21 Wren
H abía algo retorcido dentro de Wren que había echado de menos justo eso: el delicado roce del pergamino, el golpeteo rítmico de las plumas estilográficas al chocar contra la madera, el sagrado silencio que resonaba con fuerza en el interior de la tienda como un salmo igual de sagrado.
En un aula, Wren se sentía indestructible.
Como si el poder hubiese regresado a sus manos.
Allí, la familiaridad sofocaba los obstinados resquicios de miedo que se aferraban a su alma, avivando la convicción latente en su interior.
Por supuesto, había un pequeñísimo problema.
Uno que era casi imposible de ignorar.
Aquello no era la Academia Blackwood.
No había serpenteantes enredaderas cubriéndolo todo.
Tampoco había ventanas arqueadas con los cristales teñidos de rosa que diesen a unas colinas salpicadas de niebla y a ornamentadas esculturas góticas.
En cambio, Wren se vio rodeada por las paredes oscuras de una tienda de campaña, bañadas por una luz naranja e intensa, cuyo tono ocre emanaba de las titilantes llamas de los faroles de latón.
A su alrededor, los Demien estaban tomando notas de la lección.
Le resultó hasta casi cómico; un grupo de víboras sin alma empeñadas en destruir el más allá, y ahí estaban, escribiendo en sus cuadernos, con la nariz metida en los libros de texto.
Quinn y Arthur la habían despertado y llevado a rastras hasta su primera clase obligatoria de la mañana, la de Historia . O, más concretamente, a la clase en la que se les hablaba a los Demien de la profecía.
Donde aprendían sobre el papel que jugaría Wren.
De camino allí, estaba segura de que Quinn y Arthur harían algún comentario sobre su escapada nocturna.
Pero ninguno de los dos dijo nada que pudiese darle algún indicio de que estuviesen al corriente de su incursión en la Unidad Ónix, ni tampoco parecían saber nada sobre el extraño mechón de pelo o la nota que alguien le había dejado en la tienda.
—¿Puedes dejar de hacer eso de una vez? —siseó Quinn, devolviendo a Wren al presente. La chica de cabello rosa estaba sentada junto a ella, con Arthur a su otro lado. Wren había estado haciendo girar su pluma distraídamente, observando cómo esta se difuminaba en un vórtice informe de oscuridad.
—Es que me aburro —respondió en un murmullo.
—¿Sabes leer, no? —Quinn empujó el libro de texto hacia ella—. Pues lee.
Arthur soltó una risita burlona, tapándose la boca con el dorso de la mano para tratar de contenerla.
Wren bajó la mirada hacia el libro con una mueca disgustada.
El símbolo de la Orden de los Demien estaba grabado en la cubierta de cuero, rodeado de una serie de símbolos y formas que no supo reconocer.
Puede que anhelase el consuelo familiar de estar en un aula, pero eso no significaba que fuese a rebajarse tanto como para leer un libro de los Demien.
—Os podéis quedar con vuestra estúpida propaganda —le escupió, devolviéndoselo de un empujón. Ignoró la mirada fulminante que le lanzó Quinn y se recostó en su asiento—. De todos modos, ¿dónde está el profesor? ¿No debería estar ya aquí?
—Solo han pasado cinco minutos —soltó Quinn, furiosa—. Y aquí no tenemos profesores . Tan solo generales que hacen las veces de instructores.
Wren dejó caer la cabeza sobre las palmas de sus manos y se apartó un mechón cobrizo de la cara con un soplido.
—Lo mismo es.
Aquellas palabras acababan de abandonar sus labios cuando la entrada de la tienda se abrió con una floritura.
Una figura atravesó la estancia a zancadas, con la capa ondeando a su espalda, formando olas de tinta negra.
Con la sorpresa nublándole los sentidos, Wren tardó un momento en reconocerlo, pero en cuanto se situó detrás del atril, escudriñando el interior de la tienda con sus ojos de mercurio, no pudo evitar soltar un grito ahogado.
Pues claro .
Augustine Hughes se encontraba al frente del aula, con los labios fruncidos en una mueca escrutadora.
Recorrió cada fila de mesas con la mirada, y sus ojos plateados tan solo se detuvieron cuando localizó a Wren sentada entre los otros Demien.
Hay que reconocerle que supo disimular su sorpresa con suma facilidad.
Pero a Wren la aterrorizaba lo bien que conocía a August a esas alturas.
Conocía hasta los deseos más oscuros de su alma.
Así que, cuando el chico abrió los ojos un poco más de la cuenta durante menos de un segundo… , ella lo notó.
August carraspeó con fuerza y flexionó los dedos un par de veces antes de colocar las manos con cuidado sobre el atril. Los Demien que rodeaban a Wren se inclinaron hacia delante, embelesados, conteniendo la respiración mientras esperaban a que su instructor les dijese qué debían hacer.
