22 Irene
A última hora de la tarde, cuando Irene ya hubo terminado de ocuparse de sus obligaciones como Ascendida (ayudando en diversas clases de magia defensiva y corpórea, dada la continuada ausencia de Birdie y de Russo), recibió una carta.
O, más bien, una carta estuvo a punto de darle de lleno en la cara.
Había estado recorriendo uno de los sinuosos pasillos de la residencia de los Ascendidos cuando el sobre dorado se había materializado, literalmente, de la nada, y se había lanzado hacia ella con la precisión de un relámpago.
Apenas le dio tiempo a levantar la mano para pararlo a tiempo, agarrando la carta al vuelo antes de que pudiese estrellarse contra su cara.
Parpadeó, atónita, observando cómo el sobre se retorcía entre sus dedos, como si estuviese tratando de zafarse de su agarre.
Incluso cuando por fin logró rasgarlo, este siguió revoloteando, agitado, desesperado por liberarse.
La letra del mensaje era fina y elegante, y estaba escrito con una tinta tan roja como la sangre.
Irene Manette Bamford:
Por favor, reúnete conmigo en la Cámara de Ópalo cuanto antes.
Cordialmente, la directora Marigold
P. D.: Discúlpame por la carta. A veces puede ser un poco… entusiasta.
En ese momento, bajo la atenta mirada de las gárgolas y los monstruos que acechaban desde las esquinas superiores de la Cámara de Ópalo, Irene empezó a perder la paciencia.
No estaba de humor como para aguantar la incesante cháchara de Samira, y tampoco le apetecía especialmente soportar los patéticos intentos de intimidación de Everly.
—¿Dónde demonios se ha metido? —refunfuñó Everly, dando golpecitos con el pie sobre el suelo de mármol. El sonido que produjeron sus merceditas granates resonó por todo el salón desierto, como el rítmico retumbar de un tambor.
Samira se llevó una mano a la boca para tratar de ocultar un bostezo, al tiempo que alzaba la mirada perdida hacia el techo. El blanco de sus ojos estaba vidrioso e inyectado en sangre, con todas las venas marcadas. Irene se acercó un poco más a ella, para observarla más de cerca.
—¿Estás colocada ?
Samira se volvió hacia ella con los ojos como platos, antes de apretar los labios con fuerza para tratar de contener una sonrisa.
—¿No?
Irene puso los ojos en blanco.
—Por Dios… —Soltó una risita burlona—. No entiendo cómo han podido elegirte como candidata.
A Samira se le borró la sonrisa de la cara de un plumazo. Se acercó un poco más a Irene y su repentina proximidad hizo que todo su cuerpo se pusiese en tensión.
—No deberías subestimar a tus rivales, Irene.
Había algo en sus palabras… que le resultó dolorosamente familiar. Irene pudo oír una suave risita resonando en su cabeza. El familiar retumbar de una carcajada. El olor acre de la salmuera. La embriaguez del Éter. Los ojos ámbar de Masika iluminados por un brillo divertido.
—Ya lo estás volviendo a hacer…
—¿A hacer el qué?
—Subestimar a todo el mundo.
Parpadeó con fuerza para salir de aquel recuerdo y regresar al presente. Samira todavía la estaba mirando fijamente, pero más por curiosidad que por hostilidad. Como si se muriese de ganas por abrirla en canal para ver qué escondía en su interior.
—¿Qué? —se carcajeó Samira—. ¿A qué narices viene esa cara de seta?
—A nada. —Tragó con fuerza para librarse del nudo de pánico que se le había formado en la garganta, e hizo los recuerdos de Masika a un lado. Por suerte, las puertas de la Cámara de Ópalo se abrieron antes de que Samira pudiese decir nada más.
La directora Marigold se adentró en la estancia, con una capa larga y ondeante colgándole de los hombros y deslizándose por el suelo de mármol en forma de cascada. Les dedicó una sonrisa tensa mientras se acercaba a ellas y les pidió con un gesto de la mano que la siguiesen.
—Vamos, chicas. Tengo algo que enseñaros.
La siguieron en completo silencio pero alerta, mientras la directora las llevaba hacia el fondo de la Cámara de Ópalo.
Una estatua especialmente extraña se alzaba contra la pared sur; representaba a una criatura que era medio león, medio dragón, y que poseía unos brillantes ojos amarillentos.
Marigold se detuvo frente a ella antes de volverse a mirarlas.
—¿Estáis todas listas?
—¿Para qué? —espetó Everly, claramente molesta.
Marigold esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
—Me alegro de que lo preguntes.
Dejó caer una mano sobre la cabeza de la estatua y de repente …
Irene profirió un grito. En un instante estaba allí de pie, con ambos pies firmemente plantados en el suelo de mármol, y al siguiente había salido disparada por los aires, elevándose cada vez más alto, por encima de la Cámara de Ópalo.
Samira y Everly también chillaron, y se pusieron a sacudir los brazos por el aire, presas del pánico.
Irene alzó la vista y el estómago le dio un vuelco.
