19 Wren
H abía encontrado un mechón de pelo oscuro sobre su mesilla de noche. No había ninguna nota. Ni indicio alguno de quién podría habérselo dejado. Simplemente…, allí estaba .
Lo tomó entre los dedos y lo examinó con el ceño fruncido. ¿Quién podría haberle dejado un mechón de pelo en la tienda? ¿Y con qué objetivo? Aquello no tenía ningún sentido. ¿Era alguna especie de mensaje? ¿Una amenaza?
No había notado nada extraño cuando Quinn y Arthur la habían llevado de vuelta a su tienda después de la simulación de combate y de los entrenamientos de después.
Wren no había participado en los entrenamientos, dada su falta de magia, pero sí que la habían obligado a verlos.
La habían obligado a estar en presencia de la magia sin tener ni una sola gota de esta corriéndole por las venas.
En cuanto Wren había vuelto a su tienda y Quinn y Arthur la habían dejado a solas, se había encaminado hacia su cama, solo para después ver de reojo aquel mechón de pelo sobre su mesilla. Y ahora, ahí estaba, devanándose los sesos para tratar de encontrarle alguna explicación lógica.
No era suyo, de eso estaba segura. Y tampoco se parecía al pelo de Quinn o de Arthur, teniendo en cuenta que Quinn tenía el cabello teñido de un rosa brillante y Arthur lo llevaba cortado al ras.
Pero debía de pertenecer a alguien del campamento.
A un Demien.
Wren lo comprendió todo un segundo después. Soltó un grito ahogado y casi dejó caer el mechón al suelo de la sorpresa. Un recuerdo se abrió paso a través de su memoria. Algo que Quinn le había dicho esa misma mañana.
«Está hechizada para que no puedas salir de aquí tú sola. Si quieres atravesar esa puerta, tu cuerpo tiene que estar en contacto directo con el de un Demien».
Si ese mechón de pelo le había pertenecido a un Demien…, ¿serviría? ¿Bastaría para permitirle atravesar la barrera mágica de la tienda? Si era así, la pregunta adecuada no era por qué alguien había dejado eso allí…, sino ¿quién?
Se guardó todas esas preguntas para más tarde y volvió a centrarse en lo que tenía entre manos. Se aferró al mechón de pelo y se acercó a la entrada de la tienda, conteniendo el aliento.
Por favor, que funcione.
Cerró los ojos y dio un paso adelante.
Una brisa delicada. Una suave presión.
Wren abrió los ojos de golpe y tuvo que parpadear con fuerza mientras su vista se acostumbraba de nuevo a la luz que iluminaba el campamento. Tardó unos segundos en comprender lo que acababa de ocurrir.
Estaba fuera de la tienda. Había logrado atravesar la barrera.
Había funcionado.
Joder, ha funcionado de verdad.
Se llevó una mano a la boca para acallar las carcajadas incrédulas que le subieron por la garganta. El haber sido capaz de cruzar la barrera tan solo era el primer paso, y no tenía sentido alegrarse por ello cuando seguía corriendo un grave peligro.
Alguien, por algún motivo que no alcanzaba a comprender, le había otorgado aquella oportunidad de escapar.
Y ahora le tocaba a ella aprovecharla.
Piensa, Wren. Piensa. Si iba a intentar encontrar el modo de quitarse el brazalete que la mantenía presa y escapar del campamento de la Orden, tendría que acceder a información confidencial y de alto nivel sobre la seguridad del campamento.
Y, para ello, tenía que ir al lugar donde sabía que Edith y el resto de los generales de la Orden guardaban todas sus pertenencias.
La Unidad Ónix.
Era arriesgado. Pero también cabía la posibilidad de que aquella fuese su única oportunidad para investigarlo. Tres días. Ese era el tiempo que les quedaba a August y a ella para hallar la manera de salir de allí. Lo que significaba que si Wren iba a hacer alguna tontería…, tenía que hacerla ya.
No pienses.
Solo hazlo.
Contuvo el aliento y avanzó con paso firme.
Por suerte, era tarde, así que la mayoría de los Demien ya se habían retirado a sus tiendas a descansar, aunque todavía quedaban algunos rezagados que estaban charlando bajo la crepitante luz de la hoguera.
Wren se aseguró de mantener la cabeza gacha y la vista clavada en el suelo, para no cruzar la mirada con nadie.
No tardó mucho en salir del campamento de la Unidad Plata y adentrarse en el corazón de la caverna. Recordó lo que había ocurrido aquella mañana, cuando Quinn y Arthur le habían hablado del funcionamiento del campamento y dónde se encontraba la zona de cada unidad.
«Y el del oeste te conduce a Ónix».
Giró a la derecha, asegurándose de caminar a paso ligero y yendo lo más rápido que podía.
Pero, cuando se acercó a la entrada del túnel occidental, hubo algo que le llamó la atención…
Había una capa negra colgada de un poste.
Alargó una mano hacia ella, tomándola a toda prisa y echándosela sobre los hombros, antes de ajustarse la capucha alrededor de la cabeza.
No era el mejor disfraz que podría haberse puesto, pero tendría que servir.
