19 Wren #2
August puso los ojos en blanco. Todavía no le había soltado la muñeca, aunque sí que aflojó un poco su agarre.
—¿Dónde están Quinn y Arthur? Deberían estar vigilándote.
—En primer lugar, no me hace falta que nadie me haga de niñera —replicó.
Y después se llevó una mano al bolsillo de la capa y sacó el mechón de pelo que había guardado en su interior—.
Y, en segundo lugar, alguien me ha dejado esto en mi tienda.
Me ha servido para cruzar la barrera mágica que me encerraba dentro. ¿Has sido tú?
August observó el mechón con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido.
—No —respondió—. No he sido yo.
Wren se encogió de hombros antes de volver a guardarlo en el bolsillo de la capa.
—Bueno. Entonces, parece que hay alguien más de nuestro lado.
August soltó un gemido grave y frustrado.
—Loughty, ¿entiendes lo mucho que me costó convencer a Edith de que dejase de torturarte? Si descubre que has estado merodeando por la Unidad Ónix… —Se le apagó la voz antes de poder terminar la frase y se mordió el labio inferior. Wren jamás lo había visto tan aterrado.
—¿Cómo la convenciste, por cierto? —le preguntó, acercándose un poco más a él.
—Yo… —Tragó saliva con fuerza. Cerró la mano libre en un puño y después volvió a abrirla, estirando todos los dedos, como si estuviese tratando de encontrar las palabras adecuadas—. Intenté ponerme en su piel, pensar como ella. Y le sugerí algo que pudiese… resultarle más atractivo.
—¿Qué le sugeriste?
August vaciló por un momento.
—Le dije que, tal vez, tu mente se volviese mucho más…
maleable… si te daba algo de tiempo para adaptarte a este lugar —confesó, con voz grave—.
Que, si te dejaba tranquila un tiempo, el suficiente para sentirte a gusto aquí, si hallaba el modo de que bajases la guardia, le resultaría mucho más sencillo doblegarte.
Wren se estremeció. Una parte de ella no pudo evitar sentirse aterrada por lo fácil que le había resultado a August meterse en la mente de su hermana. Lo perfectamente bien que encajaba él en ese mundo.
—Bien. —Tragó con fuerza para tratar de deshacerse del nudo que se le había formado en la garganta.
—También le pedí que esperase hasta después del Equinoccio para retomar vuestras sesiones —añadió—.
No sé si me hará caso, pero por ahora parece que ha funcionado.
—Suspiró con fuerza, antes de pasarse una mano por los rizos—.
Y precisamente por eso es tan imprudente que estés merodeando por aquí sola.
—¡Fuiste tú quien me dijo que teníamos que encontrar una forma de salir de aquí! —le espetó.
—Lo sé —murmuró, soltando un suspiro frustrado—.
Lo sé. Pero… no puedes hacerlo tú sola. Si quieres investigar y merodear por el campamento, avísame .
Estamos juntos en esto, Loughty. Estoy de tu lado.
—La expresión de Wren debió de reflejar todo lo que sentía, los sentimientos contradictorios que estaban librando una batalla en su interior, porque, en cuanto aquello abandonó sus labios, la expresión de August cambió por completo.
Ladeó la cabeza, recorriendo su rostro de arriba abajo con la mirada, antes de añadir, con voz suave y angustiada—: Todavía no confías en mí… , ¿verdad?
Wren abrió y cerró la boca varias veces, sin saber qué decir.
¿Confío en él?
No estaba segura. Ya no estaba segura de nada.
—Quiero hacerlo —respondió en un susurro, y se sorprendió al darse cuenta de que lo decía en serio.
August asintió una única vez con la cabeza como respuesta. Bajó la mirada de nuevo hacia el puñal que seguía cerniéndose sobre su cuello. La comisura de sus labios se deslizó ligeramente hacia arriba, esbozando una pequeña sonrisa ladeada y divertida.
—Entonces, ¿qué te parece si empiezas apartando ese cuchillo de mi cuello?
—¿Por qué? —Wren imitó su sonrisa, antes de acercar un poco más la punta del puñal hacia la piel de su cuello—. ¿Es que te estoy poniendo nervioso?
— Siempre me pones nervioso —admitió con una suave carcajada—, pero no porque me estés apuntando con un puñal.
Parpadeó con fuerza, sorprendida.
—¿Es que crees que no sería capaz de hacerlo?
August negó con la cabeza.
—No. No es por eso. Creo que has dejado más que claro que no te temblaría el pulso si tuvieses que apuñalarme por la espalda…
—Se acercó un poco más a ella, y la punta del puñal se hundió ligeramente en su piel.
Cuando volvió a hablar, su voz sonó mucho más ronca que nunca. Más grave—. Pero no me importa.
Wren se estremeció.
—¿Que no te… importa ?
Por un momento, August guardó silencio. Solo apartó la mano con la que le había estado sujetando la muñeca lentamente, deteniéndose junto a la empuñadura del cuchillo.
Wren se puso en tensión y entreabrió los labios, sorprendida, pero no retrocedió.
Se quedó donde estaba, con los pies clavados en el suelo, incapaz de romper el contacto visual entre ellos.
