11 Masika
E staba pensando en su padre cuando sonó la primera campanada.
No estaba centrada en un recuerdo concreto, aunque tenía muchos que rememorar.
Solo estaba pensando en él . En el profundo retumbar de su risa.
En su aroma, que parecía seguirlo allá donde fuese, a esa colonia de ámbar cálida, mezclada con el olor a humo de tabaco.
En el tacto áspero de la piel de sus manos, llenas de callos y endurecidas después de tantos años de trabajo manual.
Ya casi nunca se permitía pensar en el pasado; había cerrado la puerta hacia esa vida hacía mucho tiempo.
Pero, mientras aguardaba, de pie frente a la entrada del ala sur, con los familiares síntomas de un ataque de pánico oprimiéndole el pecho, no pudo evitar que su mente retrocediese en el tiempo, que volviese con su padre, por muy dolorosos que fuesen aquellos recuerdos.
«La ansiedad es una embustera. Te convencerá de que no eres tú quien está al mando, de que no tienes el control sobre tu propia mente», le solía susurrar su padre.
«Por eso tienes que mirarla a los ojos y demostrarle que se equivoca, porque eres tú quien lleva las riendas, mi querida niña.
Y eres mucho más fuerte de lo que crees».
Masika se abrazó con fuerza, aunque solo fuese para detener el temblor que le sacudía las manos, y soltó un gemido frustrado.
Al fin y al cabo, había sido idea suya. Ella había sido la primera en hablar, en ofrecerse voluntaria para formar parte del equipo de expedición.
Y quería hacerlo. Porque el ansia de aventura la llamaba sin descanso, y exigía que respondiese a su llamada.
Pero eso no bastaba para aplacar la creciente ansiedad que pugnaba por consumirla, deslizándose entre los rincones más oscuros de su mente, sembrando sus semillas de duda.
Vas a fracasar , parecía susurrarle. Vas a decepcionarlos a todos .
Masika cerró los ojos con fuerza, tratando de acallar aquellos pensamientos, de hacerlos a un lado y conseguir que la dejasen en paz.
Oyó cómo unos pasos resonaban a su espalda, volviéndose cada vez más fuertes a medida que se acercaban.
Un par de voces familiares reverberaron por el pasillo, logrando abrirse paso a través de la neblina de pánico que la rodeaba, silenciando las dudas que le plagaban la mente.
Y entonces, cuando abrió los ojos, ahí estaban, Emilio y Olivier, de pie a su lado.
En cuanto los vio, fue como si pudiese respirar de nuevo.
Todo el miedo y las dudas… desaparecieron .
Los dos llevaban puestos sus uniformes de entrenamiento: una camiseta negra con unos pantalones negros, el chaleco de cuero reforzado que formaba parte de la armadura y una mochila colgada de los hombros; aunque Emilio, evidentemente, también se había puesto su característico jersey de lana encima.
Llevaba en brazos a la pequeña criatura que ella misma había creado antes, Benji, que estaba acurrucada contra el pecho de Emilio.
El cachorro mutante comenzó a mover la cola de alegría en cuanto la vio.
—Habéis venido —dijo ella.
—Pues claro. —Emilio frunció el ceño, claramente confuso—. ¿Es que pensabas que no lo haríamos?
Masika negó con la cabeza. No había sabido qué pensar. Quizás tan solo se debía a que no estaba acostumbrada a tener amigos que cumpliesen sus promesas, que le dijesen que estarían a su lado y después no la dejasen tirada.
—Siento decirte que nos vas a tener que aguantar —comentó Olivier, guiñándole un ojo y dedicándole una sonrisa divertida. Después le pasó un brazo a Masika por los hombros—. Te guste o no.
Le devolvió la sonrisa y paseó la mirada entre los dos.
—Gracias.
Los tres se volvieron entonces hacia las enormes puertas dobles de la Sala de Batalla.
Se escuchaban unas cuantas voces amortiguadas, procedentes de detrás de la madera.
Entonces Masika, Emilio y Olivier parecieron caer en la cuenta de algo al mismo tiempo: en cuanto atravesasen esas puertas, si de verdad estaban decididos a seguir adelante con eso, no habría vuelta atrás.
—¿Listos? —preguntó Olivier en un susurro. Su habitual bravuconería había desaparecido, viéndose reemplazada por una mirada vacilante y aprensiva que a Masika le encogió el corazón. Si Olivier, precisamente él, estaba asustado, entonces quizás los tres deberían estarlo.
Emilio abrazó a Benji contra su pecho, y la pequeña criatura se estremeció, como si ella también hubiese comprendido la gravedad del asunto.
—Listo —murmuró Emilio.
Masika soltó un suspiro tembloroso.
— Lista .
Y entonces Olivier empujó la puerta y los tres se adentraron en el interior de la Sala de Batalla.
Aunque Masika había esperado encontrarse con un grupo pequeño, la puso nerviosa ver a quienes iban a formar parte de su equipo. Aunque no eran precisamente el grupo más intimidante del mundo.
¿De verdad podremos hacerlo solos? , se preguntó, echando un vistazo alrededor de la mesa y fijándose en los rostros de los demás miembros del equipo.
Ahí estaba Dina, la chica de cabello plateado que había hablado en la reunión.
Masika no estaba segura de por qué, pero no confiaba en ella del todo.
Tenía una mirada inquieta y voluble…, como si siempre estuviese buscando pelea.