Se adentró en el túnel occidental y se guardó el mechón de pelo oscuro en el bolsillo de la capa. Al introducir la mano lentamente en el bolsillo, sus dedos se toparon con algo afilado y frío. Un puñal. No le serviría de mucho si tenía que enfrentarse a algún Demien, pero menos daba una piedra.
Con ese pequeño resquicio de esperanza, se abrió paso hacia el campamento de la Unidad Ónix.
Estaba sumido en el más profundo silencio.
Uno incluso un tanto inquietante. A diferencia de la Unidad Plata, que normalmente rebosaba de actividad y risas, un denso silencio parecía haberse apoderado de la Unidad Ónix.
Ninguna de las docenas de tiendas que había repartidas por el terreno parecía estar iluminada, por lo que la caverna estaba sumida en la más absoluta oscuridad, aunque aquello tampoco le sorprendió, sobre todo teniendo en cuenta lo tarde que era.
Pero se respiraba una extraña tensión en el ambiente.
Tan intensa que casi resultaba hasta agobiante.
Wren hizo una mueca al oír cómo la tierra suelta crujía bajo las suelas de sus botas.
Cada pequeño ruido parecía resonar con fuerza en el interior de la cueva.
Tanto, que incluso la suave cadencia de su respiración podría haber hecho que saltasen todas las alarmas.
Estaba considerando seriamente la idea de abandonar su plan cuando oyó un suave crujido que resonó en la distancia.
Levantó la cabeza de golpe y entrecerró los ojos, para intentar vislumbrar algo a través de la densa oscuridad.
Fue entonces cuando lo vio. Un poco más adelante, alzándose cerca del centro de la caverna, había otra tienda.
Era mucho más grande que cualquiera de las otras que la rodeaban, casi tanto como una carpa de circo abovedada, aunque estaba hecha con una tela tan negra como la medianoche, tan oscura que parecía incluso brillar con la luz de las estrellas.
Wren se acercó a la tienda sigilosamente, con sumo cuidado, procurando no hacer ruido con sus pisadas.
Del otro lado de la tela se podía oír el profundo murmullo de varias voces entremezcladas.
—… comprendemos su razonamiento, alta general, pero ¿no sería mejor si retomase las sesiones cuanto antes?
—preguntó una voz amortiguada—. Debemos despertar a la catalizadora.
Nos estamos quedando sin tiempo. Nos han llegado noticias de que la Resistencia ha descubierto algo…
preocupante. Algo que podría darles cierta ventaja sobre nosotros.
¿Había una resistencia? A Wren se le aceleró el corazón. Tal vez, después de todo, todavía seguía habiendo algo de esperanza.
—Sus ridículas tácticas no me preocupan en absoluto. — Edith. La voz de la alta general resonó con autoridad en el interior de la tienda—. Dígame, comandante, ¿es que no confía en el plan del Desalmado? ¿Está poniendo en entredicho sus tiempos?
—No…, ¡pues claro que no! —soltó otra voz a la defensiva—. Es… Es solo que nos preguntábamos… si no nos convendría más que…
—Lo que les convendría es recordar cuál es su lugar —los interrumpió Edith, acallándolos—. El Desalmado reclamará a la chica cuando esté lista. Y yo retomaré las sesiones de tortura cuando lo crea conveniente.
—¿No ha habido ningún cambio? —preguntó otra persona—. ¿Nada en absoluto?
—Por lo que sé, no —respondió Edith con un suspiro—. Sigue… estancada. La visión sigue oculta en las profundidades de su memoria.
¿La visión? ¿Eso era lo que Edith había estado intentando hacerla ver al obligarla a revivir su pasado? ¿Eso era lo que esperaban conseguir? Wren se acababa de acercar un poco más a la tienda, desesperada por descubrir algo más, cuando sintió el peso de una mirada en la nuca.
Una presencia.
No estoy sola.
Antes de que pudiese reaccionar, una mano se cerró alrededor de su cintura, tirando de ella hacia atrás, y otra se posó sobre sus labios con fuerza.
Wren intentó gritar, pero el sonido quedó ahogado en el interior de su garganta, y entonces la arrastraron hacia el interior de una tienda, envolviéndola en la más profunda oscuridad.
Se preparó para enfrentarse a su atacante, pero este la soltó en cuanto estuvieron dentro de la tienda.
Aprovechándose de estar de nuevo libre, Wren desenvainó el puñal que llevaba guardado en el interior del bolsillo de la capa y se volvió como un resorte hacia su atacante, apuntándole con la hoja afilada del cuchillo.
Pero antes de que esta pudiese hundirse en su cuello, una mano le rodeó la muñeca, obligándola a detenerse.
August .
En ese momento, sintió una mezcla de alivio y miedo.
—¿Qué narices estás haciendo? —le espetó, furiosa, fulminándolo con la mirada.
—¿Qué narices estoy haciendo yo ? —August soltó una carcajada amarga y bajó la voz antes de seguir hablando—.
¿Qué narices estás haciendo tú ? —Su mirada descendió hacia la hoja de acero que seguía cerniéndose sobre su cuello.
Wren no estaba segura de si se lo había imaginado o no, pero habría jurado ver un destello divertido cruzando sus ojos plateados—.
¿Y cómo demonios has conseguido un arma?
—Eso no es asunto tuyo —resopló.