27 Masika #2
—Debe de haber alguna especie de barrera defensiva —comentó Analisa, observando al zorro atentamente desde la distancia—. Aunque nunca había visto una parecida . Las barreras defensivas suelen impedir el paso, no causar dolor a quienes intentan atravesarlas.
—Bueno —resopló Dina—. Pues te aseguro que esa cosa sí que causa dolor. Ha sido como si me estuviese muriendo de nuevo.
Catherine hizo una mueca de dolor. Un mechón empapado en sudor se le pegó a la frente, y Masika tuvo que resistir el impulso de alargar una mano hacia su rostro para apartárselo.
—Esta debe de ser la prueba final —murmuró Catherine, jadeante—. Tenemos que averiguar cómo atravesar la barrera defensiva y hacernos con la llave.
Masika la observó con atención, preocupada.
—¿Estás bien? —le preguntó en un susurro.
Catherine asintió débilmente con la cabeza.
—Lo estaré.
—Bueno, ¿y cómo se supone que vamos a desmantelar una barrera defensiva que no habíamos visto hasta ahora?
—preguntó Olivier, exasperado. Señaló a Analisa—.
¡Tú! ¡Eres sanadora! ¿No puedes hacer uno de tus…
? —Movió los dedos, haciendo lo que Masika supuso que era una pobre imitación de uno de los famosos hechizos de curación de Analisa.
La chica suspiró con fuerza.
—No. Mi magia no funciona así.
Los demás se pusieron a discutir acaloradamente sobre qué hacer, lanzando diversas teorías e ideas al aire, pero Masika había dejado de oírlos. Al tiempo que la estancia se llenaba de voces, sintió cómo algo se despertaba en su interior.
Empezó en la base de la columna, como si algo la estuviese llamando, tirando ligeramente de ella.
Al principio, Masika pensó que era su propia voz la que estaba oyendo, su subconsciente el que le estaba susurrando desde las profundidades de su mente.
Pero cuanta más atención le prestaba a aquella voz, a aquella sensación, más cuenta se daba de que no era a ella a quien le pertenecía, sino a alguien más.
A otra cosa .
Esa voz…
Más cerca .
Avanzó un paso. Junto a ella, Emilio estaba diciendo algo, aunque Masika no podía oírlo. Era como si todo lo que la rodeaba se hubiese desvanecido de repente. Lo único que podía ver era al zorro, y la llave que tenía entre las fauces. Nada más.
Más cerca .
Hizo a Emilio a un lado con delicadeza. Pudo notar cómo se le movían los brazos sin que ella les ordenase que lo hiciesen.
Alguien la estaba llamando a gritos. «¡Para! ¡No lo hagas!». Pero Masika no podía oírlos. Siguió avanzando, acercándose más y más al zorro, hasta que se arrodilló frente a él y clavó la mirada en los ojos oscuros de la criatura.
Estaba lo bastante cerca del animal como para que, a esas alturas, la barrera defensiva la hubiese dejado doblada de dolor, y, sin embargo…, no sentía nada. Nada de dolor. Tan solo una calma plena y total. Llevó una mano hacia las fauces del zorro y lo acarició con suavidad.
El animal la observó atentamente.
Tómala .
Masika alargó una mano hacia la llave. Ni siquiera tuvo que agarrarla. El zorro simplemente inclinó su pequeña cabeza hacia delante, abrió sus fauces estrechas y esta cayó sobre su palma con un ruido sordo.
En cuanto la llave entró en contacto con su piel, cobró vida.
Un resplandor brillante de color índigo brotó de su interior, con tanta intensidad que estuvo a punto de dejarla ciega, pero Masika se negó a apartar la mirada.
Ni siquiera podía parpadear. Se quedó observándola, y observándola, y observándola…
Volvió en sí en un abrir y cerrar de ojos, y el ruido de las pisadas de los demás acercándose a ella a toda prisa la devolvió al presente. La tercera llave estaba ahora en su mano y el zorro… había desaparecido . Como si nunca hubiese existido.
—Pero ¿qué narices acaba de pasar? —Olivier tenía el ceño fruncido y estaba recorriendo el rostro de Masika con una mirada preocupada, comprobando que no se hubiese hecho daño. Emilio estaba de pie a su lado, observando a Masika con expectación—. ¿Cómo has hecho eso?
Masika parpadeó, aturdida.
—No… No lo sé.
Catherine se acercó un poco más a ella y la examinó con la misma preocupación que había mostrado Olivier tan solo unos segundos antes.
—¿Has desmantelado la barrera? —le preguntó con cautela.
