22 Irene #2
Irene sintió cómo todo su cuerpo se entumecía.
Tenía que hacerse con esa moneda, fuera como fuese.
Era su única forma de acceder a las salvaguardas externas de la academia.
La única manera de cumplir su misión y dejar que la Orden de los Demien accediese a los terrenos de Blackwood. Pero ¿y si el Consejo no la elegía?
¿Y si todo lo que había hecho, todo lo que había sacrificado, acababa siendo en vano ?
Tenía que hablar con Mateo.
Por suerte, poco después, Marigold se despidió de ellas, deseándoles buenas noches, devolviéndolas al vestíbulo principal de la residencia de los Ascendidos en el proceso.
Samira y Everly no parecían estar de humor como para charlar, por lo que se despidieron en silencio antes de marcharse a sus respectivos cuartos.
A Irene no le sorprendió en absoluto su comportamiento.
Lo más probable era que hubiesen llegado a la misma conclusión que ella.
Solo una de ellas llegaría a saber lo que se sentía al poseer un poder de tal calibre como el que habían presenciado esa noche.
Solo una de ellas ganaría aquella competición.
Irene conjuró un hechizo de traslación y observó la puerta de su habitación con la cabeza ladeada cuando apareció en el pasillo, justo frente a ella, en vez de al otro lado de la madera, como había pretendido.
Cuando posó una mano sobre la puerta, pudo sentir el pulso rítmico de una barrera defensiva que alguien había colocado alrededor de su habitación, un encantamiento para impedir que alguien pudiese atravesarla con un hechizo de traslación.
Pero no había sido ella quien lo había conjurado.
Y solo había otra persona que pudiese haberlo hecho.
Y entonces se percató de algo más. Se podía oír el suave murmullo de unas voces al otro lado de la puerta.
No. Solo el de una voz. La de Mateo. Pero ¿con quién podía estar hablando?
Se suponía que nadie en Blackwood debía saber que estaba allí.
¿Estaría otra vez hablando con alguien de la Orden? ¿Habría otro Demien ahí dentro con él?
Pegó la oreja a la madera. Se acercó un poco más a la puerta, tratando de averiguar de qué podía estar hablando, pero lo único que logró escuchar fue el grave murmullo de su voz, y esta se acabó apagando antes de que pudiese oír nada. Y entonces…
Irene cayó de bruces al suelo cuando la puerta se abrió de repente.
—Hola, Irene.
Mateo estaba de pie frente a ella, de brazos cruzados y con una sonrisa divertida dibujada en la cara.
Pero Irene ni siquiera se molestó en sentirse avergonzada de que la hubiese descubierto in fraganti , al fin y al cabo, aquel era su cuarto.
Si Mateo iba a tener reuniones secretas con algún Demien en mitad de la noche en su habitación, ella tenía derecho a saberlo.
—¿Con quién narices estabas hablando? —Lo hizo a un lado de un empujón al pasar junto a él y adentrarse en la habitación.
Cerró la puerta de un portazo, con un rápido movimiento de muñeca, y se dio la vuelta para enfrentarse a Mateo, que seguía observándola con su característica sonrisa burlona dibujada en la cara.
—Con nadie.
Irene soltó una carcajada amarga.
—Mentiroso —le espetó—. Te he oído. ¿Y por qué narices has puesto barrera de protección alrededor de mi cuarto?
Mateo recorrió su rostro con la mirada, y la sonrisa socarrona que había esbozado hacía tan solo un momento se desvaneció de un plumazo.
—Tienes algo que contarme.
No era una pregunta. De alguna forma, lo había sabido con solo mirarla a los ojos. Irene tenía que admitir que aquello la ponía un tanto nerviosa, aunque una parte de ella no pudiese evitar apreciar lo bien que había llegado a conocerla.
—Y encima ahora cambiamos de tema… —murmuró, poniendo los ojos en blanco, con un gesto de impaciencia.
Pero estaba claro que Mateo había tomado la decisión de ignorarla descaradamente, porque entonces el chico se le acercó un poco más, y sus ojos azules se oscurecieron por un momento mientras la observaba con atención.
—Para mí eres como un libro abierto —comentó él—. Dime, ¿qué pasa?
Irene se cruzó de brazos. No era como un libro abierto, pero no estaba dispuesta a dejar que Mateo supiese que le había tocado la fibra sensible con ese comentario.
—La directora Marigold nos ha llevado a la Torre de la Guardia.
Mateo enarcó las cejas.
—¿Y?
