10 Wren
E staba dando vueltas por su tienda, soñando despierta con prenderle fuego a aquel lugar.
Y ya lo habría hecho si no le hubiesen robado su magia.
Habría arrasado hasta el último centímetro de aquel maldito campamento y bailado sobre sus cenizas.
Ya era bastante malo que le hubiesen arrebatado su magia.
Que la obligasen a soportar días y días llenos de tortura sin fin. Pero ahora…, ¿esto?
El mero recuerdo de August envuelto en sombras bastaba para revolverle el estómago. La bilis le subía por la garganta, amenazando con salir, pero tragó con fuerza y respiró hondo.
«He venido a recuperar lo que es mío».
Nunca lo había oído hablar así, con tanta sed de venganza…, ni siquiera había sabido que fuese capaz de ello. Pero no podía negar lo que había visto con sus propios ojos.
August ha renunciado a la humanidad que le pudiese quedar a su alma.
Solo pensar en ello bastó para acabar con el último atisbo de energía que le quedaba y acabó desplomándose sobre la cama, agotada por el revuelo del día.
Apagó la vela que tenía sobre la mesita de noche y se metió bajo las sábanas.
No era solo el desgaste emocional que le había provocado el volver a ver a August. Sino también las sesiones de tortura, que la habían dejado destrozada, como si alguien la hubiese abierto en canal y vaciado por dentro.
Era una auténtica crueldad verse obligada a revivir su muerte una y otra vez, a presenciar el trágico final de su hermana, sin tregua alguna.
Se sentía inestable. Como si su mente estuviese a punto de hacerse añicos en cualquier momento, en miles de pedazos infinitesimales, y lo único que ella podía hacer era quedarse sentada de brazos cruzados.
Si tan solo tuviese su magia.
Desde que Edith se la había arrebatado, Wren había sentido un dolor persistente y punzante en el pecho, como si le hubiesen arrancado un órgano vital.
Había llegado a encontrar cierto consuelo en su magia.
Una pequeña fuente de felicidad en medio de aquella sombría existencia que el destino le había deparado.
Sin su magia… no tenía nada.
No era nada.
Acababa de empezar a cerrar los ojos y a dejarse llevar por el tentador olvido del sueño, cuando oyó un ruido procedente de la entrada de la tienda. Abrió los ojos como platos. Se incorporó de golpe sobre la cama y escudriñó sus alrededores, pero tan solo vio oscuridad.
De forma instintiva, levantó una mano como si fuese a invocar un rayo de luz, y maldijo entre dientes al ver que no ocurría nada. Claro. No tengo magia . Parpadeó con fuerza un par de veces, tratando de acostumbrar la vista a la penumbra que reinaba en la estancia.
—¿Hay alguien ahí? —dijo Wren.
Pero su única respuesta fue un silencio sepulcral.
A pesar de la quietud que reinaba en el interior de la tienda, no pudo quitarse de encima la sensación de que no estaba sola. Había alguien observándola. Podía sentir una presencia en la oscuridad. Una energía que antes no estaba ahí.
Un arma , pensó, entrando en pánico. Necesitas un arma.
Pero ¿qué podía usar? Ya no poseía magia, y le habían arrebatado su daga de confianza en cuanto había puesto un pie en el campamento. Lo único que tenía era esa cama y esas sábanas, y una maldita mesilla de noche…
Wren contuvo el aliento.
Pues claro .
Alargó una mano hacia la mesilla a toda prisa, hasta que sus dedos se encontraron con el borde metálico y afilado del candelabro que descansaba encima.
Se encogió de dolor cuando la cera derretida y caliente le cayó sobre la piel, y dejó que la vela cayese al suelo con un ruido sordo, aunque en ningún momento soltó el candelabro metálico.
Lentamente, salió de la cama. Su pecho subía y bajaba con fuerza con cada respiración aterrada.
—Seas quien seas…, no deberías estar aquí. A Edith no le gustará un pelo que hayas molestado a su nuevo juguete favorito.
Wren contuvo el aliento y aguardó a escuchar una respuesta.
Al principio…, no oyó nada. Tan solo el denso y tangible silencio que la rodeaba.
Pero entonces escuchó un ruido. Un retumbar sordo.
Una carcajada grave .
Antes de que pudiese asimilar lo que estaba ocurriendo, una luz brillante apareció frente a su rostro, a tan solo unos metros de ella, iluminando unos ojos plateados que la observaban atentamente.
Augustine Hughes tenía una mano levantada entre los dos, y un vórtice de llamas se arremolinaba alrededor de su palma. La otra la llevaba metida en el bolsillo de sus pantalones negros, con una arrogancia despreocupada en su postura.
—Tienes razón —comentó August. Wren se fijó en cómo la comisura derecha de sus labios se elevaba ligeramente, esbozando una sonrisa socarrona—. Nunca le ha gustado demasiado compartir.
La reacción de Wren fue instintiva. Levantó el candelabro un poco más, afianzando su agarre alrededor del cuerpo metálico, aunque no le atacó. Todavía no.
Si a August le preocupaba lo más mínimo la posibilidad de que fuese a golpearlo con aquel objeto romo, no dio muestra de ello. Tan solo se limitó a alzar sus ojos grises como el humo hacia el candelabro antes de volver a bajar la mirada hacia el rostro de Wren.
