23 Emilio
N o estaba intentando castigar a Olivier, pero tampoco tenía fuerzas para hablar. Si lo hacía, tendría que enfrentarse a la realidad. Tendría que hacerle frente a la verdad de la que tan desesperado estaba de huir.
Olivier está perdiendo la memoria, y no se puede hacer nada.
No había dicho ni una sola palabra desde que habían encontrado la segunda llave y el siguiente mapa, desde que habían salido de aquella casa ruinosa en la que habían tenido que exponer sus mayores secretos.
Y, mientras seguían caminando hacia el este, la incomodidad parecía seguirlos como una mosca molesta de la que no lograban librarse.
Según el nuevo mapa, la tercera y última llave se encontraba a más o menos un día de camino, peligrosamente cerca del perímetro de Blackwood, y Emilio había decidido guardar silencio hasta que llegasen allí.
Olivier había intentado hablar con él, parloteando sin cesar sobre el diagnóstico de Analisa y sobre lo mucho que había querido contárselo, pero había tenido demasiado miedo como para hacerlo, y, de todos modos, aquello tampoco importaba en realidad porque ¿de qué habría servido que él lo supiese… ?
A pesar de las divagaciones de Olivier, Emilio se negaba a creer que no hubiese ninguna forma de evitarlo.
Que no existiese la manera de salvar a Olivier.
Habían logrado llegar muy lejos. Habían luchado contra el destino y habían salido victoriosos.
¿Y ahora se suponía que tenía que simplemente resignarse a que el Olvido le acabase robando a Olivier tarde o temprano?
¿A permitir que le arrebatase todos sus recuerdos?
De ninguna manera. Y mucho menos en esta eternidad.
Sin embargo, seguía sin atreverse a romper el silencio, arrastrado por la corriente de sus propios pensamientos. En su defensa, hay que decir que Olivier también llevaba un buen rato sin hablar, limitándose a caminar arrastrando los pies junto a Emilio, con la mirada clavada en el suelo.
Tampoco ayudaba demasiado que el tramo de bosque que estaban recorriendo hiciese que un escalofrío siniestro le bajase por la espalda.
Aquel lugar era inquietante. Un destello de terror puro e implacable brotó en lo más recóndito de la mente de Emilio cuando le dio la impresión de que los árboles los estaban escuchando atentamente, de que, desde sus troncos grises, los estaban observando, siguiendo cada uno de sus movimientos.
«Os vemos», parecían susurrar con cada temblor de sus hojas.
En cuanto se toparon con un pequeño claro en medio de aquel escalofriante bosque, Emilio suspiró aliviado, agradecido por ese respiro momentáneo de la oscura vegetación sofocante que los rodeaba.
Pero su alivio no duró demasiado, porque fue en ese mismo instante cuando Olivier se detuvo en seco, rompiendo por fin la tensión que se había instaurado entre ellos.
—No puedes ignorarme eternamente.
Emilio se quedó helado a medio camino. El resto del grupo siguió avanzando, dejando a Olivier y a Emilio atrás en el claro, al tiempo que se adentraban de nuevo en las oscuras profundidades del bosque.
Una suave brisa meció las hojas que colgaban de las retorcidas ramas que los rodeaban, produciendo un suave silbido que rompió el silencio.
—Di algo —le suplicó Olivier en un susurro, de brazos cruzados, tamborileándose con el dedo índice sobre el brazo—. Por favor.
Emilio se clavó las uñas en la palma de las manos.
Quería hablar con él, pero el nudo que se le había formado en la garganta por culpa del miedo y el dolor le impedía decir nada.
Y, sinceramente, también le aterraba que si intentaba decir algo, si trataba de desentrañar la complejidad de sus emociones y expresar todo lo que sentía, acabaría deshaciéndose en un mar de lágrimas.
—Muy bien —murmuró Olivier—. Si no quieres hablar, al menos, escúchame.
—Respiró hondo y se puso a retorcer las manos con nerviosismo antes de seguir hablando—.
Sé que no debería haberte mentido. Sé que lo que hice estuvo mal.
