29 Wren
C uando se despertó con un grito ahogado, como si la hubiesen lanzado de vuelta a la realidad, se percató de tres detalles muy importantes.
Estaba en una tienda que no reconocía.
Llevaba puesto un vestido.
Callum Whitlock estaba de pie frente a ella.
El Demien se quedó mirándola fijamente, como si fuese su siguiente presa.
Se mordió con suavidad el labio inferior, con un hambre implacable refulgiéndole en esos ojos verdes mientras la observaba.
Wren recorrió su cuerpo con la mirada, inspeccionando su atuendo.
Una ondeante y negra tela de seda le caía en cascada por el torso y las piernas, y cientos de cuentas iridiscentes se arremolinaban sobre su pecho, engastadas a un corpiño ajustado.
Llevaba los brazos y la espalda al descubierto, con dos finos tirantes prendidos de los hombros, que después se le entrecruzaban en la espalda.
El bajo del vestido parecía mecerse como si lo estuviese sacudiendo una ligera brisa, y la luz de las llamas de las velas se reflejaba sobre la sedosa tela negra.
No recordaba haberse cambiado de ropa, y la mera idea de que alguien le hubiese puesto las manos encima mientras estaba inconsciente, aunque hubiese sido tan solo para vestirla, le dio ganas de doblarse sobre sí misma y vomitar.
—Preciosa. —Callum soltó un silbido grave y se acercó un poco más a ella, como un depredador a su presa—. Absolutamente preciosa .
—¿Qué…? —tosió, tratando de recuperar la voz. Sentía la garganta en carne viva. Hinchada. Como si se hubiese pasado horas gritando. Lo más probable era que así fuese—. ¿Qué está pasando?
—Ha llegado la hora del Equinoccio, está claro.
—Callum se acercó un poco más a ella, hablándole con un deje burlón—.
Oh, vamos, Wren. No pensarías en serio que íbamos a dejarte fuera de las celebraciones, ¿no?
¡Eres la catalizadora! La estrella del espectáculo.
Pero no te preocupes, en cuanto acabe la fiesta, retomarás tus sesiones con Edith.
Wren intentó apartarse, salir huyendo, pero estaba paralizada.
—No puedo moverme —murmuró entre dientes.
Callum se carcajeó.
—Me temo que eso es culpa mía. —Siguió acercándose a ella, con la cabeza ladeada—. Verás…, me gustas más así. —Alargó una mano hacia sus labios, pero Wren le escupió a la cara antes de que pudiese rozarla siquiera.
—No me toques —siseó, furiosa.
El chico se limpió la cara con una calma que le puso los pelos de punta. Cuando volvió a mirarla, Wren pudo ver un destello furioso en sus ojos verdes, pero también uno de perversa excitación. Como si hubiese estado deseando que ella se resistiese a sus avances.
—Wren. —Prácticamente pronunció su nombre en un ronroneo, con los labios curvados en una mueca burlona—.
Me hieres. Yo nunca te tocaría sin tu permiso.
—Acercó el rostro a su oreja, hasta prácticamente rozarle el lóbulo con los labios—.
Muy pronto, me desearás tanto que no podrás contenerte.
Tanto que me suplicarás que te toque y te demuestre lo que puede hacer un Demien de verdad .
A Wren le entraron ganas de gritar. Quería hacerle pedazos con sus propias manos. Deseaba…
—Yo me ocupo a partir de aquí, Callum.
Wren reconoció el tono grave y ronco de la voz de August antes de verlo, y, de repente, el chico se materializó justo detrás de Callum, apareciendo en medio de una nube de sombras.
Sus ojos plateados ardían de ira. Llevaba un traje negro, con una capa del mismo color echada sobre los hombros, y se había apartado los rizos oscuros de la cara.
Wren no se había fijado hasta ese momento, pero las sombras habían comenzado a deslizarse por las venas de su cuello, acercándose cada vez más a su mandíbula.
Nunca había estado tan guapo.
Y nunca se había parecido tanto a un Demien.
—General Hughes. —Los labios de Callum se contrajeron en una mueca de disgusto antes de volverse hacia August—. Se me ha ordenado que sea yo quien venga a buscar a la catalizadora para las celebraciones…
—Y, sin embargo, aquí estás aún, alimentando tu ego en lugar de seguir las órdenes que se te han dado.
—August mantuvo la mirada clavada en Callum, y Wren, por un momento, esperaba que fuese a arrancarle la cabeza de un mordisco o algo así—.
Edith se ha cansado de esperar. Así que me ha pedido que venga a buscarla.
Callum soltó un resoplido burlón.
—Pero…
— No es negociable.
La voz de August sonó distinta, distorsionada y aterradora, lo que a Wren le provocó un escalofrío. Por un momento, las sombras se apoderaron por completo de sus ojos, pero, cuando parpadeó, estas se habían disipado de nuevo. Por un instante, pareció sorprendido.
¿Es que no pretendía hacer eso? ¿Ya ha empezado a perder el control?
A Wren se le formó un nudo en la garganta.
