30 Irene
– P uede pasar, señorita Bamford.
Irene intentó hacer caso omiso de cómo se le erizó la piel de los brazos en cuanto se adentró en el despacho del director Silas.
No había nada extraño en aquella estancia, nada abiertamente amenazador, pero resultaba un tanto inquietante de todos modos, como si las cuatro paredes que los rodeaban estuviesen respirando, como si tuviesen vida propia, y el aire a su alrededor vibrase con fuerza.
Intentó adoptar una expresión de indiferencia, demasiado consciente de cada respiración entrecortada que le llenaba los pulmones.
Le habían deslizado bajo la puerta de su dormitorio una nota citándola en el despacho del director un poco más tarde, aquella misma noche, después de la prueba en la armería de Bonestrod.
Al leerla, se había dejado llevar por un segundo por la ansiedad.
Después de la demostración con las flechas, se había quedado un tanto conmocionada, y una sensación extraña y desconcertante le había revuelto el estómago.
No debería sentir ninguna clase de lealtad hacia Blackwood y, sin embargo…
, ¿la sentía? La flecha que había sostenido entre sus manos esa misma tarde parecía creerlo.
Pero quizás Silas había visto el engaño reflejado en su rostro. Las dudas.
A lo mejor le había pedido que fuese a verle a su despacho para exponerla, de una vez por todas.
Pero, en ese momento, mientras estaba sentada frente al director Silas, hizo a un lado todas esas preocupaciones y se aseguró de ocultarse tras la máscara que con tanto mimo había creado. No se acobardaría ni suplicaría clemencia. Le sostendría la mirada, hasta el final.
—¿En qué puedo ayudarle, director? —le preguntó, con calma.
Silas esbozó una sonrisa, aunque tenía un ligero deje afilado.
—Solo quería preguntarte cómo te sientes.
Irene ladeó la cabeza, confusa. Aquello no era lo que había estado esperando.
—Estoy… bien.
—El periodo de prueba para la admisión al Consejo puede resultar bastante agotador —comentó, entrelazando las manos frente a él—. Al final, es bastante presión.
Irene carraspeó con fuerza para tratar de aclararse la garganta y se removió en su asiento.
—Discúlpeme por ser tan directa, director, pero no puede esperar en serio que crea que le importan una mierda mis sentimientos.
Silas soltó una sonora carcajada. Se quitó las gafas de lectura y las dejó caer sobre su pecho, colgando de la fina cadena dorada que rodeaba su cuello.
Irene se preguntó si se habría pasado, pero Silas no parecía molesto por su comentario.
Si acaso, parecía haberse relajado incluso un poco más en su asiento, y la sonrisa tensa que había esbozado nada más verla entrar se había transformado en una de familiaridad.
—Tienes razón —respondió. Tamborileó los dedos sobre la mesa, distraído—. Supongo que será mejor que vaya directo al grano, ¿no?
Irene esbozó una sonrisa tensa.
—Creo que será lo mejor, sí.
Silas juntó las manos sobre el escritorio.
—Esta noche… —comenzó a decir, con voz grave y un tono premonitorio—, después de esta pequeña reunión, las otras candidatas del Consejo y tú tendréis que entrar al bosque a buscar algo.
A Irene se le formó un nudo en la garganta.
—¿A buscar el qué?
Los ojos oscuros de Silas recorrieron su rostro de arriba abajo, y la observó con expresión solemne.
—Las salvaguardas defensivas que rodean los terrenos de Blackwood no solo sirven para proteger a la academia de aquellos que pretenden infiltrarse en su interior —le explicó—. También nos avisan cuando hay alguien externo fuera. Casi como si fuesen una alarma de seguridad.
Irene se encogió de hombros.
—¿Y?
El director entrecerró los ojos y apretó la mandíbula.
—Hace tan solo unos minutos, una de las barreras que se encuentra cerca del perímetro exterior nos ha alertado de cierta…
perturbación. —Se levantó de su asiento lentamente, antes de encaminarse hacia el otro extremo de su despacho.
Allí, Irene vio que había un pilar de piedra, con una pequeña esfera flotando en la parte superior.
Silas le pidió que se acercara con un gesto de la mano—. Ven aquí, por favor.
Irene se puso de pie, con los músculos tensos y rígidos. Se acercó a Silas lentamente, como si estuviese calculando cada paso que daba. Cuando por fin llegó a su lado y clavó la mirada en el pilar, se dio cuenta de que no era una esfera lo que flotaba sobre la parte superior. Sino una calavera.