—Y nos ha mostrado cómo levantan las salvaguardas que protegen los terrenos de la academia.
Al chico se le iluminaron los ojos. Cerró la distancia que los separaba y le dejó caer las manos sobre los hombros con delicadeza.
—¿Sabes cómo desmantelar los escudos de Blackwood? —Recorrió su rostro con una mirada nerviosa mientras aguardaba a su respuesta. Pero Irene negó con la cabeza y el brillo emocionado que había iluminado su rostro se apagó al momento.
—No es tan fácil —le explicó—. No se pueden sortear las salvaguardas exteriores sin una reliquia de magia defensiva especial que tan solo poseen los miembros del Consejo.
Una moneda. Pero a lo mejor existe alguna manera de robar una.
Podría entrar a escondidas en el despacho de uno de los directores y…
—No. —Mateo dejó caer las manos, antes de enterrarlas en su cabello.
Comenzó a caminar de un lado a otro, como si estuviese perdido en sus pensamientos—.
Si la moneda tiene tanto poder como dices, seguro que jamás la esconderían en sus despachos.
Tendrás que conseguir la tuya propia. Tienes que hacer que te elijan.
—Eso es muy arriesgado —dijo Irene. Por no hablar de que también le ponía encima una enorme presión—. Es imposible saber si voy a poder ganar o no…
—Ganarás —la interrumpió, deteniéndose de repente.
Se volvió para enfrentarse a Irene. La intensidad con la que la observó le puso los pelos de la nuca de punta.
Y se le erizó también la piel de los brazos—.
Ganarás. Por eso te elegí, Irene. Podría haber escogido a Everly o a Samira, o a cualquier otro alumno de Blackwood. Pero no lo hice. Te elegí a ti .
A Irene se le entrecortó la respiración.
—¿Por qué? —le preguntó en un susurro.
Mateo no le rehuyó la mirada. Irene necesitaba saber en qué estaba pensando.
Le estaba ocultando muchas cosas, de eso no le cabía ninguna duda, pero también había algo más.
Cada vez que la miraba a los ojos, Irene podía ver algo que le resultaba dolorosamente familiar refulgiendo con fuerza en su mirada.
Dolor . Como si el mero hecho de tener que mirarla a los ojos le resultase demasiado doloroso.
Cuando por fin respondió, lo hizo en un susurro que quebró por completo el silencio que se había instaurado entre ellos.
—Te pareces tanto a ella…
Irene hizo una mueca.
—¿A quién?
Mateo negó con la cabeza, como si no hubiese pretendido decir aquello en voz alta.
Soltó una carcajada, pero le salió demasiado ronca y amarga.
Cuando volvió a alzar la vista hacia Irene, la intensidad que había iluminado hacía tan solo un momento su mirada se había transformado en algo mucho más apagado y tenue.
—A nadie —respondió en un murmullo.
Irene captó el momento exacto en el que Mateo volvió a levantar el muro que los separaba.
Ese escudo impenetrable tras el que se escondía y que se negaba a bajar.
Se encaminó hacia la entrada, y tan solo se detuvo cuando hubo posado la mano sobre el pomo.
Irene se fijó en cómo le temblaron las manos.
En lo tenso que estaba cuando se volvió de nuevo a mirarla.
—¿De verdad quieres saber por qué te elegí, Irene?
—Aguardó en silencio, e Irene asintió con la cabeza antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, casi de forma involuntaria—.
Porque vi que estabas sufriendo. Vi lo que este mundo te había hecho.
La forma en que te había roto en mil pedazos solo para después volver a juntarlos de mala manera.
Y, sin embargo… —Esbozó una sonrisa, pero estaba cargada de dolor—.
No te rendiste en ningún momento. Eres fuerte.
Resiliente. Y estabas decidida a reclamar aquello que te pertenecía por derecho.
Por eso te elegí, Irene. Porque sabía que, a la hora de la verdad, siempre te pondrías a ti misma por delante, pasara lo que pasase.
Ella no se atrevió a discutírselo cuando Mateo salió a zancadas de su habitación, dejándola atrás.
Porque tenía razón. Siempre se ponía a sí misma por delante.
Y siempre lo haría. Era la clase de persona que estaría dispuesta a abandonar a sus amigos con tal de volverse más fuerte y poderosa.
La clase de persona que soportaría que la torturasen si eso significaba que al final podría conseguir lo que tanto anhelaba.
Irene Manette Bamford era egoísta. Era cruel. Una zorra despiadada y ambiciosa.
Y haría lo que fuese necesario para sobrevivir .