Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 14 Wren
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14 Wren

D espierta, mi preciosa catalizadora.

Aquella voz arrancó a Wren de sus sueños y la sumió en la turbia neblina de la mañana.

En cuanto despertó, soltó un grito ahogado y se llevó una mano al pecho, antes de recorrer el interior tenuemente iluminado de la tienda con la mirada.

Pero allí no había nadie que le hubiese podido hablar… Porque la estancia estaba desierta.

Espera un momento.

Aquí no hay nadie.

Aquella repentina certeza le puso los pelos de punta, al tiempo que hacía las sábanas a un lado y apoyaba los pies sobre el gélido suelo.

Cada mañana, desde que había llegado al campamento de la Orden de los Demien, se había despertado con el rostro de Edith cerniéndose sobre ella, lista para comenzar con otro interminable día de tortura. Pero esa mañana… nada. Nadie.

Sin pensarlo, se puso las botas y se encaminó hacia la entrada, pero cuando intentó apartar los faldones de lona de la tienda que hacían las veces de puerta, se dio cuenta de que no había nada.

Era como si la tienda se hubiese endurecido hasta convertirse en un muro de hormigón.

Frunció el ceño, confusa, y siguió buscando, desesperada por encontrar alguna especie de apertura en la tela por la que poder salir, pero no había nada .

Era como si la entrada de la tienda se hubiese desvanecido, atrapándola en su interior.

Soltó un gemido frustrado. Debe de ser alguna especie de barrera protectora.

Había sido lo bastante estúpida como para pensar que Edith le permitiría salir de la tienda así como así, sin ninguna clase de impedimento.

Puede que la hubiese dejado sola, pero eso no significaba que pudiese vagar por el campamento a su aire y con total libertad.

Se dejó caer de nuevo en la cama, derrotada, y se llevó los dedos a la punta de la trenza, jugueteando nerviosa con su cabello.

Le vinieron a la mente un sinfín de preguntas.

¿Por qué Edith no ha venido a buscarme esta mañana?

¿Qué habrá podido cambiar ahora? Pero entonces recordó lo que August le había dicho la noche anterior.

«Intentaré convencerla de que pare. O, al menos, de que suspenda las sesiones hasta después del Equinoccio».

Un resquicio de esperanza brotó de pronto en el pecho de Wren.

A lo mejor lo ha conseguido .

Pero esa pequeña chispa se apagó en cuanto un repentino alboroto que provenía de fuera de la tienda llamó su atención.

En un abrir y cerrar de ojos, dos personas se materializaron en la entrada: un chico y una chica, enzarzados en una acalorada discusión.

El chico tenía la piel morena, de un tono oliváceo e intenso, llevaba el cabello muy oscuro cortado al ras, y estaba sonriendo de una manera que a Wren le recordó al Gato de Cheshire, una que le hizo creer que podría salir airoso de cualquier discusión con tan solo esa sonrisa de hoyuelos marcados.

La chica llevaba el cabello teñido de rosa y las puntas le rozaban los hombros pálidos y pecosos al negar con la cabeza, claramente indignada, mofándose de lo que fuera que el chico le hubiese estado diciendo antes de que cruzasen el umbral.

—Ni hablar. ¿Es que te has vuelto loco? —le espetó, mirándolo desafiante.

El chico le sacaba una buena cabeza, aunque Wren tenía el presentimiento de que ella podría ganarle en una pelea sin despeinarse—.

No tenemos ni una mísera oportunidad de vencerlos.

Y, de todos modos, jamás enfrentarían a la Unidad Plata con la Ónix dos veces seguidas… , así que… ¡¿Qué narices le has dicho?!

—Ah, nada, una chorrada. Tan solo insulté de pasada a todo su linaje —comentó el chico, con un gesto indiferente de la mano—. Pero, sinceramente, Callum es demasiado susceptible.

La chica lo observó con el ceño fruncido.

—Eres idiota. Lo sabías, ¿no?

—Pero soy tu idiota.

—No. Eres mi maldito grano en el…

—Ejem… —Wren carraspeó con fuerza. La pareja se acalló al momento, volviéndose hacia ella en perfecta sincronía—. Lamento mucho interrumpiros, pero ¿quiénes sois vosotros?

—Ah. —La chica frunció el ceño de nuevo, claramente desconcertada—. Estás despierta. Supongo que los efectos del sedante se te han pasado antes de lo habitual.

¿Del sedante? Wren se había preguntado en más de una ocasión si la estarían drogando por las noches, teniendo en cuenta lo profundo que había estado durmiendo últimamente. Le había parecido de lo más extraño que siempre se despertase tan solo una vez que Edith ya estuviese en la tienda esperándola.

El chico se le acercó con paso tranquilo, moviéndose con una gracia natural que hacía que diese la impresión de que estaba flotando. Se llevó una mano al pecho y le dedicó una reverencia burlona.

