Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 20 Olivier
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20 Olivier

L e estaba costando cada vez más seguir fingiendo que no se estaba volviendo loco.

La noche anterior, sus sueños habían estado plagados de otra sucesión de pesadillas confusas y recuerdos distorsionados.

Recordaba estar de pie al borde de un precipicio, con los pies firmemente plantados en el suelo.

Tras él, a tan solo unos metros de distancia, se encontraban sus padres.

Pero sus rostros aparecían difuminados y de lo más extraños.

Al principio, habían desaparecido sus ojos, y luego se habían desvanecido sus narices y sus labios.

Hasta que lo único que le había devuelto la mirada habían sido un par de figuras sin rostro, con los brazos extendidos hacia él, tratando de alcanzarlo con sus ávidas manos.

Se había despertado sobresaltado y empapado en sudor, con el pecho subiendo y bajando con cada respiración agitada, incapaz de sacudirse de encima la sensación de que se estaba olvidando de algo.

Llevaba ocurriéndole desde hacía semanas.

Era como una picazón en el fondo de su memoria de la que no lograba deshacerse.

El contorno borroso de un recuerdo que no lograba alcanzar, por mucho que intentase hacerlo.

No se acordaba de cómo se llamaba el pueblo en el que había crecido.

Ni tampoco del nombre de su caballo favorito, aunque sí que recordaba su crin marrón avellana y la sensación de tener su áspero pelaje deslizándose entre sus dedos.

Lo que más miedo le daba era saber que lo más probable era que, a esas alturas, ya hubiese olvidado todo un centenar de detalles sin siquiera haberse percatado.

¿Cuánto tiempo le quedaba hasta olvidarse por completo de sus padres?

¿Cuánto hasta que olvidase su propio nombre?

Olivier se estremeció y se abrazó con fuerza.

Supuso que el miedo a que el Olvido se apoderase de todos sus recuerdos sí que tenía una única ventaja. Y es que lo distraía durante las monótonas y eternas horas que llevaban caminando desde que se habían despertado aquella misma mañana.

Basándose en el nuevo mapa que habían encontrado, Catherine les había prometido que la próxima pista no se encontraba muy lejos de allí, pero Olivier estaba empezando a pensar que no les había sido del todo sincera.

Llevaban caminando hacia el este desde hacía horas , acercándose más y más a cada paso al perímetro de Blackwood, lo que tampoco le ayudaba a acallar el remolino nervioso que se había despertado en su interior.

Le dolían los pies, y el aire se había vuelto gélido y cortante, con el frío viento mordiéndole la punta de la nariz.

Incluso habían empezado a caer diminutos copos de nieve en polvo desde el cielo, moteando al grupo de blanco.

Pero quizás si Olivier no hubiese estado tan absorto pensando en el deterioro de su memoria y en lo mucho que le dolían las piernas, se habría dado cuenta de que Emilio llevaba observándolo prácticamente una hora, mordiéndose con nerviosismo el labio inferior.

Podría haberse fijado en que el chico había abierto y cerrado la boca en varias ocasiones, como si estuviese tratando de armarse de valor para hablarle.

Pero, como no estaba muy avispado, Olivier no se había percatado.

Así que, cuando Emilio por fin logró hacerlo, Olivier casi se cae de bruces al suelo por la sorpresa que le causó oírle formular aquella pregunta.

—¿Por qué no me has besado?

Olivier se quedó paralizado en medio del camino.

Parpadeó con fuerza, desconcertado, y se volvió a mirar a Emilio, que parecía tan sorprendido como se sentía él.

¿De verdad quería formular esa pregunta en voz alta?

El resto del grupo siguió adelante, completamente ajenas a lo que estaba ocurriendo justo detrás de ellas, y se adentró un poco más en el bosque.

Una suave brisa meció las hojas que se aferraban a las ramas retorcidas que los rodeaban, silbando en medio del tenso silencio que se había instalado entre ellos.

Díselo , se ordenó mentalmente. Por el amor de Dios…

—Lo siento —soltó Emilio justo antes de que Olivier pudiese decir nada—.

Yo no… No pretendía soltarlo de ese modo.

Es solo que… lo llevo pensando desde que salimos de la mansión.

—Negó con la cabeza—. No. Eso es mentira.

Llevo pensándolo desde mucho antes que eso.

Si te soy sincero, llevo pensándolo desde la primera vez que te vi.

—Emilio.

—Ya sé lo que vas a decir —murmuró, jugueteando con un hilo suelto de su jersey, enredándolo alrededor de un dedo hasta que la yema se le puso morada—.

Ahora no es un buen momento. Lo sé. Sé… Sé que esto…

, que lo nuestro …, no es una prioridad ahora mismo.

Que tenemos que preocuparnos por reestablecer el equilibrio del más allá y todo eso.

Es solo que he pensado… He pensado que quizás a estas alturas…

— Emilio.

El chico cerró la boca de golpe. Se quedó mirando a Olivier fijamente, con los ojos como platos y las mejillas sonrojadas.

—¿Qué?

Olivier lo observó con atención, sin apartar la mirada.

