Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 12 Irene
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12 Irene

N o es que no estuviese hecha para la tortura, pero el tener que torturar a alguien a primera hora de la mañana no era algo precisamente agradable.

La chica profirió otro grito roto de dolor, y el sonido reverberó con fuerza en el interior de las estrechas paredes de piedra. En esta ocasión, el aullido ahogado vino también acompañado por el estruendo de la magia corpórea cuando Samira le clavó una lanza resplandeciente en el costado.

Aunque Irene había esperado que su periodo de prueba para entrar en el Consejo comenzase poco después de la ceremonia de iniciación, la había pillado desprevenida cuando se había despertado aquella mañana y se había encontrado con Samira Heydari y Everly Hawthorne de pie junto a su cama, observándola como un par de fantasmas burlones.

—¡Sorpresa! —había dicho Samira, apartando las sábanas que la cubrían de un manotazo—. ¡Somos compis del Consejo!

Por un segundo, Irene había pensado que seguía soñando. Al menos, había esperado que aquello no fuese más que una alucinación. Pero, para su enorme desgracia, Samira y Everly no eran imaginaciones suyas, ni tampoco el resultado de una resaca provocada por la magia. Su presencia era muy real.

En ese mismo instante, Irene entró en pánico.

Mateo. Pero, cuando echó un vistazo a su alrededor, no vio al Demien por ninguna parte, así que solo podía suponer que el chico había logrado escabullirse a tiempo en cuanto había percibido cómo las dos Ascendidas se acercaban a su habitación.

Aunque Irene le había contado todo lo que había sucedido la noche anterior, lo de su iniciación en el Consejo, había esperado poder repasar de nuevo el plan por la mañana, pero, al parecer, iba a tener que esperar para pasar tiempo a solas con Mateo.

Irene parpadeó, desconcertada, y se volvió de nuevo hacia Samira y Everly.

—¿Perdón?

Everly puso los ojos en blanco.

—Lo que Samira quiere decir es que nosotras somos las otras dos posibles iniciadas. —Las señaló a las tres con un gesto de la mano—. Para entrar en el Consejo.

No podía creer lo que estaba oyendo.

—Tenéis que estar de puta broma.

Ni siquiera estaba intentando sonar desagradable, pero ¿qué cojones?

A Irene no se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que el Consejo pudiese elegirlas a ellas también.

Supuso que, en cierto modo, tenía sentido que hubiesen seleccionado a Everly por sus méritos: era despiadada y fría, y había mandado a más alumnos al reformatorio que la mayoría de los Ascendidos juntos, pero también era descuidada.

Se dejaba llevar fácilmente por sus caprichos y emociones.

Y Samira…, bueno, todo el mundo sabía que a Samira le iba la fiesta más que a un tonto un lápiz, y que se pasaba más tiempo elaborando elixires alucinógenos que haciendo algo de provecho.

Pero tal vez Irene las hubiese subestimado.

A lo mejor eran mucho más peligrosas de lo que pensaba.

—Muy bien, vale… —Irene había suspirado y se había incorporado sobre el colchón.

Después había deslizado una mano por debajo de la cama, había tomado sus botas y se había apresurado a ponérselas—.

Supongo que no habréis venido para charlar y trenzarnos el pelo las unas a las otras, así que ¿qué demonios queréis ?

Antes de que Samira o Everly pudiesen responder a su pregunta, una nube de color purpura intenso se extendió sobre ellas, y la directora Violet se materializó de repente entre el humo.

Llevaba los rizos negro azabache recogidos, dejando al descubierto su anguloso rostro, y las estaba observando atentamente con sus ojos marrones entrecerrados.

—Han venido a buscarte porque yo se lo he pedido —había dicho Violet, cerrándose con fuerza el abrigo de tweed contra el pecho—. Ha llegado el momento de que comience oficialmente vuestro periodo de prueba para el Consejo.

Y ahora, allí estaban. Descubriendo los mecanismos y las complejidades de la tortura.

Irene se armó de valor para soportar el hedor acre que emanaba de la celda en la que se encontraban.

Cuando la directora Violet las había transportado hasta allí con un hechizo de traslación, Irene se había sentido desorientada.

No había sabido reconocer el extraño pasillo al que las había llevado.

El ambiente estaba húmedo y cargado, y un intenso hedor a moho que hacía que le picase la nariz lo impregnaba todo.

Pero también pudo captar otro olor muy distinto en el aire, a algo mucho más amargo y metálico, con un trasfondo acre que le recordaba a la carne podrida.

Sangre .

El director Wesley había estado esperándolas, recostado contra una de las paredes de piedra, jugando con sus gafas con nerviosismo. En cuanto las vio aparecer, se apartó de la pared y se volvió hacia ellas.

—Ho-hola, chicas. —Esbozó una sonrisa aprensiva—. Seguidme.

Recorrieron el estrecho pasillo en silencio.

