Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 19 Wren #3
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19 Wren #3

Tenía razón, pero…, Dios…, a una parte de ella le daba absolutamente igual si los descubrían.

Tan solo quería un poco más de tiempo. Un poco más de él .

Wren enredó los brazos alrededor de su cuello, atrayéndolo hacia sí, antes de pegar los labios a su cuello.

August dejó escapar un jadeo grave y ronco que hizo que a Wren empezase a darle vueltas la cabeza.

Necesitaba más. Tenía que…

¿Así que nos gusta meternos en líos, eh?

Wren se sobresaltó, sorprendida. August también debió de percatarse de su repentino cambio de humor, porque se apartó de ella de inmediato, recorriendo su rostro con la mirada, preocupado.

—¿Qué ocurre? —le preguntó, presa del pánico—. ¿Qué te pasa?

—¿Es que no has oído eso? —soltó Wren. Un extraño zumbido reverberaba con fuerza en el interior de sus oídos—. Esa voz.

August la observó confundido. Tenía los labios rosados e hinchados, y las mejillas teñidas con un suave rubor. Guardó silencio y aguzó el oído, tratando de oír la voz de la que Wren estaba hablando, pero acabó negando con la cabeza.

—No… No oigo nada.

Tú eres la única que puede oírme, cariño mío.

Wren soltó un grito ahogado y retrocedió entre tambaleos, alejándose de August.

¿Se estaba volviendo loca?

Era la misma voz que había oído esa misma mañana. Pero… había dado por hecho que no había sido real. Que tan solo habían sido imaginaciones suyas o que había estado soñando despierta.

No soy ningún producto de tu imaginación, Wren Loughty.

Se estremeció cuando aquella voz resonó de nuevo en su cabeza.

Se tambaleó hacia atrás, respirando con dificultad, con su pecho subiendo y bajando con fuerza con cada aliento.

August alargó los brazos hacia ella con cautela, extendiendo las manos hacia sus hombros, pero Wren se apartó antes de que pudiese volver a tocarla.

—Te… —jadeó, antes de aclararse la garganta—. Tengo que irme.

August la miró fijamente, con un brillo preocupado en los ojos.

—Wren —susurró su nombre en voz baja—. Si te… Si te he presionado demasiado…

— No —lo interrumpió, tratando de sonar lo más serena posible, antes de esbozar una sonrisa tensa—. No… No es por ti. Ni por esto . Es solo que… tengo que irme. Lo más probable es que esté metida en un buen lío.

August se rascó la nuca con nerviosismo. La observó atentamente por un momento, y Wren se estremeció bajo la intensidad de su mirada.

—Vale —murmuró—. ¿Estás segura?

—Segurísima.

August soltó un suspiro resignado, aunque era evidente que no estaba convencido del todo.

—Seguiremos investigando mañana —le dijo—.

Tiene que haber alguna manera de averiguar quién fabricó ese brazalete de seguridad.

—Echó un vistazo a su espalda y bajó la voz—.

Intentaré reunirme contigo en el campamento de la Unidad Plata, pero puede que me resulte complicado escapar de aquí.

Me están… vigilando. Están pendientes de cada uno de mis movimientos.

—No pasa nada —respondió Wren—. Veré qué información puedo sonsacarles a Quinn y a Arthur. Algo me dice que, si hay alguien a quien podamos convencer de que se una a nosotros…, es a ellos.

August ladeó la cabeza. No parecía estar tan seguro.

—Yo que tú no confiaría en ellos, Loughty. Siguen siendo Demien.

Wren alargó una mano hacia su rostro y lo acunó con dulzura.

—Tú también.

Un destello de dolor se apoderó de los rasgos de August. Entonces alzó una mano y la colocó sobre la suya, dándole un suave apretón.

Wren quería quedarse allí…, hablarle de la voz que había escuchado en su cabeza.

Pero August parecía tan decidido a sacarlos como fuese de allí, a salvarla, que no pudo hacerlo.

Estaba claro que aquella voz tenía algo que ver con lo que Edith le había estado haciendo a su mente durante sus sesiones de tortura y, si Wren lograba escapar antes del Equinoccio, quizás no necesitase que nadie la salvase.

