20 Olivier #2
—Soy tuyo —añadió en un susurro.
Olivier soltó un suspiro jadeante. Estaba seguro de que, si había algo de lo que jamás se olvidaría, algo que podría sobrevivir al ataque implacable y cruel del Olvido, sería ese momento. Ese recuerdo. Esas dos preciosas palabras abandonando los hermosos labios de Emilio. Eso jamás lo olvidaría.
Nunca.
Olivier se acababa de inclinar hacia él cuando…
— Mierda…
Un coro de jadeos asombrados y chillidos de sorpresa resonó con fuerza a tan solo unos metros de distancia. Olivier se volvió hacia el repentino alboroto, solo para encontrarse al resto del grupo allí de pie, observándolos con los ojos como platos y boquiabiertas.
—¡No estaba mirando! —Masika se cubrió los ojos con las manos a toda prisa—. No puedo ver nada. No he visto nada. Ni siquiera sé qué aspecto tenéis.
Dina soltó una sonora carcajada.
—Oh, pues yo lo he visto todo . Y con todo lujo de detalle.
Analisa, que llevaba a Benji en brazos, le tapó los ojos a la criatura con una mano.
—Lo sentimos —dijo, con una risita alegre—. Hemos vuelto a buscaros.
Olivier se frotó la cara y suplicó porque el rubor que le teñía las mejillas desapareciese cuanto antes. A su lado, Emilio se había puesto rojo como un tomate y tenía la mirada clavada en sus zapatos.
—¿Y qué era tan importante como para que tuvieseis que volver todas a buscarnos? —preguntó Olivier, con un deje impaciente tiñéndole la voz.
Catherine dio un paso al frente, con el mapa en una mano y su lanza en la otra.
—Creemos que hemos encontrado nuestra siguiente pista.
La casa en ruinas se alzaba en medio del bosque como si se tratase del esqueleto de una bestia abatida, con su tejado a dos aguas cubierto de nieve polvo.
Se encontraba en el centro del claro, rodeada de frondosos pinos.
Tenía varias torretas que sobresalían por los laterales, y toda una serie de ventanas arqueadas que adornaban la fachada por delante.
Pero, incluso desde donde se encontraba Olivier, podía ver que algunos de los cristales estaban agrietados, con pequeños fragmentos resquebrajados que se extendían por toda la ventana como una tela de araña.
Había paneles rotos que colgaban de la estructura, y enormes trozos de madera oscura que yacían esparcidos sobre la nieve en montones desperdigados.
—Déjame adivinar… —murmuró Dina—. Se supone que tenemos que entrar en ese edificio espeluznante y abandonado.
Catherine bajó la mirada hacia el mapa que tenía en las manos, y lo observó con el ceño ligeramente fruncido.
—Eso parece.
A Olivier no le hacía ninguna gracia la idea de tener que poner un pie dentro de ese edificio.
Porque tenía algo que le revolvía el estómago, como si alguien le hubiese atado una cuerda alrededor y estuviese tirando de él en la dirección opuesta con todas sus fuerzas, desesperado por alejarlo de aquel lugar tanto como fuera posible.
O tal vez lo que ocurría en realidad era que no podía dejar de pensar en la sensación de tener los labios de Emilio sobre los suyos.
Analisa se acercó un poco más a la casa, observando atentamente la torreta más alta.
Parecía algo desconcertada, o quizás un tanto inquieta.
La chica cerró los ojos y alargó la mano libre hacia el edificio, y de entre sus dedos brotaron una serie de zarcillos de luz plateada.
Estos chisporrotearon por el aire, balanceándose suavemente con la brisa, antes de regresar de nuevo hacia sus manos.
—Siento algo aquí, algo fuerte —dijo, abriendo los ojos de nuevo—. Una presencia.
Dina señaló a la sanadora con un gesto acusador.
—¡Habéis visto!
Catherine puso los ojos en blanco y animó al grupo a que siguiesen adelante.
—Me da igual si este maldito lugar está encantado —murmuró mientras se encaminaba hacia la entrada de la casa—.
Vamos a entrar ahí y vamos a hacernos con la siguiente llave.
—Estaba claro que daba igual lo que dijesen, no podrían disuadir a Catherine.
Y, en cuanto el resto del grupo la siguió, Olivier tuvo claro que ya no habría vuelta atrás.
Dio un paso adelante, con Emilio a su lado. Masika los alcanzó tan solo unos segundos después, adaptándose a su ritmo. Se coló entre ellos y les pasó un brazo por los hombros a cada uno.
—Bueno… —Masika carraspeó y contuvo una sonrisa—. Estoy segura de que vosotros dos estáis ahora un poco… distraídos .
Olivier soltó una sonora carcajada.
—Qué sutil.
Emilio se puso rojo como un tomate.
—¡Oye! —se rio Masika—. Sabéis perfectamente que soy vuestra mayor fan . Llevo apoyando lo vuestro desde el principio. Desde que nos hicimos amigos.
—¿Así que «amigos», eh? —Olivier se volvió a mirarla, esbozando una sonrisa traviesa.
—Disculpe —murmuró Masika, con fingida sinceridad—. Me refería a desde que nos hicimos desafortunados conocidos .
