortado de dolor.
Analisa cayó de rodillas al suelo. Catherine y Masika se acercaron a la sanadora a la carrera, arrodillándose junto a ella.
Dina se quedó donde estaba, totalmente paralizada por la conmoción, acunando a Benji entre sus brazos.
Era como si todo su cuerpo se hubiese convertido en piedra y no pudiese dejar de observar la escena que se estaba desarrollando ante sus ojos con un pánico paralizador.
La sanadora se llevó una mano temblorosa a la herida, con la magia sanadora surgiendo de su interior en delgados zarcillos plateados de luz, enredándose alrededor de su piel herida.
Pero la flecha que le atravesaba el torso estaba impidiendo que la herida se cerrase y, si no lograba hacerlo a tiempo…
Masika debió de caer en la cuenta de lo mismo. Invocó su magia elemental, alargó un brazo hacia la sanadora y unos hilos de luz cerúlea envolvieron el asta de la flecha. Tiró de ella con un gruñido ronco y la arrojó al suelo junto a ella.
Pero, aun así, era como si la herida se negase a cerrarse. Analisa frunció el ceño, confusa, al ver cómo su magia se enroscaba alrededor de su piel rasgada, de forma inútil.
Alzó la vista hacia ellos, con los ojos como platos.
—¿Qué…? ¿Qué me está pasando?
—La flecha —jadeó Catherine, bajando la mirada hacia ella, que seguía tirada en el suelo.
Olivier se fijó en que había algo extraño en aquella flecha, en las venas carmesíes que parecían moverse bajo la superficie dorada de su asta. Alargó una mano hacia ella, pero el grito de pánico de Catherine lo detuvo antes de que pudiese rozarla siquiera.
—¡Ni se te ocurra! —gritó la chica, desesperada—. No la toques. —Negó con la cabeza, observándolo con incredulidad—. Creo que… Creo que la han imbuido con alguna clase de magia ancestral. Creo que le ha atravesado el alma.
— No —balbuceó Olivier. Se agachó junto a Analisa y presionó las manos con fuerza contra la herida de su pecho, en un intento desesperado por detener la hemorragia—.
Vamos, Analisa. Quédate con nosotros. ¿Quién se va a encargar si no de sacarme de quicio todos los días?
—Soltó una carcajada amarga, pero la vista se le nubló por culpa de las lágrimas aterradas que le anegaban los ojos, al tiempo que el miedo le oprimía el pecho.
Analisa esbozó una sonrisa triste y le brotó sangre de la boca—.
Tú solo… vuelve a intentarlo, ¿vale? Intenta cerrar la herida con tu magia otra vez.
—No… —Analisa alzó una mano entre ellos y no hubo ni rastro de la habitual chispa de magia sanadora que solía manar de la punta de sus dedos, como si fuese incapaz de invocar ni una sola brasa—. No puedo.
Antes de que Olivier pudiese decir nada más, una terrible tos húmeda se apoderó de Analisa, salpicándole los labios de sangre.
Y entonces, como si Olivier se hubiese visto de repente transportado al interior de una de sus peores pesadillas, aquella que le atormentaba por las noches, en la que las almas de los nominados del Decenio que no habían logrado sobrevivir acababan desintegrándose frente a sus propios ojos, fundiéndose con la oscuridad de la noche, el alma de Analisa comenzó a… desvanecerse .
Se le empezó a abrir la piel. Su carne se transformó en ceniza y en polvo.
Analisa lo miró fijamente a los ojos. Abrió la boca como si quisiese hablar de nuevo, decir algo más, pero de entre sus labios no brotó ningún sonido.
Y, en un abrir y cerrar de ojos, el alma de Analisa se desintegró, su cuerpo se transformó en motas de polvo y ceniza, hasta desaparecer por completo, con las partículas que hasta hacía tan solo un segundo habían conformado su alma dispersándose con el viento.
Nadie tuvo tiempo de reaccionar.
Nadie tuvo tiempo de llorar su pérdida.
Porque, en ese mismo instante, otra flecha surgió desde las profundidades del bosque, saliendo disparada hacia ellos, y estuvo a punto de alcanzar a Catherine en el hombro, aunque ella logró esquivarla en el último momento y darse la vuelta de un salto.
La mirada de Olivier se desvió rápidamente hacia Emilio y Masika, y no les hicieron falta las palabras para comunicarse.
Nos están atacando .
Y entonces se desató el auténtico infierno .