Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 21 Wren #3
50%

21 Wren #3

Avanzaron por el camino que se abría paso hacia el interior del bosque, y una extraña corriente de viento gélido le caló los huesos a medida que se adentraban entre los árboles.

Puede que tan solo llevasen uno o dos minutos andando cuando comenzó a notar una leve quemazón bajo la piel, justo donde llevaba el brazalete de seguridad.

Pero, antes de que pudiese decirles nada a Quinn y Arthur, los dos frenaron en seco, con la mirada clavada al frente, observando algo fijamente.

Wren siguió sus miradas.

Un poco más adelante, escondida entre dos pinos, había una figura. Una hecha por completo de sombras ondulantes. Con alas puntiagudas y unas garras afiladas como cuchillos.

Una criatura sombría .

Se parecía mucho a la que había atacado a Wren en el Éter hacía tantas semanas, aunque, en este momento…, había docenas de ellas. Se deslizaban entre las ramas de los árboles, flotando sin rumbo por el aire, con sus figuras sombrías titilando, apareciendo y desapareciendo de su campo de visión.

Wren contuvo el aliento. Retrocedió entre tambaleos, pero Quinn la agarró con firmeza por los hombros, inmovilizándola.

—No te muevas —le dijo Quinn en un susurro, con calma y firmeza, aunque Wren pudo percibir el miedo y el pánico que se escondía detrás de sus palabras—. Si no haces ningún movimiento brusco, te dejarán en paz. No quieren hacerte daño, pero están programadas para oler el miedo.

Wren negó con la cabeza, aterrada.

—Una de ellas me atacó . En el Éter. Me persiguió hasta las Tierras Sombrías, y después también cuando regresé a Blackwood.

—Tan solo estaba siguiendo órdenes —le explicó Arthur, haciendo una mueca.

Tenía el ceño profundamente fruncido, y una expresión angustiada empañaba su habitual actitud sarcástica.

Entonces tragó saliva con fuerza y se volvió hacia Wren con las manos temblorosas—.

A veces, los Demien no logran adaptarse a la vida en el campamento.

A pesar de haber renunciado a su humanidad.

A pesar de haberse unido a la Orden. O bien fracasan realizando el Beso del Segador, o simplemente se niegan a lanzar el hechizo.

Y, cuando eso ocurre…, a esos Demien se los marca como desertores.

Wren sintió cómo un escalofrío le bajaba por la espalda en cuanto comprendió lo que eran en realidad aquellas criaturas.

—Me estás diciendo… —Se quedó callada, con la bilis subiéndole por la garganta. Pero la mirada sombría de Arthur no hizo más que confirmar sus peores temores.

— Estas criaturas son los desertores —confesó—. Las almas de aquellos que se negaron a sucumbir a las sombras. Se los convierte en armas. En criaturas sombrías sin cerebro cuya única misión es proteger el perímetro del campamento. Los llamamos Aberraciones.

A Wren le daba vueltas la cabeza, y tuvo que luchar contra las ganas de vomitar.

—¿Por qué me estáis contando todo esto? —les preguntó, en un susurro ronco.

—Porque necesitamos que entiendas que, una vez que decides convertirte en Demien, ya jamás puedes volver atrás, es irrevocable —respondió Quinn, muy seria—.

Cuando nos convertimos en Demien, hicimos un juramento.

Sellamos un pacto. Renunciamos a nuestra humanidad, dejamos que las sombras se adentrasen en nuestro torrente sanguíneo…

y sucumbimos a la oscuridad. Romper un juramento siempre tiene consecuencias.

Sobre todo los más oscuros. Y este será nuestro castigo eterno si no nos doblegamos ante los deseos del Desalmado.

«Romper un juramento siempre tiene consecuencias».

No pudo evitar pensar en August. En el pacto que ahora lo unía a la Orden de los Demien…, en el vínculo inquebrantable que lo ligaba al Desalmado. Si descubrían que estaba pensando traicionarlos, ¿correría él la misma suerte que aquellas almas?

—¿Y vosotros estáis de acuerdo con eso? —les preguntó cuando por fin recobró la voz.

Arthur clavó la mirada en el suelo. ¿Era vergüenza lo que ardía con fuerza en sus ojos? ¿Arrepentimiento? Era imposible saberlo. Pero, fuera lo que fuese, le dio a Wren un atisbo de esperanza.

Tal vez sí que había alguien de su lado, al fin y al cabo.

—Da igual si estamos de acuerdo o no —espetó Quinn.

Wren se fijó en cómo le temblaba el labio inferior al hablar, pero su mirada permaneció firmemente clavada en las Aberraciones que se deslizaban entre las sombras a la distancia—.

Ya no importa. Porque es lo que exige el Desalmado. Lo que está escrito.

Wren negó con la cabeza.

—Eso no responde a mi pregunta.

La expresión de Quinn se endureció cuando apartó la mirada de las criaturas sombrías y se volvió hacia ella.

—Ninguno de ellos habría acabado así de haber sido fieles al juramento que hicieron.

—Wren no pudo evitar fijarse en lo vacía que sonaba la voz de Quinn al decir aquello.

No lo hizo convencida. Ni tampoco decidida.

