25 Wren
S e les estaba agotando el tiempo.
La noche había caído sobre el campamento, envolviendo a la Unidad Plata en un delicado silencio, pero, mientras Wren se preparaba para irse a la cama, lo único en lo que podía pensar era en la conversación que había mantenido con Quinn y Arthur.
La forma en que la habían mirado. La vergüenza que había visto reflejada en sus rostros.
El brillo arrepentido que había iluminado sus ojos.
No se lo había imaginado.
Aún quedaba esperanza para Quinn y Arthur. Resquicios de su humanidad que estaban luchando por abrirse paso hasta la superficie. De eso estaba segura. Y, si podía llegar hasta ellos, si podía hallar el modo de arrastrarlos hacia la luz…, entonces quizás estuviesen dispuestos a ayudarla.
Tal vez esa fuese su forma de escapar de allí.
Pero se estaba quedando sin tiempo. La oportunidad se le estaba escapando entre los dedos, y demasiado rápido . El Equinoccio estaba a la vuelta de la esquina, y las celebraciones comenzarían la noche siguiente. Lo que significaba que si quería intentar hacer algo al respecto…, tenía que actuar ya.
Se levantó de la cama de un salto. Se puso las botas, se recogió el cabello en una sencilla trenza y tomó el mechón de pelo que había escondido bajo la almohada. Pero, en cuanto dio un paso hacia la entrada de la tienda…, algo se materializó frente a ella.
Alguien .
Edith Hughes apareció en un abrir y cerrar de ojos frente a la puerta de la tienda. Wren ni siquiera tuvo tiempo para prepararse. Se detuvo en seco, casi chocándose contra la chica, aunque frenó a tiempo, antes de estrellarse contra ella.
Pero la Edith que tenía en ese momento enfrente no tenía nada que ver con la que había conocido al llegar al campamento.
Esta… Esta era completamente distinta.
Aquella era la versión de Edith que Wren había visto en el Éter, hacía tantas semanas.
Sus dientes eran irregulares y afilados.
Y sus ojos quedaban ocultos bajo un oscuro manto de sombras.
Las venas negras y serpenteantes se le marcaban con fuerza en el cuello, envolviéndole la mandíbula y trepándole por las sienes.
Edith ladeó la cabeza, observándola con una sonrisa repugnante dibujada en sus labios.
—Hola, Wren. —Chasqueó los dedos y todo el cuerpo de Wren se quedó rígido, paralizado de nuevo bajo los efectos de la maldición de Edith—. Creo que ha llegado el momento de que reanudemos nuestras sesiones, ¿no te parece?
Wren Loughty sucumbió a la oscuridad y
retrocedió
en
el
tiempo…
Estaba caminando entre un bosque de muertos.
Cientos de árboles, con la corteza gris y marchita, se alzaban amenazantes a su alrededor.
Parecían estar llamándola en susurros, invitándola a adentrarse entre ellos en su lengua ancestral.
Bajo sus pies descalzos se extendía un sendero que estaba formado íntegramente por hojas carbonizadas y huesos afilados.
Wren dejó tras de sí un rastro de huellas ensangrentadas, una especie de camino carmesí que resaltaba sobre el suelo de marfil y, sin embargo, no sentía dolor.
No sentía absolutamente nada, lo que era maravilloso y embriagador.
En medio del bosque había sido tallado un perfecto claro circular. Y, dentro del claro, de pie entre un cementerio de ruinas, se alzaba una única estatua. Su rostro estaba cincelado sobre la piedra blanquecina, y tenía un par de zafiros incrustados en las cuencas de los ojos.
La luz de la tarde bailaba entre las ramas desnudas de los árboles que rodeaban el claro, iluminando las partículas de polvo que flotaban sin rumbo, a su alrededor.
En lo alto de uno de los árboles, encaramado a sus ramas, había un cuervo de ojos negros.
Estaba observando a Wren con la cabeza ladeada, mientras ella se adentraba en el claro, acercándose a la estatua de piedra que se alzaba intacta entre las ruinas.
Una voz la llamó.
