Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 18 Masika #2
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18 Masika #2

—¿No puedes dormir?

Masika se puso en tensión. Sabía perfectamente quién había hablado, aunque mantuvo la mirada clavada en las llamas de la hoguera.

Siempre reconocería la voz de Catherine, en cualquier parte.

Incluso aunque hubiesen pasado tanto tiempo separadas, incluso aunque hubiesen pasado varios años desde la última vez que estuvieron juntas, la voz de Catherine se había colado a menudo en sus sueños, llamándola, susurrándole al oído por las noches.

Aquellos sueños eran más bien pesadillas.

Porque, aunque podía oír su voz, nunca lograba encontrarla.

Y se pasaba toda la noche buscando su fantasma en medio de la oscuridad.

Pero aquello no era ningún sueño. Catherine estaba allí, a su lado. Y, por algún extraño motivo, aquello le daba mucho más miedo que cualquier pesadilla.

—Últimamente me cuesta bastante —respondió Masika.

Armándose de valor, apartó la mirada del fuego y se volvió hacia Catherine.

La joven seguía tumbada en el suelo, en la misma postura en la que la había visto antes, pero esta vez tenía los ojos abiertos, y estaba mirándola con una ardiente intensidad.

Catherine hundió los dedos en la tierra, dejando que los pequeños granos de arena se deslizasen entre sus yemas.

Masika observó, hipnotizada, cómo empezaba a dibujar formas intrincadas sobre el terreno, unos remolinos que le recordaron a las runas violetas que se usaban para desmantelar los hechizos ilusorios.

—Por un momento, antes… —Catherine vaciló antes de seguir hablando, y bajó la voz—. Cuando estábamos en el sauce… —Tragó con fuerza, como si el mero recuerdo de lo que habían pasado le doliese. Después cerró los ojos por un segundo y carraspeó para aclararse la garganta—. Pensé que te perdía.

Masika se estremeció. Una sensación incómoda se removió en su interior.

—Y me perdiste —respondió, incapaz de contener la ira que se filtró en su tono de voz—. Pero hoy no, sino hace mucho tiempo.

Catherine se incorporó, apartándose la manta de encima.

—Masika…

—No —la interrumpió ella, alzando una mano para pedirle que se callase—. Tenías razón. No merece la pena revivir el pasado, ¿no crees? Lo hecho, hecho está. Te fuiste. Y yo me quedé. Y eso nada podrá cambiarlo.

— Lo sé —le espetó Catherine, con voz temblorosa.

Su rostro, de normal tan compuesto, oculto bajo la máscara de estoicismo tras la que se escondía, pareció resquebrajarse.

Una oleada de emociones de todo tipo le surcó la expresión—.

¿Vale? Sé que lo que hice no estuvo bien.

Fui egoísta y cruel, y he tenido que vivir con ello durante todos estos años.

Pero no me arrepiento de haberte dejado en Blackwood.

Si no hubiese reaccionado a tiempo, si la Resistencia no me hubiese salvado, me habría perdido para siempre en las sombras.

Estaría ahora mismo tramando cómo destruir Blackwood y a todos los que estén allí… , incluida tú .

El pecho de Masika subía y bajaba a toda velocidad con su respiración agitada.

—Pero ya no eres una Demien. Lograste escapar. Abandonaste…

—¿Crees que es tan sencillo? —Catherine extendió el brazo hacia ella y se subió la manga de la camisa.

Masika contuvo el aliento cuando vio lo que se escondía bajo su piel…

Sombras . Le corrían por las venas, deslizándose por ellas como si de un río de tinta se tratase—.

Este es el precio que he tenido que pagar.

Estas sombras jamás me abandonarán. He perdido mi humanidad.

Para siempre. Estoy atrapada en este sitio.

Jamás podré cruzar al Otro Lado. Mi existencia no tendrá un final.

Estoy marcada. Obligada a existir con un maldito recordatorio constante de la peor decisión que he tomado en mi vida.

Masika abrió la boca, buscando las palabras adecuadas, pero no se le ocurrió nada.

—El convertirse en un Demien no es una decisión de la que uno pueda echarse atrás —continuó Catherine, con el dolor impregnando cada palabra que salía de su boca.

