14 Wren #3
—La simulación de combate empezará en cuanto suene la siguiente alarma —dijo Wren, repitiendo lo que Quinn había dicho tan solo unos segundos antes—.
Vamos a competir contra la Unidad Ónix. Nuestro objetivo principal es hacernos con la bandera negra que se encuentra al otro lado de la maldita caverna.
Y nuestro segundo objetivo consiste en proteger nuestra propia bandera para que no nos la roben.
—¿Y tú qué tienes que hacer? —Quinn le clavó un dedo en el pecho con fuerza.
—Intentar que no me corten la cabeza —respondió, con una sonrisa siniestra.
Estaban de pie a la entrada de otra cueva, aunque esta estaba oculta en las profundidades del campamento de la Orden. A su alrededor se encontraba todo el cuadrante de la Unidad Plata; un centenar de Demien, como poco. El ambiente estaba cargado de electricidad, de una excitación frenética.
—Toma. Quédate esto. —Arthur apareció de repente a su lado y le entregó un sable curvo. A Wren le sorprendió descubrir que el arma era en realidad bastante ligera, a pesar de su tamaño—. No es lo mismo que tener tus poderes, pero está afilado, así que tendrá que servir.
Wren cerró la mano alrededor de la empuñadura del sable.
—Es un detalle extrañamente amable por tu parte. Gracias.
Arthur se encogió de hombros.
—Tengo mis momentos.
Quinn, que acababa de desenvainar dos guadañas afiladas que le colgaban de la cintura, se volvió a mirar a Wren con el ceño fruncido y un brillo desdeñoso en los ojos.
—Mantente cerca —le recordó—. Ni se te ocurra alejarte de nosotros.
—¿De verdad que no puedo saltarme este simulacro, solo por esta vez? —preguntó—. ¿Cómo podéis estar tan seguros de que Edith quiere que participe…?
—Porque la conozco —espetó Quinn. La dureza que se había apoderado hasta ese momento de sus ojos pareció titilar por un segundo, y un ligero destello de miedo refulgió en su mirada, al tiempo que se mordía nerviosa el interior de la mejilla—.
No solo te está poniendo a ti a prueba , nos está poniendo a prueba a todos.
La Unidad Plata tiene cierta reputación.
—¿Cierta reputación? —repitió—. ¿Por qué? ¿Porque todavía no habéis realizado el Beso del Segador?
Quinn y Arthur compartieron una mirada cómplice.
Wren había dado en el clavo, eso era evidente.
Pero antes de que ninguno de los dos pudiese decir nada, otra alarma estridente resonó con fuerza por toda la caverna.
Todos los que estaban a su alrededor se prepararon para la batalla, y el agudo siseo de sus armas al desenvainarlas reverberó a su alrededor.
Los Demien que se encontraban justo detrás de ella comenzaron a avanzar, formando una corriente imparable que la guiaba hacia la entrada de la caverna.
Wren se tambaleó, e incluso estuvo a punto de perder el equilibrio, pero Arthur alargó una mano h acia ella y la agarró del hombro, sujetándola con firmeza, antes de que pudiese caerse de bruces.
—Ni se te ocurra alejarte de mí —le ordenó Quinn, aunque tenía la mirada clavada al frente, en la entrada de la cueva, como si tan solo estuviese repitiendo alguna especie de mantra, o susurrando una plegaria.
Wren afianzó su agarre alrededor de la empuñadura del sable y se preparó para lo que pudiese encontrarse ahí fuera.
La alarma se apagó de repente.
Se hizo el silencio.
Y entonces, Wren siguió adelante, encajonada entre Arthur y Quinn, y se adentró en la caverna.
Rojo .
Este bañaba las paredes y el suelo de roca, e incluso cubría el techo abovedado.
Cuando Wren atravesó el umbral de la cueva, no pudo evitar llevarse una mano a los ojos y frotárselos con fuerza, como si así fuese a poder aclararse la vista, pero, cuando la apartó, el rojo seguía ahí, envolviéndolo todo en una neblina carmesí.
—No son tus ojos —le susurró Arthur al oído—. Mira arriba.
Wren alzó la mirada hacia el techo y vislumbró los brillantes orbes rojizos que flotaban en el centro de la bóveda. Eran la única fuente de luz de toda la caverna, y el motivo de que todo estuviese sumido en un resplandor tan rojo como la sangre.
La cueva estaba dividida en dos partes: la Plata y la Ónix.
Un laberinto de barricadas de piedra los separaba, impidiendo que cada bando pudiese ver dónde se encontraba la bandera del equipo adversario.
Para ganar, tendrían que atravesar ese laberinto rocoso sin perderse.
Pero ni siquiera entonces se acabaría el simulacro.
Si lograbas atravesar las barricadas, acabarías en el territorio enemigo, lo que significaba que tendrías que enfrentarte a dos opciones muy distintas: abrirte paso sin ser visto hasta su bandera… o luchar.
Los Demien que se agolpaban a su alrededor se fueron dispersando poco a poco, moviéndose en tropel, formando pequeños grupos previamente designados dentro del cuadrante.
