Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 14 Wren #2
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14 Wren #2

En tan solo unos cuantos pasos, la tienda desierta dio paso a una neblina tóxica de humo y cuero.

Una cacofonía de ruidos sustituyó al silencio escalofriante que la había rodeado hasta hacía tan solo un momento.

Había risas estridentes, gritos que resonaban por todas partes, y todo ello entremezclado con el chisporroteo de la magia.

Fue como adentrarse en una corriente embravecida; la gente empujaba a Wren al pasar, sin prestarle la más mínima atención, los Demien conformaban un torrente que iba y venía por todas partes.

Wren nunca había tenido la posibilidad de ver el centro neurálgico del campamento.

Edith se limitaba a llevarla directamente a sus sesiones de tortura, arrastrándola de una tienda a otra.

Pero, en ese momento, pudo fijarse en cómo e ra en realidad el corazón del campamento, en cómo bullía de energía, como una colmena, con la espaciosa caverna llena de gente por todas partes. Tenía que haber cientos de Demien allí.

—¡Por aquí! —Arthur agarró a Wren de la muñeca, sustituyendo la mano de Quinn, y tiró de ella hacia delante—. Vamos. No podemos dejar que nuestra catalizadora de la destrucción se pierda por el campamento, ¿verdad?

Zigzaguearon a través de un mar de Demien, pasando a toda prisa frente a una sucesión de tiendas de campaña, ocupadas por artesanos con distintas especialidades: herreros y peleteros; y junto a tiendas llenas de explosivos mágicos y otra clase de pociones volátiles.

Había toda una multitud de Demien reunida alrededor de cada una de las hogueras que había repartidas por el campamento, iluminando con la luz de sus llamas el innegable río de sombras que les corría por las venas.

El humo y el cálido aroma a pino lo llenaban todo; un olor terroso que a Wren le recordó a los paseos que solía dar por el bosque en pleno invierno.

Cuando se acercaron a la entrada del enorme túnel que había excavado en el lado este de la caverna, Quinn y Arthur se detuvieron de golpe. Y después se volvieron a observar a Wren, antes de acercarse un poco más a ella.

—Escucha atentamente, porque solo te lo pienso explicar una vez —ladró Quinn, chasqueando los dedos para captar la atención de Wren—. La Orden está dividida en cuatro unidades: Plata, Esmeralda, Zafiro y Ónix.

—Quinn y yo estamos en la Unidad Plata —añadió Arthur, al tiempo que señalaba el broche de plata que llevaba prendido del pecho del chaleco de cuero.

Tenía la forma de una espada reluciente, y le habían grabado el emblema de la Orden de los Demien en la empuñadura—. Que es adonde nos dirigimos ahora.

—La Unidad Plata está compuesta exclusivamente por los nuevos reclutas. Aquellos que se han unido hace poco tiempo a la Orden pero que todavía no han llevado a cabo el Beso del Segador.

A Wren no se le pasó por alto el ligero tic que sacudió la mandíbula de Quinn al mencionar el infame hechizo de magia sombría.

—Tienes que seguir este túnel para llegar hasta nuestra unidad —añadió Quinn, señalando el camino que se abría ante ellos—.

Las otras unidades están repartidas por todo el campamento.

Si sigues el túnel norte, llegarás hasta Esmeralda.

El del sur te llevará hasta Zafiro. Y el del oeste te conduce a Ónix.

—Aunque te aconsejo que te mantengas alejada de las demás unidades —murmuró Arthur.

Wren no pudo evitar volverse hacia él.

—¿Por qué?

—Bueno… —Arthur se giró hacia Quinn, que lo fulminó con una mirada frustrada—. Las otras unidades son… distintas a nosotros. Ya han sucumbido a las sombras. Y son un poco…, bueno…, a ver cómo lo digo con delicadeza…

—No dudarán en rebanarte la garganta como se te ocurra mirarlas de mala manera —terminó Quinn por él con brusquedad—.

Les dará igual que seas la maldita catalizadora de la destrucción de la que habla la profecía.

No mientras sigas siendo… tú . De todos modos, saben que al final te acabarás curando.

Así que podrían abrirte en canal y sacarte las entrañas una y otra vez si quisiesen, sin preocuparse por las repercusiones.

Wren se quedó pálida.

—Pero… sí que podemos sentir dolor.

Arthur le dio una suave palmadita en el hombro, animándola a seguir adelante.

—Eso es justo lo que lo hace tan divertido.

Se adentraron en el túnel y Wren se apresuró a seguirlos.

La luz titilante que surgía de las llamas de las antorchas que iluminaban el camino en penumbra proyectaba pequeñas sombras por las paredes de piedra.

Otros cuantos Demien pasaron corriendo a su lado, la mayoría demasiado ensimismados como para prestarles atención, aunque algunos saludaron a Quinn y a Arthur con un gesto de la mano al pasar.

Al llegar al final del túnel, se adentraron en otra enorme caverna que estaba excavada en la base de la cordillera.

Una docena de tiendas de campaña se extendían ante ellos, cada una adornada con una bandera ondeante con la insignia de la Unidad Plata.

A pesar de que no hiciese nada de viento, las banderas ondeaban como si las estuviese meciendo una suave brisa, seguro que gracias a alguna clase de hechizo.

