Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 24 August
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24 August

S i fingir apatía fuese un arte, August sería un auténtico prodigio.

Más tarde, aquella noche, se sentó en silencio junto a la hoguera, con la mirada clavada en el vaivén de las llamas, y se obligó a no sentir nada.

Al cabo de un rato, le resultó hasta fácil.

Como si llevase haciéndolo desde siempre.

No sientas nada. No sientas nada. No sientas nada .

Se lo repitió una y otra vez, hasta que aquellas palabras resonaron en el interior de su cabeza como una alarma.

A su alrededor, los Demien de la Unidad Ónix hablaban en susurros, iluminados por el anaranjado resplandor de la hoguera.

Era la noche antes del Equinoccio, y el ambiente ya estaba cargado.

Había cierta intensidad en cada uno de sus movimientos.

Un deje cortante en sus voces. Por suerte, la mayoría dejaron a August en paz.

Ya fuese porque lo odiasen por haber traicionado a Edith, o simplemente porque su hermana les daba demasiado miedo como para entrometerse en sus asuntos, los Demien ni siquiera se molestaron en mirar en su dirección.

O bueno, la mayoría .

—¿Te apetece un trago?

Callum se sentó junto a August, con un cáliz en la mano.

Hizo girar el líquido oscuro en el interior de la copa, al tiempo que sus labios manchados de vino esbozaban una sonrisa socarrona.

August sabía que estaba intentando ponerlo nervioso, otra vez, por lo que permaneció impasible y estoico cuando se volvió hacia el chico con fingida indiferencia.

—No, gracias.

—Ah —murmuró Callum, tamborileando los dedos sobre el cáliz—. Claro. Debería haber sabido que Augustine Hughes jamás se rebajaría a participar en esta clase de juerga sin sentido. —Le dio un sorbo a la bebida, sin apartar la mirada de su rostro—. ¿No es así, general Hughes?

August apretó la mandíbula involuntariamente.

—Así es.

Callum soltó una carcajada burlona. Se inclinó hacia él, hasta tal punto de que su codo acabó rozando el cuerpo de August, quien tuvo que hacer todo lo posible por no retroceder ante su repentina proximidad.

El rostro de Callum se encontraba a tan solo unos centímetros del suyo, y sus ojos verdes y venenosos se deslizaron por su cara con un hambre que le puso los pelos de punta.

—¿Sabes una cosa…? —La voz de Callum no era más que un susurro gutural—. Sé que te gustó.

August soltó lentamente todo el aire que había estado conteniendo.

—¿Disculpa? —murmuró entre dientes.

—El usar tus sombras —aclaró, con una sonrisa engreída.

Estaba observando a August como si no fuese más que un trozo de carne que se moría por saborear, con sus dientes manchados de vino refulgiendo con fuerza en medio de la oscuridad—.

Deberías haberte visto. El brillo que te iluminó la mirada al conjurar ese poder . Sinceramente, estabas deslumbrante.

A August le hervía la sangre de ira, aunque una parte de él no pudo evitar sentirse aterrada al preguntarse si quizás Callum tenía razón.

En cuanto las sombras habían brotado de su interior, enroscándose alrededor del cuello de Callum, August había sentido cómo lo invadía una asfixiante oleada de placer, una perversa sensación placentera al verlo sufrir.

Lo había disfrutado .

Y había ansiado mucho más.

A cada hora que pasaba, con cada gota de magia sombría que usaba, sentía cómo iba cambiando.

Su ira tan solo iba en aumento. Su impulsividad se había convertido en un animal salvaje al que ya no era capaz de domar.

Se preguntó cuánto tiempo le quedaría antes de que ni siquiera pudiese controlarse a sí mismo. Antes de que se perdiese por completo.

Callum soltó una sonora carcajada.

—Es gracioso, ¿no te parece? Lo rápido que empiezas a perderte entre las sombras. —Su aliento cálido le acarició el cuello al hablar—. Lo mejor es rendirte y dejar que tomen el control, amigo mío. Créeme.

August se clavó las uñas en las palmas de las manos. Quería sentir el dolor. Sentir algo , lo que fuera. Pero ese escozor no fue suficiente como para aplacar el miedo que le oprimía el pecho.

Se volvió hacia Callum.

—Tú y yo no somos amigos .

Callum enarcó una ceja.

—¿Ah, no? Entonces, si no somos amigos, general Hughes…, ¿qué somos?

Abrió la boca para responder cuando una voz se le adelantó, irrumpiendo en su conversación.

—Callum, si ya has acabado con tus patéticos intentos de seducir a mi hermano, te pediría por favor que te alejases de él de una maldita vez.

Edith se cernía frente a ellos, de brazos cruzados, observándolos con una sonrisa socarrona.

Callum vaciló, aunque solo por un momento, antes de ceder con un suspiro y levantarse del banco a regañadientes.