—Arthur Alexander Ellington, pero mis amigos me llaman Artie, lo que significa que tú puedes llamarme Arthur. Y esta es… —Acababa de señalar a la chica que había avanzado hasta colocarse a su lado cuando Wren se fijó mejor en ella, y una repentina oleada de familiaridad la sobrecogió.

—Quinn —susurró Wren, observando a la joven con incredulidad—. Quinn Woodrow.

¿Cómo no la había reconocido antes? Quinn había desaparecido poco antes de la ceremonia de inauguración del Decenio, aunque todo el mundo sabía lo que significaba en realidad que hubiese desaparecido…, que había abandonado la Academia Blackwood para unirse a la Orden de los Demien.

—Anda —resopló Quinn, cruzándose de brazos—. La gran y magnífica Wren Loughty se acuerda de mí.

—Pues claro que me acuerdo de ti —respondió en un susurro, a la defensiva—. Íbamos… Íbamos a clase juntas. Y me dolió mucho saber que…, bueno…, que tú…

—¿Que había condenado mi alma para toda la eternidad al unirme a la Orden de los Demien? —terminó Quinn por ella, esbozando una sonrisa irónica.

Wren se sonrojó.

—No iba a decir eso.

—Pero lo estabas pensando, ¿a que sí? —se burló Arthur, con una sonrisa socarrona, que le marcó una pequeña arruga en el puente de la nariz.

—Bueno… —Wren los observó alternativamente, antes de suspirar con pesar—. Supongo que será mejor que acabemos con esto de una vez.

Quinn la observó con una ceja enarcada.

—¿Acabar con qué de una vez?

—Supongo que habréis venido para llevarme con Edith.

—No —dijo Arthur, antes de colocarle una mano en la espalda y empujarla hacia la salida sin dulzura alguna—. Parece que nuestra benevolente alta general ha decidido darte un pequeño descanso.

Wren se detuvo de golpe.

—¿U-un descanso? —Los observó desconcertada, aunque una parte de ella sabía perfectamente por qué.

August . Había tenido razón al pensar que todo había sido cosa suya.

Que, de alguna manera, había logrado convencer a Edith de que suspendiese temporalmente las sesiones de tortura.

Pero el cómo o a qué precio era algo de lo que Wren no estaba segura—. ¿Por qué ha hecho algo así?

—¿Es que acaso importa? —le soltó Arthur, con un deje burlón.

Prácticamente se encaminó hacia la salida de la tienda dando saltitos, antes de girarse de nuevo hacia ella.

Llevaba la misma armadura que Quinn: un chaleco de cuero reforzado que se ajustaba perfectamente a su pecho y unos protectores de los brazos con cordones que se había colocado por encima de las mangas de una túnica negra.

Aunque llevaba la mayor parte del cuerpo cubierto, Wren pudo ver unos cuantos remolinos de sombras deslizándose por su cuello—.

Mira. Cuantas menos preguntas hagas, mejor.

¿Por qué no te limitas a dar las gracias por tu buena suerte y nos sigues?

—Pero ¿a dónde vamos? —preguntó, desconcertada.

Arthur señaló la entrada de la tienda con un gesto dramático, moviendo los dedos de las manos. Al hacer aquello, la puerta se materializó de nuevo, como si siempre hubiese estado allí.

—Ha llegado la hora de hacerte la maravillosa visita guiada del campamento.

Wren se quedó helada por un momento, a la espera del comentario mordaz que sabía que vendría a continuación.

—Pero… si se supone que soy vuestra prisionera.

—Y lo eres —respondió Arthur—. En cierto modo. Pero teniendo en cuenta que tarde o temprano te convertirás en una de nosotros, lo mejor sería que te fueses aclimatando al campamento.

Un destello de ira ardió con fuerza en el interior del pecho de Wren. Se cruzó de brazos y fulminó a Arthur con la mirada.

—Yo jamás seré una de vosotros.

Arthur, sin embargo, no pareció inmutarse siquiera ante su réplica, sino que se limitó a poner los ojos en blanco antes de soltar:

—Ya, ya, lo que tú digas, bombón. —Hizo un gesto displicente con la mano para restarle importancia a su respuesta y después atravesó la entrada de la tienda sin mirar atrás—. Pero no te quedes atrás, ¿vale? —le gritó, sin volverse siquiera a mirarla.

Quinn la agarró con fuerza de la muñeca, clavándole las uñas en la carne. Antes de que Wren pudiese protestar, la chica de cabello rosa señaló la entrada de la tienda con un movimiento de cabeza.

—Está hechizada para que no puedas salir de aquí tú sola. Si quieres atravesar esa puerta, tu cuerpo tiene que estar en contacto directo con el de un Demien. —Apretó un poco más su agarre, como si quisiese dejarle las cosas claras.

Wren soltó un gemido frustrado y tuvo que morderse la lengua para no ponerse a gritar.

—Vale. Pues… vamos .