Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 13 Olivier
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13 Olivier

P ara ser un viaje plagado de peligros, a Olivier las primeras horas le parecieron bastante aburridas.

Llevaban caminando lo que le parecía una eternidad, atravesando una pradera aparentemente interminable, con la mirada puesta en el este.

A medida que el amanecer daba paso a la madrugada, pudo distinguir en la distancia las montañas de color púrpura pálido, el horizonte dentado de picos nevados y cañones escarpados.

De vez en cuando, un aroma cálido lo envolvía todo (a manzanas crujientes mezcladas con humo de leña), pero se desvanecía antes de que pudiese seguirlo y encontrar su origen, disipándose en el viento.

Al final, un denso paisaje de un verde mucho más oscuro que el del prado se materializó en la distancia.

Los imponentes pinos que se alzaban ante ellos conformaban el bosque que se veía a lo lejos; una enorme extensión que llegaba hasta donde le alcanzaba la vista.

En cuanto se adentraron en el bosque, un extraño escalofrío le bajó por las extremidades, cosquilleándole también en la columna.

Algo había cambiado.

Aunque le costaba saber si había sido él o el ambiente.

Sentía la mente… fracturada. Sabía que había ido perdiendo más y más la cabeza a cada día que pasaba desde que lo habían arrastrado a la mansión de la Resistencia, pero aquella sensación era totalmente distinta.

La confusión que había estado sintiendo desde que el Olvido le había hundido las garras en los recuerdos, de alguna forma, parecía haberse duplicado desde que había puesto un pie fuera de los muros de la mansión.

Tenía la sensación de que algo le oprimía el cráneo.

Un embotamiento en sus recuerdos que le aterrorizaba.

Ni siquiera se molestó en intentar evocar un recuerdo de su pasado, de su antigua vida.

Porque eso tan solo serviría para ratificar lo que ya sabía.

Te estás quedando sin tiempo .

Se estremeció cuando aquel pensamiento reverberó en su cabeza. ¿Había sido su propia voz la que había dicho aquello? ¿O la voz del fantasma que se aferraba a su conciencia, llamándolo hacia el olvido? A esas alturas le resultaba imposible identificarlo.

Olivier se centró tan solo en el bosque.

No había ningún camino, así que tuvieron que serpentear entre los árboles, con el mapa trazado a grandes rasgos como única guía.

Recorrió el terreno húmedo con las manos, para después llevar los dedos hacia las ramas retorcidas y los pequeños parches de musgo que se aferraban a la corteza quebradiza.

Se fijó en que las hojas ya habían pasado de un verde oscuro a unos tonos burdeos intensos y al negro carbón.

Sobre sus cabezas, el cielo que se vislumbraba al otro lado del dosel de ramas entrelazadas de los árboles ardía con un extraño tono ambarino, al tiempo que un vórtice de nubes grises como el humo se deslizaba con el viento.

Unos pasos por delante, Emilio caminaba junto a Masika, con esa aterradora criaturita acurrucada entre sus brazos.

Dina y Catherine avanzaban con dificultad entre los árboles, al frente del grupo, con la mirada clavada delante, y moviéndose en silencio y con decisión.

Analisa, por supuesto, había decidido plantarse justo al lado de Olivier, volviéndose a mirarlo de reojo cada pocos segundos.

Agh.

¿Es que no puede dejar que me pudra y me marchite en paz?

Analisa soltó una suave risita y se contuvo para no sonreír. Olivier se volvió a mirarla con los ojos entrecerrados, confuso.

—¿Qué te hace tanta gracia?

Los ojos de la joven se abrieron de par en par, al tiempo que un repentino rubor le subía por las mejillas.

—Nada —murmuró, borrándose la sonrisa con el dorso de la mano.

Olivier se quedó mirándola fijamente. Sin apartar la mirada. Y…

Soltó un grito ahogado al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.

—¡Por el amor de Dios! —soltó en un susurro, antes de agarrarla con fuerza del brazo y atraerla hacia él—. ¿Es que estabas… metida en mi cabeza?

—No —respondió, aunque se encogió de hombros y añadió—: A ver, técnicamente no. Solo estaba… tanteando un poco el terreno. Y, para que conste, no . No pienso dejar que te pudras y te marchites en paz, por mucho que lo desees.

