15 Emilio
E n un bosque siniestro nunca ocurre nada bueno.
No pretendía mostrarse pesimista al respecto, pero le estaba resultando bastante complicado no preocuparse por su inminente perdición.
Quizá fuese por los espeluznantes árboles que flanqueaban el camino, o tal vez por el impenetrable silencio que parecía haberse apoderado del ambiente, absorbiendo todo el aire como una aspiradora…
Fuera por el motivo que fuese, Emilio no pudo evitar sentirse…
raro. Le picaba todo el cuerpo. Tenía un nudo en el estómago.
Y estaba seguro de que, si su corazón hubiese seguido latiendo, habría tenido el pulso por las nubes y el corazón le habría aporreado las costillas como si de un tambor frenético se tratase.
Cobarde , repetía esa molesta vocecilla en lo más profundo de su cabeza.
—Cállate… —murmuró para sí mismo, agarrándose de la muñeca con la otra mano como si creyese que esta fuese a escapársele en cualquier momento.
—¿Te encuentras bien?
Olivier estaba observándolo atentamente. ¿Cuánto tiempo llevaba mirándolo? Emilio se ruborizó con fuerza, de repente de lo más avergonzado. Siempre se acababa avergonzando por todo, y Olivier y sus estúpidos aunque preciosos hoyuelos no le estaban ayudando demasiado que digamos.
—Es solo que… —Dejó aquella frase colgando y se encogió de hombros—. Ya sabes.
Olivier esbozó una sonrisa que le marcó mucho más los hoyuelos, que parecían estar burlándose de Emilio con su presencia.
—Lo sé.
Emilio se estremeció, incluso aunque no hiciese ni una pizca de frío. Apenas podía soportar la intensidad de la mirada de Olivier. La tensión insoportable que se respiraba entre ellos. ¿Lo notarían también los demás? Se ruborizó mucho más al imaginárselo.
Se estaba volviendo loco, porque ninguno de los dos parecía estar dispuesto a actuar en consonancia a lo que sentían, a dar rienda suelta por fin a sus sentimientos.
Emilio no culpaba a Olivier por ello, porque tampoco era que hubiesen tenido mucho tiempo a solas desde que se habían visto inmersos en el mundo de la Resistencia.
Pero, ahora, su declaración de amor parecía flotar constantemente sobre sus cabezas, ese dolor inconfesable iba creciendo poco a poco en el pecho de Emilio, y estaba seguro de que, si ninguno de los dos hacía algo al respecto, si ninguno se decidía a cerrar la distancia que los separaba de una vez, acabaría estallando.
Emilio respiró hondo.
—Olivier, hay algo que tengo que…
Pero sus palabras se vieron acalladas cuando Catherine se detuvo de golpe y pidió al resto del grupo que se frenase también con un silencioso gesto de la mano.
Emilio soltó un gemido frustrado. ¿Por qué siempre hay algo que nos acaba interrumpiendo cuando llega el momento?
Clavó la mirada al frente, y parpadeó confuso cuando se dio cuenta de que se encontraban en la linde de un claro, con un único árbol que se alzaba imponente en el centro. Un sauce.
Emilio contuvo el aliento.
El árbol del mapa .
El tronco retorcido del sauce estaba dividido en docenas de ramas llenas de nudos, con hojas diminutas que colgaban de ellas como cortinas de lluvia en una tormenta.
No solo era mucho más grande que los árboles circundantes del bosque, sino que también parecía mucho más antiguo; estaba envejecido y marchito, como si llevase allí, haciendo de aquel claro su hogar, desde el principio de los tiempos.
Sus raíces gruesas y bulbosas sobresalían de la base formando espirales desordenadas, brotando del terreno en una serie de ondas sinuosas.
Sin embargo, lo más extraño de todo no era el árbol en sí, sino lo que lo rodeaba .
Alrededor del sauce se alzaban lo que parecían ser estatuas hechas de corteza y vides. Con las extremidades y los rostros cubiertos de tierra y ramitas. ¿Quién habrá hecho todo esto? , se preguntó, acercándose a la estatua más cercana, con pasos lentos y vacilantes.
—¿Alguna vez habíais visto algo así? —preguntó Masika, rompiendo el silencio sepulcral que se había apoderado del grupo.
Se acercó a una de las estatuas. La corteza y las raíces estaban esculpidas para representar a una mujer con una mano levantada hacia el cielo.
Y después apoyó suavemente los dedos en la mejilla de la estatua.
Catherine negó con la cabeza.
—Nunca.
—Esto no me gusta —murmuró Dina. La chica de cabello plateado desenvainó un par de dagas de la docena que llevaba ceñidas a los muslos—. Hay algo que no me cuadra.
Dina no era la única a quien aquellas extrañas estatuas la ponían nerviosa. A Emilio se le había revuelto el estómago nada más verlas. Y se le había erizado el vello de la nuca. Incluso Benji había soltado un suave gemido, antes de esconder su pequeño rostro en el hueco del codo de Emilio.
Él acarició con suavidad la cabecita de la criatura.
—No pasa nada, amigo… —le susurró, incluso aunque ni él mismo se lo creyese.
