18 Masika
E l sueño era una bestia esquiva. Merodeaba por los confines de la mente de Masika, burlándose de ella con la promesa de ayudarla a descansar.
Si tan solo pudiese dormir, podría acallar por fin sus pensamientos, aunque solo fuese por un momento.
Podría librarse de las garras afiladas de la ansiedad, esconderse de las interminables dudas que la atormentaban a cada instante que pasaba despierta.
Y no era como si no lo hubiese intentado ya, porque sí, lo había hecho.
Había cerrado los ojos y ordenado a su mente que se apagase por un momento, desesperada por convencer a su cuerpo de sucumbir a la oscuridad… , pero no pudo.
Se sentía demasiado inquieta.
Demasiado ansiosa.
Y la situación no había hecho más que empeorar cuando habían acampado para pasar la noche lejos del sauce.
Habían decidido reanudar la marcha hacia la siguiente pista a la mañana siguiente, dejando algo de tiempo para que todos se calmasen después de lo que habían tenido que vivir.
Parecía que el nuevo mapa los llevaría hacia el este, lejos de allí, por un sendero que se abría paso a través del bosque, y que se detenía en un extraño saliente que alguien había marcado con lo que parecía ser un pequeño edificio.
Masika se estremeció al recordar cómo las raíces del sauce se habían enredado alrededor de su cuello, robándole el aliento.
Aquel incidente la había dejado mucho más nerviosa de lo que había pensado.
Eso sin mencionar que habían estado a punto de perder a Olivier.
Todavía no estaba segura de cómo se las había apañado para librarse de las raíces que lo habían atrapado.
A lo mejor estas tan solo habían tardado un poco más en liberarlo que a ella, después de que Emilio resolviese el último acertijo.
Pero Masika podría haber jurado que había notado algo cuando le había posado una mano en el hombro.
Una descarga extraña. Una especie de corriente.
Probablemente no era nada.
Solo imaginaciones suyas, su mente jugándole una mala pasada.
En ese momento, Masika se removió bajo la fina manta que la cubría, desesperada por ponerse cómoda.
Pero el suelo estaba demasiado duro e irregular, y las pequeñas piedrecitas que salpicaban el terreno se le clavaban en la columna.
El firmamento nocturno, sin estrellas que lo iluminase, tan solo proyectaba su negrura sobre su improvisado campamento, envolviéndolo todo en un manto de oscuridad, creando un vacío absoluto.
Antes de acostarse, Catherine se había encargado de encender una pequeña hoguera, que en ese momento iluminaba las figuras dormidas de sus compañeros de expedición con su anaranjado resplandor.
Emilio y Olivier estaban hechos un ovillo en el suelo, uno junto al otro, con sus nudillos rozándose y sus pechos subiendo y bajando con cada respiración, con una sincronía casi perfecta.
Junto a ellos, Dina dormía aferrada a las empuñaduras de sus dagas, con Benji aovillado sobre su vientre.
La sanadora descansaba justo a su lado, con una pequeña sonrisa dibujada en los labios.
Y luego estaba Catherine.
Estaba durmiendo lo bastante lejos de Masika como para que no pudiese rozarla siquiera, pero lo suficientemente cerca como para que la chica pudiese entrever los pequeños rasgos marcados de su rostro bajo el suave resplandor cálido de la hoguera.
Su cabello rojizo, que normalmente llevaba recogido en una serie de trenzas intrincadas, se había revuelto a lo largo del día.
En ese momento, unos cuantos mechones sueltos rozaban la delicada piel de su sien, y un mechón en particular descansaba sobre sus labios.
Masika tuvo que resistir el impulso de acercarse a ella y deslizárselo tras la oreja, un gesto que normalmente jamás habría dudado en hacer.
Pero eso era antes. Y ahora… Ahora la mera idea de tocarla la aterraba.
Pero, aun así, aquellos viejos recuerdos en los que le acariciaba suavemente la piel se aferraron a su memoria, negándose a abandonarla.
Masika y Catherine estaban en el patio de la academia, tumbadas sobre una manta, con Masika recostada sobre el regazo de Catherine.
Acababan de terminar un examen de magia mental bastante complicado, y Masika todavía podía sentir los persistentes efectos secundarios de la magia por todo el cuerpo; ese cansancio familiar que siempre acompañaba a todos los exámenes y ejercicios de magia mental.
Catherine también parecía agotada, aunque Masika no pudo evitar fijarse en que había algo diferente en ella.
Un brillo distante y ausente en su mirada que le provocó un escalofrío.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó Masika, alzando la vista hacia ella. Cuando Catherine le respondió, su voz sonó tan suave como el susurro de la brisa que se deslizaba por los terrenos de la academia.
—En el pasado.
Masika se puso en tensión. Catherine nunca le había hablado de su pasado. Aquella era una decisión que la chica había defendido con vehemencia. No creía que sirviese de nada revivir aquello que ya había sucedido, aferrarse a una vida que ya no le pertenecía.