Irene se acercó un poco más a ella, para inspeccionar la calavera de alabastro más de cerca, con el ceño fruncido.
—¿Qué es esto?
Silas ignoró su pregunta. Simplemente, dejó caer una mano sobre la frente de la calavera; unos cuantos zarcillos de luz dorada brotaron de la palma de su mano, rellenando los recovecos oscuros de la calavera.
Entonces, anonadada, Irene observó cómo la calavera se abría, partiéndose en dos y dejando al descubierto el pequeño catalejo de bronce que escondía en su interior.
—Las salvaguardas no nos permiten ver con total claridad el origen de la alarma —le explicó, al tiempo que llevaba una mano hacia el interior de la calavera y extraía el catalejo—.
Pero la imagen que nos han enviado esta tarde es lo bastante nítida como para que podamos hacernos una idea.
—Alargó un brazo hacia ella, tendiéndole el catalejo—. Toma. Obsérvala por ti misma.
Irene tomó el catalejo con una mano temblorosa.
No estaba del todo segura de por qué, pero tenía una extraña corazonada y se le había empezado a revolver el estómago.
El miedo por lo que estuviese a punto de ver le daba ganas de vomitar.
Cerró los dedos alrededor del catalejo de bronce y se llevó la mirilla a los ojos.
Al principio, tan solo vio oscuridad.
Y entonces algo comenzó a moverse entre las sombras.
Emergieron varias figuras y formas de entre la negrura, y se fijó en cómo el vago contorno de los árboles que rodeaban Blackwood se iba definiendo lentamente, al tiempo que varios cuerpos se materializaban en la visión.
Eran seis. Sus siluetas se distinguían con claridad en medio de la oscuridad del bosque, sobre todo las de aquellos que se habían quedado rezagados a la cola, pero había alguien encabezando la marcha…
, un rostro que habría reconocido en cualquier parte.
Irene no pudo contener el grito ahogado que surgió de entre sus labios.
El catalejo se le cayó de las manos y le fallaron las rodillas.
Se le entrecortó la respiración mientras trataba de controlar el pánico que se había apoderado de repente de su cuerpo, hacer a un lado la incredulidad que le retorcía las entrañas, y se obligó a alzar la vista para encontrarse con la mirada sobria de Silas.
El director de la Academia Blackwood la estaba observando con una intensidad que no había visto nunca antes en sus ojos.
—¿Esa era…? —Tragó saliva con fuerza y sacudió la cabeza—. ¿Esa era ella ? —Ni siquiera podía decir su nombre en voz alta. No mientras no estuviese segura.
Silas recogió el catalejo y lo depositó con cuidado en el interior de la calavera de nuevo.
—Eso me temo, pero… —Se le apagó la voz cuando la calavera se cerró lentamente alrededor del catalejo, mientras los huesos de obsidiana volvían a unirse—. Tenemos que asegurarnos. Debemos comprobarlo antes de hacer nada.
A Irene le dio un vuelco al corazón.
No.
—Quiere… —Carraspeó con fuerza—. Quiere que sea yo quien lo compruebe. Quiere que salga ahí fuera para ver si es ella, ¿verdad?
Silas asintió.
—Las otras dos candidatas del Consejo y tú os adentrareis en el bosque y la identificaréis, al igual que al resto de sus acompañantes.
—Se acercó un poco más a ella, cerniéndose sobre Irene—.
Señorita Bamford, deberías saber… que esta será vuestra última prueba.
Tu última oportunidad para demostrarme que mereces quedarte aquí.
Ha llegado el momento .
A pesar del silencio que se había apoderado del despacho, Irene lo supo.
Quizás fuese por la forma en que Silas la estaba observando.
Por el brillo extraño que se escondía tras el oscuro vórtice de su mirada.
Si aceptaba adentrarse en el bosque, si se tragaba el miedo y el pánico que pugnaban por tomar el control de su cuerpo… , la elegirían.
Se uniría al Consejo.
—¿Y si tenemos razón? —preguntó en un murmullo, con voz temblorosa—. Me refiero, ¿y si sí que es ella?
Silas vaciló por un momento. El ambiente pareció cargarse de repente de electricidad, con un poder que Irene apenas lograba comprender. Pero quería hacerlo. Deseaba poder alargar una mano hacia él y arrancárselo de su pecho. Adueñarse de él.
—Si sí que es ella… —respondió Silas en un susurro, con un tono sumamente solemne—. Entonces deberás hacer lo que sea necesario .