Algunos se lanzaron directos hacia el laberinto, ávidos de una buena pelea, mientras que otros optaron por quedarse atrás de forma estratégica, lo más cerca de la entrada de la caverna que pudiesen, formando un escudo humano frente a la bandera plateada que ondeaba tan solo unos metros por delante de Wren.
El caos no tardó mucho en desatarse.
A lo lejos, en medio del laberinto de barricadas, se oyó un coro de gritos amortiguados, entremezclado con el agudo estruendo del choque del acero contra el acero.
Y entonces llegó la nube de magia.
Era asfixiante, sofocante. Un hedor tan nauseabundo que hizo que se le revolviese el estómago.
Formaba una mezcla abrumadora. Como el humo que se eleva de los restos carbonizados de un incendio. Como el olor férreo de la sangre. Pero también poseía una nota de fondo mucho más cálida, extrañamente reconfortante incluso, como el olor de la lluvia al caer en el bosque, a tierra mojada y musgo.
Magia sombría.
—Vamos a avanzar —dijo Quinn, apareciendo de repente frente a Wren—. ¿Lista?
Asintió y se colocó entre Quinn y Arthur.
Se abrieron paso a empujones por el laberinto de barricadas. A medida que avanzaban, a Wren se le perló la frente de sudor, y le comenzaron a hormiguear las manos por la necesidad de hacer uso de su magia; desesperada por encontrar alguna forma de defenderse.
—¿A dónde vamos? —preguntó con recelo.
Quinn no se molestó siquiera en volverse a mirarla para responder.
—A buscar la bandera.
—¿Y ya está? —siseó—. ¿Ese es tu gran plan?
—Lo siento, no recuerdo haberte pedido tu opinión —se burló Quinn.
—Ya tenemos a un grupo encargado de proteger la nuestra—añadió Arthur en un susurro—. Así que nuestro objetivo principal es avanzar como sea y llegar tan cerca de la bandera de nuestros oponentes como podamos.
—Pero ¿no deberíamos tener alguna clase de estrategia? —les preguntó—. ¿Un plan por si las cosas se ponen feas?
Quinn hizo girar las guadañas en sus manos, y una llamarada surgió de repente de sus hojas.
—Yo soy el plan.
—Mira. —Arthur se inclinó hacia Wren—. Cuanto antes nos hagamos con esa bandera, antes podremos salir de… —Se detuvo en seco. Quinn también se quedó paralizada, con los hombros rígidos mientras observaba fijamente algo que había un poco más adelante.
Wren casi se chocó contra ella, porque aquella repentina pausa la tomó por sorpresa.
—¿Qué pasa? ¿Por qué hemos parado?
Y entonces vio lo que les había llamado la atención.
Había tres figuras imponentes justo delante de ellos, bloqueándoles el camino, y las tres pertenecían a la Unidad Ónix.
La lucha comenzó al instante.
Quinn se abalanzó sobre ellos, con las llamas ardiendo en las hojas de sus guadañas, y las blandió contra el atacante que tenía más cerca.
Antes de que Wren pudiese intentar siquiera pensar en lanzarse a la batalla, Arthur tiró de ella hacia atrás, lanzándola lejos del caos, antes de unirse a la pelea.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Quinn desapareció de su campo de visión entre tambaleos, en un violento torbellino de acero y magia, y se adentró en las profundidades de la caverna mientras perseguía a su oponente.
Arthur se encontraba inmerso en su propia batalla, estaba conteniendo a su atacante con un remolino de sombras, apretando los dientes mientras la barrera que había invocado entre ellos se tambaleaba.
Pero aún quedaba otro enemigo más de la Unidad Ónix.
El chico que poseía unos intensos ojos verdes, los mismos que en ese momento estaban clavados en Wren.
Cuando parpadeó, las sombras se arremolinaron a su espalda, y esbozó una sonrisa perversa que dejó al descubierto una hilera de dientes blancos.
Se humedeció los labios, expectante, y ladeó la cabeza.
—Hoy debe de ser mi día de suerte.
Arthur le lanzó a Wren una mirada de reojo. No dijo nada, pero el mensaje estaba claro.
«Corre».
Wren se dio la vuelta y salió corriendo, directa al corazón de la caverna, adentrándose más y más en el laberinto de barricadas.
Los muros de piedra se alzaban a su alrededor, dividiendo su camino y obligándola a girar a la izquierda y a la derecha.
Se aferró a la empuñadura de su sable con todas sus fuerzas, rezando en silencio para no encontrarse con nadie más de Ónix.
Lo que, por desgracia, fue justo lo que le acabó ocurriendo.
Se estampó contra otro cuerpo, y estuvo a punto de caerse al suelo por el impacto. Pero entonces alzó la vista y… No .
—¿Me echabas de menos?
De alguna forma, el chico de los ojos verdes la había encontrado.
Wren bajó la mirada hacia el broche negro azabache que llevaba prendido de la solapa de la chaqueta, y después volvió a levantar la vista hacia sus ojos, para encontrarse con una mirada venenosa que la observaba atentamente.
Parecía hambriento . Casi incluso famélico.
Wren se tambaleó hacia atrás, tropezándose con los tacones de sus botas.
—No puedes hacerme daño.
El chico soltó una carcajada burlona y seca. Alzó una mano, con un remolino de sombras deslizándose por su palma. En la otra portaba una daga con una hoja dentada.