Estaban yendo directas hacia el techo de la estancia.
Abrió la boca para volver a gritar, preparándose para el impacto, pero este nunca llegó.
De alguna forma, habían atravesado el techo de la cámara, como si este no fuese más que una ilusión, y se habían adentrado en un túnel vertical que se abría al otro lado.
Una corriente de aire gélido la golpeó de repente, poniéndole los pelos de punta.
Las otras dos chicas seguían gritando sin cesar, aunque Marigold parecía más bien aburrida, y tenía la mirada clavada en la esfera de su reloj de bolsillo mientras subían más y más alto.
Y entonces, tan rápido como habían comenzado a ascender, se detuvieron.
Irene se tambaleó hacia atrás en cuanto sus pies tocaron suelo firme, luchando por recuperar el equilibrio.
Samira y Everly aparecieron de repente a su lado, a punto de chocarse con ella al frenar en seco.
Marigold, en cambio, fue la viva imagen de la elegancia, porque flotó por el suelo hasta detenerse con delicadeza, apoyando los pies sobre el mármol con un impulso, como si simplemente hubiese entrado en la estancia caminando.
—Bienvenidas a la Torre de la Guardia —dijo Marigold, barriendo la extraña estancia en la que se encontraban con un gesto de la mano.
Una de las paredes redondeadas estaba hecha totalmente de cristal, lo que les ofrecía una vista privilegiada de los terrenos de la academia y del bosque que se extendía fuera de sus muros.
A Irene se le formó un indeseado nudo de emociones en la garganta al contemplar la Academia Blackwood.
La neblina de la tarde se deslizaba entre los imponentes edificios de ladrillo y las estructuras góticas, y una intensa luz amatista envolvía los terrenos en una bruma onírica.
La luz de las velas iluminaba la mayoría de las ventanas arqueadas, y daba la impresión de que estuviese contemplando la centelleante extensión del universo.
Una voz estridente la devolvió al presente.
—¿Qué… narices … ha… sido… eso?
Everly tenía las coletas totalmente deshechas y estaba blanca como la cera. Parecía que iba a vomitar. Irene tuvo que contenerse para no echarse a reír, mientras que a Samira le dio un ataque de risa.
—Así es como se accede a la Torre de la Guardia —les explicó Marigold, esbozando una sonrisa de fingida inocencia—. En realidad, tan solo se trata de un hechizo elemental un poco más complejo que la mayoría. Hay que manipular el flujo de aire que se desliza por el interior del túnel…
—¡¿Y no podrías habérnoslo advertido?! —la interrumpió Everly, enfadada.
Marigold se encogió de hombros.
—Sobrevivirás, señorita Hawthorne. —Dicho eso, la directora se dio la vuelta, dándole la espalda a una Everly enfurecida—.
Muy bien. Acercaos todas. Venid conmigo.
—Les indicó que se aproximasen a la pared de cristal.
Las tres candidatas del Consejo se colocaron junto a la directora Marigold, con la mirada clavada en los terrenos de Blackwood, y contuvieron el aliento.
Marigold se llevó una mano al interior de la capa y sacó una pequeña moneda de plata. Esta refulgió con fuerza sobre la palma de su mano, e Irene no pudo evitar sentir cómo se le formaba un extraño nudo en la boca del estómago al verla. Deseaba arrebatársela y sostenerla en su mano.
La directora las recorrió a las tres con la mirada. Y sus ojos se detuvieron en Irene.
—Preparaos.
Lanzó la moneda al aire.
Y entonces Blackwood cobró vida.
Irene tardó un momento en procesar lo que estaba presenciando.
El destello de luz que estalló alrededor de los terrenos de la academia era cegador , y apareció de un momento a otro.
Cuando su vista por fin se acostumbró a aquella luz, se dio cuenta de que no se trataba de una simple explosión de magia.
Tenía forma. Era un círculo…, una cúpula .
Una barrera energética de luz carmesí que palpitaba alrededor del campus.
Si se fijaba un poco más en ella, incluso podía ver los zarcillos de magia que la conformaban, casi creando una especie de red interconectada.
No pudo evitar preguntarse qué ocurriría si tiraba de uno de esos hilos.
¿Se vendría todo abajo?
—Es precioso —comentó Samira en un murmullo, asombrada—. Simplemente… precioso .
—¿Vamos a aprender a hacer eso? —preguntó Everly, con ferviente entusiasmo.
—Aún no. —La directora Marigold volvió a lanzar la moneda al aire y la cúpula se desvaneció, como si alguien hubiese alargado una mano hacia ella y la hubiese hecho explotar—.
Para eso sirve esta moneda. Cuando os unáis al Consejo, recibiréis vuestra propia moneda reliquia defensiva, que os permitirá acceder a las salvaguardas exteriores.
Ya aprenderéis cómo hacerlo, algún día. —Soltó una suave carcajada, antes de volver a guardarse la moneda en el interior del bolsillo de la capa—.
Bueno, una de vosotras lo hará, al menos.