Pero de ninguna manera pensaba dar media vuelta y abandonarte para que emprendieses esta misión tú solo.
Si te hubieses ido sin mí y te hubiese pasado algo…
—Negó con la cabeza y le tembló la voz—.
¿Cómo demonios esperabas que hubiese podido perdonármelo?
En ese mismo instante, la determinación de Emilio acabó por haberse añicos.
—¿Y yo qué?
Olivier se encogió ante la dureza de sus palabras.
—No… No lo entiendo…
—Tú no eres el único que quiere proteger a aquellos que le importan —le espetó Emilio, roto y dolido—.
Tú no eres el único que tiene algo que perder.
—Ahora que por fin había empezado, no pudo dejar de hablar, era como si algo se hubiese quebrado en su interior, dejando salir en un torrente todo lo que había estado conteniendo—.
Puede que no sea el más fuerte del grupo, o el más valiente, pero estaría dispuesto a poner mi alma en peligro si con eso lograse mantenerte a salvo.
Ni siquiera tendría que pensármelo dos veces.
Porque tú… Tú eres mi alma. Y hace tiempo que decidí que mi eternidad no tendría sentido sin ti.
Olivier se acercó a él, nervioso, y le acunó el rostro entre sus manos. Emilio se moría de ganas por recostarse sobre sus palmas, por dejar que lo sostuviese, pero el sentido común le impidió obedecer a sus deseos.
—Lo sé —respondió Olivier, asintiendo con la cabeza—. Lo sé.
—Entonces, explícame una cosa —murmuró, luchando por contener las lágrimas rebeldes que le anegaron los ojos—. ¿Cómo demonios esperas que yo me perdone a mí mismo si te pasa algo malo ? ¿Cómo esperas que siga…, que siga respirando ?
Olivier negó con la cabeza, aterrado.
—No voy a irme a ninguna parte.
Emilio soltó una maldición.
—Olivier. Tus recuerdos…
—Se están desvaneciendo —lo interrumpió, asintiendo—.
Lo sé. Pero tal vez logremos encontrar alguna forma de detener los efectos del Olvido.
Joder, a lo mejor el verdadero director sabe cómo revertirlos.
Lo cierto es… que no sé qué ocurrirá. Ninguno lo sabemos.
Pero hay algo de lo que sí que estoy seguro, y es que nada en este maldito universo podría mantenerme alejado de ti.
—Se agachó y apoyó su frente sobre la de Emilio—. Nada .
Emilio suspiró con fuerza, dejándose llevar por la calidez de la presencia de Olivier. Se acercó un poco más a él y dejó caer una mano sobre su pecho, aferrándose a la tela de su camisa. Lo sostuvo con fuerza, dejando que aquel momento se prolongase eternamente entre ellos.
—¿Por qué tienes que ser tan cabezota? —preguntó Emilio en un susurro, esbozando una pequeña sonrisa triste.
Olivier soltó una carcajada amarga, antes de sorber por la nariz.
—No puedo evitarlo. —Se alejó de él tan solo unos centímetros y carraspeó con fuerza para aclararse la garganta. Sus ojos esmeralda se dulcificaron y recorrieron el rostro de Emilio de arriba abajo—. Ti-tienes que saber… que todo lo que hice, todo lo que he hecho…, ha sido por ti.
Si el alma de Emilio hubiese dejado de existir en ese mismo instante, se habría desvanecido en la nada con una sonrisa en los labios.
—¿No más secretos?
Olivier entrelazó su dedo meñique con el de Emilio.
—No más secretos.
Y dicho eso, siguieron adelante, alcanzando al resto del grupo y, mientras tanto, un pensamiento se abrió paso a través de la cabeza de Emilio.
Una recién descubierta determinación. Ahora estaba seguro, más que nunca, de que jamás permitiría que nada ni nadie los separase.
Incluso aunque el Olvido acabase por apoderarse del todo de los recuerdos de Olivier.
Incluso aunque lo arrancasen de este mundo y lo arrojasen a otro distinto.
Allí donde fuese el alma de Olivier, Emilio siempre lo seguiría .