Pero, en lugar de alejar el filo del puñal de su piel, August lo deslizó hacia abajo por su cuerpo, deteniéndose tan solo cuando la punta de la hoja apuntaba directo a su pecho.
—¿Es que no lo entiendes? —La voz de August reverberó entre sus cuerpos.
Sus ojos, envueltos en humo plateado, estaban clavados en su rostro, imperturbables—.
Puedes apuñalarme. Hacerme daño. Arrancarme el corazón ensangrentado con tus propias manos.
Nada de eso importa. —Sus siguientes palabras fueron una confesión susurrada, pronunciada con voz ronca, con la desesperación ardiendo en su mirada—. Porque soy tuyo. Siempre he sido tuyo.
Wren soltó un suspiro tembloroso. Aflojó el agarre sobre el cuchillo, aunque sostuvo la hoja contra su pecho, apuntándole justo a donde debería haber latido su corazón.
—Augustine Hughes, te juro por Dios… —Sacudió la cabeza, con los ojos anegados en lágrimas—. Si me estás mintiendo…, si todo esto es mentira…
Él le soltó la muñeca y llevó ambas manos hacia su rostro, acunándolo con suavidad.
—No lo es.
—Te mataré. Te mataré diez veces seguidas…
Él asintió con la cabeza, acariciándole la mandíbula con el pulgar, con dulzura.
—No me cabe duda.
—Porque… Porque no pienso permitir que me vuelvas a dejar en ridículo, que me hagas quedar como una idiota …
August negó con la cabeza, acercándose un poco más a ella.
—No me atrevería.
—Y no pienso volver a caer en tus mentiras por segunda vez, eso te lo prometo…
August suspiró con fuerza.
— Wren .
Parpadeó, aturdida.
—¿Qué?
Le acarició el labio inferior con el pulgar.
—Si ya has terminado de amenazarme, ahora me gustaría besarte. —Sonrió con picardía y un ligero rubor le subió por el cuello—. Si te parece bien.
Wren suspiró entrecortadamente, sin saber qué debía responder, incapaz de apartar la mirada de sus ojos plateados.
—August…
Se le escapó su nombre de entre los labios de forma involuntaria, en un susurro apenas perceptible.
El puñal cayó al suelo con un ruido sordo.
Y entonces sus labios se encontraron.
Ese beso no se parecía nada al que habían compartido antes de la última prueba del Decenio; hambriento, desesperado y apresurado.
Era completamente distinto. Era lento, una tortura .
August se tomó su tiempo, deslizando las manos abiertas por su espalda y deteniéndose al llegar a su cintura.
Su contacto le quemaba . Una oleada de calor abrumadora se extendió por su piel, bajándole por las piernas y arremolinándose en su vientre.
Se le escapó un gemido suave e involuntario cuando August deslizó la lengua por su labio inferior. Wren enredó los dedos entre sus rizos, mesándolos con fuerza. Él soltó un siseo grave y echó la cabeza ligeramente hacia atrás, esbozando una sonrisa contra sus labios.
—Probablemente me lo merecía… —murmuró, haciendo una mueca de dolor—. Aunque, si te soy completamente sincero…, me ha gustado.
Wren puso los ojos en blanco y tuvo que contenerse para no sonreír.
—Siempre has sido un poco masoquista.
—¿Contigo? —preguntó en un susurro—. Soy más que un simple masoquista. Soy un necio. No tengo remedio, ni por asomo.
August le acunó el rostro entre sus manos y la atrajo hacia sí.
Bajó los labios hacia su mandíbula, para después descender hacia su cuello, antes de seguir bajando hacia su clavícula.
Aquello era una tortura. El sentir sus labios contra su piel.
El cálido aroma a menta que lo envolvía le embriagaba los sentidos.
Pero no era suficiente. Nada será nunca suficiente .
August debió de sentir lo desesperada que estaba, la forma en que se había arqueado contra su cuerpo, sedienta de mucho más, suplicándole que no parase con un simple gesto.
Él soltó una carcajada grave y esbozó una sonrisa en medio del beso.
Aquella era una idea horrible. Una idea terrible, estúpida y temeraria.
No podían permitirse hacer esto ahora, y mucho menos en medio de la Unidad Ónix.
Eso sin mencionar que Wren todavía estaba dividida entre querer confiar en August y saber que, en cualquier momento, podría perderlo para siempre.
El chico al que había conocido… desaparecería .
Perdido a manos de las sombras para toda la eternidad.
—Volviste a por mí —dijo Wren en un susurro, con voz temblorosa.
August dejó caer la frente sobre la suya.
—Habría sido capaz de arrasar hasta el último rincón del más allá para encontrarte.
August volvió a bajar los labios hacia su boca, besándola con un ardor que la dejó mareada. Y entonces se aferró con fuerza a su cintura, subiéndole la camisa y rozándole la suave curva de su espalda.
—Ven a mi tienda conmigo —le suplicó Wren, depositando un suave beso en su mandíbula—. Estaremos más seguros en el campamento de la Unidad Plata.
Él soltó un gemido grave y frustrado.
—No puedo. Sabes que no puedo.