Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 16 Irene
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16 Irene

A l tiempo que el atardecer envolvía por completo Blackwood en remolinos de niebla y el cielo, cada vez más oscuro, teñía los terrenos con su púrpura y polvoriento resplandor, Irene regresó al patio principal, sin poder dejar de darle vueltas una y otra vez a la misma pregunta.

Daba igual lo mucho que intentase olvidarse de ella, esta seguía ahí, aferrándose a su conciencia, exigiendo que hallase una respuesta.

¿Qué demonios te pasa?

Dejó caer la cabeza contra la estatua de piedra en la que estaba apoyada, con un gemido frustrado.

Jugueteó con nerviosismo con el anillo de oro que se le ajustaba al dedo índice a la perfección, dándole vueltas sin parar.

Había intentado quitárselo en más de una ocasión desde que apareció en su mano el mismo día que había pasado a formar parte de los Ascendidos, pero la magia que lo hubiese forjado lo mantenía firmemente sujeto a su piel.

Ese anillo ahora formaba parte de ella…, para toda la eternidad. Le gustase o no.

—¿Me has echado de menos?

Irene dio un respingo, sorprendida, antes de volverse para encontrarse a Mateo agachado a su espalda, con un brillo divertido iluminándole la mirada. Pero su enfado se vio rápidamente remplazado por una oleada de pánico. Si alguien los veía…, si alguien lo veía …

—Relájate —murmuró Mateo, como si le hubiese leído el pensamiento—. Nadie puede verme.

—Eso no lo sabes —respondió en un susurro.

Echó un vistazo a su espalda con nerviosismo, esperando encontrarse a alguien observándolos atentamente, pero la mayoría de los alumnos de Blackwood estaban aún en clase, y no parecía haber ningún Ascendido pululando por el patio en ese momento.

Allí no había nada más que bancos desiertos y hojas de color siena tostado esparcidas a su alrededor.

Y tan solo se oía el suave crujido de las ramas desnudas meciéndose con la brisa.

A lo lejos, unos cuantos estudiantes corrían hacia sus residencias, con los libros de texto bajo el brazo y la cabeza gacha. Pero nadie pareció fijarse en ella.

O, si lo hicieron, simplemente les daba demasiado miedo como para mirarla por más de unos cuantos segundos.

—Créeme —se carcajeó Mateo, recostándose contra la estatua de piedra.

Estiró sus largas piernas por el suelo y retorció una brizna de hierba entre los dedos.

Su hombro rozó el de Irene cuando se dejó caer a su lado—.

Mis encantamientos de invisibilidad son impenetrables. Nadie es capaz de atravesarlos.

—¿Ni siquiera Silas? —le retó Irene.

La sonrisa altiva de Mateo vaciló por un momento, aunque se recuperó rápidamente, y se volvió a mirar a Irene.

— Especialmente Silas.

Irene soltó una risa burlona.

—Tu ego será tu perdición.

Él se encogió de hombros, como si aquella idea le pareciese más divertida que ofensiva.

Irene pudo notar cómo la mirada de Mateo volvía a posarse sobre ella, al tiempo que un silencio cómodo se instalaba entre ellos.

Había algo en la forma en que la miraba que siempre la hacía sentir inexplicablemente desnuda, como si el chico fuese capaz de ver hasta sus más profundos y oscuros secretos.

—Siento no habértelo contado antes —le dijo de repente en un susurro—. Lo de Wren. Antes necesitaba asegurarme de que estabas de nuestro lado.

Irene había supuesto que acabaría sacando el tema tarde o temprano, pero el recordatorio de que Wren estaba involucrada de alguna forma con la profecía de la Orden de los Demien logró despertarle un escalofrío.

—Es que no tiene ningún sentido —murmuró—.

No conoces a Wren Loughty como yo. Es irritantemente inteligente, y tiene más talento contenido en el dedo meñique de lo que muchos podrían desear poseer en toda una vida, pero…

no es ninguna Demien. Y, desde luego, tampoco es capaz de desatar el caos y de destruir Blackwood.

Mateo sonó inusualmente solemne cuando respondió.

—Pero lo será.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó, con un gemido frustrado. Al ver que Mateo no iba a responder, soltó una carcajada amarga y añadió—: Déjame adivinar. ¿Es confidencial?

—Es complicado —la corrigió, con una sonrisa de disculpa. Cuando sus ojos azules recorrieron el rostro de Irene, algo se transformó en su expresión—. ¿Va todo bien? Pareces un poco… ausente.

Irene se sorprendió ante aquel repentino cambio de tema. Era casi como si hubiese podido leerle el pensamiento antes incluso de que ella hubiese pensado en nada. De captar sus emociones antes de que estas se hubiesen materializado siquiera en su interior.

—Hoy he tenido la primera prueba del Consejo —respondió en un susurro, tragando con fuerza.

El mero recuerdo de lo que había ocurrido en las mazmorras bastó para que la bilis le subiese por la garganta.

El hedor a sangre parecía seguirla allá donde fuese.

Y los desgarradores y agónicos gritos se le habían quedado grabados a fuego en la memoria.

La expresión de Mateo se endureció.

