26 August
L os gritos duraron horas. August había esperado que cesasen tarde o temprano, pero siguieron resonando durante toda la noche y hasta bien entrada la mañana.
Al cabo de un rato, aquellos sonidos entrecortados parecieron fundirse con la sinfonía habitual del campamento de la Orden.
Unos cuantos Demien se volvieron hacia la tienda, con un leve destello de preocupación iluminando sus rostros, pero ninguno se molestó en pararse a investigar.
Joder, algunos parecían incluso divertidos, riéndose entre dientes con deleite al pasar junto a la tienda.
August había hecho todo lo que se le había ocurrido para tratar de pensar en otra cosa que no fuese en los gritos de Wren.
Había participado en la simulación de combate de esa mañana.
Había dado otra de sus clases de Historia.
Había intentado, con hasta la última gota de autocontrol que le quedaba, interpretar el papel del general despiadado e insensible que se suponía que debía ser.
Pero su fachada se resquebrajaba más y más con cada eco de los gritos roncos de Wren.
Su fuerza de voluntad se estaba desmoronando.
No estaba seguro de cuánto tiempo más podría soportar aquella agonía.
Cuánto tiempo más sería capaz de oírla gritar sin hacer nada al respecto.
Eso sin mencionar que su ventana de oportunidad casi se había agotado.
En cuestión de tan solo unas horas, comenzarían las primeras celebraciones del Equinoccio.
Si no hallaba la forma de sacar a Wren de esa maldita tienda antes de que anocheciese, todo se habría acabado.
August se vería obligado a realizar el Beso del Segador.
Y el destino de Wren estaría sellado; se convertiría tarde o temprano en la catalizadora de la destrucción.
Sus destinos quedarían grabados en piedra.
Estarían condenados a un final nefasto.
August estaba en ese momento de pie frente a la tienda, con las manos entrelazadas a la espalda, clavándose las uñas en las palmas.
La culpa le estaba carcomiendo por dentro.
En el fondo, sabía que no era su culpa, que Edith habría torturado a Wren obligándola a revivir su muerte una y otra vez incluso aunque él no hubiese regresado al campamento a rescatarla.
Pero, aun así, no le gustaba tener que quedarse de brazos cruzados, sin poder hacer nada .
—¿Cómo está? —preguntó una voz a su espalda.
Cuando August se volvió hacia quien había hablado —Quinn Woodrow—, tragó con fuerza para tratar de deshacerse del nudo de culpa que se le había formado en la garganta, y mudó su expresión hasta transformarla en esa máscara impenetrable tras la que se aseguraba de esconderse siempre que estaba con algún miembro de la Orden.
Una mirada fulminante y el ceño fruncido.
Sus ojos grises desprovistos de toda emoción.
Nada más que una gélida indiferencia. Aunque, en realidad, si era sincero consigo mismo, cuanta más magia sombría usaba, más fácil le resultaba volver a colocarse esa máscara.
—¿Tú qué crees? —le preguntó, cortante.
La mirada de Quinn permaneció clavada en la entrada de la tienda.
Parecía… dividida. Se estaba mordiendo el labio inferior, y tamborileaba los dedos sobre sus muslos.
Era extraño ver tantas emociones distintas en el rostro de una Demien.
Incluso aquellos que pertenecían a la Unidad Plata hacían todo lo que estaba en su mano por ocultar lo que sentían, sobre todo porque aún no habían perdido del todo la capacidad de sentir emociones.
—¿Y no ha habido…? —Quinn se interrumpió, meciéndose de un lado a otro—. ¿Todavía no se…?
—No —respondió, cortante, al comprender qué era lo que la chica le estaba queriendo preguntar—. Todavía no se ha transformado en la catalizadora.
Justo en ese mismo instante, otro grito desgarrador surgió del interior de la tienda.
Al escucharlo, fue como si miles de clavos oxidados se le clavasen en la piel, una tortura que superaba con creces cualquier otra que hubiese podido soportar hasta el momento.
Cuando se volvió a mirar a Quinn, se sorprendió al ver reflejado en su rostro el mismo miedo que él sentía.
—Pero quizás… —Quinn dejó la frase en el aire.
—¿Qué?
—Quizás podamos encontrar la manera de convencer a Edith de que pare.
Y eso fue todo lo que hizo falta para que August perdiese los estribos.
Alargó una mano hacia ella, agarrándola con fuerza de la muñeca, y la arrastró hacia un lado de la tienda, lejos de las miradas indiscretas de los demás Demien.
Antes de que la chica pudiese siquiera abrir la boca para protestar, la inmovilizó contra uno de los postes, reteniéndola con su antebrazo.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —siseó. Las sombras que le corrían por las venas zumbaron de satisfacción, deleitándose con el sabor de su ira, pero las ignoró, obligándolas a quedarse donde estaban.
—¿De qué…? —Quinn trató de zafarse de su agarre, pero August no cedió—. ¿De qué estás hablando?
Se inclinó hacia ella.
—Estás dejando que tus emociones te controlen, soldado Woodrow.