—Quizás deberíamos preguntarte mejor cómo lo has hecho —añadió Olivier.
Masika abrió y cerró la boca varias veces. ¿Qué había hecho? No recordaba nada. Lo único de lo que se acordaba era de haber sentido que quería…, no, que necesitaba acercarse al zorro. ¿Había oído como la llamaba?
Masika sacudió la cabeza con fuerza, tratando de aclararse las ideas.
—No lo sé, ¿vale? Yo… simplemente la agarré.
Antes de que pudiesen seguir interrogándola, la voz de Dina los interrumpió, llamándolos desde unos metros más adelante.
Masika, que aún no había logrado librarse del todo del aturdimiento que se había apoderado de ella, ni siquiera se había dado cuenta de que Dina y Analisa habían pasado junto a ellos.
—Echadle un vistazo a esto.
Unos metros por delante, justo detrás de donde había estado el zorro hasta hacía tan solo un momento, había una puerta con tres cerraduras.
Era bastante evidente dónde debían introducir cada una de las llaves, porque las aperturas de metal estaban teñidas con su color correspondiente.
Esmeralda oscuro. Rojo rubí. Índigo intenso.
—¿Es…? ¿Es aquí? —preguntó Emilio, en un susurro tembloroso—. ¿Este es su lugar de descanso final?
—Eso parece —murmuró Analisa. Le hizo un gesto a Catherine para que se acercase, animándola con un asentimiento—. Adelante.
Catherine se volvió hacia la puerta y contuvo el aliento. Introdujo la llave esmeralda primero. Y después, con firmeza, colocó la llave rubí en su cerradura. Por último, se volvió hacia Masika, con una mano extendida.
Durante un segundo tenso, Masika permaneció inmóvil.
Sabía que tenía que entregarle a Catherine la tercera y última llave, sin embargo, por algún motivo, cerró la mano a su alrededor con un poco más de fuerza de la debida, aferrándose a ella un poco más.
Pero, antes de que los demás pudiesen fijarse en lo que estaba haciendo, se obligó a entregársela a Catherine, ignorando la sensación de vacío que aquello le produjo.
Catherine introdujo la llave índigo en la última cerradura.
Entonces llevó una mano a la puerta, suspiró con fuerza, y la empujó.
Masika observó, aliviada, cómo la puerta se abría…
Al otro lado se encontraron una pequeña estancia de piedra, con extraños grabados en las paredes y apliques de oro adornando el perímetro.
Catherine fue la primera en entrar, con Dina y Analisa siguiéndola poco después.
Masika, Olivier y Emilio se adentraron en el interior de la habitación juntos, con Benji todavía acunado entre los brazos de Emilio.
Las velas encendidas iluminaban la estancia con su anaranjado resplandor, aunque se dio cuenta de que debían de estar encantadas, porque proyectaban un brillo casi onírico y sobrenatural que daba la impresión de que las llamas estuviesen formadas por miles de diminutas estrellas.
Y, en el centro de la sala, labrado en reluciente obsidiana, había un sarcófago.
Pero algo no encajaba.
La enorme losa de piedra que cubría el sarcófago estaba hecha a un lado.
Un pensamiento aterrador surcó la cabeza de Masika.
Alguien ya ha estado aquí.
Durante un momento, nadie se movió. Todos contuvieron la respiración y se quedaron allí, helados, tratando de comprender qué significaba exactamente lo que estaban viendo.
Dina fue la primera en salir de aquel ensimismamiento y en acercarse directa al sarcófago de obsidiana.
Catherine la siguió poco después, aunque se aseguró de mantener cierta distancia con la tumba.
Dina echó un vistazo al interior de la enorme caja de obsidiana, apoyando las manos con cuidado en el borde del sarcófago.
Entonces se quedó helada y se le entrecortó la respiración, antes de que se inclinase hacia el interior de la tumba, estirando un brazo hacia el fondo, hasta que, por fin, tan solo un momento después, se enderezó de nuevo y se volvió hacia ellos.
Pero, cuando Masika la miró a los ojos, se fijó en que Dina se había puesto tan blanca como la cera de las velas que los rodeaban, y un brillo aterrado le iluminaba la mirada.
—¿Qué? —le espetó Catherine, observándola con los ojos abiertos de par en par—. ¿Qué ocurre?
Dina abrió la mano y les mostró un pequeño trozo de papel. Había algo grabado en aquel pedazo rasgado de pergamino. Un dibujo.
—Esto es lo único que he encontrado.
La expresión de Catherine se endureció al momento.
—¿Qué quieres decir?
—Que ahí dentro no hay nada. —Dina soltó un suspiro tembloroso—. Está vacío .