A medida que avanzaron, las paredes de piedra que flanqueaban su camino se fueron transformando poco a poco en una hilera interminable de celdas.

La mayoría de las que había junto a la entrada estaban vacías, aunque el suelo en su interior estaba cubierto de sangre oxidada y seca.

—¿Qué demonios es este lugar? —había preguntado Irene en voz alta.

—Estas son nuestras mazmorras —había respondido Violet con total naturalidad—. Estamos en lo más profundo de la residencia de los Ascendidos.

¿Mazmorras? Se estremeció cuando aquella palabra reverberó dentro de su cabeza.

Cuando se adentraron un poco más por el pasillo, Irene pudo oír a alguien o algo arrastrándose en la distancia, junto con una serie de respiraciones débiles y entrecortadas. Y, tan solo unos segundos más tarde…, vio el primer cuerpo.

Estaba tumbado en el suelo, hecho un ovillo, con la ropa hecha jirones y rasgada por todas partes, y la piel cubierta de horribles laceraciones.

Siguieron caminando y, por cada celda frente a la que pasaban, Irene se encontraba con un nuevo prisionero, cada uno más maltrecho que el anterior.

La mayoría apenas estaban conscientes. Y sus almas pendían de un hilo fino y deshilachado.

¿Cuánto tiempo llevan aquí abajo? , pensó Irene. Justo bajo nuestros pies .

Al final, se detuvieron frente a una de las celdas.

La chica que había dentro estaba encogida sobre sí misma, abrazándose con fuerza las rodillas huesudas al pecho.

La sangre le empapaba el cabello enmarañado, y un sinfín de cortes irregulares le surcaban la piel de los brazos y las piernas.

Estaba temblando. Le castañeaban tanto los dientes que Irene podría haber jurado que estaban a punto de partírsele.

Cuando se acercaron a la celda, la chica abrió los ojos de par en par y alzó la mirada hacia ellos, observándolos como un animal salvaje y asustado, atrapado en una trampa.

Thalia.

Irene apenas la reconoció. Thalia Greevson había sido compañera suya, hacía mucho tiempo, aunque había desaparecido hacía unos cuantos años.

Pero la Thalia que Irene recordaba era una chica elegante y recatada, siempre impecablemente vestida, y con una expresión serena en la cara.

Ahora parecía vacía. Tan solo un caparazón de la chica que solía ser.

Wesley y Violet les habían explicado qué debían hacer para llevar a cabo el interrogatorio.

Primero la violencia, luego las preguntas .

Al parecer, Thalia formaba parte de esa misma misteriosa tercera coalición de la que Mateo le había hablado la tarde anterior, la que se estaba formando a las afueras del purgatorio. Según Wesley y Violet, Thalia poseía cierta información que podría ayudarlos a encontrar su base de operaciones.

—¿Os habéis dado cuenta de cómo se han debilitado sus defensas? —les preguntó Violet en ese momento, mirando alternativamente a Irene, Samira y Everly. Samira arrancó la lanza del costado de Thalia, que gimió con fuerza y se llevó una mano temblorosa a la herida para tratar de detener el sangrado.

Irene se adentró con cautela en la mente de Thalia, tanteando el terreno a través de sus barreras mentales.

Violet tenía razón. Cuando habían empezado con aquella tortura, las barreras mentales de Thalia se habían sentido mucho más firmes y sólidas.

Como una especie de fortaleza impenetrable.

Pero ahora, después de tener que soportar la tortura de Samira, parecían mucho más maleables…

, más susceptibles a moverse y doblegarse.

—Pero sigo sin poder atravesarlas —murmuró Irene. Samira y Everly también debieron de notarlo. Samira parecía tan solo decepcionada, mientras que Everly estaba claramente enfurecida, observando a Thalia de brazos cruzados.

Wesley se subió las gafas por el puente de la nariz. Se inclinó hacia los barrotes de la celda, observando a Thalia con un pragmatismo tan distante que daba la impresión de que estuviese tan solo evaluando los resultados de un experimento científico, y no las secuelas de una tortura invasiva.

—En la mayoría de los casos, con este nivel de dolor, deberíais ser capaces de desmantelar todas sus barreras mentales y acceder a sus recuerdos más profundos.

Pero… parece que Thalia es distinta a los demás.

—Wesley cerró los ojos y soltó un murmullo fascinado—.

No solo se ha asegurado de alzar las barreras alrededor de su mente de manera experta…

, sino que las ha entretejido a través de ella.

Imagináoslo como si fuese un laberinto. Y, en mi opinión profesional, aunque la sigamos debilitando físicamente… , el laberinto no se derrumbará.

—Pero, entonces, tiene que haber alguna forma de resolverlo —resopló Everly, claramente molesta—. Alguna forma de salir del laberinto o algo así, me refiero.

Wesley se quitó las gafas despacio y limpió los cristales con la tela de su camisa arrugada.