—August hizo su mejor esfuerzo por sonar amenazante, bajando la voz hasta que no fue más que un siseo grave.
Necesitaba que ella le tuviese miedo; porque el miedo sería lo único que podría salvarla—.
¿Estás intentando que te tachen de traidora? ¿Que te consideren una desertora ?
—No… —Quinn soltó una carcajada amarga y burlona, pero a August no se le pasó por alto el ligero destello de pánico que iluminó su mirada—. No se trata de eso.
—Estás poniendo en duda al Desalmado —la acusó—. Se te nota en la cara.
Quinn vaciló.
—Eso no es…
—Un consejo —le dijo en un susurro, antes de tirar de ella de la muñeca.
La chica frunció el ceño con fuerza, pero, a su favor, ni siquiera se inmutó.
No se acobardó ante su mirada—. Se supone que a los Demien no les importa nada ni nadie más que ellos mismos.
Se supone que debes renunciar a tu humanidad y sucumbir a las sombras.
Sin emociones. Sin remordimientos. Sin sentimientos.
—Ladeó la cabeza y chasqueó la lengua—. Y, desde luego, se supone que no tienes que hacerte amiga de la catalizadora de la profecía.
—No somos amigas —le escupió.
August recorrió su rostro con la mirada. Y entonces todo cobró sentido.
—Pero igualmente te sigue importando.
—¿A ti no?
August parpadeó con fuerza, desconcertado.
—¿Disculpa?
Quinn echó un vistazo a su espalda antes de bajar un poco más la voz.
—Puede que hayas engañado a todo el mundo, joder, puede que incluso hayas conseguido engañar a Edith, pero a mí no —susurró, mirándolo directamente a los ojos con una sorprendente valentía—.
Yo también estuve en Blackwood con vosotros.
Os vi juntos. Vi cómo la mirabas . Y es imposible que esa codependencia retorcida que compartíais desapareciese…
—Yo que tú me pensaría muy bien lo que vas a decir a continuación.
—August respiró hondo y una sombra serpenteante brotó de repente de la palma de su mano, enroscándose alrededor de la muñeca de Quinn.
Una sombra más , pensó. Una sombra más que me acerca a la oscuridad .
Notó cómo algo se agitaba en su interior…
Furia, rabia y algo mucho más oscuro. Algo que no se atrevió a admitir—.
Porque casi parece que me estás acusando de traición.
—No. —Negó con la cabeza—. No es eso. Pero… —Se acercó un poco más a él—. Lo que estoy queriendo decir es que lo entendería.
August se estremeció. Recorrió su rostro con la mirada, buscando cualquier señal de que pudiese estar mintiendo, pero lo único que vio reflejado en su expresión fue una sinceridad escalofriante.
¿Puedo confiar en ella? Aquella pregunta resonó con fuerza en su cabeza.
Sería arriesgado revelarle sus verdaderos motivos, confiar en alguien que no fuera sí mismo.
—Deberías tener más cuidado —le sugirió en un susurro ronco—. Se supone que tienes que participar en el Beso del Segador esta noche, durante el Equinoccio. Este tipo de ideas…, esta clase de dudas…, podrían llevarte a la ruina.
Quinn empalideció de golpe y, cuando respondió, le tembló la voz.
—¿Me estás amenazando?
August se acercó un poco más a ella.
—Te lo estoy advirtiendo.
Quinn se quedó mirándolo fijamente. Era evidente que estaba tan indecisa como él, luchando contra lo que le gritaba la intuición, enfrentándose a las dudas de si podía confiar en él o no.
Pero debió de ver algo reflejado en su expresión que la convenció, porque entonces se acercó un poco más a August y dejó caer por completo sus defensas.
—Queremos ayudarla —soltó.
August echó un vistazo a su espalda, invadido por el miedo, pero no parecía haber nadie cerca.
Aunque aquello en realidad daba igual. Cualquiera podría estar escuchándolos.
Observándolos. Porque siempre había alguien vigilándolo, ya fuese un Demien de la Unidad Ónix o las sombras de las que jamás podría deshacerse.
—Quinn… —Pronunció su nombre en un siseo, pero ella lo interrumpió antes de que pudiese seguir hablando, y un brillo desesperado y desgarrador refulgió en su mirada.
—No —murmuró, negando con la cabeza—. No puedo.
No puedo seguir fingiendo que no me importa lo que le ocurra.
—El pecho le subía y bajaba a toda velocidad con cada respiración agitada, al tiempo que seguía hablando a toda prisa, como si estuviese tratando de soltarlo todo antes de perder el valor—.
Artie y yo llevamos planeando cómo ayudarla a escapar desde el principio.
Pero nunca era el momento adecuado. Creíamos que si hallábamos la manera de dejarla vagar libremente por el campamento, ella misma se encargaría de averiguar cómo…
—Espera un momento —la interrumpió August—. El mechón de pelo. ¿Fuiste tú ?
—Técnicamente fue Artie. Se lo cortó a un recluta de la Unidad Esmeralda mientras dormía.
August soltó un gruñido grave, antes de llevarse las manos a la cara con desesperación.