Había varias hogueras y campamentos dispersos por toda la caverna, con faroles suspendidos en el aire, flotando justo sobre sus cabezas.

—Joder —resonó de repente una voz. Wren se dio la vuelta y se encontró con un chico que estaba sentado sobre un barril de madera, con las piernas extendidas y un palillo entre los dientes.

Cuando su mirada se posó sobre Wren, se quedó mirándola boquiabierto, y el palillo se le escapó de entre los labios y cayó al suelo de piedra—. La catalizadora… en persona.

En cuanto aquellas palabras abandonaron sus labios, los demás Demien que había repartidos por toda la caverna dejaron de hacer lo que estuviesen haciendo, solo para volverse como un resorte hacia Wren, observándola con una curiosidad desmedida.

Toda una maraña de susurros se alzó a su alrededor, aumentando poco a poco, hasta que lo único que pudo oír fue el sonido de su nombre, repetido hasta la saciedad.

Quinn soltó una maldición en un susurro y fulminó al chico del palillo con la mirada.

—Muchas gracias, Jas.

El chico, Jas, soltó una carcajada y levantó las manos, en un gesto de fingida inocencia.

Entonces Quinn agarró a Wren de la muñeca y tiró de ella. Arthur se apresuró a seguirlas de inmediato.

—Venga, catalizadora. Vamos a sacarte de aquí.

—¿A dónde vamos? —le preguntó Wren en un susurro, echando un vistazo a su espalda.

—Ni idea —gruñó Quinn—. A tu tienda, supongo. Edith nos ha pedido que te acojamos durante los próximos días, hasta el Equinoccio. Aunque quién sabe por qué narices se le ocurrió que eso sería una buenísima idea…

—Espera un momento, ¿qué has dicho? —A Wren le estaba costando seguirle el ritmo a Quinn, y se iba tropezando con sus propias botas a prácticamente cada paso que daba—. ¿Me voy a quedar aquí? ¿En la Unidad Plata?

Quinn se mordió el interior de la mejilla.

—Eso me temo.

Arthur le lanzó a Quinn una mirada de recelo.

—Deberíamos darnos prisa. Creo que estamos a punto de… —Pero las palabras de Arthur se vieron interrumpidas cuando una estridente alarma resonó por toda la caverna. Wren hizo una mueca de dolor y se llevó las manos a los oídos para tratar de protegerse de aquel sonido agudo.

Por suerte, no duró demasiado. Tan solo unos segundos más tarde, la alarma se apagó de golpe.

—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó, frotándose las orejas. Se había dado cuenta de que todos los Demien cercanos a ellos habían comenzado a salir en tropel del interior de sus tiendas, blandiendo sus armas y encaminándose a toda prisa hacia un túnel que se abría al otro lado de la caverna.

—No me lo puedo creer… —murmuró Quinn, pellizcándose el puente de la nariz—. Edith no puede esperar en serio que nos la llevemos con nosotros. —Señaló a Wren con un gesto exasperado.

—¿De qué estáis hablando? —les preguntó, aunque ninguno pareció prestarle atención—. ¿Llevarme a dónde?

Arthur se carcajeó.

—Hay que reconocer que Edith tiene un sentido de la oportunidad impecable…

—¿Es que esto te parece gracioso ? —le espetó Quinn, en un siseo—. ¿Tengo que recordarte contra quiénes nos vamos a tener que enfrentar esta vez? ¿Y de quién es la culpa?

Wren suspiró con fuerza.

—¿Alguno puede decirme, por favor…?

—Te dije que deberías haberte venido conmigo a la hoguera —la interrumpió Arthur, señalando a Quinn con un dedo acusador—.

¡ Tú fuiste quien decidió quedarse aquí!

Sinceramente, a estas alturas ya deberías de saber que no se puede confiar en mí siempre que vaya a estar cerca de los reclutas de Ónix, ¡y menos cuando ya me he tomado tres copas de vino!

Quinn soltó un gruñido y se mesó el cabello con fuerza.

—Por el amor de Dios. ¡Te comportas como un maldito crío !

Y esa fue la gota que colmó el vaso y lo que hizo que Wren acabase perdiendo por completo los estribos.

—¡¿ALGUIEN PUEDE DECIRME QUÉ DEMONIOS ESTÁ PASANDO?!

Quinn y Arthur se sumieron en un silencio sepulcral antes de volverse a mirarla.

Y fue Arthur quien rompió ese mismo silencio poco después con un profundo suspiro.

— Eso era la alarma de simulación de combate —le explicó, con una risita nerviosa—. Y parece que esta vez vas a tener que participar tú también en el entrenamiento.

Era totalmente imposible que Wren fuese a poder participar en la simulación de combate sin su magia.

Y, sin embargo, ahí estaba. Junto con los demás reclutas de la Unidad Plata, intentando prestar atención a las instrucciones que Quinn les estaba gritando, incluso a pesar del persistente zumbido que resonaba en sus oídos.

—¿Me estás escuchando siguiera? —Quinn chasqueó los dedos frente al rostro de Wren, obligándola a volver al presente.

Wren apretó los dientes con fuerza.

—Es casi imposible no hacerlo cuando, literalmente, me estás gritando a la cara.

—Entonces, repíteme lo que acabo de decir. Palabra por palabra.