—¡Analisa! —siseó, bajando un poco más la voz.

No pudo evitar volverse a mirar a Emilio de reojo, pero el chico estaba demasiado ocupado acariciando al cachorro que tenía en brazos como para prestar atención a la conversación que estaba teniendo lugar a tan solo unos metros de él—.

No puedes meterte y ponerte a hurgar en mi cabeza sin pedirme permiso.

Ni siquiera estamos en una de nuestras sesiones de terapia…

—Está empeorando —murmuró, interrumpiéndolo de repente. Observándolo con solemnidad—. Cambiando. Lo he sentido en cuanto hemos salido de la base. La atmósfera del purgatorio tiene algo que… —Dejó la frase sin acabar al percibir el creciente miedo de Olivier—. Tú también lo has notado, ¿verdad?

Olivier tragó saliva con fuerza.

—¿Cuánto tiempo me queda?

Analisa se masajeó la muñeca con nerviosismo.

—No sabría decirlo con exactitud…

La interrumpió con firmeza.

—Cuánto.

La chica jugueteó con el brazalete dorado que le rodeaba el brazo.

—¿Sin la protección de la magia de la mansión y nuestras sesiones de terapia diarias? —Respiró hondo y se mordió el interior de la mejilla—. Una semana. Quizás menos.

A Olivier se le cayó el alma a los pies.

Intentó pensar en algo que pudiese decir. Algo que tuviese importancia. Pero lo único que logró articular como respuesta fue un patético y derrotado:

— Mierda .

Analisa alargó una mano hacia él y le dio un suave apretón en el brazo.

—Podría estar equivocada —sugirió, aunque los dos sabían que eso era imposible—. Tal vez sea más tiempo.

—Ya —soltó Olivier en tono burlón—. O también podría ser incluso menos.

Se hizo un silencio tenso entre ellos. Analisa se volvió a mirar a Emilio, que estaba charlando animadamente con Masika, con el cachorro en brazos, mientras la criatura los observaba alegre, con la cabeza apoyada en los brazos de Emilio.

—Deberías decírselo —le sugirió Analisa en un murmullo.

De repente, el pánico se apoderó de él, y apartó la mirada de Emilio a la carrera.

—¿Y darle algo más de lo que preocuparse? —Negó con la cabeza—. No, gracias.

—Ya. —Analisa soltó una carcajada amarga—. Porque lo de estarle mintiendo sobre tu inminente destino es algo supersaludable . Seguro que esa falta de comunicación intencionada no os va a traer ningún problema en el futuro.

—Vale, déjate de sarcasmo. —Barrió el aire entre ellos con una mano—. Es muy raro.

Analisa se encogió de hombros.

—He aprendido del mejor.

Olivier soltó un gemido frustrado. Tenía razón.

Y él odiaba que tuviese razón. Sabía que debía contárselo a Emilio.

Se merecía saberlo. Porque no podía salir nada bueno de ocultarle la verdad tanto tiempo.

Al final se acabaría enterando. Pero ¿de qué servía distraerlo con sus problemas cuando ya se encontraban metidos hasta las orejas en una situación de lo más peligrosa? ¿De qué servía causarle más dolor?

—Mira. —Olivier se masajeó la sien—. Se lo contaré… tarde o temprano . Pero primero tenemos que centrarnos en encontrar la siguiente pista.

Analisa soltó un murmullo:

—Nunca te había tomado como un mártir.

—Porque no lo soy —replicó a la defensiva, observándola con el ceño fruncido—. Y, de todos modos, no soy lo bastante creyente como para que me tachen de mártir.

—La religión se basa en la fe. Y tú crees en él con la suficiente reverencia como para sacrificar alegremente tu propia alma en su altar.

—Analisa lo observó fijo y con intención, con un aire desafiante—.

Así que, como acabo de decir, eres un mártir .

—Y, dicho eso, se alejó con aire despreocupado para unirse al resto del grupo, pero no sin antes echar un vistazo a su espalda y dedicarle a Olivier una de sus sonrisas burlonas y sabelotodo.

Olivier soltó un gruñido grave y puso los ojos en blanco.

Este va a ser un viaje dolorosamente largo .