Les dedicó una reverencia teatral a modo de despedida, antes de alejarse de allí con aire despreocupado, arrebatándole a uno de los Demien de la mano un cáliz de vino recién servido, al tiempo que se adentraba en el campamento.

Edith se dejó caer junto a August. Después se recostó en su asiento, estirando despacio los brazos por encima de la cabeza. Sus sombras prácticamente parecieron ronronear en sus venas, vibrando con deleite bajo su piel. August intentó no retorcerse nervioso bajo su mirada.

—Estás enfadado.

—No estoy enfadado —respondió, observándola con una mueca enfadada.

—Ah, ya, se me había olvidado que esa es tu cara de siempre.

Se removió incómodo en su asiento.

—¿Necesitas que te ayude con algo, Edith?

—¿Por qué das por supuesto que necesito que me ayudes? —le preguntó, con un deje afilado y asesino—. Dios me libre de querer pasar algo de tiempo con mi hermano pequeño.

A August se le tensaron los músculos del cuello. Estaba empezando a perder la paciencia.

—¿Qué quieres? —le preguntó, pronunciando cada palabra con lentitud y firmeza.

A Edith se le iluminó la mirada. Era evidente que estaba disfrutando de hacerlo sufrir.

—Voy a retomar mis sesiones con Wren mañana.

El miedo le oprimió el pecho. Incluso sus sombras parecieron estremecerse en su interior, agitándose con el pánico que lo invadió. August se sentó un poco más erguido y se volvió a mirar a su hermana.

—Pero creía que habías dicho que…

—Tenías razón —lo interrumpió—. Sobre lo de darle a Wren un respiro.

Ahora su mente parece mucho más… maleable.

Sus defensas internas se han debilitado.

Pero no puedo permitirme seguir esperando.

Tengo una corazonada. —Edith clavó la mirada en las llamas de la hoguera, y un suave remolino de sombras se deslizó por el blanco de sus ojos—.

Estamos cerca, tan solo necesita un último empujoncito.

—Pero ¿por qué quieres retomar las sesiones mañana? ¿No sería mejor esperar hasta después del Equinoccio? —preguntó August, al tiempo que obligaba a su cuerpo a cooperar y escondía las manos temblorosas entre las rodillas—. ¿Una vez que haya pasado el caos de la celebración?

Al oírle sugerir aquello, Edith se carcajeó.

—Sé que tus sentimientos por ella te están nublando el juicio, Augustine.

—En cuanto aquellas palabras abandonaron los labios de su hermana, August intentó rebatirlas, pero Edith se limitó a alzar una mano para acallarlo—.

De todos modos, eso no será un problema durante mucho más tiempo.

Mañana, realizarás el Beso del Segador durante el Equinoccio.

Te guste o no. Y, una vez que las sombras te despojen de esos sentimientos, una vez que te hayan arrancado el amor que sientes por Wren Loughty…

—Le tembló el labio inferior y una pequeña sonrisa se le dibujó en la cara—. Entrarás en razón.

August tragó saliva con fuerza. Tenía que mantener la calma. Contener el pánico que luchaba por apoderarse de él.

—No se… —Carraspeó con fuerza—. No se trata de eso…

—Ni se te ocurra volver a mentirme, hermano —le espetó, fulminándolo con la mirada—.

No soy tonta. Tu alma aún la desea. Puedo sentirlo.

—Recorrió su rostro con la mirada, bajándola después por sus brazos, hacia el único punto donde sus sombras quedaban al descubierto.

Un destello orgulloso ardía en su mirada—.

Pero lo solucionaremos. Haremos que todos esos molestos sentimientos, que ese dolor, desaparezcan.

Ese será mi último regalo para ti, Augustine. Mi último gesto fraternal.

August notó cómo se le entumecían las manos, al tiempo que asimilaba lo que su hermana le acababa de decir.

Mañana sería el último día que August y Wren tuviesen para averiguar cómo librarse del brazalete de seguridad que la mantenía presa y escapar del campamento. Pero, si Edith de verdad pensaba obligar a Wren a retomar las sesiones de tortura, August tendría que arreglárselas sin su ayuda.

Tendría que salvar a Wren…, a su manera.

Edith se levantó de su asiento. Envuelta en la penumbra que reinaba en el interior de la caverna, sus sombras parecieron fundirse con el entorno. Como si ella misma estuviese hecha de sombras. Y tal vez fuese así. Quizás aquellas sombras eran lo único que quedaba de su hermana.

Edith se volvió hacia August. Algo surcó su expresión. Un destello de arrepentimiento…, un suave brillo de tristeza. O quizás August se lo estaba imaginando todo. Aferrándose al recuerdo que tenía de una hermana que había muerto hacía mucho tiempo.

—La oscuridad nos engendró, querido hermano.

—Edith frunció los labios y la corona de sombras que flotaba sobre su cabeza se oscureció.

Cuando volvió a hablar, lo hizo con la mirada clavada en los ojos de August, como si quisiese grabarle a fuego sus siguientes palabras—. Y a la oscuridad… regresarás .