Un silencio tenso se apoderó del interior de la tienda, como si Callum estuviese considerando seriamente sus opciones, pero un momento después les dedicó un saludo burlón y se alejó con aire despreocupado hacia la entrada. Aunque, antes de marcharse, le echó un vistazo rápido a Wren.
—Resérvame un baile, catalizadora.
En cuanto Callum salió de la tienda, dejándolos a solas, Wren notó cómo su hechizo la liberaba, y estuvo a punto de caer al suelo de puro alivio. Pero August la atrapó antes de que pudiese hacerlo, agarrándola con sus manos cálidas y firmes.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó, con voz temblorosa—. Siento muchísimo no haber podido venir antes.
—Estoy… bien. —Tragó con fuerza y se enderezó—. Solo un poco… mareada.
—Es normal. —August asintió con la cabeza y apretó la mandíbula—. Ya sabes, teniendo en cuenta por lo que te ha hecho pasar Edith.
—August… —Se le rompió la voz—. Se nos ha agotado el tiempo. Las celebraciones del Equinoccio ya han empezado… No podemos… No podemos escapar ahora.
August le tomó la barbilla con delicadeza, echándole la cabeza hacia atrás con suavidad, para obligarla a mirarle a los ojos.
—No pienso dejar que te ocurra nada malo, ¿me has entendido? Te lo prometo. Tenemos un plan… Solo tienes que confiar en mí.
Wren se puso tensa.
—¿«Tenemos»?
—Tenías razón. Existen otros Demien dispuestos a ayudarnos.
—El rostro de August se dulcificó. Y se puso a dibujarle círculos en la mandíbula con el pulgar, en una caricia suave—.
Sé cómo podremos librarnos del brazalete de seguridad.
—Mientras hablaba, la guio con delicadeza hacia la entrada de la tienda—.
Antes de que comiencen las ofrendas, habrá una explosión.
En cuanto estalle, Arthur se colocará detrás de ti y te quitará el brazalete…
—¿Arthur? —A Wren le daba vueltas la cabeza mientras intentaba comprender qué le estaba queriendo decir August exactamente, tratando de encajar todas las piezas del rompecabezas—. ¿Quieres decir que…?
—Está de nuestro lado —la interrumpió, asintiendo con la cabeza—.
Los dos lo están. En cuanto Arthur te haya quitado el brazalete de seguridad, tendremos que huir.
Quinn va a crear una barrera defensiva temporal alrededor del campamento.
Para cuando descubran que nos hemos ido, si quedase siquiera una diminuta molécula de la magia del hechizo de traslación en el aire, alguien podría rastrearnos.
En el mejor de los casos, con la barrera que cree Quinn eso no debería suponernos un problema.
Para cuando consigan salir del campamento, ya nos habremos marchado lejos.
Y cualquier rastro que hayamos podido dejar habrá desaparecido.
Wren se llevó una mano temblorosa al brazalete, recorriendo su superficie fría y sus bordes afilados con los dedos.
—¿Y si no funciona?
Se hizo el silencio por un momento. August le tomó el rostro entre sus manos, acercándola a él.
—¿Confías en mí?
Wren soltó un suspiro tembloroso.
—En contra de mi buen juicio, sí.
August esbozó una sonrisa triste, antes de inclinarse hacia ella y besarla en los labios.
Compartieron un beso tortuoso, profundo y lento, durante el cual el chico le rodeó el cuello con las manos y la pegó a su cuerpo.
Wren se sintió como si estuviese en el cielo.
Como si todo lo que los rodeaba se hubiese desvanecido de repente, transformándose en un borrón difuminado.
Ese beso parecía… una despedida.
Cuando se apartó de ella y se encaminó hacia la entrada de la tienda, Wren notó cómo tamborileaba los dedos con nerviosismo sobre su cintura, y se fijó en la tensión que parecía haberse apoderado de su cuerpo.
Quería hacer algo para consolarlo, pero, sinceramente, estaba igual de nerviosa que él.
Aquella sería su última oportunidad para escapar.
O lo lograban, o se perderían el uno al otro para siempre.
—¿Estás conmigo? —La voz de August la trajo de vuelta al presente con suavidad.
Wren entrelazó los dedos con los suyos.
—Siempre.
Y entonces los dos contuvieron el aliento y salieron de la tienda.
No había sabido qué esperar de las celebraciones del Equinoccio, pero, desde luego, no era eso .
Una intensa neblina carmesí llenaba por completo la espaciosa caverna, embotándole los sentidos.
La cálida luz que surgía de los faroles que había colgados a lo largo de las escarpadas paredes de la cueva iluminaban la estancia, y unas guirnaldas de luces mágicas brillaban con fuerza a su alrededor, como un manto de estrellas.
En el centro de la cueva, dentro de un enorme caldero, rugía un fuego abrasador.
Las brasas crepitaban con fuerza, bajo alguna especie de encantamiento, y las llamas bailaban como si estuviesen atrapadas en una corriente invisible.
El sonido de un tambor, grave y fuerte, retumbaba por toda la estancia, marcando el mismo ritmo al que debería latir el corazón de Wren.
Era como si su cuerpo se viese atraído por aquella melodía, como si sus músculos anhelasen moverse al compás de la música.