Tan solo parecía amargamente resignada y derrotada—.

El Desalmado nos concede la libertad. Poder.

La promesa de empezar de cero, libres del control corrupto de Silas.

—Soltó un pesado suspiro y alzó la mirada hacia las copas de los árboles—.

No espero que lo entiendas. Al menos, aún no.

— Jamás lo entenderé —respondió en un siseo.

Arthur negó con la cabeza, murmurando algo entre dientes.

Se alejó unos metros a la izquierda y se agachó para examinar un objeto que yacía en el suelo del bosque.

Era una barra metálica que sobresalía del terreno.

A su alrededor, pequeños filamentos de luz centelleaban y brillaban por el aire, con toda una red de sombras retorciéndose en su interior.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Wren, acercándose a él—. ¿Qué es eso?

—Forman una barrera de seguridad alrededor de las Aberraciones, para que no puedan acercarse demasiado al campamento —le explicó mientras jugueteaba con el lateral del artilugio.

Después colocó una mano en la parte superior y una de sus sombras se deslizó desde la palma de su mano hacia el interior de la vara metálica, llenando el espacio entre los filamentos de luz con una nueva oscuridad—.

Las mantiene confinadas en el perímetro exterior.

Wren notó cómo un calor abrasador le subía por la columna, hasta la nuca.

«Las mantiene confinadas en el perímetro exterior».

Al igual que su brazalete de seguridad la mantenía atada al perímetro interior del campamento.

—¿Quién fabricó esas cosas? —preguntó, guardándose de que no se le notase en la voz lo mucho que le importaba aquella respuesta.

No estaba segura de si se lo había imaginado o no, pero le pareció que los ojos verde oliva de Arthur se desviaban por un momento hacia su brazalete de seguridad mientras aquella pregunta resonaba entre ellos.

—Eh… Yo. Yo las hice. —Carraspeó con fuerza y volvió a clavar la mirada en su obra—. Trabajo como voluntario en la tienda de Escudos Defensivos.

—Y también tiene que salir aquí cada pocos días para reforzar la barrera —añadió Quinn—. Si las sombras no se reabastecen constantemente, la horda de Aberraciones podría acercarse demasiado al campamento.

—Pero ¿no se supone que las Aberraciones tan solo deben hacer aquello que la Orden de los Demien les ordene?

Arthur se rascó el interior de la muñeca con nerviosismo, y un destello de inquietud le surcó la mirada.

—Sí. La mayoría de las veces. —Se puso de pie y se sacudió el polvo de las manos—. Pero también ha habido momentos en los que hemos perdido el control de las Aberraciones. Es difícil de explicar. Es casi como si volviesen a cobrar conciencia de quiénes eran…, aunque solo sea durante unos segundos.

Wren se estremeció al imaginárselo. Si las Aberraciones eran capaces de recobrar conciencia de quiénes habían sido antes de transformarse en esas criaturas sombrías, aunque solo fuese por unos segundos, ¿eso significaba que sus almas seguían atrapadas ahí dentro?

¿Que los Demien desertores a los que habían convertido en esos monstruos se habían visto simplemente relegados a la parte más oscura y recóndita de sus propias mentes, obligados a ser testigos de cómo sus almas se transformaban en seres oscuros y sin voluntad propia?

—Sea como sea, eso ya no es algo de lo que tengamos que preocuparnos.

La tienda de Escudos Defensivos ha hecho muchos avances en cuanto a las barreras de seguridad…

—Los ojos de Arthur se posaron en Wren durante un breve segundo, antes de desviarse con torpeza hacia Quinn.

¿Por qué está evitando mirarme a los ojos? , se preguntó Wren.

Y, tan solo un segundo después, supo la respuesta.

Sabe algo .

—Los brazaletes de seguridad —comenzó a decir Wren, y no se le escapó la forma en que Arthur se puso en tensión en cuanto pronunció aquello—. ¿También los has fabricado tú?

Arthur tragó con fuerza. Quinn lo observó con atención.

—Sí —respondió—. He hecho unos cuantos.

Un destello de esperanza se prendió en el pecho de Wren. Se devanó los sesos tratando de encontrar qué decir, lo que fuese , pero antes de que pudiese responder, Quinn carraspeó con fuerza e irrumpió en la conversación.

—Mira… —murmuró—. Sé que esto es horrible, y que duele verlo, pero necesitábamos que comprendieses la gravedad, no solo de tu situación, sino de la nuestra también. —Sus ojos se oscurecieron cuando se acercó a ella—. Tú no eres la única que está prisionera aquí.

A Wren se le formó un nudo en la garganta. Aunque supuso que Quinn debía de estar refiriéndose a las Aberraciones, una parte de ella no pudo evitar preguntarse, no pudo evitar tener la esperanza de que tal vez se estuviese refiriendo a sí misma.

Regresaron al campamento en silencio, con el ambiente cargado con una tensión que antes no había estado allí, y Wren no pudo evitar que un torrente de ideas le surcase la mente por el camino. Se le vinieron a la cabeza miles de posibilidades. Pero hubo una que se impuso sobre todas las demás.

Si Arthur ha sido capaz de fabricar el brazalete de seguridad…, entonces tal vez también sepa cómo destruirlo .