14 Wren #4
—¿Por qué? ¿Porque eres nuestra preciada catalizadora? —Chasqueó la lengua y negó con la cabeza—. No, querida. No eres nuestra catalizadora. Al menos, aún no . De momento, no eres más que un juguete. Una muñequita preciosa con la que entretenerme un rato.
Wren blandió su arma.
—Si Edith se entera, te destruirá.
El rostro del chico pareció iluminarse ante aquella perspectiva.
—Entonces, supongo que tendrá que ser nuestro pequeño secretito, ¿no crees?
Wren apenas tuvo tiempo para reaccionar.
Las sombras abandonaron de repente su mano, sin previo aviso, lanzándose a por ella.
Pero, con magia o sin ella, Wren seguía siendo rápida, por lo que las esquivó en el último segundo, antes de darse la vuelta y huir de nuevo, recorriendo los pasillos de piedra del laberinto.
A su espalda, oyó cómo el chico se echaba a reír a carcajadas, antes de salir corriendo tras ella.
Se estaba acercando. Podía oír cómo su risa histérica iba cobrando rápidamente intensidad, cómo sus pisadas resonaban cada vez más cerca. Wren tan solo tenía que seguir corriendo, que seguir huyendo, que seguir …
En un instante estaba corriendo y al siguiente tenía una mano cubriéndole la boca, un pecho musculoso y tenso pegado a su espalda, y un aliento cálido acariciándole la oreja.
Wren se removió para tratar de zafarse del agarre de su atacante, con un grito ahogado pugnando por salir de entre sus labios, subiéndole por la garganta, pero aquellos brazos férreos que la sujetaban lo hacían con firmeza.
No podía ver a su atacante, pero, en cuanto aquella mano se deslizó sobre sus labios, la sobrecogió una repentina opresión en el pecho, una peligrosa atracción .
Y entonces, una voz ronca y familiar, le susurró al oído:
—No. Te. Muevas.
August.
La estaba sosteniendo contra su cuerpo, envolviéndolos en un hechizo de invisibilidad que los cubría por completo con su pálido resplandor azul.
Wren contuvo el aliento, presa del pánico.
El chico que la estaba persiguiendo dobló en ese momento la esquina y se acercó lentamente a donde ellos se encontraban, buscándola con la mirada perdida.
Entonces sus ojos verdes pasaron de largo, y ellos permanecieron a salvo, escondidos bajo el hechizo de invisibilidad de August.
Unos segundos más tarde, el chico maldijo entre dientes y echó a correr por donde había venido.
Ellos aguardaron, los dos envueltos por el hechizo de invisibilidad, con el cuerpo de August pegado al de Wren.
Una vez que estuvieron seguros de que el chico no iba a volver, August dejó caer la mano con la que le había cubierto los labios y se separó de ella lentamente.
—¿Estás bien? —Su voz sonaba demasiado ronca, y recorrió su rostro y su cuerpo con una mirada frenética, claramente preocupado—. ¿Estás herida?
Wren negó con la cabeza.
—Estoy bien. Solo me ha… —Carraspeó para aclararse la garganta—. Solo me ha asustado. Eso es todo.
Un destello de ira cruzó el rostro de August. Wren se fijó en cómo se le tensaba la mandíbula y contenía el aliento. Incluso las sombras que le corrían por las venas parecieron oscurecerse de repente, como si se hubiesen apoderado por completo de su torrente sanguíneo.
Cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono tan afilado y letal como el filo de una espada.
—¿Te ha puesto las manos encima?
Wren tragó con fuerza y negó con la cabeza.
—Te he dicho que estoy bien.
—Tienes que mantenerte alejada de Callum —murmuró August—. Es muy terco. Y si te tiene en el punto de mira…
—Puedo cuidarme yo solita —le espetó.
August soltó un resoplido burlón.
—¿Es que no lo entiendes, Loughty? —Su voz había cobrado un deje frustrado—.
Ya no estás en igualdad de condiciones. Esto no es Blackwood.
Los Demien… son mucho más fuertes que tú.
Incluso aunque siguieses teniendo tu magia, no tendrías ninguna posibilidad contra ellos.
Te pueden arrancar el núcleo del alma con solo chasquear los dedos.
Wren se acercó un paso a él.
—Entonces, lo que me estás queriendo decir es… que tú también podrías hacerlo. —Aquellas palabras resonaron con fuerza entre los dos, y no se le pasó por alto cómo August se encogía de dolor ante ellas, como si lo hubiese golpeado—. Que tú podrías destruir mi alma… si quisieses.
Los ojos plateados de August recorrieron su rostro de arriba abajo, antes de acercarse un paso más a ella.
—Podría.
A Wren se le aceleró la respiración cuando su intercambio de miradas se convirtió en algo mucho más intenso y apasionado.
El mero hecho de estar mirándolo a los ojos le parecía peligroso.
Y no pudo evitar intuir todas aquellas palabras que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar en voz alta y que se entretejían en el silencio que los envolvía.
El significado oculto que había tras aquellas miradas.
Pero antes de que pudiese decir nada, August se acercó un poco más a ella, sin dejar de observarla en ningún momento.
—Pero… —Se le escapó en un susurro ronco, casi incluso jadeante—. No lo haré. Sabes que jamás lo haría.
Wren no pudo evitar bajar la mirada hacia sus labios.
Notó cómo una oleada cálida le subía por el cuello, hasta las mejillas.
Tuvo que luchar contra el impulso de sonrojarse, pero al final no pudo hacer nada por detenerlo.
Ese era el problema con August. Siempre había sido incapaz de controlarse cuando estaba a su lado.
Y aquello era lo único que la desestabilizaba.
—Ya no te conozco —respondió en un susurro.
August ladeó ligeramente la cabeza, recorriendo su rostro con la mirada.
—Entonces, déjame que te lo recuerde.
No estaba segura de si fue por la desesperación que vio reflejada en los ojos de August o por el deje suplicante que había cobrado su voz, pero hubo algo en aquellas seis palabras que acabó con el poco autocontrol que le quedaba.
El magnetismo incontrolable que compartían los acercó cada vez más.
Pero antes de que ninguno de los dos pudiese decidirse a hacer algo imprudente, volvió a sonar la alarma, retumbando en el interior de la caverna.
August hizo una mueca de dolor al tiempo que el momento que acababan de compartir se desvanecía. Y después retrocedió, tenso, apretando las manos en puños a los costados.
—¿Qué significa esa alarma? —le preguntó en cuanto el sonido se hubo apagado.
—Que se ha acabado el simulacro —le explicó August—. Ya hay un vencedor.
Un ruidoso coro de vítores resonó con fuerza un poco más adelante, fuera del laberinto.
Los dos siguieron aquel griterío hasta el lado de la caverna donde se encontraba la Unidad Plata.
Cuando llegaron allí, se toparon con una multitud de Demien que pertenecían a la Unidad Ónix que estaban celebrando su victoria, silbando, gritando obscenidades, aplaudiendo y vitoreando.
Y, de pie, justo en el centro de todo, haciendo girar una daga en una mano y con una bandera plateada en la otra, estaba Callum .