Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 27 Masika
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27 Masika

A l tercer día de travesía por el purgatorio, la tensión había comenzado a apoderarse del grupo.

Masika podía sentirla a cada paso que daba.

No solo se estaban acercando cada vez más a la tercera y última llave, según el mapa que habían encontrado al confesar sus mayores secretos, sino que también habían comenzado a acercarse demasiado a los terrenos de Blackwood.

Los muros de la academia no se encontraban muy lejos de allí…

, quizás a menos de un día de viaje. Masika habría jurado que incluso podía sentirlo .

Como si algo le estuviese oprimiendo el pecho, tirando de ella desde lo más profundo de su alma, atrayéndola de vuelta a allí.

Vuelve , parecía susurrarle. Vuelve con nosotros.

—Es un poco extraño, ¿no creéis? —comentó Dina, devolviendo a Masika al presente.

La chica de cabello plateado estaba haciendo girar una de sus muchas dagas entre los dedos—.

Ya sabéis, que escondiese su alma tan cerca de Blackwood.

Cada llave que hemos encontrado nos ha ido acercando cada vez más al perímetro de la academia.

Uno pensaría que el verdadero director habría escondido esa maldita cosa lo más lejos de Silas que pudiese.

—En realidad da igual dónde lo escondiese —le recordó Catherine—. Sin las llaves, es imposible acceder al último fragmento de su alma.

—Ya, sí, claro, pero… —Dina se encogió de hombros—. No sé. No me parece un plan demasiado lógico que digamos.

Analisa murmuró un asentimiento, con la mirada perdida en el dosel que conformaban las ramas de los árboles que los rodeaban sobre sus cabezas.

—A veces, existe cierta lógica oculta tras el caos.

Dina puso los ojos en blanco.

—Da igual. Me habéis entendido.

—Ya no estamos muy lejos —murmuró Catherine, observando fijamente el mapa que llevaba en las manos—. No deberíamos tardar mucho en llegar.

—¿Qué creéis que ocurrirá cuando tengamos las tres llaves? —preguntó Emilio. Llevaba a Benji acunado entre sus brazos, y la pequeña criatura lo estaba observando con sus brillantes ojos rojizos llenos de adoración.

—Bueno, desde luego, tendremos que usarlas para abrir algo —murmuró Dina—. Quizás cerrase su último lugar de descanso con llave antes de fragmentar su alma.

—O a lo mejor nos está mandando en esta búsqueda descabellada solo para reírse de nosotros —suspiró Olivier, dándole una patada a una piedrecita que se interpuso en su camino.

—Siempre tan optimista —susurró Masika, dándole un codazo en las costillas.

El chico hizo una mueca y se encogió de hombros.

Aunque su relación con Emilio por fin había despegado, Masika no pudo evitar fijarse en la ligera tensión que se había apoderado de su rostro.

De la palpable preocupación que vio reflejada en su mirada.

Supuso que no podía culparlo por ello, dada la cuenta atrás que se había iniciado en su memoria.

—¿Estás bien?

Olivier soltó una carcajada amarga.

—Define «bien».

—Seguro que él puede ayudarte —le comentó en un susurro—. El verdadero director. Si alguien puede hacerlo…, tiene que ser él.

Olivier le dedicó una sonrisa pequeña y tensa.

—Supongo que pronto lo descubriremos.

Masika suspiró. Estaba a punto de soltarle otro comentario alentador cuando la voz de Emilio la interrumpió, resonando desde donde se encontraba, cerrando la comitiva.

—Eh…, chicos.

Masika se giró hacia él, siguió la mirada de Emilio, y le dio un vuelco al corazón.

Los demás también lo vieron. Un camino de motas resplandecientes había aparecido de repente sobre el terreno, iluminando un sendero sobre la gravilla y el musgo.

Los conducía hacia el noreste, hacia las profundidades del bosque.

Analisa se acercó a Emilio y se agachó a su lado. Hundió los dedos en la tierra, y las motas brillantes se le quedaron pegadas a la mano.

—Fascinante —murmuró—. Está… caliente.

—¿Deberíamos seguirlo? —preguntó Olivier, acercándose con cautela al sendero iluminado.

Dina negó con la cabeza.

—Deberíamos seguir el mapa. Si lo tenemos, es por algo.

—Esperad un momento. —Catherine bajó la mirada hacia el mapa, y después volvió a levantar la vista hacia Emilio. Frunció el ceño, claramente atando unos cabos que los demás desconocían—. ¿Cómo has...? No lo entiendo…

—¿Qué ocurre? —le preguntó Masika, acercándose a ella.

La chica negó con la cabeza, con incredulidad.

—Os juro que esto no estaba aquí antes.

Catherine giró el mapa hacia ella, y Masika vio a qué se estaba refiriendo. Del interior del mapa emanaba un brillo amarillento, que dibujaba sobre el pergamino el mismo sendero que Emilio había descubierto.

—Quiere que sigamos el camino —murmuró Masika. Cuando alzó la vista, se encontró con la mirada de Catherine, que la observaba atentamente.

—Eso creo.

—Bueno. —Dina soltó un profundo suspiro—. El seguir un sendero brillante y misterioso jamás sería mi primera opción, pero… a la mierda .

