Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 20 Olivier #3
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20 Olivier #3

A Olivier se le formó un nudo en el pecho. Esperaba con todas sus fuerzas que ese no fuese el caso. Lo último que quería hacer era confesar sus miedos, exponer sus más oscuros secretos. El solo pensar en ello le provocó un escalofrío.

Analisa dio un paso adelante y se paró a pensarlo durante un largo rato. Después parpadeó con fuerza y observó la inscripción de nuevo con una mirada aturdida.

—A lo que más temo es… —se mordió el interior de la mejilla antes de seguir hablando—: a saber que existen algunos dolores, algunas pérdidas, que jamás podré curar. Que existen ciertas heridas que ni una sanadora como yo podría cerrar.

Sus palabras vinieron seguidas de un tenso momento de silencio. De un breve instante de duda.

Y entonces la puerta se abrió, dándoles acceso a la siguiente estancia.

Y la escena se fue repitiendo una y otra vez durante los siguientes minutos.

Una habitación nueva. Un nuevo nombre grabado en el marco de la puerta.

Un nuevo miedo pronunciado en voz alta. La confesión de Dina había dejado a Olivier totalmente desconcertado, sobre todo porque no se lo esperaba.

No conocía muy bien a la chica de cabello plateado, pero teniendo en cuenta lo confiada que se mostraba siempre, y su comportamiento rudo y firme, había esperado que su mayor miedo fuese algo banal, si no obvio.

Pero, al parecer, la chica de cabello plateado tenía muchas más capas de las que Olivier había creído en un principio.

—A lo que más le temo… —había susurrado Dina, jugueteando con nerviosismo con sus dagas—. A lo que más le temo es a la persona en la que podría haberme convertido de no haber abandonado la Orden de los Demien y haberme unido a la Resistencia. La persona en la que casi me convertí.

Masika fue la siguiente, aunque, a decir verdad, a Olivier no le sorprendió demasiado su mayor miedo. Conocía muy bien a Masika, y se había acostumbrado a ser testigo de cómo, de vez en cuando, la ansiedad parecía apoderarse de ella.

—A lo que más le temo es a mi propia mente —admitió Masika en un hilillo de voz—.

Me da miedo dejar que la ansiedad me controle…

, y no saber cómo volver a ser yo misma.

—En cuanto aquellas palabras abandonaron sus labios, Olivier alargó una mano hacia ella y le dio un suave apretón en la muñeca, a lo que Masika le respondió con una sonrisa agradecida.

La siguiente estancia estaba dedicada a Emilio.

Olivier contuvo el aliento. Emilio se puso en tensión al leer la inscripción en voz alta.

Emilio Córdova, ¿qué es lo que más temes?

Emilio soltó una carcajada grave y amarga.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

Olivier se clavó las uñas en las palmas de las manos, conteniéndose para no envolver a Emilio en un fuerte abrazo.

Sabía que aquel era precisamente su infierno personal, y deseaba, más que nada en el mundo, poder hacer algo para evitarle aquella clase de tormento, así como todo el que pudiese sufrir después.

Pero antes de que Olivier pudiese siquiera pararse a reflexionar cómo hacer justamente eso, Emilio se cuadró de hombros y suspiró con fuerza. Mantuvo la cabeza bien alta y la mirada clavada en la puerta antes de empezar a hablar.

— Todo … Me da miedo todo. —Le tembló la voz, pero siguió hablando—: Me da miedo el dolor y la pérdida, el no saber qué me espera al cruzar al Otro Lado.

Pero, sobre todo, a lo que más le temo… es a saber que ahora tengo algo, a alguien , que me importa mucho más que yo mismo. Alguien a quien puedo perder.

A Olivier se le cortó la respiración cuando la puerta se abrió con un suave crujido. Emilio echó un vistazo a su espalda y su mirada se encontró con la de él.

Mientras los demás avanzaban hacia la siguiente estancia, Olivier se acercó a Emilio a la carrera y lo agarró de la mano antes de que pudiese cruzar el umbral.

—¿Alguien a quien puedes perder? —le preguntó en un susurro. No se le pasó por alto que a Emilio se le puso el vello de la nuca de punta al oírle decir aquello—. ¿Te importaría explicarme quién es exactamente ese «alguien»?

Emilio apretó los labios con fuerza, conteniendo una sonrisa.

—Adivínalo.

Olivier le tomó con suavidad de la barbilla, antes de inclinar el rostro hacia el suyo.

—Prefiero que me lo digas tú.

No pretendía que la voz le saliese tan grave y ronca, pero al estar tan cerca de Emilio, y con el recuerdo del beso que habían compartido hacía tan solo un momento todavía presente, perdió por completo el control de sus cuerdas vocales.

Emilio carraspeó con fuerza para aclararse la garganta. Sus mejillas pasaron de un suave tono rosado a un rojo intenso. Entreabrió los labios con delicadeza, subiendo la mirada lentamente por su rostro…

—¡Olivier! —lo llamó Masika desde la otra sala—. Más te vale venir aquí ahora mismo.

