28 Irene
N o había muchas tareas de los Ascendidos que Irene disfrutase de verdad, pero el tener que vigilar el reformatorio tenía que ser la peor de todas.
Era increíblemente aburrida, por no hablar de un auténtico desperdicio de su tiempo y de su talento.
No era como si los alumnos que había encerrados en el reformatorio fuesen a poder escapar.
Había una barrera mágica que rodeaba la estancia, lo que significaba que aunque quisiesen escapar, no podrían hacerlo.
La presencia de Irene no era más que una medida defensiva adicional.
Una bastante estúpida , pensó, refunfuñando.
Se cruzó de brazos y recostó la cabeza contra la puerta.
Podía oír lo que parecían sollozos al otro lado, pero el sonido quedaba amortiguado por la madera.
De todos modos, daba igual. Ya había tenido que pasar tiempo en el reformatorio en más de una ocasión y después siempre tenía que lidiar con las consecuencias.
El chico sobreviviría.
A medida que transcurría la tarde, lenta y aparentemente interminable, Irene no pudo evitar acordarse de su última conversación con Mateo.
No entendía por qué se mostraba tan reservado.
Vale, técnicamente , aún no se había unido a la Orden, pero estaba literalmente poniendo en peligro su propia alma para ayudarlos a infiltrarse en la academia.
¿Es que con eso no les bastaba para saber que estaba de su lado?
¿Es que eso no era suficiente para convencerlos de que era una de… ?
Irene.
Se quedó helada, volviendo al presente de golpe. ¿Alguien la había llamado? Echó un vistazo a su alrededor, pero no había nadie por los pasillos que estuviese observándola. ¿Podría haber sido el alumno que había al otro lado de la puerta?
Irene .
Se sobresaltó, sorprendida. Vale. Ahora estaba segura de que había oído a alguien llamándola. La voz provenía de su izquierda, del fondo del pasillo. A la mierda . Tampoco era que el alumno que estaba encerrado en el reformatorio fuese a poder irse a ninguna parte.
Irene se aventuró por el pasillo, preparándose para luchar si era necesario, pero, en cambio, cuando llegó al final, tan solo se encontró con su propio reflejo.
Allí tan solo había un espejo, flotando, con su marco dorado suspendido en el aire.
—¿Hola? —dijo, sintiéndose un tanto estúpida al estar hablando con su reflejo.
Aguardó en silencio. Por un momento, le pareció ver cómo su reflejo se transformaba, cómo un par de ojos completamente distintos a los suyos le devolvían la mirada, cómo otro rostro totalmente diferente la observaba desde la distancia. Irene retrocedió un paso…, pero ya era demasiado tarde.
Apenas tuvo tiempo para tomar aire antes de que un par de manos surgiesen del espejo, la agarrasen con fuerza por los hombros y la arrastrasen hacia el interior del cristal.
Aterrizó a cuatro patas al otro lado, cayendo de bruces al suelo.
Lo primero en lo que se fijó fue en que reconocía la estancia a la que la habían arrastrado.
Era el vestíbulo de Bonestrod. Reconocería esos tablones de madera oscuros y decrépitos en cualquier parte.
Y si había alguien que disfrutase de reunirse en Bonestrod, alguien a quien le encantasen las entradas dramáticas…
Irene soltó un gruñido grave.
—Silas.
La voz del director le respondió menos de un segundo más tarde.
—Gracias por reunirte aquí conmigo, Irene. Lamento mucho haberte hecho llamar de una manera tan precipitada.
El director estaba de pie frente a la chimenea de piedra, con Samira y Everly aguardando a su lado. Las dos estaban igual de despeinadas y agotadas, lo que la llevó a pensar que también debían de haberlas arrastrado hasta allí de la misma forma poco convencional que a ella.
—¿Le soy sincera? —Irene se levantó del suelo y se apartó un mechón oscuro de la cara con un resoplido—. Estoy empezando a acostumbrarme.
—Muy bien. Irene ya está aquí. —Everly se cruzó de brazos y fulminó a Silas con la mirada—. ¿Podría decirnos, por favor , si esto es otra prueba?
Los labios de Silas se curvaron hasta esbozar una sonrisa divertida.