Y después estaba Analisa, la sanadora que tenía una especial fascinación por salvar los recuerdos corruptos de Olivier.
Masika se fijó en la expresión de fastidio que se apoderó del rostro del chico cuando vio a la sanadora y puso los ojos en blanco con tanta fuerza que ella llegó a pensar que incluso se le podrían quedar atascados en las cuencas.
También estaban Emilio y Olivier, claro está.
De todos los que había allí, ellos dos era en los que Masika más confiaba.
No solo por sus capacidades, sino también por lo leales que eran.
Sabía que podía fiarse de ellos si las cosas se ponían feas, que no la dejarían tirada solo para salvar el pellejo.
No podía decir lo mismo de los demás presentes.
Y luego estaba Catherine.
Masika no esperaba que ella también fuese a unirse al equipo de expedición, sobre todo teniendo en cuenta su posición de liderazgo dentro de la Resistencia, pero parecía que, esta vez, el tiempo estaba en su contra, y Catherine había decidido tomar cartas en el asunto.
—¿Alguna pregunta? —preguntó Catherine en ese momento, sentada a la cabeza de la mesa. Unas hombreras plateadas adornaban sus hombros y llevaba todo el torso cubierto por una armadura de cuero, así como una serie de dagas y espadas colgadas de la cintura o atadas de los muslos.
Estaba letalmente preciosa. Y Masika la odio aún más por ello.
—¿Y qué pasa si no logramos volver? —preguntó Dina, esbozando una mueca divertida.
Estaba recostada en su asiento, con las piernas abiertas, dándole vueltas a un puñal con la punta clavada en la mesa—.
A ver, quiero decir…, ¿qué pasa si fracasamos?
¿Si, a pesar de todo, no logramos encontrar al verdadero director?
Catherine ni siquiera pestañeó.
—Entonces, tendrá que intentarlo otra persona.
—¿Y si nos quedamos sin tiempo? —preguntó Analisa en un murmullo. Tenía el ceño fruncido y observaba a Catherine con un brillo preocupado en la mirada—. Tú misma lo acabas de decir, es solo cuestión de tiempo que la Orden de los Demien ataque Blackwood.
—Si atacan antes de que podamos encontrar al verdadero director, entonces los demás tendrán que encargarse de luchar contra ellos hasta que podamos regresar. Birdie y Russo ya están advertidas.
Olivier soltó una carcajada amarga y murmuró algo entre dientes. Al verlo reaccionar de esa manera, Catherine puso los ojos en blanco.
—¿Tienes algo que decir? —le preguntó, con un suspiro.
—No —respondió Olivier—. Solo que dudo mucho que vayamos a poder luchar contra Silas y contra la Orden de los Demien al mismo tiempo sin la ayuda del verdadero director.
Lo cierto es que estamos en desventaja. Blackwood tiene cientos de alumnos, eso sin mencionar que también cuenta con el mismísimo director del más allá.
Y Dios sabe cuántos reclutas tiene la Orden de los Demien, aunque es evidente que han tenido tiempo más que suficiente para prepararse para la batalla.
Y luego estamos nosotros con…, ¿qué? ¿Cien miembros?
¿Quizá unos pocos más? —Tamborileó los dedos sobre la mesa y suspiró con pesar—.
No quiero ser aguafiestas, pero… estamos un poco jodidos si no encontramos al verdadero director.
—Entonces, supongo que más nos vale encontrarlo —murmuró Dina, guiñándole un ojo.
Catherine se puso de pie, la punta plateada de su lanza refulgió con fuerza, reflejando el azulado resplandor de la lámpara de araña que iluminaba la estancia.
—Bueno, entonces, creo que ya está todo dicho…
Al ver que nadie se movía, echó la silla hacia atrás y se giró para clavar la mirada al otro lado de la sala. El grupo se levantó de sus asientos y Masika los siguió mientras el pánico de antes volvía a apoderarse lentamente de ella.
—Seguidme —les ordenó Catherine, encaminándose hacia la pared sur. Se detuvo al llegar al perímetro y les echó un vistazo por encima del hombro—. ¿Estáis todos listos?
El grupo asintió con la cabeza. Un silencio denso se había apoderado de la estancia, y nadie parecía querer ser quien lo rompiese. Catherine apoyó una mano contra la dura pared de piedra. Una a una, las losas comenzaron a deslizarse, a abrirse, hasta formar un enorme arco.
Masika fue la primera en notarla, esa ráfaga de aire gélido que se deslizó sobre sus hombros, provocándole un escalofrío.
Y después llegó el olor; un intenso aroma a pino que se arremolinaba por el aire, un cálido olor terroso que le llenaba los pulmones.
Catherine se adelantó y atravesó el arco.
Masika pudo ver entonces lo que había más allá: una pradera aparentemente infinita que se extendía ante sus ojos, salpicada de hierba alta y flores silvestres, con el horizonte plagado de montañas escarpadas y nevadas que se alzaban imponentes en la distancia.
Dina y Analisa fueron las siguientes en atravesarlo, siguiendo a Catherine de inmediato, pero Emilio y Olivier se quedaron atrás, junto a Masika.
Compartieron una mirada cargada de significado.
Un último vistazo.
Una última oportunidad para cambiar de opinión.
Pero ninguno dijo nada; y entonces, los tres, atravesaron el arco, se adentraron en la oscuridad y sellaron su destino .