Olivier se acercó a una de las estatuas en un par de zancadas y la observó atentamente, con los ojos entrecerrados.
—¿Por qué narices iba a venir alguien hasta aquí solo para hacer esto? —preguntó—. ¿Es alguna especie de proyecto artístico extraño?
—Creo que quizás deberíamos hacernos otra pregunta mucho más importante… Si alguien hizo todo esto…, entonces, ¿quién llegó hasta aquí antes que nosotros? —dijo Analisa, observando las estatuas con expresión solemne.
—Vaya. Porque eso no suena para nada inquietante —murmuró Dina, soltando una carcajada seca y amarga.
—¿El mapa indica dónde podría encontrarse la primera pista? —preguntó Olivier.
—No…, tan solo han rodeado el sauce. —Catherine desplegó el pergamino y lo recorrió con la mirada.
—Estupendo. —Olivier se frotó la cara—. Pues nos ha sido de gran ayuda.
Justo en ese mismo instante, Analisa soltó un grito ahogado. Los ojos de la sanadora parecían estar clavados en el suelo; y su rostro se había quedado blanco como la cera. Emilio bajó la vista hacia allí, siguiendo su mirada.
Y entonces fue cuando se fijó en que una de las raíces del árbol se había enroscado alrededor del tobillo de Analisa, y había empezado a subirle por la pantorrilla.
Estaba moviéndose . Deslizándose alrededor de su pierna como si fuese una serpiente. Aterrada, Analisa lanzó una llamarada hacia la raíz, pero esta salió indemne, como si el fuego no hubiese sido más que una ligera brisa.
—¿Qué demonios? —exclamó Dina de forma entrecortada, antes de lanzarse hacia Analisa.
Atacó a la raíz con una de sus dagas, pero la hoja simplemente rebotó sobre su superficie.
En ese mismo instante, otra raíz cercana salió disparada del suelo, enrollándose alrededor del brazo de Dina con la fuerza suficiente como para arrancarle la daga de la mano.
Al igual que había ocurrido con la que se había enrollado alrededor de la pierna de Analisa, esta comenzó a deslizarse por el brazo de Dina, apretando su agarre con cada vuelta que daba.
—Eh… —Olivier carraspeó con fuerza—. Creo que tenemos un problema.
Emilio ni siquiera tuvo tiempo para asimilar lo que estaba ocurriendo porque, en ese mismo instante, toda una docena de raíces brotaron del suelo y se abalanzaron sobre el grupo, aferrándose a sus extremidades, hasta dejarlos a todos atrapados.
Las raíces se enroscaron alrededor de ambas piernas de Emilio, y una tercera se enrolló con fuerza alrededor de su muñeca.
Había dejado caer a Benji al suelo por accidente, en medio de aquel caos, y en ese momento la pequeña criatura estaba correteando nerviosa entre sus pies, ladrándoles a las raíces y dándoles con la pata.
La mirada aterrorizada de Olivier se volvió hacia Emilio.
Las raíces voraces también le habían envuelto por completo las piernas.
Y estaban trepando por su cuerpo a una velocidad impresionante, cubriéndole las pantorrillas y subiéndole hasta los muslos.
Era como si las piernas de Olivier estuviesen hechas de vegetación.
Como si se estuviese convirtiendo en las propias raíces del sauce. Como si…
Emilio se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo tan solo un segundo más tarde.
—No son estatuas —murmuró, con voz temblorosa.
— ¿Qué? —le espetó Dina, tratando de librarse de la raíz que en ese momento le estaba subiendo por el muslo. Otra se le había enroscado alrededor del cuello, y se estaba deslizando por su pecho.
—No son estatuas —repitió Emilio, esta vez lo bastante alto como para que los demás pudiesen oírle con claridad.
—¿Quieres decir que…? —Dina se puso blanca como la cera. La ira que había iluminado hasta hacía un momento su mirada se transformó en puro terror—. No. No, no, no . No pienso convertirme en una maldita estatua vegetal siniestra. De ninguna puta manera.
—Mantened la calma —les ordenó Catherine.
Sus ojos de color avellana parecían reflejar un millón de pensamientos diferentes, cientos de emociones distintas, que se deslizaban por su mirada a una velocidad de vértigo, tan rápido que Emilio era incapaz de descifrarlas todas—.
Tiene que haber alguna forma de salir de esta. Dejadme pensar un momento.
—¿Por qué demonios no aparecía ninguna maldita advertencia en el mapa? —Masika contempló las raíces, horrorizada—. ¿Por qué el verdadero director no nos advirtió de esto?
Analisa se había mostrado increíblemente tranquila desde que las raíces del sauce habían cobrado vida y los habían atrapado.
Su expresión había permanecido estoica y serena, sin un atisbo de tensión en su postura.
En ese momento, movió los dedos como si nada, evaluando aquella situación como si lo estuviese observando todo desde lejos, con una mirada calculadora y llena de curiosidad.
—No percibo ninguna forma de vida natural… —murmuró la sanadora—. El sauce en sí no está vivo, a pesar de que sus movimientos sean claramente intencionados. Es como si lo estuviese haciendo en contra de su voluntad. Como si alguien lo hubiese programado para que se comportase de este modo.