15 Emilio #3
Al momento, las raíces que habían envuelto a Masika se desprendieron.
Y ella cayó hacia delante, tosiendo con fuerza, para tratar de llenarse los pulmones de aire.
Emilio salió corriendo hacia ella, envolviéndola entre sus brazos, y se le escapó una risa ahogada mientras le acariciaba con dulzura el cabello, posándole una mano en la nuca.
Estaba bien. Lo había conseguido. Y Olivier…
Masika soltó un grito ahogado que llamó la atención de Emilio. Tenía la mirada perdida en un punto a su espalda.
En alguien .
Emilio se dio la vuelta…, y entonces todo su mundo se vino abajo.
Porque Olivier seguía atrapado. No había logrado salvarlo.
Había resuelto el acertijo, pero las raíces que habían envuelto a Olivier no habían cedido.
Y no solo seguían ahí, sino que además habían crecido .
Presa del pánico, Emilio dejó a Benji en brazos de Masika y salió corriendo hacia Olivier.
Le apartó un mechón de pelo rubio de la cara.
Sus ojos, sus hermosos ojos verdes , eran lo único que quedaba de él.
Las raíces lo estaban devorando. Engulléndolo por completo.
—No lo entiendo —murmuró Dina. A pesar de su habitual bravuconería, incluso ella parecía desconcertada, y le tembló la voz cuando siguió hablando—: Ha resuelto el acertijo. ¿No deberían haberse liberado los dos ?
Analisa se llevó las manos al pecho, justo sobre el corazón. Le tembló el labio inferior.
—Creo que le ha llegado la hora.
—No… —jadeó Emilio, señalando a la sanadora con un dedo acusador—.
Ni se te ocurra. Joder, no te atrevas a decir eso ni de broma…
, no sobre él. —Se volvió de nuevo hacia Olivier y acunó lo que debería ser el rostro del chico entre sus manos—.
Por favor, Olivier. Aún no. Así no. —El miedo le oprimió el pecho.
Se inclinó hacia delante, apoyando la frente sobre la de Olivier con sumo cuidado—.
Por favor, mi amor. Vuelve conmigo. Vuelve conmigo .
Pero, aun así…, no ocurrió nada. Y, cuando Emilio se apartó, sin dejar de mirar a Olivier, no vio miedo reflejado en su mirada. No vio terror, ni pánico ni dolor.
Lo único que vio fue amor . Una adoración desgarradora y llena de ternura.
Oyó unos pasos que se acercaban a él por la espalda.
Era Masika. Dejó caer una mano temblorosa sobre su hombro.
—Emilio…
—No. —Negó con la cabeza. Aquello no podía acabar así. Ese no podía ser el final.
—No creo que… —A Masika se le rompió la voz. Alargó la mano libre hacia el hombro de Olivier, y la dejó caer sobre las raíces—. Creo que quizás hemos…
Pero, en cuanto aquellas palabras abandonaron sus labios, el terreno se estremeció. El árbol crujió. Y entonces, como si obedeciesen una orden silenciosa, las raíces se alejaron de Olivier, precipitándose hacia el suelo con un ruido sordo.
El chico cayó de rodillas, jadeante, tratando de tomar aire. Emilio alargó las manos hacia él y lo tomó en brazos, sujetándolo con firmeza. Se le escapó un grito ahogado mientras acunaba el rostro de Olivier con delicadeza entre sus manos.
—No pasa nada —susurró, pegándolo a su pecho—. Te tengo.
Olivier alzó la mirada hacia su rostro. Las lágrimas le anegaron los ojos.
—Mi amor.
Emilio ladeó la cabeza.
—¿Qué?
—Me has llamado «mi amor»… —Olivier soltó una carcajada ahogada, y aquel sonido fue lo más hermoso que Emilio había oído nunca—. Eso es mío.
—Olivier Dupont. —Emilio tuvo que contenerse para no sonreír—. ¿En serio estás coqueteando conmigo en un momento como este?
Olivier se encogió de hombros.
— Siempre es buen momento para coquetear contigo.
Alguien carraspeó con fuerza a su espalda.
Emilio se volvió y se encontró a Masika ahí de pie, sonriendo, con Benji en brazos, con el resto del grupo justo detrás de ella, observándolos atentamente.
—Ah. —Olivier les dedicó una sonrisa inocente—. Hola.
—Si ya habéis acabado con lo que quiera que sea esto —murmuró Dina, barriéndolos con un gesto de la mano—. Sugiero que sigamos. Parece que ya hemos pasado la peor parte, aunque no me apetece demasiado quedarme para comprobarlo.
—Sí —carraspeó Emilio. Y notó cómo le ardían las mejillas—. Es…, eh…, una buena idea.
—Esperad un momento. —Catherine se aferró con fuerza al mapa que sostenía entre las manos—. No podemos irnos así sin más. Aquí pone que la primera pista la encontraremos aquí . El sauce marca el lugar al que el verdadero director quería que fuésemos.
—Sí, vale, pero el sauce casi nos convierte en estatuas de madera por toda la eternidad —replicó Dina—. Así que estoy empezando a pensar que quizás este «verdadero director» en realidad no quería que nadie encontrase su alma.
—No es eso… —murmuró Analisa. Se acercó al sauce y lo observó con la cabeza ladeada—. Quiere que lo encuentren…, pero solo podrá hacerlo el alma adecuada .
—¿De qué narices está hablando? —le susurró Olivier al oído. Emilio intentó fingir que la suave caricia del aliento de Olivier no le provocó un cosquilleo agradable por todo el cuerpo.
Emilio carraspeó con fuerza.
—No estoy seguro.
Analisa apoyó una mano sobre el tronco del sauce.
—Las raíces no han sido un ataque —dijo, volviéndose hacia el resto del grupo—. Sino una prueba. Y la hemos pasado.
En cuanto aquellas palabras surgieron de entre sus labios, la corteza del tronco cobró vida de nuevo.
Analisa retrocedió lentamente mientras el sauce se deformaba y movía, desprendiendo gruesos trozos de su corteza, hasta que se abrió un enorme agujero en el tronco, una especie de espacio perfectamente arqueado.
Pero había algo dentro . Algo que estaba flotando en el interior del sauce.
—¿Eso es…? —Dina dejó la pregunta colgando.
Catherine se acercó al árbol e introdujo una mano en su interior, para tomar lo que había dentro.
Una llave.
Hecha de lo que parecía ser hierro oxidado, la llave proyectaba un intenso resplandor verde esmeralda, como si estuviese imbuida de magia. Pero había algo sujeto a ella: una pequeña nota atada con una cinta verde.
—«Las llaves son la respuesta» —susurró Masika, repitiendo aquello que había escrito en la leyenda del mapa.
—Bueno… —Dina soltó una carcajada amarga, antes de darle una palmada en el hombro a Analisa—. Parece que hemos encontrado nuestra primera llave.
Catherine desató la nota con las manos temblorosas. La abrió, desdoblando con cuidado el viejo trozo de pergamino desgastado. Emilio no tardó mucho en darse cuenta de lo que era.
Otro mapa .
La mirada de Catherine ardía con decisión renovada cuando se volvió hacia el resto del grupo.
—Y nuestra siguiente pista .