—Ah. Supuse que la presencia de Everly y Samira esta mañana en tu dormitorio tendría algo que ver con eso.

Una suave brisa se deslizó entre ellos.

—¿Sabías lo de las mazmorras? —le preguntó, aunque a una parte de ella le aterraba descubrir la respuesta.

Un débil remolino de sombras se deslizó de repente bajo la piel de los antebrazos de Mateo.

Ya casi nunca dejaba que las sombras se escapasen de su interior, e Irene sabía que las contenía por ella.

Para parecer lo más normal posible. Así que Irene hizo un esfuerzo para no estremecerse ante aquel repentino recordatorio de la oscuridad que le corría por las venas.

—He oído hablar de ellas —respondió, con voz ronca.

Irene rehuyó su mirada y clavó la vista en los robles que bordeaban el camino que cruzaba el patio central de la academia. Observó cómo las ramas llenas de nudos se sacudían y movían, cómo las enredaderas trepadoras parecían estremecerse bajo el resplandor del atardecer.

—Creía que eran los Demien quienes se suponía que eran crueles —comentó en un susurro—. Los que habían perdido por completo el contacto con sus emociones…

—Algunos de nosotros sí —la interrumpió Mateo—. La mayoría .

—Bueno… —Irene soltó una carcajada amarga—. Pues entonces parece que Blackwood y la Orden de los Demien no se diferencian tanto como pensaba.

En cuanto aquel comentario abandonó sus labios, la expresión de Mateo se oscureció.

Se encogió sobre sí mismo, llevándose ambas manos a la cabeza, como si un ramalazo de dolor le hubiese sacudido de repente la cabeza.

Irene alargó los brazos hacia él de forma instintiva, y le colocó una mano en el hombro con delicadeza.

—¿Qué pasa? —le preguntó—. ¿Te encuentras bien?

Cuando los ojos de Mateo se encontraron con los suyos, Irene no pudo contener un grito ahogado.

Sombras .

Su mirada estaba totalmente oscurecida. Las sombras habían cubierto por completo sus ojos, sumergiéndolos en lo que parecían remolinos de tinta. Mateo los cerró con fuerza, haciendo una mueca de dolor. Y, cuando volvió a abrirlos, el blanco de sus ojos había vuelto a la normalidad.

Ahí estás , pensó, con un suspiro aliviado. Pero, en cambio, lo que dijo en voz alta fue:

—¿Qué demonios ha sido eso?

—Nada. —Carraspeó con fuerza, al tiempo que se ponía de pie entre tambaleos—. Es que… acabo de recibir un mensaje de la Orden. Lo siento. Tengo que irme.

Irene quería insistir. Exigir respuestas.

Pero al observar atentamente a Mateo, que tenía el rostro envuelto por el resplandor plateado de la luna, que ya había comenzado a alzarse por el horizonte, supo que no serviría de nada interrogarlo.

Que seguiría relegada a la ignorancia hasta que le demostrase a la Orden de los Demien que era una de ellos.

—¿Tienes que irte en otra misteriosa misión de la que no puedes contarme nada? —le preguntó, con un tono burlón.

Mateo esbozó una sonrisa apenada.

—Algo así.

Y dicho eso se desvaneció, desapareciendo en medio de la noche antes de que Irene pudiese añadir nada más.

No hubo ninguna nube de humo que lo siguiese.

Ni tampoco ningún rastro de algún hechizo de traslación.

Fue como si simplemente hubiese dejado de existir en un abrir y cerrar de ojos; en un momento estaba ahí, y al siguiente, se había ido.

Permaneció sentada en el patio unos cuantos minutos más, dándole vueltas a su conversación con Mateo.

Cuando la noche se cernió sobre Blackwood, envolviendo la academia con su manto reluciente de luz plateada y nubes oscuras, decidió que había llegado el momento de regresar a la residencia de los Ascendidos.

Pero, cuando se levantó y comenzó a recorrer el camino principal, un ruido la hizo detenerse.

Una voz.

Una voz profunda y familiar.

— Disculpa por la intromisión .

Una extraña sensación de vértigo se apoderó de ella, haciéndola tambalearse.

Y entonces fue como si el suelo bajo sus pies se desvaneciese, como si el mundo de la Academia Blackwood hubiese sido engullido por la oscuridad. E Irene estaba cayendo, precipitándose hacia el vacío, descendiendo cada vez más, hasta que…

Abrió los ojos de golpe, con un gemido ahogado. Estaba de pie en medio de un claro. La bilis le subió por la garganta, pugnando por salir, mientras trataba de recobrar la calma, observando el denso bosque que rodeaba el claro.

Y, de pie frente a ella, con una sonrisa perversa dibujada en la cara, se encontraba el director Silas.

El miedo la sobrecogió.

Lo sabe.

Sabe lo de Mateo .

Silas se acercó a ella, aplastando con las suelas de sus botas las hojas amarillentas y podridas que salpicaban el terreno.

—Hola, Irene.

Irene dejó escapar un suspiro despreocupado, haciendo todo lo posible por mantener la compostura.

—¿Es que no podría haberme llamado a su despacho como una persona normal?