Emilio puso los ojos en blanco.
—Creo que a estas alturas podemos considerarnos todos amigos.
Masika le dio un codazo juguetón en el costado.
—Pero eso no suena tan bien como «desafortunados conocidos», ¿no crees?
—¡Venga! —les gritó Catherine desde el frente del grupo, dando una serie de pisotones impacientes en el suelo, al tiempo que apoyaba una mano sobre la puerta ruinosa de la casa—. No tenemos tiempo para cháchara. Acabemos con esto de una vez.
Benji soltó un gruñido desde los brazos de Analisa, y sus pequeños ojos rojos estaban clavados en la puerta de la casa.
—Ni siquiera al perro le gusta este sitio —murmuró Dina, claramente enfadada.
Catherine puso los ojos en blanco y abrió la puerta, guiando al grupo al interior de la casa.
El vestíbulo era bastante pequeño y estrecho, apenas lo bastante grande como para que cupiesen los tres en su interior.
Unas paredes de color esmeralda oscuro los rodeaban, y los tablones de madera que conformaban el suelo eran viejos y quebradizos.
Había unos cuantos cuadros cubiertos de polvo adornando las paredes, algunos rasgados por la mitad como si alguien los hubiese rajado con un cuchillo, valiéndose de todas sus fuerzas.
Al otro lado de la estancia había una puerta, con una inscripción justo encima, con las palabras grabadas formando un arco sobre la madera.
Catherine se acercó a ella y leyó en voz alta lo que había escrito.
—«La verdad es la única forma de avanzar».
Dina soltó un gemido grave.
—Por favor, no me digas que es otro maldito acertijo.
En cuanto aquellas palabras abandonaron los labios de Dina, la inscripción comenzó a cambiar.
Un intenso resplandor dorado surgió del interior del grabado, y entonces otra serie de letras comenzaron a aparecer en la pared, emergiendo justo debajo de la primera inscripción, como si un cuchillo invisible las estuviese tallando en ese mismo instante.
Catherine Clarke, ¿qué es lo que más temes?
A Olivier le dio un vuelco al corazón. Echó un vistazo a su alrededor, observando al resto del grupo con desconcierto, y deteniéndose sobre Catherine. La chica se había quedado totalmente paralizada y pálida, al tiempo que recorría aquella inscripción con la mirada, una y otra vez.
—¿Cómo es posible que sepa tu nombre? —preguntó Dina, con recelo.
Catherine tragó saliva con fuerza y después negó débilmente con la cabeza.
—No… No lo sé.
—No es ningún acertijo —murmuró Emilio en apenas un susurro.
Se acercó a Catherine y señaló el grabado—.
Fíjate en lo que reza la primera inscripción: «La verdad es la única forma de avanzar».
No se trata de descifrar ninguna clase de mensaje encriptado.
Tenemos que decir la verdad. —Echó un vistazo alrededor del grupo, y Olivier se fijó en cómo le temblaba ligeramente el labio inferior—.
Para superar esta prueba, tenemos que compartir nuestros más profundos secretos.
El silencio se apoderó del vestíbulo, aunque había una pregunta flotando en el aire, algo que todos estaban pensando, aunque ninguno se atreviese a formular en voz alta. Al final, fue Masika quien se armó de valor y lo hizo.
—¿Qué pasa si mentimos?
Analisa soltó un murmullo grave, observando la inscripción con la mirada perdida.
—Si la verdad es la única forma de avanzar…, entonces supongo que las mentiras nos mantendrán atrapados.
Dina soltó un gruñido frustrado.
—Esa perspectiva no me hace ninguna gracia.
—No pasa nada —soltó Catherine, moviendo la cabeza de un lado a otro para tratar de librarse de la tensión que se había apoderado de su cuello—.
Solo tenemos… que decir la verdad. Debería ser bastante fácil.
—Carraspeó con fuerza y se removió con nerviosismo—.
Lo… Lo que más temo es… —Se le apagó la voz.
Olivier se puso en tensión, como si su cuerpo se estuviese preparando para el impacto que llegaría en cualquier momento, pero entonces Catherine soltó un suspiro resignado y susurró—: Lo que más temo es decepcionar a mis seres queridos.
El silencio pareció extenderse entre ellos durante unos segundos que se les hicieron eternos. Todos contuvieron el aliento.
Y entonces la puerta que tenían justo delante se abrió con un chirrido, dándoles acceso a otra habitación.
Catherine soltó un leve suspiro y dejó caer los hombros, aliviada, aunque a Olivier no se le escapó que su mirada se desvió por un momento hacia Masika…
, o la chispa que saltó entre ellas. Pero ese instante no duró demasiado.
Dina soltó un suspiro dramático y se adentró con aire despreocupado en la siguiente estancia, disipando así el momento de tensión entre Catherine y Masika, mientras el resto del grupo la seguía.
La siguiente habitación no tenía nada de especial.
Era exactamente igual a la que acababan de dejar atrás, quizá incluso un poco más pequeña.
Sin embargo, había una inscripción diferente grabada sobre el arco de la puerta.
Analisa Cardenas, ¿qué es lo que más temes?
—Parece que nos va a tocar a todos confesar nuestros mayores miedos, uno por uno —murmuró Dina.