Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 15 Emilio #2
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15 Emilio #2

—Me importa una mierda por qué lo esté haciendo, solo quiero que pare de una vez —espetó Dina, con desdén, observando con el ceño fruncido las raíces que se deslizaban alrededor de su vientre.

En ese mismo instante, oyeron un ruido sordo y grave que provenía de unos metros más adelante.

Como una especie de gruñido ronco. Emilio se volvió hacia allí como un resorte, en busca del origen de aquel ruido.

El sauce . Algo extraño le estaba sucediendo al tronco…

Su corteza pareció deformarse y desplazarse de pronto.

Emilio ladeó la cabeza, desconcertado.

El tronco se está moviendo .

Los trozos de corteza se desplazaron y se desprendieron del tronco, formando lo que al principio parecían ser símbolos y formas sin sentido.

Emilio observó con fascinación cómo aquellas formas irregulares se transformaron en letras lentamente, hasta que pudo leer el mensaje que apareció escrito en la corteza del árbol.

Puedes huir de mí, pero yo seguiré aferrándome a ti. El sanador de heridas, el asesino de reyes.

Un ladrón, un acaparador, un enemigo para algunos.

El guardián del pasado… El oráculo de lo que está por venir.

—Es un acertijo —comentó Catherine, echando un vistazo a su alrededor. Una de las raíces se enroscó con fuerza alrededor de su cintura y ella dio un respingo—. Eso debe de ser la clave. Tenemos que resolver el acertijo.

—¿Alguna idea? —preguntó Analisa, esbozando una pequeña sonrisa.

Dina soltó un gemido furioso y alargó el único brazo que tenía libre hacia delante. Una descarga electrizante de magia corpórea salió disparada de la palma de su mano, en forma de rayo, estrellándose contra el tronco del árbol.

Después bajó la mano, con la respiración agitada.

Pero el sauce permaneció intacto. Sin una sola marca a la vista.

Catherine suspiró con fuerza.

—¿Ya has acabado?

Dina frunció el ceño y se rindió.

—Sí.

Mientras los demás seguían discutiendo sobre cuál podría ser la mejor manera de resolver el acertijo, Emilio se sumergió en el caótico vacío que reinaba en su interior.

Hubo algo en la primera parte del acertijo que le llamó la atención.

«Puedes huir de mí, pero yo seguiré aferrándome a ti».

Sabía que la respuesta estaba ahí, escondida en lo más recóndito de su mente.

La tenía en la punta de la lengua. ¿De qué habían estado siempre huyendo?

¿Qué era aquello que nunca dejaba de perseguirlos, por mucho que intentasen evadirlo?

El asesino de reyes.

El sanador de heridas.

Emilio no pretendía pronunciar la respuesta en voz alta, pero esta se le escapó en un susurro.

—El tiempo.

En cuanto aquello surgió de entre sus labios, las raíces que habían estado enroscándose a su alrededor se desprendieron, cayendo al suelo con un ruido sordo.

Y después se deslizaron lentamente por el terreno, hasta desaparecer de nuevo bajo tierra.

Emilio suspiró aliviado, antes de tomar rápidamente a Benji en brazos.

La pequeña criatura parecía estar igual de aliviada por estar de nuevo con él, y se lo agradeció dándole un lametazo en la nariz.

Pero Emilio no era el único que se había liberado.

Las raíces que habían aprisionado a Analisa también se desprendieron con un ruido sordo.

—Ah… —Sacudió las manos, ahora libres, hacia los demás—. Parece que hemos encontrado la respuesta.

—Bueno, pues si ese es el caso, os sugiero que os deis prisa. —Olivier apretó los dientes con fuerza, echando la cabeza hacia atrás para tratar de alejarse de la raíz que en ese momento estaba cerrándose alrededor de su mandíbula—. Porque me temo que a los demás no nos queda mucho tiempo.

Olivier tenía razón. Las raíces parecían haber duplicado su tamaño y se movían a una velocidad aún mayor.

Ya le habían cubierto por completo la mitad inferior del cuerpo, y Catherine, Dina y Masika le seguían de cerca.

Si no se daban prisa, quedarían atrapados por las raíces del sauce… , para toda la eternidad .

Justo cuando aquel pensamiento aterrador surcó la mente de Emilio, la corteza del árbol se deslizó de nuevo, revelando el siguiente acertijo. En esta ocasión, Masika lo leyó en voz alta.

—«Tiéndeme la mano y yo la sostendré con fuerza» —comenzó a decir, y su voz resonó por todo el claro—. «Pues no temo a ningún fantasma, ni a ninguna carga, ni tampoco al dolor. Puede que algunos se olviden de mí, pero yo jamás me alejaré. Porque soy tu faro, y aquí permaneceré».

El silencio se apoderó del grupo, y el único sonido que se pudo oír en el claro fue el ronco retumbar de las raíces que los estaban devorando lentamente.

—¡ Agh !... ¡No lo sé! —exclamó Dina, soltando un gemido grave.

Las raíces le habían inmovilizado los brazos a los costados—.