—Es… algo por el estilo.
Se volvió de nuevo hacia la chimenea y tiró hacia abajo de uno de los apliques.
Al momento, la pared que tenían justo detrás se desplazó, dejando al descubierto una habitación oculta al otro lado.
Irene se quedó atónita al verla. ¿Siempre había estado ahí?
Antes de que ninguna pudiese decir nada, Silas las guio hacia el interior de la estancia con un gesto de la mano.
Irene se quedó anonadada cuando vio lo que las esperaba en su interior.
—¿Esto es… una armería? —preguntó, desconcertada.
Desde luego, eso era justo lo que parecía. Había armas colgadas por todas las paredes. Espadas. Lanzas. Dagas. Flechas. Debía de haber al menos cientos de objetos escondidos en el interior de aquella habitación, una enorme colección de armamento de defensa.
—Como miembros del Consejo, no solo os convertiréis en las defensoras de Blackwood.
—Silas se adentró en la estancia y se acercó a una pared llena de arcos y flechas.
Tomó tres de las flechas y las blandió hacia ellas—.
Seréis soldados. —Les lanzó una flecha a cada una, e Irene atrapó la suya al vuelo, dejando que su mano se acostumbrase a su peso—.
Todas las armas que encontraréis aquí se activarán si sois leales a Blackwood.
—¿Se activarán? —repitió Samira. Recorrió la punta de la flecha con un dedo—. ¿No basta con simplemente… dispararlas?
—Estas no son armas normales. —Silas tomó una cuarta flecha y, en cuanto cerró una mano a su alrededor, el asta se iluminó con un resplandor blanquecino intenso y cegador.
Irene tuvo que llevarse la mano a los ojos para protegerse de la repentina luz.
Las otras dos chicas hicieron una mueca y bajaron la mirada hacia el suelo cuando aquella luz explotó a su alrededor.
Detrás de aquel brillo cegador, mucho más allá, Silas continuó hablando—: Conservan en su interior magia antigua.
Una que solo se activa si le sois verdaderamente leales a Blackwood.
Una vez que se activan, todas estas armas tienen el poder de arrancar el núcleo del alma de aquellos a los que ataquen.
De destruirlos con tan solo dispararles una flecha al corazón.
La luz se desvaneció. Irene parpadeó, mareada, y se fijó en que Silas había devuelto la flecha a su sitio.
—¿Quiere decir que podemos destruir un alma con tan solo dispararle una flecha? —preguntó Everly entre risas.
Silas asintió con la cabeza.
—Si vuestra lealtad es lo bastante fuerte…, sí.
Everly puso los ojos en blanco, como si la mera idea de que estuviesen poniendo a prueba su lealtad no fuese más que una estúpida molestia.
Cerró la mano con fuerza alrededor del asta de la flecha y cerró los ojos, e Irene observó cómo una luz similar a la que había iluminado la de Silas comenzaba a surgir de su interior, fundiéndose con la flecha.
A diferencia de la de Silas, la luz de Everly no era tan cegadora.
Irene entrecerró los ojos y pudo seguir observando a la chica, a pesar del halo reluciente que la rodaba.
—Muy bien hecho, señorita Hawthorne. —Silas asintió con aprobación.
Everly abrió los ojos y la luz se desvaneció. Se volvió hacia Samira con una sonrisa arrogante y satisfecha dibujada en su rostro.
—Te toca. Veamos cuánto brilla la tuya.
Samira se echó la trenza a la espalda, por encima del hombro, y se preparó.
Se aferró con fuerza al asta de su flecha, cerrando la mano a su alrededor, y suspiró lentamente.
Irene aguardó en silencio. En el caso de Samira la luz tardó un poco más en iluminar la flecha, y Everly ya había empezado a esbozar una sonrisa engreída cuando un fuerte haz de luz surgió del interior del asta.
Era mucho más brillante que el de Everly, lo bastante fuerte como para que Irene tuviese que llevarse una mano a los ojos para protegerse de ella, aunque no tanto como para iluminar toda la estancia.
Samira soltó una carcajada triunfal y abrió los ojos. La luz se desvaneció unos segundos más tarde.
