16 Irene #2
Silas esbozó una sonrisa burlona que le marcó las pequeñas arrugas bajo la mirada.
¿Acaso parece mayor? Aquello era imposible, porque en el más allá nadie envejecía y, sin embargo…
, estaba distinto. Siempre le había resultado imposible determinar la edad del director de la Academia Blackwood.
Parecía estar a mitad de sus treinta, más o menos, con su cabello oscuro salpicado de canas y sus rasgos afilados.
Pero Irene habría jurado que su aspecto había cambiado desde la última vez que lo había visto.
Parecía más cansado. Las líneas de expresión de entre sus cejas estaban más marcadas de lo que recordaba.
Pero tal vez se debiese simplemente a que nunca le había prestado demasiada atención a su aspecto hasta que se había convertido en Ascendida.
Ahora… lo veía todo. Lo veía todo de verdad .
—Ah, ¿y quitarle toda la diversión? —le preguntó, con una sonrisa burlona. Irene tuvo que reprimir el impulso de estrangularlo, y cerró las manos en puños a los costados.
—¿En qué puedo ayudarle, director ? —Se aseguró de pronunciar con sumo cuidado su título formal. Si Silas se fijó en su tono sutil, no dio muestras de ello. Solo mantuvo la mirada estoica clavada en su rostro y permaneció inquietantemente inmóvil.
—Sé que esto no ha sido nada fácil para ti… —comentó—. Unirte a los Ascendidos después de lo que les ocurrió a tus amigos.
Irene se puso en tensión. No había esperado aquello. ¿Por eso me ha hecho venir aquí?
Se le encogió el corazón cuando cientos de recuerdos que había dejado relegados al fondo de su memoria intentaron aflorar de nuevo.
—No… No eran mis amigos.
—Ah. Claro. —Se acercó un poco más a ella—. ¿Cómo os solía llamar el señor Dupont…? «Desafortunados conocidos», ¿verdad?
Irene se estremeció ante la mera mención de los demás nominados.
Desde que concluyó la última prueba del Decenio, había hecho todo lo que estaba en su mano por olvidarse de ellos, por borrarlos por completo de su memoria.
Y, de todos modos…, ¿qué más daba que ya no estuviesen?
No habían sido más que un estorbo. Una terrible aflicción.
Olivier y su exasperante ego. Wren y su filosofía moralista.
August y su patético enamoramiento. Emilio y sus molestas inseguridades.
Masika y su irritante lealtad. Entonces, ¿por qué iban a importarle? ¿Por qué iba a echarlos de menos?
La recorrió un escalofrío cuando una brisa fresca le acarició la piel desnuda de los brazos, erizándole la piel.
—¿Podemos ir directos al grano?
Los labios de Silas se crisparon, y una leve sonrisa se dibujó en su rostro.
—Muy bien. —Se quitó lentamente el guante de la mano derecha, doblando los dedos que acababa de dejar al descubierto.
Alrededor de su dedo índice portaba un anillo similar al que llevaban todos los Ascendidos, aunque su banda dorada era mucho más gruesa, y tenía profundos surcos grabados en la superficie, que refulgía bajo la luz iridiscente.
Ah.
Irene no lo había visto antes.
—¿Alguna vez te has preguntado hasta dónde podrías estirar tu magia? ¿Dónde está el limite? ¿Hasta dónde llega tu poder?
Silas alzó una mano y, como si hubiese deformado las propias partículas del aire que lo rodeaban, formó un remolino de colores difusos que danzó entre sus dedos.
Sacudió la mano y entonces el bosque que los rodeaba se tornó borroso, y las formas y colores a su alrededor se movieron demasiado rápido como para que Irene pudiese comprender lo que estaba presenciando.
Era como estar mirando a través de la ventana de un tren de alta velocidad, con una nube de colores indescifrables pasando a toda prisa junto a ellos.
Y entonces Silas chasqueó los dedos y el mundo que los rodeaba se detuvo. Pero ya no estaban en el bosque.
De hecho, por lo que Irene pudo ver, ya ni siquiera estaban en el purgatorio.
Se encontraban en medio de un parque, a la sombra de un sauce, con un lago de aguas cristalinas extendiéndose ante ellos.
Las hojas del árbol, de un ocre intenso, amarillas y rojas, como una manzana madura, se mecían sobre sus cabezas con la brisa, formando toda una paleta de colores otoñales bañada por la luz anaranjada del atardecer.
Y, un poco más adelante, más allá de donde se encontraban, había…
gente . Parejas y familias que descansaban sobre sendas mantas de pícnic.
Corredores que daban vueltas alrededor del lago.
Estudiantes reunidos en pequeños grupos a la sombra de los árboles.
Silas alzó una mano, recorriendo el contorno de una de las hojas del sauce con los dedos.
—¿Te resulta familiar?
—¿Estamos…? —Irene no pudo terminar de formular su pregunta, porque su cerebro estaba luchando por comprender lo que estaba presenciando.
Silas dio un paso adelante y barrió el parque con un gesto de la mano.
—Estamos en Boston —dijo—. En el Public Garden, para ser exactos. Solías venir a pasear por aquí, ¿no?
A lo lejos, resonó una sonora carcajada, que llegó hasta sus oídos llevada por la brisa. Irene no era capaz de moverse. Tenía los ojos anegados de lágrimas y estaba respirando de forma entrecortada, luchando por contener un sollozo.