—¿Te refieres al pasado de verdad ? —le preguntó, incorporándose y apoyándose en los codos.
Catherine asintió con la cabeza.
—La noche en que todo ocurrió… —comentó en un susurro, todavía con la mirada perdida en la distancia—. Estaba lloviendo.
Masika contuvo el aliento. Siempre había deseado que Catherine se abriese a ella y le hablase sobre su pasado, pero no pudo evitar tener la sensación de que aquella repentina decisión de sacar a relucir su antigua vida tenía mucho menos que ver con que quisiese sincerarse y más con algo mucho más preocupante.
Más oscuro.
—No tienes por qué contarme… —empezó a decir Masika, pero Catherine la interrumpió antes de que pudiese seguir hablando, apartando por fin la mirada de ese punto en la distancia que había estado observando y bajándola hacia su rostro.
—Pero quiero hacerlo —soltó, con seriedad.
Masika asintió con la cabeza antes de ser consciente de lo que estaba haciendo.
—Vale.
Entonces se hizo el silencio entre ellas por un momento. Catherine tragó saliva con fuerza, y se puso a juguetear con nerviosismo con un hilo suelto de la manta.
—No estaba enferma —murmuró por fin, tras lo que pareció un silencio eterno.
Masika parpadeó, desconcertada.
—¿Qué?
—Sé que te dije que morí porque estaba enferma —siguió diciendo Catherine, con voz temblorosa—, pero… te mentí.
A Masika se le encogió el corazón y se le aceleró la respiración.
No sabía qué parte de la confesión de Catherine lo había provocado exactamente, pero de repente una corriente de ansiedad la recorrió de la cabeza a los pies.
Una parte de ella no pudo evitar sentirse traicionada y dolida.
Masika había muerto después de años luchando contra una enfermedad que la había dejado agotada, tras años conectada a una vía, llenos de visitas al hospital y de interminables rondas de medicación.
Había sido ese sufrimiento compartido lo que la había hecho conectar con Catherine desde el principio.
O, al menos, eso creía…, hasta ese momento.
—Sigue. —Asintió con la cabeza, animándola a continuar hablando a pesar del nudo que se le había formado en la garganta.
—Mi vida… me la… Me la arrebataron. —En cuanto aquellas palabras abandonaron los labios de Catherine, a Masika se le escapó un grito ahogado—.
Fue alguien en quien confiaba. Alguien a quien amaba.
—Le tembló la voz mientras trataba de recobrar la compostura—.
Sé que no debería haberte mentido. Pero no… me atrevía a contarte la verdad.
Masika se incorporó y se sentó hasta quedar de cara a Catherine.
—Lo siento mucho. —Incluso mientras decía aquello, supo que esas tres palabras no serían suficiente. Que nada podría serlo jamás para curar una herida como aquella.
—Desde entonces, me he… Me he sentido como si todo se escapase de mi control —continuó diciendo Catherine.
Las lágrimas le anegaron los ojos y su pecho se estremeció con cada respiración agitada que tomaba—.
No solo me a rrebataron la vida, sino que…
¿después acabé aquí? ¿Sin que nadie me dejase elección?
¿Incapaz de decidir sobre mi propio destino?
—Un extraño deje furioso enturbió su voz, aunque se desvaneció en cuanto sus ojos volvieron a encontrarse con los de Masika—.
Y entonces te conocí. Y yo solo… quería hacerte feliz.
Y serlo yo también. Libre de esa carga y esos sentimientos y solo…
Supongo que tan solo quería estar a la altura de tu luz.
Masika le apretó la mano con fuerza.
—A mí no tienes por qué ocultarme nada.
Catherine soltó una carcajada amarga, aunque bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas, como si no se atreviese a mirarla a los ojos.
—Eso dices ahora…
—Catherine —la interrumpió, sentándose un poco más erguida. Acunó el rostro de la joven entre sus manos, con dulzura—. Escúchame. Jamás podrías hacer nada que cambiase lo que siento por ti. Nada.
Los ojos de Catherine se clavaron en los suyos.
Una emoción que Masika no supo reconocer, de algo que se escapaba por completo de su comprensión, refulgió en su mirada.
Todas esas palabras que se habían quedado en el tintero.
El deseo de querer contarle mucho más, mitigado por algo que se acercaba peligrosamente al miedo.
—Mi pequeña paloma… —Catherine sonrió—. Espero de verdad, de verdad que no sea así.
Cuando regresó al presente, Masika se agarró con fuerza de las rodillas, llevándoselas al pecho.
Tú solo túmbate de nuevo , pensó, tratando de obligar a su cuerpo a sumirse en un profundo sueño.
Cierra los ojos . Pero por mucho que intentase tranquilizarse, no conseguía librarse de la energía nerviosa que le aceleraba el corazón.
O erradicar los antiguos recuerdos que su memoria había decidido rememorar.
Estaba a punto de irse a dar un paseo para tratar de calmarse cuando oyó una voz.