Entonces enarcó una ceja.
—¿Y qué se supone exactamente que piensas hacer con eso?
—¿A ti qué te parece? —le espetó, ignorando el ardor que se apoderó de sus mejillas.
—Bueno. —August carraspeó con fuerza—. Lo que me parece es que pretendes apalearme con un candelabro. Y, aunque he de admitir que la elección de arma es cuanto menos… creativa …, no creo que sea muy eficaz que digamos.
Capullo.
Wren ni siquiera se molestó en responder.
Simplemente se abalanzó sobre él, enarbolando el candelabro, aunque la mano de August se cerró alrededor de su muñeca antes de que la superficie roma y metálica pudiese entrar en contacto con su rostro.
Wren soltó un gemido grave y apretó los dientes con fuerza, tratando de zafarse de su agarre, pero August era demasiado fuerte.
Incluso más de lo que había sido cuando estaban en Blackwood.
Era evidente que había cambiado. Wren se dio cuenta de que ni siquiera se estaba esforzando de verdad por retenerla.
Que en realidad se estaba conteniendo .
—Que te den —le escupió Wren.
—Oh, venga ya, Loughty. —Soltó una carcajada grave, antes de acercarse un poco más a ella—. Estoy seguro de que se te puede ocurrir algún insulto mejor.
—¿Qué demonios quieres?
La sonrisa socarrona que se había dibujado en su rostro desapareció de un plumazo.
—Solo quiero hablar contigo —respondió en un susurro—. Explicártelo todo.
—¿Explicarme el qué? —le espetó—. ¿Que llevas mintiéndome desde que nos conocimos en Blackwood?
¿Que nuestra relación no fue más que una…
farsa ? ¿Una especie de estrategia de la Orden de los Demien para…
? —Pero August la interrumpió antes de que pudiese seguir hablando, atrayéndola hacia sí.
Y, aunque la estaba agarrando con firmeza, Wren se percató de que se estaba conteniendo, de que no la estaba aferrando tan fuerte como para hacerle daño.
—No. —Aquella palabra surgió de entre sus labios, ronca y desesperada.
Su rostro estaba tan solo a unos centímetros del de ella, lo bastante cerca como para que Wren pudiese vislumbrar la pequeña cicatriz que tenía bajo el ojo derecho.
O la suave curvatura de sus labios—. No digas eso.
No podemos caer en la trampa de Edith. Sabes tan bien como yo que lo que teníamos, que lo que tenemos es real.
Wren se estremeció.
—Has renunciado a tu humanidad.
—Lo he hecho —respondió con un asentimiento—. Y lo volvería a hacer. Lo haría diez veces más si hiciese falta.
—¿Por qué?
August frunció el ceño. Después ladeó la cabeza y recorrió su rostro con la mirada.
Y pronunció sus siguientes palabras como una confesión susurrada.
—Ya sabes por qué.
Aquella respuesta bastó para robarle el aliento.
Wren sabía perfectamente lo que se escondía tras ella.
La verdad que resonaba con fuerza en aquello que no se había atrevido a admitir en voz alta.
Pero ¿de verdad podía confiar en él? ¿Después de todo lo que había descubierto?
¿Después de todo lo que había presenciado?
—¿Esperas que crea que todo esto …? —Señaló las sombras que se deslizaban por sus venas, justo por debajo de la piel expuesta de sus antebrazos—. ¿Que lo has hecho por mí?
—Te hice una promesa —respondió August en un susurro—. Y siempre cumplo mis promesas.
Wren no necesitaba que añadiese nada más, porque sabía perfectamente de qué promesa estaba hablando.
«Encuéntrame. Donde quiera que estés, donde quiera que acabemos, no dejes de buscarme».
August soltó un suspiro frustrado. Y acto seguido le soltó la muñeca y se alejó de ella.
Wren parpadeó con fuerza, desconcertada por la repentina distancia que los separaba.
Ahora podía atacarlo si quisiese. Podía huir.
Pero había algo en la forma en que la estaba observando que la tenía paralizada, incapaz de apartar la mirada.
—Mira. —August se masajeó la nuca—. Sabía que Edith jamás me dejaría volver a la Orden si no hacía algo espectacularmente dramático. Algo que llamase de verdad su atención.
Wren soltó una carcajada seca y burlona.
—Bueno, pues enhorabuena. Yo diría que renunciar a tu humanidad y condenar a tu alma a una eternidad atrapada en el purgatorio es algo jodidamente dramático, desde luego.
August apretó la mandíbula.
—Solo he hecho lo que tenía que hacer.
—Sabes lo que esto significa, ¿verdad? —Se acercó un poco más a él.
Antes de que fuese consciente de lo que estaba haciendo, comenzó a alargar una mano hacia su rostro, aunque se detuvo a tiempo.
Le aterraba la idea de volver a cruzar esa línea.
De permitirse tocarlo de nuevo—. Ahora jamás podrás avanzar, August. Nunca podrás cruzar al Otro Lado.
Él esbozó una sonrisa, pero Wren tan solo se fijó en la tristeza que vio reflejada en sus ojos grises.
—Ese nunca fue mi destino.
—¿Según quién?