A lo mejor podría salvarse ella sola.

—Nos vemos pronto —le aseguró Wren.

August asintió con la cabeza.

—Nos vemos pronto.

Y entonces, antes de que pudiese convencerse de quedarse allí, con él, se dio la vuelta y salió corriendo hacia la oscuridad.

Cuando por fin regresó a la caverna de la Unidad Plata, fue directa hacia su tienda, esperando y rezando porque Quinn y Arthur no estuviesen allí esperándola. Por suerte, cuando atravesó el umbral, no había nadie dentro.

Sin embargo, sí que había una nota esperándola sobre la cama. Tres palabras garabateadas sobre un trozo de pergamino con tinta negra.

Me debes una.

Leyó aquellas tres palabras, recorriéndolas con el dedo. Estaba claro que, quienquiera que le hubiese dejado esa nota, era el mismo que le había dejado el mechón de pelo. Pero tendría que dejar para mañana el averiguar el «quién» y el «por qué».

Por un momento, se quedó ahí de pie. Sabía qué era lo que tenía que hacer, y, sin embargo…, la aterrorizaba. Aunque también sabía que no podría conciliar el sueño si no lo intentaba. Si no se enfrentaba a la voz, de una vez por todas.

Respiró hondo, lentamente, tratando de tranquilizarse.

—¿Quién eres?

Una parte de ella ya sabía la respuesta, pero necesitaba cerciorarse. Tenía que oírselo decir. Al principio, la única respuesta que obtuvo fue un silencio tenso, y entonces… la voz surgió de las profundidades de su mente, reverberando con fuerza en su cabeza.

De mi sangre ella beberá, una deuda habrá de pagar. Una promesa de oscuridad, un último sacrificio. Podrida y destrozada, su mentira caerá por su propio peso; cuando los dos conozcan a su creador…, se convertirán en uno.

Un escalofrío la recorrió de arriba abajo.

—El Desalmado.

Mmm. La voz se carcajeó y Wren se estremeció. ¿Así me llaman ahora?

El miedo se apoderó de ella. No. No, no, no . Aquello no podía estar pasando. No podía ser real. No podía…

No puedes luchar contra lo que nos une. No puedes detener aquello que ya se ha puesto en marcha.

Wren hizo una mueca de dolor y perdió momentáneamente el equilibrio. Un dolor punzante le atravesó las sienes, y una abrumadora oleada de vértigo le revolvió el estómago. Cayó de rodillas al suelo, hundiéndose los dedos con fuerza entre los mechones.

—Sal de mi cabeza. —Se mesó el cabello con fuerza, hasta que empezó a dolerle el cuero cabelludo—. Sal. De. Mi. Cabeza.

Ya casi ha llegado la hora, mi preciosa catalizadora. Ya casi ha llegado la hora.

Algo se resquebrajó en su interior. Su último resquicio de cordura. La última gota de autocontrol que le quedaba.

—¡TE HE DICHO QUE SALGAS DE MI PUTA CABEZA!

El silencio se extendió por un segundo. Después, durante unos minutos.

Hasta que, por fin, Wren volvió a abrir los ojos.

Tragó con fuerza, y notó la garganta en carne viva por culpa de la fuerza con la que había gritado.

Buscó en las profundidades de su mente, casi esperando notar otra presencia dentro de su cabeza, pero no había ni rastro de él, era como si la voz ponzoñosa del Desalmado hubiese desaparecido.

Volvía a estar sola.

De momento.

Se levantó a duras penas, teniendo que apoyar las manos en el suelo para ponerse de pie.

Sabía que le estaba ocurriendo algo terrible.

Que su destino, de alguna manera, estaba ligado a aquella profecía, le gustase o no.

Y, aunque en parte necesitaba con desesperación descubrir de qué habían estado hablando exactamente Edith y los demás, en ese momento era incapaz de encontrar las fuerzas necesarias como para que le importase lo más mínimo.

No cuando su cordura parecía estar al borde del abismo.

No cuando ya no sabía apenas distinguir lo que era real de lo que no.

Pero había algo de lo que estaba segura.

Una cosa que tenía muy clara.

Ya no era dueña de su propia mente .