—El ritual del Equinoccio. —La profunda voz de August rompió el silencio que reinaba en el interior de la tienda—.
Un momento de culto. Para recordar a los que vinieron antes que nosotros.
Una oportunidad para que los nuevos reclutas rindan homenaje a aquel que nos sacará de la oscuridad y nos llevará hacia la luz.
Wren se estremeció ante la reverencia que cobró la voz de August. Se le revolvió el estómago y la bilis le subió por la garganta, pero tragó con fuerza para contenerla y se obligó a contemplar la escena a través de una máscara estoica.
Sabía que los Demien estaban observándola, analizando cada detalle de su expresión, y se negaba a darles más munición que pudiesen usar en su contra.
—El Beso del Segador forma parte de una tradición sagrada —continuó diciendo August—.
Y, mañana por la tarde, todos vosotros tendréis la oportunidad de realizarlo.
Al ofrecer vuestra sangre y vuestras sombras, no solo nutriréis el poder del Desalmado, sino también el vuestro .
Sellaréis vuestra conexión con la magia sombría.
Podréis acceder… al máximo potencial de vuestro poder.
—Wren se estremeció al recordar que el tiempo se le estaba agotando.
«Mañana por la tarde». Apenas habían tenido dos días para tratar de encontrar la manera de escapar del campamento.
August chasqueó los dedos y todos los cuadernos que había por la estancia se abrieron de golpe, y sus páginas revolotearon, pasando a toda velocidad, hasta encontrar una en blanco.
—Quiero que todos reflexionéis sobre lo que supone para vosotros el Equinoccio y el Beso del Segador.
Cuando vertáis vuestra sangre y sombras en el fuego, debéis hacerlo con la intención clara y definitiva de vincular vuestras almas al Desalmado.
Y, por favor, recordad, esto no es ninguna sugerencia.
Todos sabéis lo que ocurrirá si vuestro Beso del Segador termina considerándose… insatisfactorio.
Unos cuantos Demien se removieron incómodos en sus asientos ante aquella amenaza velada, mientras que otros se apresuraron a tomar sus plumas y a empezar a tomar nota de todo.
Wren se volvió a mirar a Quinn, que parecía estar demasiado absorta en lo que estuviese escribiendo en su cuaderno, con su elegante caligrafía deslizándose sobre el pergamino envejecido.
—¿Qué ocurre si fracasas al realizar el Beso del Segador? —preguntó Wren en un susurro.
Quinn se volvió a mirarla con los ojos entrecerrados en señal de advertencia.
— Shh.
Wren soltó un gruñido y se cruzó de brazos, antes de desplomarse sobre el respaldo de su asiento.
Se quedó mirando fijamente la hoja en blanco de su cuaderno.
Aunque quisiese centrarse en aquella clase, de ninguna manera iba a poder concentrarse en otra cosa que no fuese en la sensación de tener los ojos plateados de August puestos en ella.
Alzó la vista y se encontró con su mirada.
August la estaba observando fijamente, con el ceño fruncido.
La tensión que había despertado entre ellos después del beso que habían compartido la noche anterior todavía cargaba el ambiente.
Wren todavía podía sentir el fantasma de las manos de August deslizándose sobre su piel.
A pesar de la tensión que se respiraba, decidió correr el riesgo y escribir a toda prisa un mensaje en su cuaderno, antes de darle la vuelta hacia August.
«Suenas como un idiota al que le han lavado el cerebro».
August se echó a toser de repente, en un débil intento por disimular su sorpresa, aunque Wren se fijó en que estaba conteniéndose para no echarse a reír.
Esbozó una sonrisa triunfal, sintiéndose increíblemente satisfecha de sí misma, lo que solo pareció poner a August aún más de los nervios.
Él se puso a darle vueltas disimuladamente al anillo de plata que llevaba en el dedo índice, presionando la lengua contra el paladar.
Con la mirada clavada en ella, August se dispuso a rodear el atril, aunque se detuvo cuando alguien lo llamó desde un par de filas por detrás de Wren.
—¿General Hughes?
Wren echó un vistazo a su espalda y localizó el origen de aquella voz. Era un chico con el cabello cobrizo y una fina cicatriz sobre el labio superior. Estaba mirando a August fijamente, con una expresión perpleja y las cejas arqueadas en una especie de pregunta silenciosa.
August lo observó con los ojos entrecerrados.
—¿Sí? ¿Devon, verdad?
El chico asintió con la cabeza con timidez.
—Me… Me preguntaba… ¿Existe alguna forma de asegurarnos de que nuestra ofrenda se considere lo bastante digna?
—Se puso a juguetear con su pluma, recorriendo la estancia con la mirada, claramente nervioso—.
Quiero decir…, sé que nuestra conexión con el Desalmado debe de ser fuerte, pero…
¿hay… alguna forma de asegurarnos de que nuestro Beso del Segador se considere lo bastante satisfactorio como para que las sombras no nos rechacen?