Catherine no apartó la mirada de Masika, como si estuviese valorando todas sus opciones.

Masika se encogió de hombros.

—¿A la mierda?

Catherine suspiró con fuerza.

—A la mierda.

Se pasaron lo que les parecieron horas recorriendo aquel sendero.

Y, teniendo en cuenta cómo se había oscurecido el firmamento mientras caminaban, supuso que sí que debían de haber pasado varias horas desde que habían emprendido el camino.

Observó cómo el familiar brillo plateado de Blackwood bañaba el horizonte, y cómo los finos remolinos de niebla se removían entre sus pies.

Debían de estar muy cerca de los terrenos de Blackwood.

Peligrosamente cerca. Masika se puso a tamborilear los dedos con nerviosismo a sus costados, tratando de obligar a su cuerpo a ignorar la extraña llamada que parecía provenir del norte, y que tiraba de ella de vuelta hacia la academia.

Por suerte, fue en ese mismo instante cuando el sendero comenzó a transformarse.

Las pequeñas motas de luz que iluminaban el terreno se alejaron entre sí, girando de repente hacia la derecha.

Catherine observó la escena con los ojos entrecerrados, acelerando el paso y siguiendo la nueva dirección del camino, mientras que los demás tuvieron que esforzarse por seguirle el ritmo.

—¿Qué está pasando? —preguntó Emilio, echando a correr.

—El camino está cambiando —respondió Analisa en un murmullo, observando el sendero con los ojos bien abiertos y un brillo curioso en la mirada.

—¡Daos prisa! —exclamó Dina, animándolos a seguir corriendo.

Siguieron las motas de luz brillante sin descanso, prácticamente a la carrera, al tiempo que el sendero se ensanchaba cada vez más, hasta que…

El grupo se detuvo de golpe.

Emilio ladeó la cabeza.

—Una puerta.

El camino brillante acababa de forma abrupta.

En ese momento, tenían delante una puerta que parecía integrada con el terreno, casi como si se tratase de la entrada a una bodega.

Sin dudarlo siquiera, Catherine dejó caer una mano sobre el pomo y lo hizo girar, antes de abrir la puerta con una floritura.

Al otro lado había unas escaleras que descendían hacia la oscuridad.

Catherine invocó una pequeña llama, que prendió en el centro de su palma, iluminándolo todo con su tenue y anaranjado resplandor, y después se volvió hacia los demás.

—No os alejéis.

Avanzaron lentamente hacia las escaleras, con cautela.

Era imposible saber si habría algo esperándolos abajo, oculto en la oscuridad.

Cada llave había traído consigo una buena dosis de peligro, y Masika tan solo podía imaginar que la última no sería distinta.

Si acaso, tenía la sospecha de que la última llave les supondría un reto aun mayor, uno que, quizás, no lograrían superar.

Pero, cuando llegaron a los pies de las escaleras y se adentraron en una especie de estancia circular, con las paredes de piedra y totalmente vacía, no pudo evitar sentirse confusa.

Porque lo que los aguardaba al final de los escalones no era ningún monstruo, ni ninguna bestia ni ninguna prueba aterradora.

Era algo mucho más sencillo…, y más desconcertante.

De pie, al otro lado de la sala, con una tercera llave en la boca, había un zorro.

En cuanto lo vio, Benji soltó un gruñido grave y ronco, y se removió nervioso entre los brazos de Emilio.

Él hizo todo lo que pudo por calmar a la pequeña criatura, para protegerlo de los audaces ojos del zorro.

Pero este no parecía ni siquiera preocupado por el evidente desdén que Benji le profesaba, ni tampoco parecía importarle demasiado la presencia del grupo.

Solo los estaba observando atentamente.

Aguardando.

—¿Estáis de broma? —ladró Dina, señalando al zorro con un gesto de la mano—. No entiendo nada. ¿Es que se supone que tenemos que acercarnos y arrebatarle la llave?

Olivier soltó un resoplido burlón.

—Dudo que sea tan fácil.

Dina lo observó con una ceja enarcada, desafiándolo en silencio. Y, antes de que nadie pudiese disuadirla, asintió con determinación y se lanzó a por el zorro.

Pero Olivier tenía razón.

En un instante, Dina estaba de pie frente al zorro, con una mano extendida hacia la llave, y al siguiente estaba encogida de dolor, soltando un grito ahogado.

Catherine abrió los ojos como platos e, instintivamente, se lanzó hacia Dina, pero cuando llegó hasta ella, su rostro se contrajo en una mueca agónica, cayó de rodillas al suelo y se llevó las manos a la cabeza.

El cuerpo de Masika se movió antes de que pudiese pensarlo dos veces, pero Catherine alargó una mano hacia ella antes de que pudiese cerrar la distancia que las separaba.

— No… te muevas… —siseó Catherine. Desvió lentamente la mirada de Masika, valiéndose de todas las fuerzas que le quedaban para agarrar a Dina del cuello de la camisa y tirar de ella hacia atrás.

En cuanto se alejaron unos metros del zorro, el dolor y la agonía que hubiesen estado sintiendo pareció desvanecerse, y sus cuerpos se relajaron al momento.

—¿Qué… narices… ha sido… eso? —preguntó Dina, jadeante. Intentó levantarse entre tambaleos.