Una que ahora conocía demasiado bien.
Mi dulce destructora. Mi catalizadora predestinada , murmuró el Desalmado, con voz grave y afilada. Puedo sentir cómo tu alma despierta, cómo se fortalece nuestra conexión.
—¿Cómo…? —preguntó Wren en un susurro, aunque se le quebró la voz al hablar—. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puedes estar dentro de mi cabeza?
El Desalmado se carcajeó.
Tú, querida mía, me invitaste.
—Yo… —Wren se interrumpió y negó con la cabeza—. Yo no hice tal cosa.
El Desalmado suspiró y el suelo bajo los pies de Wren se estremeció.
Oh, pues claro que lo hiciste. Cada vez que te zambulliste en los recuerdos de tu pasado, cada vez que rememoraste el momento de tu muerte, me abriste la puerta a tu mente. ¿Es que no puedes sentirlo? La profecía se agita en tu interior. A la espera de que le ordenes qué debe hacer.
La ira se apoderó de ella, disipando el miedo que pudiese quedarle.
Levantó la cabeza, orgullosa, y clavó la mirada en los ojos de zafiro de la estatua.
A lo largo de los años, había intentado imaginar en más de una ocasión cómo sería el líder implacable de la Orden de los Demien.
Una bestia con garras y dientes afilados.
Un monstruo celestial que escapase por completo de su comprensión.
Pero el rostro que estaba tallado en la piedra, el que la estaba observando fijo, era innegablemente humano.
Era un chico, quizás no mucho mayor que ella.
Su rostro era anguloso y afilado…, apuesto, incluso.
—Me da igual lo que diga tu estúpida profecía —siseó—. No destruiré Blackwood. No pienso acabar con ninguna alma inocente.
¿Inocente? , repitió el Desalmado con incredulidad. ¿Y qué hay del mentiroso, del ladrón, del estafador? ¿Qué hay del hombre que esgrime el libro?
Wren se estremeció cuando sus palabras la golpearon como una repentina ráfaga de viento gélido.
—Odio a Silas tanto como tú, pero destruir Blackwood no solo traerá consigo el final de Silas y su reinado. Acabará también con todo lo demás. Con las almas inocentes de los alumnos que recorren los pasillos de la academia.
La voz soltó un murmullo disgustado.
Su pérdida no será en vano. Encontrarán un final rápido y misericordioso. Puro, incluso.
Wren apretó los dientes con fuerza.
—Suenas igual que él.
Al oírla decir aquello, la voz profirió un rugido terrible.
Los árboles parecieron encogerse sobre sí mismos, temblorosos.
El cuervo que la había estado observando con curiosidad profirió un chillido y alzó el vuelo.
Pero Wren permaneció con los pies bien clavados en el suelo. No se dejaría atemorizar por su ira.
No me parezco en nada a él , gruñó. No estás entendiendo nada, Wren Loughty. Él se dedica a robarle al destino, a reescribirlo a su gusto. Todavía no has sido testigo del virus, de la enfermedad, de la plaga que es en realidad.
Un dolor punzante le atravesó las sienes, impidiéndole pensar con claridad.
—Basta de acertijos —gimió—. Habla claro de una vez.
Pero el Desalmado tan solo se carcajeó.
Todo a su debido tiempo, mi dulce catalizadora. Todo a su debido tiempo.
Cuando abrió la boca para decir algo, para replicar, no le salió la voz. Notó una fuerte presión en la garganta, como si una corriente se estuviese deslizando en su interior. Y entonces un torrente de sombras emergió de entre sus labios, ahogándola, robándole el aliento…
Dolor.
Eso fue lo que trajo a Wren de vuelta a la realidad, retorciéndole las entrañas: una ola implacable de agonía que la recorrió de la cabeza a los pies.
Se despertó entre jadeos, y tuvo que parpadear con fuerza varias veces para librarse de la neblina del sueño, solo para encontrarse con el rostro ceñudo de Edith observándola atentamente.
Tan solo un segundo después sintió cómo la neblina que le embotaba el cerebro se disipaba por completo, y el recuerdo de la noche anterior se abrió paso a través de su memoria.