Olivier cerró los ojos e hizo una mueca de dolor. Apartó la mano del rostro de Emilio y volvió a abrir los ojos lentamente, para encontrarse con la mirada sorprendida del chico. Emilio seguía sonrojado y observándolo con un aire ligeramente desconcertado.

—Guárdatelo para luego —le pidió Olivier, en un susurro tembloroso. A regañadientes, se alejó de él y se adentró en la siguiente estancia, recorriendo al resto del grupo con la mirada y deteniéndose en Masika.

—Te lo juro —le comentó en un murmullo—. A veces eres de lo más inoportuna.

Masika hizo un gesto exasperado con las manos.

—¿Qué he hecho ahora ?

Olivier le dedicó un gesto displicente.

—Nada.

Y después se volvió hacia la siguiente puerta.

Ah .

Eso explicaba la impaciencia.

Olivier Dupont, ¿qué es lo que más temes?

Bueno, supuso que era inevitable que ahora le tocase a él confesar su mayor miedo. Los otros ya habían contado los suyos, así que ¿por qué iba a ser él la excepción? Pero ahora que la pregunta iba dirigida a él, a Olivier se le formó un nudo en la garganta, y el miedo le revolvió el estómago.

Sabía perfectamente qué era a lo que más temía.

Y no podía admitirlo en voz alta.

Ahora no. No después del beso que había compartido con Emilio. Había creído que tendría más tiempo, la oportunidad de explicárselo todo con calma.

Se volvió a buscar al chico con la mirada, nervioso.

Emilio ya lo estaba mirando, con una sonrisa dulce y alentadora en los labios.

A lo mejor había alguna forma de que pudiese eludir aquella prueba, alguna escapatoria.

Al fin y al cabo, Olivier le tenía miedo a muchas cosas.

¿Cómo se suponía que iba a decidir qué miedo era más aterrador que los demás?

A lo mejor, si tenía suerte, podía haber más de una respuesta correcta.

—A lo que más temo… —Olivier respiró hondo— es a lo desconocido.

Hubo un momento de silencio. Por favor , suplicó mentalmente. Por favor, que con eso baste . Aguardó, y aguardó. Pero la puerta permaneció obstinadamente cerrada. El pánico comenzó a revolverle el estómago.

Catherine se volvió a mirarlo desconcertada.

—¿Has mentido?

—No…, no he… —Pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta en cuanto oyeron un fuerte retumbar que provenía de algún lugar bajo sus pies.

La estancia comenzó a sacudirse. Las paredes empezaron a temblar.

¿Un terremoto? Pero entonces Olivier se fijó en que las paredes no estaban temblando, sino moviéndose .

Cerrándose lentamente a su alrededor. Acercándose a ellos centímetro a centímetro.

La habitación se les estaba echando encima.

—¡¿Qué está pasando?! —gritó Dina, para hacerse oír por encima del atronador estruendo.

—Las paredes… —respondió Analisa en un murmullo, abrazando a Benji con más fuerza, con un brillo aterrado iluminándole la mirada—. Se están moviendo.

—¡Olivier! —bramó Masika—. ¡Tienes que decir la verdad!

El terror le formó un nudo en el pecho.

—¡Y eso he hecho!

Las paredes se cerraron a su alrededor, obligándolos a apelotonarse en el centro de la estancia, devorando el espacio que los rodeaba.

—¡Nos van a aplastar! —chilló Catherine—. ¡Joder, Olivier! ¡Di la puta verdad de una vez!

—Vale —susurró Olivier. Cerró los ojos e hizo una mueca de dolor—.

¡Bien! Me… ¡Me da miedo que solo me queden unos días, ¿vale?

! —Aquellas palabras abandonaron sus labios antes de que pudiese pensárselo dos veces.

Pero mantuvo los ojos cerrados, porque no podía enfrentarse a Emilio cuando admitiese la verdad en voz alta—.

Que mi memoria haya empeorado desde que nos marchamos de la base y que…

en solo unos días… ¡el Olvido me consuma y pierda a Emilio para siempre!

De repente, la estancia dejó de moverse.

Cuando abrió los ojos, las paredes habían regresado a su posición inicial, como si no hubiesen estado a tan solo unos segundos de aplastarlos. Como si no se hubiesen movido en ningún momento.

La puerta que tenían en frente se abrió con un crujido.

Olivier podía sentir la presencia de Emilio a su espalda. El calor abrasador de su mirada clavado en la nuca. Pero no se volvió a mirarlo mientras se adentraban en la siguiente estancia, porque le aterraba la idea de darse la vuelta y enfrentarse a las consecuencias de sus actos.

Por suerte, lo que encontraron al otro lado de la puerta les proporcionó la distracción que necesitaban para retrasar lo inevitable. Porque, flotando en el centro de la última habitación, rodeada por una luz índigo intenso y resplandeciente, se encontraba la segunda llave .