Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 16 Irene #3
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16 Irene #3

—¿Esto es…? ¿Esto es una ilusión? —preguntó, con voz temblorosa—. Es… imposible que estemos de verdad en Boston.

Silas se volvió hacia ella, con algo feroz y salvaje ardiendo en su mirada.

—Lo que podamos o no hacer ya no importa, señorita Bamford. No cuando estás conmigo.

Irene se dejó caer lentamente al suelo, arrodillándose sobre la hierba fresca. Todo parecía tan real . Las finas briznas de hierba deslizándose entre sus dedos. La calidez del sol de la tarde acariciándole la piel.

—¿Cómo es posible? —logró articular, en un susurro ahogado.

Silas se acercó un poco más a ella.

—He creído que podríamos hacer una visita temporal, por así decirlo.

Irene cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.

No se había dado cuenta hasta ese momento de lo mucho que había echado de menos el calor del sol, de cuánto había anhelado sentir la suave caricia de la brisa en su piel.

Su humanidad, que hacía tiempo que estaba dormida, despertó de repente en su interior, como si fuese una planta hambrienta volviéndose hacia la luz del sol.

Abrió los ojos lentamente. La superficie cristalina del lago se onduló con el viento.

—Nunca pensé que volvería a ver este mundo.

Silas soltó un murmullo apreciativo.

—¿Lo echabas de menos?

Irene se estremeció.

—Creía que no.

Silas se arrodilló a su lado y, cuando se volvió a mirarla, sus ojos habían cobrado un brillo cálido, dulce e inusual. La maldad que solía refulgir en su mirada había desaparecido. El poder antiguo que irradiaba su alma se había desvanecido.

Parecía… humano . Tan solo un hombre con el corazón roto.

—La muerte no tiene por qué ser el final. —Se llevó una mano al bolsillo del chaleco, buscando algo en su interior. Cuando sacó la mano, un pequeño espejo dorado descansaba sobre su palma—. Esto… es solo el principio. Una mera muestra de lo que puedo ofrecerte. De lo que puedo enseñarte .

Abrió el espejito y lo dirigió hacia el parque, reflejándolo por un momento.

Un cardenal pasó volando a toda velocidad por el cielo, ocultando el sol por un momento.

Una pareja compartió un beso breve junto al lago, con las manos entrelazadas.

Una brisa cortante hizo que todo un remolino de hojas cayese revoloteando a sus pies.

Cuando Silas volvió el espejo hacia Irene, todo lo que acababa de presenciar se repitió en bucle sobre su superficie reflectante; el cardenal, la pareja, el remolino de hojas; como si, de alguna manera, Silas hubiese capturado y grabado aquellos instantes en su interior.

—Toma, es tuyo —dijo en un susurro, cerrando el espejo con delicadeza y colocándoselo en la palma de la mano—. Solo tienes que apuntarlo hacia el momento que quieras capturar y este permanecerá ahí grabado para siempre…, para cuando quieras rememorarlo.

Irene negó con la cabeza.

—No lo entiendo…, ¿por qué está haciendo todo esto?

Silas tragó con fuerza y se volvió hacia el lago. Cuando sonrió, había cierta tristeza en el gesto.

—Sé lo que debes pensar de mí —comenzó a decir, en un murmullo—.

Que soy un monstruo. Un tirano. Y… tal vez tengas razón.

Pero solo sacrifico aquello que es necesario sacrificar para preservar todo esto .

Nadie me concedió este poder, tuve que hacerme con él .

—Apartó la mirada del lago y la posó de nuevo sobre el rostro de Irene—.

Lo entiendes, ¿verdad, Irene? Comprendes lo que se siente cuando deseas luchar contra tu destino.

Cuando anhelas hacerte con aquello que te pertenece por derecho.

Irene se estremeció. Más de lo que crees , quería responder.

Toda la vida había sentido que su destino era como una corriente imparable de la que jamás podría escapar.

Su madre se había asegurado de que así fuese.

E, incluso en la muerte, Irene se había visto obligada a luchar contra la mano que el destino le había tendido, a nadar en contra de la voraz corriente que amenazaba con ahogarla.

Y ahora… Ahora estaba dividida. Con el corazón partido en dos.

Obligada a enfrentarse a dos bandos de una misma guerra que luchaban porque se uniese a sus filas.

Mateo le había ofrecido la libertad, y la oportunidad de vengarse.

Con la Orden de los Demien, Irene podría romper las cadenas del destino y reclamar su verdadero poder.

¿Y aquello no era, al fin y al cabo, culpa de Silas?

¿No había sido él quien los había metido en esa maldita competición en primer lugar?

¿Quien les había mentido a todos? ¿Quien había obligado a Irene a quedarse de brazos cruzados, viendo cómo aquellas almas inocentes perecían bajo la avaricia del Éter?

Él había sido el maestro de ceremonias, el artífice de todo aquello.

Y, sin embargo…

Algo en su interior flaqueó. Vaciló. Le asaltaron las dudas.

Silas le posó una mano en el hombro. Si se dio cuenta de la lucha que estaba librando en su interior, no lo pareció.

—¿A dónde vamos ahora? —le preguntó.

Irene cerró la mano alrededor del espejito.

—¿A dónde podemos ir?

Silas sonrió.

—A cualquier parte .