Se acercó un poco más a ella, sin dejar de mirarla a los ojos, con un brillo arrepentido iluminándole la mirada—.

Me sentía tan avergonzada. No solo por haberte dejado…

, sino por el motivo por el que lo había hecho.

Por ser tan débil al pensar en serio que la única forma que tenía de volverme a hacer con el control de mi existencia era dejándote atrás y uniéndome a la Orden.

Creí… Creí que me mirarías de forma distinta.

Que serías capaz de ver que mi alma había perdido su humanidad. Que me odiarías por ello.

Masika se estremeció. ¿Lo habría hecho? ¿Habría visto a Catherine de forma distinta? No lo sabía, pero tampoco tenía sentido pensar en lo que podría haber sido, no cuando la respuesta estaba más que clara. Lo había sabido desde el mismo instante en que la había vuelto a ver después de tantos años.

La confesión le salió en un susurro apagado.

—Jamás podría odiarte.

Catherine bajó la mirada hacia sus labios durante un segundo, antes de regresar hacia sus ojos. Cuando habló de nuevo, lo hizo en un susurro peligrosamente grave, que retumbó en el pecho de Masika como un trueno. Como las olas al romper contra la orilla.

—¿Ni siquiera ahora?

El silencio se instaló entre ellas. A Masika se le aceleró la respiración. Y comenzaron a temblarle las manos.

—¿A ti te parece que te odio? —le preguntó en un susurro.

Catherine vaciló por un momento, como si estuviese considerando su pregunta.

Pero entonces alargó una mano hacia ella, moviéndose con cautela, y la posó con delicadeza sobre la mejilla de Masika.

En cuanto la palma de Catherine entró en contacto con su piel, una oleada cálida la recorrió de la cabeza a los pies.

Y la invadió la aterradora necesidad de embotellar ese momento, de grabarse a fuego en la mente cada detalle.

—Antes era capaz de mirarte a los ojos y saber exactamente en qué estabas pensando.

—La voz de Catherine reverberó entre sus cuerpos.

Su rostro estaba a tan solo unos centímetros del de Masika.

Tan cerca, que Masika incluso podía imaginar lo que se sentiría si sus labios se encontrasen de nuevo, después de tantos años, si se sumiesen en un delicado beso—.

Lo que deseabas. Lo que necesitabas. Era capaz de saberlo todo con solo una mirada.

Masika no rehuyó su mirada en ningún momento.

—Y ahora, ¿qué ves?

Dímelo , le suplicó en silencio. Por favor .

—Veo…

Catherine se mordió el interior de la mejilla.

Sus emociones estaban librando una batalla en su interior, y eran tantas y tan distintas que Masika era incapaz de descifrarlas todas.

Y justo cuando Masika estaba empezando a pensar que iba a hacerlo de verdad, que quizás Catherine iba a curar por fin la herida supurante que compartían, le apartó la mano de la mejilla y la dejó caer sobre su regazo.

—Nada —murmuró Catherine, con firmeza. Indiferente—. No veo nada.

Masika se encogió sobre sí misma como si las palabras de Catherine la hubiesen abofeteado.

«Nada».

«No veo nada».

Catherine se puso de pie con torpeza. Se sacudió el polvo de las manos en los pantalones, con la mirada clavada en el oscuro firmamento nocturno.

—Debería hacer la ronda.

Masika soltó una carcajada suave y amarga.

—Claro.

Por un momento, Catherine permaneció allí de pie, vacilante, observando alternativamente el bosque amenazante y oscuro en el que se encontraban y a Masika, y después desenvainó su lanza y se alejó a toda prisa, desapareciendo en medio de la noche.

Masika contuvo el aliento, tratando de que las lágrimas ardientes que le anegaban los ojos se quedasen donde estaban.

Desde que se había unido a la Resistencia, una parte de ella, por pequeña que fuese, había tenido la esperanza de que hubiese alguna forma de que Catherine y ella volviesen a ser las de antes.

Una forma de que pudiesen tomar todos los pedazos rotos que les quedaban y volver a unirlos hasta formar algo que mereciese la pena salvar.

Pero ese momento, esa única conversación, logró acabar con todas y cada una de sus esperanzas.

Solo había hecho falta una palabra para conseguirlo.

«Nada» .