Había llegado el momento. Era ahora o nunca.

Y, sin embargo, a pesar de que Olivier siempre se mostraba inquebrantablemente confiado ante todo, en ese instante fue incapaz de moverse, se quedó allí de pie, quieto como un pasmarote, como un auténtico idiota.

¿A qué demonios estaba esperando? ¿De qué tenía tanto miedo?

Sabes perfectamente a qué le tienes miedo , susurró una voz en lo más recóndito de su cabeza.

Porque ¿qué sentido tendría cerrar de una vez la distancia entre ellos si se verían obligados a separarse en tan solo unos cuantos días?

¿De qué le serviría permitirse albergar el más mínimo atisbo de esperanza, solo para que se lo arrebatasen tarde o temprano?

Ya le iba a romper el corazón a Emilio cuando descubriese que sus recuerdos se estaban desvaneciendo cada vez más rápido, y que quizá tan solo le quedasen unos días con la cordura intacta.

¿Por qué causarle más dolor? ¿Por qué tenían que complicar más las cosas? ¿Por qué…?

Olivier soltó un gruñido grave.

—A la mierda.

Y entonces agarró a Emilio del cuello de su jersey y pegó los labios a los suyos.

Se le quedó la mente completa y patéticamente en blanco en ese mismo instante.

Todo su ser se perdió por completo en Emilio, en la sensación de tener sus manos recorriéndole la espalda, en el suave calor de su aliento, en la delicada caricia de sus labios.

Emilio suspiró con fuerza contra su boca y aquello bastó para dejarlo sin aliento, para que le fallasen las rodillas y para que tuviese que concentrarse por no caerse al suelo y tirarlo consigo.

¿Cómo había logrado esperar tanto tiempo para hacer eso?

El besar a Emilio era lo mejor que había hecho en su vida, lo más natural .

No quería que ese beso acabase nunca. Quería existir así, suspendido en ese mismo instante, para siempre.

Que mi eternidad sea justo así , rezó.

Se separaron lentamente, a regañadientes, aunque sus bocas tan solo se alejaron unos centímetros.

Las mejillas de Emilio estaban incluso más sonrojadas de lo habitual, y sus labios se curvaron hasta esbozar una sonrisa incrédula.

Los dos estaban casi sin aliento, con sus pechos subiendo y bajando a toda velocidad mientras trataban de tranquilizar sus respiraciones.

—Lo siento —le dijo Olivier en un susurro, sonrojado.

Emilio soltó una carcajada y negó con la cabeza.

—¿Por qué?

—Por no haberlo hecho antes.

Los labios de Emilio se estremecieron mientras este se contenía para no esbozar una sonrisa pícara.

—Te perdono.

Olivier siempre había sido avaricioso, incapaz de reprimir sus deseos una vez que se hacían evidentes, y ahora que por fin se había permitido entregarse a Emilio por completo, estaba seguro de que jamás tendría suficiente.

Porque ya quería más, le picaban los labios de las ganas que tenía de volver a cerrar el espacio que los separaba.

Pero no tuvo por qué hacerlo.

Esta vez, Emilio inclinó el rostro hacia él, acunó su rostro posándole una mano sobre la nuca con una sorprendente firmeza y posó sus labios sobre los de Olivier de nuevo.

Aunque, en esta ocasión, el beso fue mucho más intenso, más desesperado , tanto que Olivier se sintió incluso mareado.

Y una oleada cálida despertó en su vientre.

Siempre había sabido que Emilio era dulzura, ternura y consuelo, pero pronto se dio cuenta de que también era mucho más.

Era pasión, ardor y deseo . Los besos de Emilio tenían un toque autoritario que le hizo reír sin apartar los labios de los suyos, lo que solo consiguió que el chico profundizase aún más el beso, deslizando su lengua por el labio inferior de Olivier con una asertividad que lo tomó por sorpresa.

—Emilio Córdova —susurró con voz ronca. Se apartó de él lo justo para poder mirarlo de frente, a esos cálidos ojos marrones suyos—. Y yo que creía que eras un chico bueno…

—Y lo soy . —Emilio pestañeó con fingida inocencia—.

Soy muy bueno. —Arqueó una ceja antes de bajar lentamente la boca hacia el cuello de Olivier.

Le dio un beso que le dejó marca, mordiéndole después la piel con suavidad—.

¿Es que no te parezco bueno, Olivier ? —Pronunció su nombre como si estuviese diciendo algo increíblemente obsceno, con una voz ronca que hizo que Olivier se pusiese a rezar a quienquiera que pudiese estar escuchándole para que le otorgase el suficiente autocontrol como para no desmayarse a sus pies en ese mismo instante.

—Tú… —Tragó saliva con fuerza, y notó cómo se le encendían las mejillas—. Desde luego eres algo .

Emilio se carcajeó con suavidad.

—¿Quieres saber lo que soy?

Olivier asintió.

Dios, sí .

El chico se apartó de él. Cuando su mirada se encontró con la de Olivier, el brillo burlón de antes había desaparecido por completo, viéndose reemplazado por algo mucho más dulce. Más sincero.