¿La muerte? ¿La vida? ¿El amor? —A medida que aquellas hipótesis brotaban de entre sus labios, las raíces del sauce no solo permanecieron enroscadas a su alrededor, sino que de repente ganaron más velocidad, rodeándolos cada vez más y más rápido.

— Mierda… —jadeó Catherine cuando las raíces que se habían enroscado alrededor de su pecho parecieron duplicar su tamaño, cubriéndole por completo el torso.

Masika soltó un grito ahogado.

—¡Para, Dina! Si fallas, las raíces se vuelven más rápidas. Tenemos que actuar con cabeza.

—¡No tenemos tiempo para actuar con cabeza! —gritó Dina, con el miedo reflejado en su expresión, mientras una de las ramas comenzaba a deslizarse hacia su boca—. No vamos a salir de esta. Joder , no vamos a poder…

—Esperad —murmuró Emilio, tan bajo que los demás ni siquiera lo oyeron. Excepto Olivier, claro está. Sus ojos verdes se posaron sobre Emilio al momento. El chico siempre estaba pendiente de él, escuchando atentamente cada palabra que salía de su boca.

—¿Qué ocurre? —le respondió Olivier, también en un susurro. Aunque las raíces ya habían envuelto casi por completo su cuerpo, su mirada se dulcificó en el momento en que sus ojos se posaron sobre Emilio.

—«Puede que algunos se olviden de mí, pero yo jamás me alejaré…» —La voz le salió en un susurro débil, al tiempo que sus ojos se encontraban con los de Olivier—. «Porque soy tu faro, y aquí permaneceré».

—Sabes la respuesta —dijo Olivier. No era una pregunta. Una delicada sonrisa se dibujó en su rostro.

Dina soltó un gruñido furioso e impaciente.

—¡Suéltalo de una vez, por el amor de Dios!

Emilio no apartó la mirada de los ojos de Olivier al tiempo que pronunciaba la respuesta.

—Es la esperanza .

Y, así, sin más, las raíces que habían mantenido atrapadas a Dina y a Catherine se soltaron, liberándolas de las garras del sauce.

Dina soltó un suspiro aliviado mientras recogía sus dagas y cubría de besos sus hojas afiladas.

Catherine estiró el cuello, haciendo una mueca de dolor.

Se le había quedado una marca roja alrededor de la garganta, donde las raíces la habían asfixiado, aunque Emilio se dio cuenta de que ya se le estaban empezando a curar a cada segundo que pasaba.

A pesar del momentáneo alivio que sintió al ver que dos miembros más de su grupo habían sido liberados, no pudo evitar que un miedo terrible se apoderase de él poco después.

Olivier y Masika.

No solo seguían los dos atrapados, sino que las raíces ya habían cubierto por completo sus cuerpos, y tan solo quedaban al descubierto sus cabezas. De los dos, Olivier era el que peor estaba. Una de las raíces ya había comenzado a deslizarse sobre sus labios, subiendo rápidamente por su rostro.

—Mierda… —murmuró Catherine, con la mirada clavada en Masika.

Emilio nunca la había visto tan aterrada.

Estaba tamborileando los dedos con nerviosismo a los costados, como si estuviese valorando seriamente la idea de lanzarse hacia las raíces y arrancarlas del cuerpo de Masika con sus propias manos.

Y probablemente ya lo habría hecho, si Dina no hubiese demostrado que no servía de nada atacarlas—.

Tenemos… Tenemos que darnos prisa. Creo que no nos queda mucho tiempo.

Por suerte, la corteza del tronco volvió a desplazarse de nuevo, dejando al descubierto el tercer acertijo, y el que Emilio esperaba que fuese el último. Lo leyó en voz alta, tropezándose con cada palabra que recitaba.

—«Soy el segundo del amor, lo que le sigue después.

Me desvanezco con el tiempo, pero aun así, siempre estoy presente.

Cuando todo se acabe, seré lo único que te quede; soy el precio que deberás pagar, incluso después de la muerte».

—Emilio notó cómo la cabeza le daba vueltas mientras trataba de encontrar la respuesta.

«Soy el precio que deberás pagar, incluso después de la muerte».

Pues claro, la muerte siempre tenía un precio. La pérdida. El dolor. La soledad. El sufrimiento.

Pero ninguna de esas respuestas era la correcta. Emilio sabía que no. Y también sabía que, si se equivocaba, si pronunciaba en voz alta aunque solo fuese una respuesta incorrecta…, podría perder a Olivier y a Masika para siempre.

Pero, por algún motivo, la primera parte del acertijo se le quedó grabada.

«Soy el segundo del amor, lo que le sigue después».

El segundo del amor.

Y entonces lo supo. La respuesta se iluminó en su interior, como un faro, llamándolo a puerto.

—El duelo.

No dudó al pronunciar aquellas dos palabras.

Sabía que eran la respuesta. La gente siempre consideraba el duelo como algo terrible y doloroso.

La oscuridad persistente que precedía a la muerte.

Pero Emilio había llegado a comprender que el duelo era mucho más que eso.

El duelo era el dolor que dejaba tras de sí el amor.

Su agonizante recordatorio. Porque el duelo era amor.

Era lo que los unía a aquellos a quienes habían amado y perdido, incluso en la eternidad.