—Maravilloso, señorita Heydari. —Silas asintió con la cabeza, claramente complacido—. Un trabajo espléndido.
Irene no pudo evitar sentir una punzada de satisfacción al ver cómo a Everly se le borraba la sonrisa de la cara, aunque esa sensación desapareció un segundo después, en cuanto todos se volvieron a mirarla y se dio cuenta de que era su turno.
Un pensamiento intrusivo se apoderó de ella sin previo aviso.
Voy a fracasar.
¿Qué lealtad sentía realmente hacia Blackwood? Había sido capaz de engañar al Consejo al hacerles creer que era alguien digna de confianza, pero ¿podría engañar también a la magia antigua? ¿Y más aún bajo la atenta mirada de Silas?
Le temblaron las manos cuando las cerró alrededor del asta.
Podía sentir las miradas agudas de los demás clavadas en ella.
Samira y Everly la estaban observando con atención, sedientas de sangre.
Querían que fracasase. Verla tropezar y caer.
Y luego estaba Silas. No sabía cómo descifrar en qué podría estar pensando exactamente el director, pero la intensidad con la que la estaba mirando le puso los pelos de punta.
Tú solo respira , se recordó. Céntrate.
Irene cerró los ojos. Trató de encontrar en su interior alguna conexión con Blackwood, recordar lo que le había dicho Silas en Boston, pero se sentía como si su mente estuviese fragmentada.
Los recuerdos le surcaban la memoria, yendo de un lado para otro, impidiéndole concentrarse en nada.
Este último tiempo le costaba saber a quién le era leal.
¿Podía siquiera seguir diciendo que confiaba plenamente en Mateo?
Estaba claro que el chico escondía muchos secretos.
Que le estaba ocultando información. Pero, aun así, quería ayudarlo… , unirse a la Orden.
¿No?
Algo se agitó en su interior. Otra voz. Otro recuerdo.
«Puedo ver… la guerra que se está… librando en tu interior. Tu corazón… está dividido. Dos bandos…».
Thalia. Eso era lo que le había dicho en las mazmorras. Justo antes de que Irene retrocediese y viese cómo su alma se desintegraba.
«Me pregunto… cuál… elegirás».
Un rostro se abrió paso a través de sus recuerdos. Unos ojos ambarinos. Una piel de un marrón intenso. Una pequeña sonrisa sabelotodo. Irene alargó una mano hacia él, pero no logró alcanzarlo, y el recuerdo se desvaneció, transformándose en unos remolinos de humo que se deslizaron entre sus dedos.
Masika.
Tenía su nombre grabado a fuego en la memoria. Y entonces fue como si algo se despertase en su interior.
Irene abrió los ojos, y la oscuridad que hasta hacía tan solo un momento había reinado en Bonestrod había desaparecido.
A su alrededor, surgiendo del corazón de su flecha, manó una luz resplandeciente y cegadora. Formó ondas brillantes por toda la estancia, deslizándose en su interior y alrededor de su cuerpo, envolviendo cada rincón de la armería. Irene podía sentir su latido en la palma. Su poder.
Alzó la vista, con las manos temblorosas, y se encontró con la aguda mirada de Silas, observándola atentamente, con un brillo extraño en los ojos, que le oprimió el pecho y que le puso los pelos de punta.
Orgullo .
Cuando dejó caer la flecha al suelo, esta golpeó los tablones de madera con un ruido sordo, y entonces la luz se desvaneció, y la oscuridad volvió a apoderarse de Bonestrod.
No entendía cómo era posible que hubiese funcionado, por qué su flecha había ardido con más intensidad que las demás.
Si las flechas se alimentaban de la lealtad inquebrantable que su portador le profesaba a Blackwood, ¿eso significaba que la lealtad de Irene había cambiado? ¿Fuese consciente de ello o no?
Se estremeció cuando otra pregunta se abrió paso a través de su cabeza. Al principio creyó que podría ignorarla, hacerla a un lado, relegarla a un segundo plano, pero ya no tenía forma de escapar de ella. Resonó dentro de su mente, implacable, exigiendo que le encontrase una respuesta.
¿De lado de quién estoy en realidad?
Irene tenía miedo de averiguarlo .