Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 29 Wren #2
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29 Wren #2

Los Demien se arremolinaban por toda la caverna, deslizándose de un lado a otro como si estuviesen sumidos en una especie de euforia desmedida y aturdida.

Todos llevaban puestos vestidos y trajes de gala tan ostentosos como el que Wren había descubierto sobre su cuerpo al despertar, formando un mar de rica seda roja como la sangre, púrpura regio, esmeralda brillante y azul hielo, meciéndose con sus pasos y refulgiendo en medio de la oscuridad de la noche.

En sus miradas también brillaba un hambre intensa.

De sus maliciosas sonrisas brotaban ruidosas carcajadas.

Algunos de ellos llevaban cálices de latón con distintos tipos de líquidos relucientes y burbujeantes en su interior, de los que surgían nubes de vapor centelleantes que se dispersaban en el aire a su alrededor.

Wren nunca había visto aquellos elixires tan extraños.

Pero, fuera lo que fuese que estuviesen bebiendo, estaba claro que debía de tener algún efecto embriagador.

Los que llevaban las copas en las manos parecían mucho más ebrios que los demás, balanceándose lentamente al caminar y con una intensa neblina velándoles los ojos.

—A todos los nuevos reclutas se les obliga a beber esos elixires —le explicó August en un susurro al oído, al tiempo que la guiaba a través de la caverna—.

Les embota los sentidos. Los vuelve mucho más dóciles.

De ese modo…, si alguno tiene dudas de última hora sobre si debería realizar o no el Beso del Segador…

—Dejó la frase en el aire, pero Wren comprendió perfectamente lo que le estaba queriendo decir.

—No pueden defenderse.

August asintió con la cabeza y tragó saliva con fuerza.

—Deberíamos asegurarnos de que no se fijen demasiado en ti —murmuró—. Lo último que necesitamos es que Edith te localice y te obligue a… —Pero ya era demasiado tarde. Una voz interrumpió a August. Y una presencia que apareció de repente tras ellos.

—Hola, hermanito.

Se volvieron para enfrentarse a Edith Hughes, que le estaba dando vueltas con parsimonia al cáliz que llevaba en las manos, con el líquido rojo intenso que contenía derramándose por los bordes con el gesto.

Unas volutas centelleantes se arremolinaban en la superficie del elixir, flotando alrededor de la copa, formando un halo perfecto.

Edith llevaba un vestido azul medianoche, con hombreras de cota de malla que le caían en cascada por los brazos; su corona de sombras refulgía con fuerza en medio de la oscuridad, mucho más ornamentada de lo habitual.

—Gracias por traer a nuestra preciada catalizadora —comentó, al tiempo que esbozaba una sonrisa afilada.

August se puso en tensión a su lado. Y su voz sonó ronca y vacía al responder:

—Solo estaba haciendo mi trabajo.

Edith puso los ojos en blanco antes de soltar una carcajada amarga. Y después se volvió hacia Wren, tendiéndole el cáliz.

—Adelante. —Señaló la copa con un gesto de la cabeza—. Bebe.

A Wren le dio un vuelco al corazón. No pudo evitar lanzarle una mirada de reojo a August, pero él tenía la vista clavada en el rostro de su hermana, sin un atisbo de emoción en sus ojos plateados.

Wren no podía beberse ese elixir. Ahora no.

¿Y si las propiedades embriagadoras de la bebida le embotaban los sentidos antes de que pudiese escapar?

¿Y si le impedían llevar a cabo su plan?

Negó con la cabeza, indignada.

—No quiero. No soy ninguna nueva recluta…

—Escucha, Wren. —Edith la interrumpió con un suspiro, antes de acercarse un paso a ella. El cáliz le rozó el pecho con el gesto—. Puedes bebértelo voluntariamente, mientras sigas teniendo el control de tu cuerpo, o puedo obligarte a hacerlo. Tú decides.

Wren sabía qué era lo que pretendía Edith. Lo mismo que querían los demás Demien. Que fuese débil. Maleable. Nada más que una muñeca de trapo con la que pudiesen hacer lo que les viniese en gana. Querían que les tuviese miedo .

Pero estaba harta de tener miedo.

Antes de que pudiese pensárselo dos veces, cerró una mano alrededor del tallo de la copa, mirando a Edith fijamente a los ojos, y se bebió el elixir de un trago.

En cuanto el líquido le alcanzó la parte posterior de la garganta, una oleada de vértigo se apoderó de su cuerpo.

Notó cómo el elixir le embotaba el cerebro, cómo hacía que una oleada cálida y agradable inundase su pecho.

En un abrir y cerrar de ojos, el mundo que la rodeaba pareció resquebrajarse y difuminarse, como si sus ojos no alcanzasen a comprender qué era exactamente lo que estaban viendo, como si su vista se hubiese desconectado de su cerebro.

Se tambaleó, perdiendo de repente el equilibrio.

Esperaba que August la sujetase antes de que se cayese. Sentir sus fuertes manos rodeándole la cintura.

Pero no fue August quien la atrapó.

Las manos de Edith la agarraron con fuerza de los hombros, sosteniéndola.

La vista de Wren se nubló por un momento, antes de volverse a enfocar.

Tuvo que hacer un esfuerzo para mantener los ojos bien abiertos y, cuando por fin logró enfocar la vista, se fijó en las sombras que habían cubierto por completo los ojos de la alta general.

Y en la sonrisa siniestra que se había dibujado en su rostro.

—Bienvenida al Equinoccio, catalizadora —se rio Edith, y una neblina eufórica envolvió por completo a Wren—. Ha llegado la hora de divertirse un poco .