«Creo que ha llegado el momento de que reanudemos nuestras sesiones, ¿no te parece?».
Wren había perdido la cuenta de todas las veces en las que Edith se había colado en su mente desde que la había arrastrado de vuelta al interior de su tienda.
Ni siquiera estaba segura de cuánto tiempo llevaba allí.
¿Habían pasado tan solo unos minutos? ¿Unas horas?
¿Días? Lo único que podía hacer era suponer que ya era por la mañana, al menos, a juzgar por la suave luz que se colaba a través de la vaporosa tela de la tienda.
¿Ya había pasado el Equinoccio? ¿Había perdido su única oportunidad de escapar?
Tenía que contarle a August lo que había descubierto sobre el brazalete de seguridad, sobre sus sospechas de que tal vez Arthur pudiese ayudarlos, pero ¿cómo demonios iba a salir de allí?
No tenía forma de saber cuánto tiempo había pasado.
Edith la había obligado a revivir su muerte más veces de las que podía contar con los dedos de las dos manos, aunque estaba claro que algo había comenzado a cambiar.
En su última incursión, Wren no había regresado a la noche de su muerte…
, se había adentrado en ese bosque. Había visto la estatua del Desalmado… , había hablado con él.
¿Qué me está pasando? , pensó, ahogando un sollozo.
A lo mejor el Desalmado tenía razón. Tal vez su conexión se estaba fortaleciendo .
Wren seguía sin saber qué significaba exactamente que ella fuese la catalizadora de la destrucción, pero quizás así era como empezaba todo.
Con ella perdiendo poco a poco el control de su propia mente. Cayendo lentamente en la locura.
—Bienvenida de nuevo. —Edith se le acercó con las manos extendidas hacia su rostro, pero Wren retrocedió de inmediato, apartándose de su alcance.
—Por favor. —A Wren, el sabor amargo que aquella súplica le dejó en la boca, le dio ganas de vomitar, y se estremeció al oír el tono implorante que se apoderó de su voz.
No quería doblegarse, sucumbir a la desesperación, pero el tormento de tener que volver a ser testigo del momento de su muerte, de la muerte de su hermana , le resultaba insoportable—.
Otra vez no. No puedo… No puedo volver a verlo.
La mirada de Edith permaneció clavada en su rostro.
—Es la única manera.
Wren soltó un gemido ahogado cuando Edith se acercó aún más a ella y pegó los dedos a su frente. Las sombras brotaron de inmediato de su interior y envolvieron la cabeza de Wren, antes de deslizarse de nuevo en su mente con una lentitud terrible y angustiosa.
Trató de contener un sollozo.
—Te lo suplico.
Edith frunció los labios, y se le formó una pequeña grieta en la máscara tras la que se ocultaba. Aunque Wren no supo si fue por asco o por lástima.
—No malgastes el aliento —le dijo en un siseo.
Sus sombras ya habían comenzado a llevarla atrás en el tiempo. Wren podía sentir cómo su conciencia se desvanecía poco a poco, cómo la oscuridad se apoderaba de todo, aferrándose a ella. Se le quebró la voz de forma patética cuando intentó hablar de nuevo.
—¿Es que nunca has perdido a alguien?
Su vista comenzó a difuminarse, a fragmentarse.
A través de la neblina, pudo ver el destello de sorpresa que surcó la expresión de Edith, la forma en que entreabrió los labios y se le agrandaron ligeramente los ojos.
Por un instante, breve y fugaz, Wren habría jurado haber visto un atisbo de tristeza en los ojos oscuros de Edith. Un vestigio de su humanidad.
—Sé muy bien lo que es la pérdida, Wren Loughty. Más de lo que jamás llegarás a comprender.
Unos remolinos de sombras ardientes se deslizaron por las venas de Wren, sumiéndola en un pozo infinito de dolor.
—Edith —le suplicó en un jadeo—. Por favor.
Y entonces, por lo que le pareció la enésima vez aquel día, retrocedió de nuevo en el tiempo …